Un otoño para ser feliz Prólogo
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Un otoño para ser feliz

Un otoño para ser feliz

Por Julie Olivia

© inepub.com

Prólogo

Michelle

Me he preparado lo mejor que he podido para lo que me espera hoy. He elegido un vestido negro sencillo, he cogido las flores y me he reunido con el cura. Sin embargo, contarle a mi familia en el velatorio de mi madre que me he divorciado no entraba en mis planes.

—Tengo que irme dentro de cinco minutos —me susurra Allen, brusco, al oído.

—Lo sé.

—Si no se lo cuentas tú, lo haré yo.

Aprieto los dientes.

—Lo sé.

Allen no puede perder su avión. Mi exmarido podría haber reservado el vuelo al día siguiente al velatorio, por supuesto, pero, dado que legalmente ya no le ata nada a mi familia, supongo que es irrelevante si presenta o no sus respetos a su exsuegra.

Deslizo el colgante por la delgada cadena que llevo al cuello mientras observo cómo se arrastra por la capilla la larga fila de asistentes. Le dedico una sonrisa forzada a una persona que no conozco.

Inhalo con fuerza y dejo escapar el aire poco a poco.

—No deberíamos hacerlo hoy.

Allen desvía la mirada y frunce los labios.

—Ya, pero sí que deberíamos decírselo juntos y eso solo podemos hacerlo hoy. Es lo correcto.

«Es lo correcto».

Hace dos meses, una chica mucho más alegre y joven que yo llamó a nuestra casa para asegurarme que no sabía que Allen estaba casado. Como él, también dijo que sentía que decir la verdad era «lo correcto».

No hago ningún comentario sobre sus incoherencias morales. No merece la pena discutir si no voy a ganar.

Deberíamos haberle contado a mi familia que habíamos decidido divorciarnos.

La suya lo sabe desde hace semanas. Pero, cuando la salud de mi madre comenzó a decaer de repente, no encontramos el momento adecuado.

Estaba terminando de rellenar los papeles del divorcio cuando me llamó mi padre y me dijo que había fallecido.

Allen se aclara la garganta, al mismo tiempo que se pasa las manos por la preciosa chaqueta de su traje hecho a medida.

La mayoría de los hombres quizá toquetearían, nerviosos, los botones, pero Allen no es de los que muestran su debilidad en público.

No lo hace cuando lleva la bata blanca en el hospital, y mucho menos en un vela-torio.

Varios asistentes proceden de la época en la que mi madre fue enfermera o son mis subordinados en el trabajo, pero no reconozco a muchos otros.

Estos extraños muestran su luto con trajes demasiado anchos o ropa pasada de moda, como si les hubiera costado encontrar prendas adecuadas.

Una mujer mayor, junto al último banco, viste unos leotardos morados y el hombre a su lado lleva unas gafas de los setenta que le tapan toda la cara.

—¿Quién es esta gente? —musito.

Allen se encoge de hombros como respuesta.

Una familia se acerca al ataúd. Un hombre, una mujer y sus dos hijas son algunas de las caras nuevas.

El hombre rodea con su enorme brazo a una adolescente larguirucha de pelo rubio y grasiento cubriéndole las mejillas hinchadas y húmedas por las lágrimas.

Tiene apoyada en la cintura a una niña mucho más pequeña que juguetea con su corbata.

La mujer, imagino que su esposa, permanece detrás de ellos con los brazos cruzados y un ramo de flores.

Me pregunto si serán felices. Allen y yo decidimos no tener hijos, como un equipo, como solíamos hacer siempre.

Protegimos nuestras carreras y la bonita casa a la que no le pegarían los dibujos en las paredes.

Las alfombras eran demasiado caras para que se derramara la leche sobre ellas.

Los niños son un torbellino y nosotros somos tan… No.

Observo cómo el padre deja en el suelo a la pequeña, que lo busca con los brazos extendidos. Le coge el ramo a la mujer y pasea la mirada por el mar de cabezas inclinadas que inunda la pequeña capilla. Me pregunto a quién estará buscando. Desvía los ojos en nuestra dirección y los fija en los míos.

Nuestras miradas se bloquean, como una cremallera enganchada en la tela que, al tirar hacia arriba, se llevara consigo unos hilos. No logro apartar la vista. Y él tampoco.

En cierto sentido, es guapo de una manera clásica, igual que Allen.

Tiene una mandíbula definida recién afeitada, con los pómulos altos sobre unas mejillas marcadas.

La nuez le sobresale de un cuello más grueso que desciende hasta una clavícula bien perfilada, que se vislumbra bajo la camisa blanca abierta y la corbata que le ha aflojado su hija antes.

Es más alto que los demás hombres de la cola y el traje se le ajusta a los hombros anchos. Sí, una belleza muy clásica.

Pero también tiene otros rasgos que lo hacen atractivo, características que no comparte con Allen.

No lleva el pelo castaño recortado y peinado a la perfección, sino con un estilo «despreocupado», como si se hubiera echado cera, pero, nervioso, se hubiese pasado la mano por los mechones demasiadas veces.

Tiene el puente de la nariz algo torcido y, aunque en los labios se le dibuja una fina línea, la comisura de un lado se le curva ligeramente; un fantasma de sonrisa que no logra hacer desaparecer ni siquiera en un velatorio.

