26. Fedra. ¡TRABAJAR SILBANDO!
¡TRABAJAR SILBANDO!
Ha nevado esta noche. Adam se marchó justo a tiempo.
Si hubiera cogido el coche hoy, habría tenido problemas en la carretera.
Desde luego, nada que ver con las impresionantes nevadas de Canadá, pero, aun así, debe de haber por lo menos veinticinco centímetros de nieve en polvo, suficiente para ocultar por completo la vegetación y hacer que las carreteras sean menos practicables.
Adam me llamó ayer por la tarde para decirme que había llegado bien y que ya estaba dale que te pego trabajando. Fue breve, pero me alegré de que lo hiciera.
A pesar del frío, abro de par en par la ventana de mi habitación para ventilar y me encierro en el baño para darme una ducha bien caliente.
Salgo ya vestida y lista para ocuparme de Fergusa y Cherryl.
Aunque las burras son de naturaleza robusta, no les gusta el frío y las temperaturas han bajado mucho en una sola noche, así que voy a asegurarme de que tienen todo lo que necesitan en la cuadra y a abrirles un sendero para que puedan acercarse al abrevadero.
Espero que el agua no se haya congelado.
Me pongo una parka y las botas forradas de mi tía, agradeciendo tener la misma talla que ella. Luego cojo una vieja pala de nieve del cobertizo antes de ir donde las burras. Cuando me oyen llegar, sacan la nariz de su pequeña casita de madera y rebuznan mostrándome los dientes.
—¡Hola, chicas! No tenéis ganas de hacer un muñeco de nieve, ¿verdad?
Entro en el cercado y me meto la mano en el bolsillo para sacar dos zanahorias. Fergusa las ve enseguida y avanza la primera.
—Muy bien, bonita. Qué rica, ¿eh? ¡Venga, Cherryl, ven, que no te voy a comer!
La burra gris se acerca con timidez y acaba por sucumbir a la tentación.
—Por lo visto, las burras odiáis mojaros las patas, así que voy a haceros un caminito hasta el abrevadero. ¡Más vale que os guste!
Comienzo revisando el interior de la cuadra fingiendo que soy una especialista cuando en realidad tengo tantos conocimientos sobre el tema como de leer chino.
Solo me he fijado en lo que le he visto hacer a Cédric.
Veo que detrás de la cuadra hay una carretilla.
Retiro el estiércol, les pongo paja limpia, lleno el comedero con dos fardos de heno, compruebo que el agua no se haya congelado y que haya suficiente y luego aparto la nieve a un lado para facilitar el acceso a mis dos peludas de largas orejas.
En Canadá, es habitual quitar la nieve de la entrada del garaje y la casa o de los senderos del jardín. Yo siempre he vivido en un apartamento, pero también era necesario despejarla en invierno para poder aparcar el coche. Así que no se me da mal.
No cuento el número de paladas que doy ni las gotas de sudor que me caen; me afano en el trabajo mientras silbo la canción de Blancanieves y los siete enanitos , un clásico.
—¡Cuánta energía!
Sorprendida, me vuelvo hacia Cédric. Con el gorro de lana bien enfundado, un grueso plumífero y barba de tres días, apenas lo reconozco.
—¡Ah, hola! ¡Tendrías que haberte escondido para seguir disfrutando de mi canto de colibrí!
—Cierto, me voy y vuelvo. ¡Haz como si no me hubieras visto!
Me río, qué alegre es siempre este hombre. Cada vez que lo veo, me entran ganas de sonreír.
—He venido a ver si necesitabas alguna ayuda con toda esta nieve que ha caído, pero salta a la vista que te las arreglas muy bien.
En el pueblo hay mucha gente que se ha quedado atrapada.
Mi madre estaba preocupada por ti. He llamado a la puerta y, al ver que no contestabas y que tu coche estaba fuera, he imaginado que estarías con las burras. Espero no molestarte.
—No, ni mucho menos, y llevo la nieve en la sangre. Pero dime, ¿qué tal está Élisabeth? Hace ya diez días que no tengo noticias suyas. He ido a la tienda, pero siempre me la he encontrado cerrada.
