28. Adam. MI GRAN AMOR
MI GRAN AMOR
Pasa un poco de la medianoche cuando llego a Cornehotte.
En mi vida he visto las carreteras con tanta nieve.
Las máquinas han apartado hacia los arcenes toda la que han podido y en algunos sitios hay montículos de más de metro y medio.
Vi en la información del tiempo que había nevado mucho en la Creuse, pero no me imaginaba que hasta este punto.
Salí de París de manera impulsiva a las seis. Sin embargo, fue mala idea meterme en carretera un viernes por la tarde. Entre la nieve de aquí y los atascos de allí, al final he tardado más de seis horas en llegar.
Todo es culpa de Fedra. Llevo tres días intentando localizarla, y nada.
Y lo mismo con la tienda de Élisabeth. Acabé pensando que el temporal de nieve habría estropeado algunas líneas de alta tensión, pero, por Dios, iba a volverme loco sin saber si le había pasado algo.
Julien me esperaba hoy a las ocho para una cena importante con el redactor jefe de una revista grande, pero qué le vamos a hacer.
Estoy seguro de que se las habrá arreglado muy bien sin mí.
Han quitado parte de la nieve del patio delantero y aparco frente a la casa.
Salgo del coche sorprendido por el frío glacial.
Subo corriendo las escaleras del porche, iluminado por las lámparas solares automáticas, y me quedo boquiabierto ante el desorden que reina en la terraza que rodea la mansión: leños, virutas de madera por todas partes, botellas de zumo en una mesa que no estaba allí cuando me marché, una olla llena de algo, un molde de tarta cubierto con papel de aluminio, una ensaladera con pasta y salsa de tomate y... ¿Por qué está fuera el frigorífico?
Durante unos segundos lo miro todo sin comprender nada antes de darme cuenta de que, si no ha habido luz en varios días, Fedra habrá puesto todo esto fuera para que no se estropee.
Por curiosidad, y también porque me muero de hambre, levanto el papel de aluminio del molde de tarta, y tuerzo el gesto.
Tiene aspecto y color de pastel, pero no huele a pastel...
Lo dejo y trato de abrir la puerta, que, por supuesto, está cerrada con llave.
A esta hora seguro que Fedra estará durmiendo.
Con el frío que hace fuera, no me veo pasando la noche en el coche, así que no me queda otra y llamo.
Nada.
Golpeo con más fuerza.
Nada de nada.
Utilizo el llamador de bronce, que arma un buen escándalo. A los veinte segundos, se ilumina el vestíbulo y veo aparecer la silueta de Fedra tras las vidrieras.
—¿Quién es? —pregunta con un hilo de voz, escondida detrás de la puerta.
—Papá Noel. Ha nevado tanto que me he creído que era Navidad. ¡Tienes que abrirme ya, que empiezo a tener frío!
Dicho con otras palabras: ¡me estoy congelando!
Se oye el golpeteo de una llave contra la cerradura y el ruido del cerrojo.
Al abrirse la puerta, me encuentro a la ratoncita más encantadora del universo.
Se abalanza contra mí con tanta energía que tengo la impresión absolutamente deliciosa de que se me esperaba como al Mesías.
Luego me obsequia con el beso más tierno que me han dado en la vida. ¡Ausentarse tiene sus ventajas!
Me aparto de ella con prudencia. No querría que acabásemos en el suelo del vestíbulo. No daría una buena imagen de mí mismo de tanto que la deseo.
—¡Eh! Parece que te alegras de verme.
—Llevaba sin tener noticias tuyas desde el martes. Estaba algo preocupada.
—¿Y también me echabas un poco de menos?
Me dedica esa sonrisa adorable que le estira las mejillas de una manera tan bonita.
—Mucho...
—Yo también. ¿Puedo entrar? ¡Hace un frío que pela!
Se aparta para dejarme pasar y compruebo que la temperatura del interior tampoco está tan lejos de la de Siberia.
—¿No has encendido la chimenea?
—Sí, pero, de tanto levantarme cada dos horas para echar leña, ya no puedo más. Esto es peor que atender a un recién nacido.
Me río, me quito el abrigo y el calzado, y me ocupo de reavivar el fuego.
—¿Has comido? —me pregunta—. He preparado un montón de cosas y...
—¡Sí! Sí, sí, no te preocupes.
A veces es mejor una pequeña mentira que una gran verdad.