Sus ojos desprenden paz, como si en su mente estuviera retirando una silla para que me sentara junto a él en nuestro espacio silencioso y preferente. Se reclina en el asiento. No se va a ir a ninguna parte.

Inspiro hondo, temblorosa. ¿Cómo puede parecer tan cómodo contemplando a una desconocida? Distraído, desvía los ojos hacia Allen antes de centrarlos de nuevo en mí. Noto su mirada en la boca del estómago, como si pudiera ver lo que oculto allí, como si supiera lo del divorcio.

—Pst.

El corazón se me instala en la garganta al oír la voz de mi hermana, que ha asomado la cabeza por la puerta lateral del vestíbulo a nuestras espaldas.

—Shelly, ven.

Allen pone los ojos en blanco mientras Sara tira de mí hacia la sala. Trato de robarle un último vistazo al otro hombre, pero la puerta se cierra ante mis narices sin haberlo conseguido.

En mejores circunstancias, esta habitación sirve como suite nupcial.

Un espejo ovalado de pie está apoyado en una esquina y hay una pequeña mesa rodeada de sillas acolchadas de caoba.

Aún veo a mis tres damas de honor sentadas en un rincón cinco años atrás: Sara, la hermana de Allen y una antigua compañera de la universidad.

No recuerdo cuándo fue la última vez que supe de ella.

—Tienes que hablar con papá —dice Sara, frenética.

Pestañeo y asiento.

—Vale.

—Lo he intentado, pero…

—No pasa nada —la interrumpo—. No te preocupes.

Se le curvan las comisuras de los labios rosados, pero la sonrisa no se le refleja en los ojos.

—Gracias. No sé cómo puedes parecer tan… —dice mientras mueve la mano hacia mi pose erguida— serena. Siempre da la impresión de que lo tienes todo bajo control.

Mi hermana pequeña es la más sensible de las dos.

Es bajita, con esa clase de rubio platino natural por la que otras mujeres pagarían una millonada, lo contrario a mi pelo castaño, herencia de mi padre.

Mientras que a mí me dieron doble ración de marrón con los ojos color café de mi madre, ella ha heredado el precioso azul de él, que ahora brilla debido a las lágrimas contenidas a duras penas.

Rebosa emociones suficientes como para cumplir el cupo por las dos. Me encanta que sea así.

—¿Cómo estás? —le pregunto.

—Bien. —Sara, ausente, estira el brazo y me ahueca el pelo—. Vestida con estas prendas horribles de color negro. ¿Y tú? Allen está muy raro, aunque supongo que siempre es así.

Asiento, indiferente, mientras se me contrae el estómago.

Suspira.

—Hay mucha gente ahí fuera, ¿no?

Sara está divagando, por lo que trato de tranquilizarla con un casual:

—¿Has invitado a alguno de tus amigos de la escuela de arte?

Suelta una carcajada.

—Ni loca, harían que te diera un infarto. —Ambas nos quedamos cortadas. Enseguida abre mucho los ojos mientras aprieta los labios—. Ha sido…

—Sin querer —concluyo por ella—. Lo sé. —Intento sonreír—. No pasa nada, Sara.

Asiente a toda prisa para sí y arquea las cejas.

—Eh, bueno… Creo que todas esas personas vienen de Copper Run. Ya sabes que mamá era muy activa en el pueblo.

—Ya.

Hace un año, nuestros padres se mudaron a un pequeño pueblo en Vermont para abrir un coqueto bed and breakfast .

En teoría, era de los dos, pero mi madre acabó poniendo toda el alma y su corazón en él.

Tiene sentido que los habitantes de Copper Run hayan venido.

Mi madre era el tipo de persona capaz de ganarse el respeto y cariño de la gente en tan solo un año.

En mi caso, podría pasarme dos en una habitación individual con una única persona y seguiríamos siendo extraños.

Quizá por eso mi matrimonio se ha ido a la mierda.

—¿Y han venido hasta Seattle? —Me sorprendo—. Se han tenido que cruzar el país entero. ¿Habrán cerrado el pueblo?

—No seas cruel —me riñe Sara, divertida—. Son buena gente.

—Unos irresponsables —la provoco con una suave sonrisa que desaparece tan pronto como ha venido.

Me tiro del lóbulo de la oreja, donde le doy vueltas a la pequeña perla del pendiente.

—¿Dónde está papá? —pregunto.

Sara se acerca el pulgar a la boca para morderse la uña.

—En esa esquina.

—Oye —digo, apartándole la mano—. No pasa nada. Yo estoy bien. Y tú lo estarás pronto.

Sara asiente despacio primero y deprisa después, antes de estrecharme en un fuerte abrazo. Se lo devuelvo hasta que por fin se aparta.

Le acaricio el hombro.

—Ahora vuelvo.

En el otro extremo de la suite nupcial, mi padre está sentado en una esquina alejada, observando la ciudad en el exterior a través del alto ventanal.

La catedral hace esquina en la manzana, junto a una intersección donde tocar el claxon está a la orden del día y la luz verde del semáforo significa que deberías haber acelerado hace cinco segundos.