Un otoño para enamorarnos 25. Fedra. ¡NO HAY NADA COMO UN RATONCITO!
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25. Fedra. ¡NO HAY NADA COMO UN RATONCITO!

¡NO HAY NADA COMO UN RATONCITO!

De todas maneras, no voy a perder el norte.

Antes de que Adam se dé cuenta de mi ausencia, subo al primer piso para recuperar el trozo de carta.

Quito la zapatilla que puse para impedir que la puerta volviera a cerrarse y entro en el taller.

Casi siento vergüenza al ver el desorden que armamos.

La culpa fue de mi pequeño berrinche ante la idea de que Adam quisiera quitarme mi preciado fragmento de carta.

Estoy convencida de que el papel no estaba ahí la última vez que vine. Y, dada la reacción de Adam cuando intentó cogerlo a toda costa antes que yo, no fue él quien lo puso en la mesa. Pero, entonces, ¿quién? Suspiro. Hay veces que es mejor no tratar de comprender.

No lo encuentro enseguida. Tengo que ir levantándolo todo hasta descubrirlo pillado entre las tablas del suelo.

Me siento con las piernas cruzadas y lo miro.

¿Es ahora tan importante que Adam se quede sin saber todo lo que decía la carta?

Ya conoce una gran parte... En realidad, nunca fue relevante, pero mi espíritu competitivo me empuja a hacer todo lo posible para que no encuentre los últimos trozos.

Así que me pongo a buscar por todas partes, levantando lienzos del suelo, recogiendo todo lo que hay tirado, vaciando los botes de lápices, mirando detrás de todas y cada una de las cosas, pero nada.

—¿Dónde estarán, por Dios?

—¿Quieres que te ayude quizá?

Sobresaltada, me vuelvo hacia Adam. Llevo aún mi pijama de ratoncita, pero él se ha dado el lujo de ducharse y vestirse. Justo el tipo de situación en la que preferiría que estuviéramos en igualdad de condiciones.

—¿Es esto lo que buscas?

Sujeta un trozo de papel entre el pulgar y el índice, y me lo muestra.

—Pero... ¿dónde lo has encontrado?

Su sonrisa resplandece.

—En el único lugar donde nunca se me habría ocurrido mirar: el baño.

—¿El baño? Pero... ¿cuándo? ¿Dónde?

—Casi instantáneamente, detrás de la taza del váter. ¿Lo quieres?

Frunzo el ceño.

—Si te digo que sí, ¿qué vas a pedirme a cambio?

Se acerca a mí despacio con una sonrisa temible en los labios.

—Que te quites el disfraz de ratoncita.

—No es un disfraz.

—Llámalo como quieras. A ver, ¿quieres el trozo de papel?

Levanto la barbilla, orgullosa.

—¿Quién me dice que no me estás tomando el pelo e intentando colarme un fragmento que encontraste hace tiempo?

—Nadie. Pero lo tomas o lo dejas.

—Vale, pues lo dejo. No voy a darte mi cuerpo por un papel. Vamos, por nada de nada. Tenlo muy claro.

Paso por delante de él con la intención de salir toda ufana, pero Adam me coge de la mano y me mira con picardía.

—No te pido tu cuerpo, solo el pijama. Es tan sexi... ¿Los hacen igual para hombre?

Levanto los ojos al techo y me suelto con suavidad.

—Su impertinencia le pasará factura, señor Lafaye. Lo único que ahora le libra de un castigo severo es que antes he pasado un momento muy bueno con usted. Sígame, es la hora del desayuno.

Adam se echa a reír y me sigue.

4 de noviembre

El asunto de la carta no vuelve a surgir durante los dos días siguientes.

Nos hemos encerrado en la casa. Apenas hemos comido y ni siquiera salimos a saludar a Romain cuando vino a ocuparse de Fergusa y Cherryl el domingo.

Nos hemos aislado como dos adolescentes que tienen miles de cosas que decirse y hacerse.

Es como si hubiéramos retrocedido nueve años, como si, cada vez que nos tocamos, lo que nos unió en la adolescencia volviera a estar presente.

