Un otoño para enamorarnos 24. Adam. EN EL OJO DEL HURACÁN
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24. Adam. EN EL OJO DEL HURACÁN

EN EL OJO DEL HURACÁN

Falta poco para medianoche cuando volvemos a Little Balmoral.

En las ventanas, los faroles con forma de calabaza que ha tallado Fedra nos recuerdan que Halloween no ha terminado aún ni mucho menos.

Aunque ella no ha bebido mucho esta noche, apenas tres copas, toda la energía que ha gastado bailando ha sido suficiente para darle sueño.

Se ha dormido en el coche durante el trayecto a pesar de que no ha durado más de diez minutos. No me atrevo a despertarla.

Quito el contacto, pongo el freno de mano y me vuelvo para mirarla.

Al aparcar, se han encendido las luces automáticas, que iluminan su bonito rostro a través de la ventanilla, sus largas pestañas, que reposan sobre sus mejillas, sus finos rasgos y su boca redondeada.

El maquillaje de zombi no basta para ocultar el resplandor aterciopelado de su piel.

Está preciosa. La veintena le sienta bien, lo mismo que las curvas que ha ganado.

Aunque siento deseos de alargar la mano para acariciarla, me reprimo.

—Fedra, ya hemos llegado.

Suelta un gemido adorable, pero no se mueve.

—Ya hemos llegado...

Me atrevo a acariciarle un hombro. Ella suspira y abre tímidamente los ojos.

—¿Ya estamos en casa?

—Desde hace por lo menos media hora. No quería despertarte.

Ella se incorpora de golpe.

—¿De verdad? ¿Qué hora es?

—No, te estoy vacilando. Es casi medianoche. Eso sí, hablas en sueños.

—Oh... ¿Hablo dormida? ¿Y qué he dicho?

—Que me encontrabas muuuy sexi vestido de diablo, pero no tanto como al marido de Martine.

Esta vez abre mucho los ojos.

—Me sigues tomando el pelo, ¿verdad?

—Por supuesto —digo muerto de risa—. Venga, a la cama. Vas a dormirte en menos que canta un gallo.

Al salir del coche, el frío es glacial. El cielo debe de estar cubierto, porque no se ve ni una estrella.

—¡Qué frío hace! —exclama Fedra, subiéndose el vestido para correr hacia el porche—. Si estuviéramos en Quebec, diría que está a punto de nevar.

Mete la llave en la cerradura de la pesada puerta negra y, antes de entrar, acaricia la corona de hojas que ha confeccionado. Enciende la luz del vestíbulo, se dirige al salón, deja caer el bolso al suelo y se hunde en un sillón frente a la chimenea.

—Qué frío hace aquí... No quería encender los radiadores tan pronto, pero va a hacer falta. Odio el invierno...

Se ha puesto un poco tensa de repente, pero no digo nada. Me quito el redingote desgastado y me arrodillo delante de la chimenea para tratar de reavivar el fuego.

Con unas ramitas que saco de una caja de madera que hay a un lado, troncos pequeños y papel, las llamas vuelven a prender.

—Eres un maestro —dice Fedra sonriendo—. A mí nunca se me ha dado muy bien. Entre eso y que no sé cocinar, en épocas pasadas me habría muerto de hambre y frío. Voy a hacerme una infusión, ¿quieres una?

Niego con la cabeza.

Ella se quita las Converse y sale de la habitación sujetándolas por los cordones. Ese lado infantil de Fedra me hace sonreír; siempre me ha gustado, aunque los años hayan hecho de ella una adulta hecha y derecha.

Vuelve con una taza humeante y galletas.

—He pensado que a lo mejor tienes hambre.

—Con todos los dulces que he comido en el baile, desde luego que no. Y los pasteles bárbaros estaban deliciosos. ¡Claro que habrías sobrevivido en la época de los cromañones!

—Sí... Pero unos pasteles hechos con raíces no habrían funcionado tan bien...

Vuelve a sentarse en el sillón y bebe un largo trago de la infusión mientras el fuego arde vivamente y desprende un calor suave.

—¿Por qué no te gusta el invierno? Es muy extraño para una canadiense.

Ella sonríe.

