27. Fedra. RENOVACIÓN Y TEMPORAL DE NIEVE
RENOVACIÓN Y TEMPORAL DE NIEVE
—Fue el día que planté el arce rojo en Little Balmoral —me responde Cédric cuando le pregunto cómo conoció a mi madre—.
Era finales de marzo. Tu tía acababa de comprar la mansión.
Quería rehacerlo todo: la casa, el jardín...
Y ese árbol al borde del riachuelo era un poco como si ella misma se estuviera plantando allí.
Yo estaba muy feliz de hacerle ese favor.
Hacía un tiempo excelente. Mélanie... Tu madre llevaba un vestido de flores y la brisa le mecía la melena rubia.
Sentada en la hierba, recogía margaritas a unos metros de mí y hacía una cadeneta que trataba de colocarse alrededor del tobillo.
Nunca había conocido a una chica tan guapa como ella.
Yo solo tenía veintidós años, ella veintiocho, pero no me preocupaba la diferencia de edad. Le tiré los tejos abiertamente.
—¿Os enamorasteis?
—Bueno..., me encantaría decirte que sí, pero no fue el caso. Éramos jóvenes, frívolos... Solo estuvimos juntos una vez.
—¿En el sentido bíblico?
—Em, sí... Después de estar bebiendo toda una tarde en el único pub que había en Cornehotte en aquella época.
—¿Nunca sospechaste nada cuando te enteraste de que estaba embarazada?
—No. Ella regresó a Canadá casi de inmediato y yo me fui a vivir a la Dordoña.
Nunca volví a verla. Supe que estaba embarazada por una conversación entre Renata y mi madre.
¿Cómo habría podido imaginar que yo era el responsable?
Solo había sido una vez, era joven, no buscaba comprometerme, estaba centrado en mí mismo. Y Canadá estaba tan lejos...
Bajo la vista y me obligo a reír, es una risa muy falsa...
—Mi madre nunca le dijo la verdad a nadie, aunque, en realidad, lo único que hizo fue modificar levemente lo que pasó. Siempre me contó que se quedó embarazada tras un encuentro casual en un bar, una historia de una sola noche.
—Lo siento —murmura Cédric.
Y creo que es totalmente sincero.
Mi madre ya no podrá decirme por qué me mintió, pero lo puedo adivinar: su deseo de independencia era más fuerte que cualquier otra cosa.
Era una mujer de carácter. Está claro que un hombre habría entorpecido su afán de libertad.
No le reprocho que no me lo dijera; hizo aquello en lo que creía.
Sin embargo, al echar la vista atrás, comprendo mejor su angustia cada vez que volvía a Francia.
Quizá temía que se descubriese la verdad...
—Qué extraña es la vida... Llego a Cornehotte sin familia para heredar una casa y todo un cúmulo de obligaciones que no buscaba y, al cabo de un mes, heredo también un padre y una abuela cuya existencia ignoraba.
Cédric alarga la mano para acariciarme la mejilla; es casi como una descarga eléctrica. Hasta este momento, era un amigo de la familia. Hoy es mi padre, y mi padre me toca por primera vez.
—No pretendo recuperar los años perdidos, pero estoy feliz de saber que eres mi hija, Fedra. Si tú quieres, me encantaría que...
—A mí también —lo interrumpo—, porque toda mi vida he querido tener un padre.
Nos miramos unos segundos sin movernos. Luego Cédric abre los brazos y yo me acurruco entre ellos sin vacilar, como habría deseado hacer la niña que siempre fui al imaginar que mi padre estaba en algún lugar y pensaba en mí.
Cuando levanto la cabeza, sus ojos brillan tanto como los míos.
—Y te equivocas, sí que tenemos recuerdos —dice con suavidad—. Hemos bailado juntos en Halloween y hemos hecho un muñeco de nieve.
Resoplo y me limpio la nariz riendo.
—Técnicamente, lo hiciste tú solo. ¿Cuándo tuviste claro que yo era tu hija?
—Es innegable que nos parecemos mucho. Mi madre se dio cuenta mucho antes que yo.
Se alteró tanto la primera vez que nos vio juntos...
Pero no hay mayor ciego que el que no quiere ver...
Cuando me habló de sus sospechas, no quise escucharla; pensé que estaba desvariando.
Al mismo tiempo, ella veía señales por todas partes.
Luego me contaste que naciste el mismo año en que yo había plantado el arce, en el mes de diciembre.
Nueve meses después de que tu madre y yo nos...
conociéramos. Ya no había duda. Perdóname por no haber tenido la valentía de decírtelo en ese momento. En su lugar, traté de acercarme a ti.
Asiento con la cabeza mientras suspiro con fuerza.
Desde que estoy aquí, es como si toda mi existencia hubiera decidido actuar por su cuenta sin que yo pueda ejercer control alguno. Y tengo la impresión de que va muy deprisa. Da miedo. Pero esta experiencia también está enseñándome que solo se vive una vez.
Bajo los párpados y me cae una lágrima sin que lo pueda remediar.
—Lloras...
Me seco enseguida la mejilla.
—Es la emoción, lo siento. Es porque...