En esa época, una noche Adam y yo llegamos a la conclusión de que éramos almas gemelas y nada nos separaría jamás. Ahora que nos hemos vuelto a encontrar, sin que él diga nada, sé que piensa lo mismo que yo.

Pero el martes por la mañana, en la cocina, Adam me besa en el cuello y me mira con abatimiento.

—Mi jefe quiere que vuelva y que trabaje en la oficina sobre las modificaciones de mi reportaje.

—¿No está contento?

—Es algo habitual. Julien no sabe trabajar de otra manera. Siempre hace algún cambio antes de entregar el artículo al cliente.

Reprimo un suspiro. No quiero que se marche ya. Me habría gustado que estos dos últimos días se estiraran un poco más, aunque el curso de la vida es más fuerte que todo lo demás y nadie puede frenarlo.

—El trabajo es un rollo, pero de algo hay que vivir —dice Adam en tono burlón.

Apago el hervidor y vierto el agua caliente en una taza antes de sentarme a la mesa. Llevamos tres días sin hacer la compra, así que, aparte de galletas saladas y queso, no hay nada. De todas formas, se me ha quitado el hambre.

—¿Cuándo te vas?

—Después de desayunar. París está a cuatro horas en coche. Es mejor que no me demore mucho para evitar los atascos y no llegar demasiado tarde a la oficina.

—Vale.

No puedo controlar el tono de voz. Adam comprende enseguida que tengo un nudo en la garganta.

—Mira el lado bueno. Vas a poder buscar todos los fragmentos de la carta que faltan y poner la casa patas arriba.

Me esfuerzo por sonreír y no menciono en absoluto la posibilidad de que él vuelva.

—Ten por seguro que lo haré —contesto.

Adam se va al cabo de una hora con todas sus cosas.

La casa se queda de repente tan vacía, tan silenciosa...

Me mantengo ocupada un buen rato para no empezar a dar vueltas en círculo y para contrarrestar la sensación de abandono que está apoderándose de mí.

Ordeno la cocina y la despensa, paso la mopa por todas partes, limpio los cristales, que buena falta les hacía, retiro las cenizas de la chimenea antes de volver a encenderla y vuelvo a meter velas en todas las calabazas para prolongar Halloween. Luego decido lavar las sábanas.

Cuando, con una cesta de ropa bajo el brazo, entro en la habitación donde ha dormido Adam estas dos últimas semanas, se me hace un nudo en la garganta.

Ha dejado encima de la mesa un cheque por la cifra que habíamos acordado en pago de su estancia.

Es como si sugiriese el fin de algo y no lo soporto.

En la parte de atrás veo que hay un pósit:

Me da la sensación de que no querrás cobrarlo, pero acéptalo, por favor. ¡Al menos para pagarte algún que otro curso de cocina!

El mensaje me arranca una pequeña sonrisa. Entonces me fijo en un trozo de papel rojo que hay en el suelo y me quedo unos segundos mirándolo sin moverme y sin lograr alegrarme por el hecho de que lo haya dejado ahí antes de irse.

Pero ¿no es esto lo que yo quería? ¿Reunir yo sola los fragmentos de la carta y no reconocer nunca delante de él lo que escribí en su día?

Recojo el papel y vuelvo a mi habitación para echar mano del filtro y del último trozo de carta, que ni siquiera he leído aún.

Luego me voy a la cocina con todos los fragmentos y los extiendo en la mesa.

Paso el filtro por los dos nuevos papeles y suspiro.

«No quiero separarme de ti...».

Esta frase me impacta con tanta fuerza que se me llenan los ojos de lágrimas.

Levanto la vista hacia la ventana y miro el sendero bordeado de árboles, que están casi desnudos.

Se ha ido tan rápido esta mañana que me es imposible imaginar que no nos vayamos a ver más.

No puedo porque no nos hemos encontrado de nuevo después de todos estos años para volver a perdernos tan pronto.

He esperado este momento toda mi vida y me niego a creer otra cosa.

Cojo el cheque que ha dejado a mi nombre sobre la mesa y lo rompo.

Nunca fue una cuestión de dinero.

Cierro los ojos y permito que una lágrima me ruede por la mejilla.

¿Estoy volviendo a enamorarme de él?

Qué pregunta más tonta...

Siempre he estado enamorada de él.