—Cuando la gente piensa en Canadá, siempre se imagina nieve, hielo y frío, pero es mucho más que eso. Es un país multiforme, de naturaleza virgen, paisajes impresionantes, lagos azules, montañas verdes, saltos de agua, pueblos como no los hay en ningún otro sitio...

—Solo he ido una vez, y era invierno.

—¡Pues habrá que ponerle remedio! Y verás que la nieve está lejos de ser lo que mejor representa a mi país, aunque, como es bien sabido, mis compatriotas saben mantener el tipo cuando se pone a nevar.

—Entiendo... —digo sonriendo también—. Pero eso no explica por qué no te gusta el invierno.

—Mi madre murió un 21 de diciembre. Me acuerdo de que veía caer las hojas del otoño a la vez que su salud iba deteriorándose.

Fue casi simbólico. Le gustaba tanto esa estación...

Nunca sonreía tanto como al contemplar las hojas rojas de los árboles o a las ardillas buscando provisiones...

Cuando el invierno se la llevó, se llevó a la vez nuestros muñecos de nieve, los paseos con raquetas, el patinaje sobre hielo, las cenas de Nochebuena...

Pronto hará tres años. La echo muchísimo de menos.

—Allí donde esté, seguro que también te añora.

—Ah, estará muy ocupada riñendo con mi tía, no te preocupes. Me voy a acostar, ¡estoy agotada! Gracias por encender la chimenea. Tendremos menos frío al levantarnos. Buenas noches, hasta mañana.

—Buenas noches, Fedra.

La veo alejarse con el vestido cubierto de polvo y el pelo desordenado.

Me gustaría alcanzarla, besarla, prometerle que, aunque esté triste, todo pasará.

Pero ¿quién soy yo para hacer algo así? ¿Quién soy, aparte de alguien que regresará en breve a su vida parisina cómoda y sin preocupaciones? Nadie.

Porque eso forma parte de las cosas que nos diferencian.

Me he dado cuenta de que Fedra tuvo menos infancia que yo.

Ya cuando éramos adolescentes, ella me contaba lo difícil que era la vida para su madre.

Fingía detestar la tecnología y no querer móvil, pero yo creo que sobre todo era porque su madre no podía comprárselo.

En cambio, a mí no me faltaba de nada. Mis padres siempre han disfrutado de una buena situación económica y yo era de los chavales privilegiados: club deportivo, viajes, ordenador, móvil, colegio privado...

Fedra no pudo acceder a nada de eso. Es evidente por su personalidad.

Y, al mismo tiempo, también es lo que le confiere su inmenso valor.

Me paso una mano por el pelo con la vista perdida en el hogar. ¿Qué es lo que siento por esta chica? Tantas cosas a las que me he prohibido poner nombre... No ha cambiado prácticamente nada.

Suspiro, me levanto y apago todas las luces.

Me despiertan unos golpes repetidos. Uff, ¡es insoportable!

Afuera hace viento y, con cada embate, parece que la casa se va a venir abajo.

Me tapo los oídos con la almohada y trato de volver a dormirme en vano.

Al final me rindo y me levanto. Cojo el móvil para tener un poco de luz y salgo de la habitación.

Son las dos de la mañana. Este caserón va a terminar conmigo.

Ocurre lo mismo que la última vez. El ruido viene del primer piso.

¡Venga, amigo, sube las escaleras, soluciona el problema y vuélvete a la cama!

Al llegar al rellano, giro a la izquierda y, sin sorprenderme, descubro que la puerta de la torre golpea de nuevo. No hay dos sin tres, por lo que parece.

Antes de cerrarla, subo por la escalera de caracol con la intención de bloquear la ventana responsable de todo este escándalo, que no deja de abrirse con el menor soplo de viento.

Frunzo el ceño al ver que hay luz arriba.

Me detengo y saco la cabeza por la trampilla abierta.

Distingo una forma curiosa en la penumbra, justo delante de la claraboya.

Parece un animal grande de dos patas con pequeñas orejas redondas y una cola bastante larga.

Fedra y sus pijamas inverosímiles... Me pregunto de dónde saca esa vestimenta. En este caso es la réplica perfecta de un pelele de bebé, con su capucha de orejas de ratón incluida.