Por primera vez desde que le pregunto por su madre, Cédric desvía la mirada, lo que no ayuda precisamente a tranquilizarme.
—¿No tendrá problemas de salud?
—¡No, no! —se apresura a responderme—. Es solo que ha estado muy ocupada con los pedidos de los clientes por Samaín, sobre todo porque no logró encontrar a nadie que le echara una mano en la tienda, así que prefirió cerrar para atenderlos.
De todas formas, se niega a que la ayude.
Dice que tengo los dedos demasiado grandes.
Abro mucho los ojos y no puedo evitar mirarle las manos.
—¿Perdón?
Se encoge de hombros.
—Parece ser que voy por ahí rompiéndoselo todo... En mi defensa diré que tiene tantos trastos y chismes que, en cuanto me vuelvo, se cae algo. Lo único que me deja hacer es llevar los paquetes a correos.
Me contento con su explicación, aunque no me haya convencido del todo. Me da la impresión de que algo no encaja.
—¿Necesitas ayuda con las burritas?
—No, gracias, muy amable. Ya les he puesto el heno y les he cambiado la paja.
Asiente con la cabeza.
—Pero no les has hecho un muñeco de nieve.
Me hace sonreír.
—No, en efecto.
Y, a continuación, cruza el cercado y se pone a juntar nieve en un montón.
Frunzo el ceño sin estar segura de lo que está haciendo.
—Pero... ¿vas a hacer de verdad un muñeco ahí?
—¡Pues claro! —responde como si fuera perfectamente normal.
Sorprendida, miro cómo forma dos bolas de buen tamaño y, en un santiamén, aparece una criatura informe en el prado. Me he quedado patidifusa, no doy crédito.
—Le falta algo, ¿no? —pregunta.
—Eeeh... Ahora que lo dices... ¿Los ojos? ¿La nariz? ¿Los brazos?
¿O una verdadera cabeza de muñeco de nieve? En realidad, en Canadá somos especialistas, así que su pequeño Yeti me da un poco de pena.
Vuelve a cruzar el cercado, excava en la nieve y arranca una zanahoria. Recoge una rama, que parte en dos para hacer los brazos, busca unos guijarros para los ojos y da vida a «la cosa». Reconozco que ahora tiene mejor pinta.
—¿Te gusta? —pregunta con regocijo.
—¡Es espléndido!
No parece ser la opinión de Fergusa, que se acerca curiosa, olfatea al intruso y le come la nariz.
Mucho después de que Cédric se haya ido, sigo sonriendo al recordar esta escena, y me doy cuenta de que su visita ha sido el mejor de los remedios contra la depresión.
Hacia las cuatro de la tarde, cuando el sol empieza a declinar, satisfecha con mi jornada, me siento en el porche con una taza de té, envuelta en una manta muy abrigada, y miro cómo cae la nieve.
Sopla una ligera brisa y todo se vuelve aún más blanco.
El invierno acaba de instalarse en Little Balmoral.
Cuando me despierto tras una noche poblada de sueños, el último casi me hace reír de lo absurdo que era.
Élisabeth me anunciaba que era mi abuela justo antes de que Cédric se transformara en burro y se marchara de Little Balmoral con su muñeco de nieve todo torcido a cuestas.
Nunca me ha interesado la interpretación de los sueños, así que no tengo ni idea de qué significará este.
Sin embargo, no hace falta ser Freud para comprender que si he soñado con Élisabeth en estos términos es porque estoy preocupada por ella, como lo estaría por una mujer de cierta edad que parece ocultar algo.
Al levantarme, decido ir a verla a la tienda y plantarme en la puerta hasta que me abra.
Me preparo un desayuno rápido de gachas con plátano y arándanos y un té negro; luego me siento en el sofá, ante el ventanal del salón.
No ha vuelto a nevar por la noche, aunque yo pensaba que no pararía. Pero la nieve aún no se ha derretido y el jardín sigue cubierto por un manto blanco.