—¿Sí?
—Me imaginaba a mi padre a menudo. Qué aspecto tendría, qué haría en la vida, si me echaba de menos a pesar de que ni siquiera sabía que existía... Me inventé un montón de historias con él. Y creo que, si te hubiera conocido en la infancia, me habría encantado que fueras tú.
Me doy cuenta de que Cédric se ha emocionado porque mira alrededor como si estuviera conteniendo las lágrimas.
—Yo también estoy muy feliz de que seas mi hija, Fedra.
Me estrecha de nuevo entre sus brazos y yo me dejo llevar.
Hacia esta nueva vida y todo lo que tenga que venir.
Ayer, al poco de volver de La Hechicera, la nieve caía con tanta fuerza que en apenas tres horas se acumuló por encima de los dos primeros escalones del porche.
Por la tarde la estuve mirando con atención, preguntándome hasta dónde llegaría, cuando, de repente, se fue la luz.
Al faltar la electricidad, me quedé también sin internet y sin teléfono.
Sin calefacción, la temperatura bajó enseguida dentro de la casa.
Encendí velas por todas partes y tuve que hacer un fuego en la chimenea y cocinar con gas aunque prácticamente no utilizo otra cosa que el microondas.
Dormí en el sofá del salón porque en mi habitación hacía mucho frío.
Bueno, lo de dormir es mucho decir... No dejé de darle vueltas a la escena del día anterior, asimilando a duras penas todo lo que me había ocurrido.
Pensé muchísimo en mi madre y en mi infancia, reconstruyendo con tanta fuerza mis recuerdos que acabé estallando en sollozos para dar rienda suelta a todo lo que no podía expresar.
Me sentía traicionada por mi madre y, al mismo tiempo, no lograba enfadarme porque nos queríamos mucho.
La contradicción era insoportable. Me dormí agotada, aunque extrañamente serena por haber podido arrojar luz sobre una parte de mi vida que había estado tanto tiempo sumida en las sombras.
Al despertarme esta mañana y mirar por la ventana que da al jardín, constato que la situación no ha mejorado en absoluto durante la noche.
Aunque ha dejado de nevar, tengo la impresión de estar en otro país.
La mitad del pozo está enterrada, parece que la terraza está cubierta por un tapiz de algodón y la barandilla tendrá encima unos treinta centímetros de nieve.
Estoy casi segura de que nadie habrá visto nunca nada semejante por aquí.
Y yo que pensaba que, al venir a Francia, me iba a sentir totalmente desubicada... ¡Desde luego, no será este año!
En la casa hace incluso más frío que ayer, así que me lanzo a encender la chimenea, consciente de que voy a tener que salir al jardín a buscar leña para que me llegue hasta el final del día.
Sin tomar té ni nada, me visto rápidamente; me pongo las botas de invierno, la bufanda y el gorro de lana, y abro la puerta principal.
Ni siquiera se ven ya los escalones. Voy a la cocina a por la escoba y aparto toda la nieve que puedo.
Me enjugo la frente pensando en la cantidad de paladas que tendría que dar para despejar el patio.
Es del todo imposible. Incluso aunque llegara al todoterreno, el coche no podría avanzar.
El camino de acceso está igual de mal que el resto.
Pienso en las burras, y, consciente de que esta vez no voy a poder quitar la nieve, voy a verlas para ponerles un poco de heno y llenar varios cubos de agua, que les dejo dentro de la cuadra.
—¡Os prometo que la próxima vez podré hacer más!
A las dos de la tarde no ha vuelto aún la electricidad y no tengo modo de averiguar dónde están haciendo las reparaciones. Sé que no me queda otra que armarme de paciencia y esperar, pero me siento un poco aislada en esta casa.
Estoy preguntándome cuánto tiempo va a durar la situación cuando oigo el ruido sordo de un motor.
Miro por la ventana del porche y veo llegar por el camino un tractor transformado en quitanieves para la ocasión con una gran pala en la parte delantera.
Avanza con valentía, empujando la nieve y creando un montículo impresionante que acaba desbordándose por los lados.
Me visto y salgo al porche. Me encanta ver que, de los tres pasajeros del tractor, bien apretados unos contra otros, dos son Cédric y Élisabeth. Les hago una señal con la mano y espero a que el conductor se acerque para ir hacia ellos. La nieve me llega casi a las pantorrillas.
—¡Eh, habéis sacado la artillería pesada!
Cédric sale del tractor y le tiende la mano a su madre para ayudarla a bajar.
—No podíamos dejarte en esta situación. ¡La nieve tardará varios días en desaparecer!
—¡Buenos días, Fedra! —me saluda Élisabeth, besándome en la mejilla—.
Le hemos pedido a Albert que nos eche una mano.
¡Si vieras cómo están las carreteras! Menuda aventura venir hasta aquí, ¡hemos tardado casi media hora!
Con el viento que ha hecho esta noche, la nieve se ha acumulado en varios pueblos.
Nunca habíamos visto nada parecido por aquí.
Saludo con la mano a Albert para darle las gracias antes de que empiece a empujar de nuevo la nieve.