Me río para mis adentros y termino de subir las escaleras para dejar constancia de mi presencia, pero Fedra se vuelve en el mismo momento y lanza un grito que me hace chillar a mí también. ¡Con ella no gana uno para sustos!

—¡Ay! Joder con el gabachito, me has asustado —dice, llevándose la mano al corazón—. ¿No podías avisar?

Como siempre, sus insultos me hacen reír.

—¡No me hace gracia!

—A mí sí, sobre todo el pijama que te has puesto.

Se baja inmediatamente la capucha.

—Es que en mi habitación hace frío.

—Claro, claro...

—Es la verdad. ¡De todas formas, no es asunto tuyo!

Me agacho y meto la mano por la abertura de la escalera para pulsar el interruptor. El pijama es gris y de peluche. El kit completo.

¿Y yo? Llevo una camiseta y un pantalón corto. Vamos, lo normal.

—Vale, Minnie, ahora que la ventana está cerrada, ¿volvemos a la cama?

—Esta puerta es de locos. La última vez, cuando salí del taller, no pude volver a abrirla. O sea, ¿yo no puedo, pero el viento sí?

—¡Buuuuu! Espíritu, ¿estás ahí?

—Bueno, bueno, bueno. Venga, aparta —me dice, queriendo bajar.

Estoy a punto de dejarla pasar cuando me llama la atención un trozo de papel rojo, ya de lo más familiar, que reposa tranquilamente sobre la mesa.

No estaba allí la vez que encontré los tres primeros fragmentos, estoy completamente seguro.

Trato de no pensar demasiado en lo extraño de la situación y desvío los ojos para no atraer la atención de Fedra, pero es demasiado tarde porque se vuelve, lo ve y se tira a por él antes que yo.

Cuando me lanzo sobre ella, se apodera del papel, retrocede, se baja la cremallera del pijama y se lo mete dentro.

—¡Hala! ¡Te has quedado sin él!

Entrecierro los ojos. No debería estar tan segura de ello. Avanzo un paso.

—¡Quédate donde estás!

—Ni hablar.

Se pone detrás de la pequeña mesa, como si pudiera protegerla.

—¿Te das cuenta de que esa mesa no te ayudará a escapar de mí?

—No soy ninguna presa. ¡Aparta! No estoy de broma.

—Ni yo.

Me acerco una vez más y ella me tira todo lo que tiene al alcance de la mano: tubos de acrílico, pinceles, espátulas, trapos arrugados, lápices, vasos...

Los esquivo. Y, cuando ya no tiene nada más que arrojarme, empuja con estrépito la mesa en mi dirección para intentar salir corriendo de la estancia.

De pronto, pierdo el equilibrio y me agarro por los pelos a lo primero que pillo: Fedra.

El choque es inevitable. Nos caemos al suelo y yo me quedo encima de ella. Noto sus pechos aplastados contra el mío, mi bajo vientre perfectamente encajado en el suyo. Los dos nos quedamos asombrados por la increíble intimidad de la posición.

Como yo tengo ventaja, podría comportarme como un auténtico bruto y meterle la mano por debajo de la cremallera del pijama, pero soy incapaz de apartar la mirada de esos ojos tan verdes e intensos que dicen más que mil palabras.

Aunque tenía la intención de engatusarla para hacerle pagar por la forma en que me engañó con su beso el otro día, es ella la que me está volviendo loco.

Respira entrecortadamente, jamás había visto algo tan sensual e inocente a la vez. Se me forma un nudo insoportable en el vientre. Trago saliva.

—Voy a besarte, Fedra. Al diablo la maldita carta.

Ella cierra los ojos y entreabre los labios como si fuera una invitación.

—Bésame...

Parto a la conquista de su boca, y lo que ocurre a continuación sobrepasa todo lo que habíamos imaginado, deseado y soñado.

La estancia acoge nuestro fervor, nuestros suspiros y gemidos.

Nueve años y millones de segundos de espera febril culminan aquí, en el corazón de la noche, en pleno suelo, en medio de lienzos, pinturas, hojas diseminadas, fotos.

Somos el ojo del huracán y la tempestad que desencadenamos.

Nunca he estado más seguro de encontrarme en el lugar que me corresponde. Con ella. En ella. Porque siempre se trató de nosotros.

Fedra y yo.