Adam no me llamó ayer por la tarde y, por primera vez en mi vida, me arrepiento de no tener móvil para poder enviarle un mensaje de texto. De todas formas, me habría hecho falta su número, y se marchó sin dejármelo.
Soplo el té y le doy unos sorbitos. He decidido no pensar demasiado en él. Solo conseguiría desmoralizarme e imaginarme cosas que quizá no sean ciertas. Y, como me decía mi madre en cierta época, pensar en lo malo atrae lo malo.
Me doy prisa en desayunar y luego voy al baño. A los treinta minutos, con dos botellas de zumo de calabaza en el asiento del copiloto, estoy en el todoterreno, que va a ser muy práctico para ir por el camino cubierto de nieve. Ni la cartera se ha atrevido a aventurarse por aquí.
La carretera se encuentra bastante despejada hasta Cornehotte, lo mismo que el pueblo. Aparco no lejos de La Hechicera y me dirijo a la tienda. La puerta está cerrada. Apoyo las manos en el cristal y observo la misma luz al fondo. Esta vez no pienso irme sin ver a Élisabeth.
—¡Babeth, soy Fedra!
No hay respuesta. Vuelvo a llamar y utilizo la llave del coche para golpear el cristal del escaparate, haciendo un ruido que no pueda ignorar.
Espero unos segundos y su silueta aparece en el resplandor de la trastienda. Se me curvan los labios en una gran sonrisa, le hago una señal con la mano y, con la otra, levanto la bolsa de tela donde he metido las botellas de zumo de calabaza.
Élisabeth, que siempre es tan animosa, me abre con una sonrisa leve.
Yo muestro energía por las dos.
—¡Hola! Hace mucho tiempo que no nos vemos, así que me he dicho que iba a aprovechar la ocasión para traerte zumo de calabaza. Lo hicimos para Halloween. Puedes tomarlo con unas tostadas.
—Buenos días, Fedra, gracias —dice, cogiendo la bolsa que le tiendo—. Entra, por favor.
Desde que vengo aquí, ya casi me resulta familiar el olor del incienso. Avanzo hacia el fondo de la tienda y me siento maquinalmente en un sillón donde antes teníamos la costumbre de tomar una infusión.
—Cédric me ha dicho que estabas hasta arriba de trabajo. Reconozco que estaba preocupada. Te he llamado varias veces y hasta he venido en dos ocasiones a la tienda...
—Sí, perdona. He estado muy ocupada y apenas empiezo a salir del hoyo.
Su tono muestra que está siendo reservada. No creo que yo haya hecho nada que deba reprocharme, pero necesito comprender la causa de este giro de ciento ochenta grados.
—¿Va todo bien, Babeth?
Me sonríe con los ojos un poco más brillantes que de costumbre.
—Sí, ¿quieres una infusión?
—Con mucho gusto, gracias.
Espero mientras desaparece en la pequeña estancia del fondo. Cuando vuelve, me sirve y se sienta frente a mí. Percibo con claridad una tensión que es probable que no venga de mí y, como es obvio que no quiere hablar de sí misma, procuro buscar una distracción que le permita relajarse.
—¿Sabes algo de interpretación de sueños?
Babeth bebe un sorbo de infusión y asiente con la cabeza.
—No soy una gran especialista, pero tengo algunas nociones. ¿Por qué?
—Pues porque esta noche he soñado una cosa muy rara.
Figúrate: tú me decías que eras mi abuela, Cédric se transformaba en burro y luego se marchaba de Little Balmoral con un muñeco de nieve a cuestas.
Bueno, es cierto que ayer me ocupé un buen rato de las burras y él hizo un muñeco en el prado, pero ¡aun así! La verdad es que es muy desconcertante.
Aunque esperaba entretenerla con mi sueño, cuyo significado me da completamente igual, resulta que ocurre todo lo contrario: Babeth se ha puesto lívida.
Deja la taza en la mesa con manos temblorosas.
—¿Babeth?
Imagino que va a decirme que soñar que alguien se transforma en asno es un mal presagio y me propongo relativizarlo porque no creo en esas cosas cuando se pone a llorar de repente, tapándose la cara con las manos.
