Un otoño para enamorarnos 27. Fedra. RENOVACIÓN Y TEMPORAL DE NIEVE #2
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27. Fedra. RENOVACIÓN Y TEMPORAL DE NIEVE #2

—En realidad, no podemos quedarnos mucho tiempo —me informa Cédric—. Albert nos tiene que llevar y quitar la nieve de varias casas, pero a mi madre le habría dado un ataque de nervios si no hubiéramos venido a ver cómo estabas.

Le sonrío a Babeth y respondo:

—Aparte de que sin calefacción me muero de frío, todo va bien.

—Pero por lo menos tienes bastante leña, ¿no? —pregunta Élisabeth para asegurarse.

—Sí, solo tengo que ir a buscarla por la parte de atrás.

—Yo me ocupo de eso —interviene enseguida Cédric, igual de servicial que siempre.

Mientras esperamos a que vuelva y Albert se aplica a ir y venir con el tractor, invito a Élisabeth a pasar. Nos sacudimos la nieve de la ropa, nos quitamos el calzado y entramos en calor.

Bueno, lo de entrar en calor es un decir.

—¿Estás sola? —inquiere—. ¿Se ha ido Adam?

—Hace unos días, sí. Tenía que trabajar en su reportaje.

—Ah, claro... —asiente sin hacer más preguntas.

En la cocina saco las tazas, el hervidor de agua y la caja donde guardo el té.

Élisabeth me mira con una ternura que adquiere un sentido completamente distinto ahora que sé lo que somos la una de la otra. No quiero montar un drama ni hablar demasiado del asunto, pero necesito saber algunas cosas.

—Babeth, ¿nunca sospechaste nada?

—No... Cuando llegaste a Cornehotte, no veía en tu cara nada más que tu parecido con Renata. Hizo falta que te viera al lado de Cédric para darme cuenta.

—Mi tía estará dando botes en la tumba.

Babeth sofoca una risita.

—Hum... Es poco probable. Pidió que se dispersaran sus cenizas bajo el arce rojo.

—Ah, no lo sabía...

Me estremezco al pensarlo.

—Renata tenía muchos secretos, pero ese árbol era un poco como sus raíces. He visto que has utilizado mi salvia para tu corona de otoño. Es muy bonita.

—Voy a tener que cambiarla pronto. Parece que ya ha llegado el invierno.

Babeth rebusca en el bolsillo de su chaqueta y saca uno de sus famosos manojos.

—Seguramente pienses que me pongo un poco pesada con lo de la salvia, pero me reconforta dártela aunque no la quemes.

—¡Muy bien! Eres muy amable.

Élisabeth me acaricia la mejilla.

—Querida niña, qué contenta estoy de conocerte.

Le sonrío con un pudor que no puedo controlar. Hará falta que pase algo de tiempo para que todo esto resulte natural, pero supongo que acabará ocurriendo.

Al día siguiente deja de nevar, aunque sigue sin volver la electricidad. Paso la segunda noche en el salón durmiendo solo a ratos para poder alimentar la chimenea y no morirme de frío, agradeciendo de corazón a Cédric que dejara en el porche el equivalente a tres carretillas de leña.

Sonrío al mirar la estancia donde duermo, como y leo. Es casi como si estuviera de acampada. Reina un desorden inconcebible, pero dudo que le hubiera disgustado a la tía Renata.

Para no caer en la decadencia total, decido ocuparme del frigorífico.

Después de dos días sin electricidad, si no hago nada, se va a pudrir todo lo que hay dentro.

Afuera debe de haber un grado, así que voy a empujarlo hasta la terraza.

Lo dejaré bajo el techado, junto a la puerta, para que los alimentos se mantengan frescos.

Sin embargo, no soy tan fuerte como pensaba.

Este cacharro debe de pesar ciento y pico kilos.

Estoy sudando cuando lo dejo colocado contra la pared.

Compruebo el interior del congelador. Los alimentos no se han descongelado del todo, pero la temperatura del exterior no bastará para mantenerlos así. Lo saco todo y me pongo a cocinar cuanto puedo. El resto lo tiraré.

Me paso gran parte de la tarde preparando platos que me parecen sencillos. El resultado es una escabechina, no hay otra palabra para describirlo: las verduras están demasiado cocidas; los purés, espesos; la carne se ha quemado en el horno, por no hablar del estado de la cocina...

Al final de la tarde, estoy hasta la coronilla y dejo la limpieza para luego.

Me siento delante de la chimenea en mi dormitorio-salón con un plato de sopa más o menos aceptable, y cruzo los dedos para que la situación no dure demasiado.

Como pase dos días más así, me veo volviendo al estado de neandertal.

Hace cinco días que Adam se fue y llevo cuatro sin tener noticias suyas.

Quizá ha intentado llamarme y no lo ha conseguido.

Pero ¿cómo se me ocurre no tener móvil? Envuelta en la manta y embutida en mi pijama-pelele de ratona y mis calcetines gordos, empiezo a angustiarme al pensar en él.

¿Y si, al no lograr contactarme, piensa que no quiero saber nada de él y que no le contesto aposta?

¿Y si no volvemos a vernos más porque siente que está reviviendo lo mismo que hace nueve años, y todo por un malentendido meteorológico?

No tengo ninguna manera de comunicarme con él.

Ni siquiera me acuerdo del nombre de la agencia para la que trabaja.

Aunque he llevado bastante bien el estrés de su partida, ahora de repente siento que la angustia crece a marchas forzadas.

Odio encontrarme en este estado. Yo no soy así. He dejado de ser una adolescente abandonada y aterrada. Lo he superado. Me convenzo de esta verdad bastante relativa, me hago un ovillo en el sofá y me duermo milagrosamente antes de que den las diez.