Se arrodilla a mi lado y apoya la cabeza en mi hombro.
—Qué bien que estés aquí. Tengo tantas cosas que contarte...
Las llamas suben en un santiamén. Cojo a Fedra de la mano —la tiene congelada— y la llevo al sofá, donde nos acurrucamos abrazados bajo el mullido edredón.
—Si no estás demasiado cansada, adelante.
—He encontrado a mi padre...
Me quedo tan sorprendido que abro la boca sin decir palabra. Entonces ella me lo cuenta todo: Élisabeth, Cédric transformado en asno, el muñeco de nieve informe...
—¿Que Cédric es tu padre?
—Sí...
—¡Vaya! ¿Y cómo te lo has tomado?
Ella se encoge de hombros, aparentando calma cuando yo sé que por dentro debe de estar muy afectada por este cambio, que ha dado un vuelco a buena parte de su existencia.
—Pues... bien.
Durante un buen rato, seguimos hablando de la situación, de su madre, de su tía y de las nuevas perspectivas que se abren ante esta noticia tan increíble. Luego, cerca de las dos de la mañana, empiezo a mostrar claras señales de cansancio. No puedo evitar bostezar.
—Perdóname. Salí de París a las seis de la tarde, estoy molido...
—¡Ay, perdona, claro! Es un sofá cama. Lo podemos abrir. A menos que quieras dormir en tu habitación de antes.
—¿La que se encuentra en el Polo Norte? ¡Gracias, pero no!
Nos ponemos en pie para abrir el sofá. Ella quita el edredón, yo los cojines y, en el momento en que levantamos los asientos, los vemos: dos fragmentos de papel rojo que parecen estar esperándonos.
Nos miramos inmóviles. Luego ella se echa a reír de un modo tan inesperado que no sé cómo reaccionar. Así que espero a ver qué propone.
—¿Uno cada uno? —sugiere.
—¡Uno cada uno!
Aquí estamos, con nuestro tesoro en la mano, sin saber bien qué decisión tomar.
—Adam...
—¿Sí?
—Creo que estoy preparada.
—No estoy seguro de entender...
Ella suspira y me sonríe.
—Esta carta era mi mayor secreto, el de un fracaso, pues pensaba que tú habías decidido no responderla.
Cuando reapareciste en mi vida, no sabía si debía creer en tu inocencia o no.
Luego llegaron los trozos de papel como por arte de magia.
Tenía miedo de que la leyeses y volvieras a ver en mí a la adolescente que era.
—¿Qué adolescente eras, Fedra?
Baja la vista antes de responder.
—¿Quieres que la leamos juntos?
Asiento con la cabeza. Es el momento adecuado.
—Ahora vengo...
Salgo del salón y vuelvo a la habitación donde estuve durmiendo.
Levanto el colchón. Están todos allí, con su filtro, en la parte central de la cama.
Fedra habría podido encontrarlos. Era fácil.
Pero estoy contento de que no lo haya hecho.
Vuelvo con mis trozos de papel rojo. Fedra ya ha reunido los suyos sobre la mesa baja del salón.
Juntarlos no es tan sencillo como podría parecer. Estamos agotados y tenemos los ojos cansados, pero lo conseguimos. La carta está casi completa.
Solo faltan los dos nuevos fragmentos que acabamos de encontrar.
Desde el principio, reunir esta carta ha sido un juego, pero en este momento ninguno de los dos teme perder. Yo sé, igual que Fedra, que ganaremos los dos.
Pongo en la mesa el primero de los dos fragmentos que faltan.
Mi suspiro rompe el silencio.
—Te esperé, Fedra, mucho tiempo...
Entonces ella sonríe.
—Y yo también, con tanta fuerza que has vuelto a mi vida.
—Al cabo de nueve años.
—Pero no es demasiado tarde, ¿verdad?
Le cojo la mano y se le acelera el corazón; lo siento en su muñeca.
—Nunca.
Le acaricio la mejilla con unas ganas tremendas de besarla, de estrecharla contra mí, de decirle que en todo este tiempo nunca he podido olvidarla, que no sabe cómo deseo que vengan muchos más años que reemplacen a estos nueve, pero creo que ella lo sabe, que las palabras sobran.
—Te toca a ti revelar el último fragmento.
El de la esquina superior izquierda de la carta, el fragmento en el que confesará lo que siempre he significado para ella, el que hará latir mi corazón mientras ella me quiera a su lado.