—Ay, no, Babeth... ¿He dicho algo inconveniente? ¿He metido la pata? Si es así, lo siento muchísimo...
—No —me interrumpe—, no es eso. Perdóname, Fedra, no estaba preparada para esto y... no sé cómo reaccionar.
—Dime qué ocurre... —la animo mientras me inclino para ponerle la mano en el hombro.
Inspira profundamente y me mira con sus grandes ojos azules, casi traslúcidos.
—Te pido perdón por haberte evitado, pero es que no sabía cómo comportarme. Me resultaba muy difícil estar frente a ti como si no pasara nada. —Solloza con más fuerza aún—. Dios mío, había prometido no decir nada, pero no puedo. Es demasiado duro.
—¿Es una situación que me afecta a mí? ¿He hecho algo mal?
—No, pequeña Fedra, no... Pero tu sueño no mentía. Soy tu abuela.
Tardo varios segundos en reaccionar.
—¿Perdona?
—Ay, Dios mío, ¿por qué será tan duro decir la verdad cuando ocultamos un secreto?
—¿Qué secreto?
—Cédric me hizo prometer que no te diría nada para no perturbarte.
Al comprender lo que me está contando, me echo hacia atrás y frunzo el ceño procurando mantener la calma.
—Te equivocas, Babeth. No sé quién es mi padre, pero mi madre lo conoció en el bar donde trabajaba, en Canadá.
Babeth niega con la cabeza.
—En absoluto, pequeña, en absoluto... ¿No ves cuánto os parecéis? Tus ojos, tu piel, hasta la forma de la nariz. Siempre pensé que te parecías a tu tía, pero cuando volviste a Cornehotte y te vi al lado de Cédric la primera vez, lo comprendí...
¿El día que se puso tan rara? ¡Es absurdo! Y, sin embargo, el corazón me late a mil por hora.
—Cédric lo tiene claro... Fuiste concebida cuando Renata compró la casa, en el 2000, el año en que él conoció a tu madre. Fue en abril y tú naciste en diciembre. No hay error posible.
Todo bulle en mi cabeza. Me presiono las sienes.
—No, es imposible...
Una parte de mí grita que no es cierto y, sin embargo, todo concuerda: las fechas, los rasgos comunes, el pelo, los ojos, el color de la piel... Podría ser verdad.
Madre mía, vengo a saber de Élisabeth y descubro que toda mi vida estaba construida sobre una mentira. No solo está la historia de la carta que mi madre abrió y rompió, sino todo lo demás. Desde que nací.
Élisabeth me pone una mano trémula en la mejilla.
—No sé qué llevaría a tu madre a no decirle a nadie la verdad. Quizá tener una hija con el hijo de la mejor amiga de su hermana era demasiado para ella.
—¿Y Cédric no lo supo nunca?
En ese instante se abre la puerta de la tienda y es él. Me levanto de un salto.
Cédric mira a su madre y luego a mí, y comprende que su secreto se ha descubierto.
Siento que me fallan las piernas. No tengo ni idea de cómo asimilar todo esto.
—Cédric, yo...
Se acerca a mí con una sonrisa un poco triste.
—Habría querido conocerte antes, Fedra. Habría querido estar ahí. No juzgo a tu madre por sus decisiones. Solo digo que habría sido un buen padre.
Esta vez se abren las compuertas y me echo a llorar.
No esperaba en absoluto vivir semejante situación.
De pequeña, soñaba con un padre imaginario que me encontraba, me decía lo mucho que sentía no haber sabido nada y al fin estaba ahí para mí.
Y es ahora cuando ocurre, al cabo de casi veinticinco años... Estoy conmocionada.
—Seguro que tenéis muchas cosas que deciros —murmura Élisabeth con una voz trémula de emoción—. Os dejo para que habléis.
Cédric asiente con la cabeza. Yo no logro apartar la vista de sus ojos, esos ojos idénticos a los míos.
Babeth sale de la tienda sin hacer ruido y yo me encuentro sola con ese padre al que no conocía.