Un otoño para enamorarnos 23. Fedra. ¡ABRACADABRA!
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23. Fedra. ¡ABRACADABRA!

¡AbrACADAbrA!

No me habría gustado que leyera este fragmento.

Son dos palabras que parecen anodinas, pero en ellas está todo dicho: mi amor, mis esperanzas y mi pena, y todo eso me pertenece.

Aún no me creo lo que me atreví a hacer ayer para que no lo consiguiera.

Lo cogí totalmente desprevenido, no se lo esperaba en absoluto.

La vergüenza dio paso enseguida a un sentimiento de satisfacción que, no obstante, me impidió dormir anoche.

Ese beso... ha sido sin duda el más intenso de toda mi vida porque llevaba deseándolo nueve años.

En todo ese tiempo he fantaseado tantas veces con él que me parecía totalmente real, pero el de ayer...

superó todo lo que había imaginado; su madurez y la mía hicieron chispas, una explosión de deseo casi incontrolable.

Si me hubiera intentado quitar la ropa, no tengo duda de que le hubiera dejado hacer y lo habría desnudado a mi vez.

¿Es posible que el cuerpo humano sepa con exactitud a quién está destinado y con quién quiere estar?

¿Que esté conectado con otro hasta tal punto que la eternidad de la espera parezca no haber existido nunca en el momento en que se produce el reencuentro?

Es totalmente irracional y, sin embargo, es justo lo que viví ayer.

Siempre me he sentido conectada con Adam, siempre lo he estado aguardando, anhelando.

¿Qué va a ocurrir ahora? No tengo ni idea, pero primero voy a centrarme en el día de hoy. Después ya veremos.

A mi edad no debería emocionarme tanto la idea de ir a un baile de Halloween.

Sin embargo, todos los años es igual. ¡Cualquiera diría que lo llevo en la sangre!

Cuando era pequeña, recorría las calles de Laval pidiendo caramelos y otras golosinas acompañada por mi madre.

Para mí era una época igual de importante que las Navidades.

Cada año la esperaba con una impaciencia casi histérica.

Cojo la percha en la que colgué el traje que descubrí en el desván.

A pesar de que lo he aireado durante varios días, le he quitado el polvo y le he rociado perfume, el olor a cerrado sigue muy presente.

Sonrío imaginando la cara de asco de Adam cuando vaya a ponerse el suyo, pero una cosa es segura: él y yo estaremos totalmente integrados en el ambiente.

Aunque el estado del traje no sea el mejor del mundo, me pongo unas medias de rayas negras y blancas que eran de mi excéntrica tía, una enagua de encaje que he encontrado en un baúl y, encima, el vestido.

Lo hago con cuidado, pues a una anciana dama de ciento cincuenta años hay que tratarla con mucha delicadeza.

Por casualidad, Janis Linklater debía de estar igual de rellena que yo. Tenía miedo de que no me entrase, pero es todo lo contrario: me sienta muy bien. Aunque no soy capaz de abrocharme sola los botones de la espalda.

Me divierte lo que veo al mirarme en el espejo. De calzado, lo único que tengo que vaya bien son un par de Converse rojas. Quedarán fenomenal.

Me recojo el pelo en un moño desordenado y comienzo a maquillarme con la paleta de colores especiales que he comprado online y que he recibido justo esta mañana.

Un poco de gris, un poco de verde, un poco de amarillo, y ya tengo la piel más cetrina del universo.

Estoy bastante satisfecha con mi traje usado.

Doy la impresión de haberme despertado de un sueño de mil años en una tumba olvidada.

Me extiendo a propósito un poco de negro por los ojos para darle un pequeño toque Bitelchús , me difumino un poco de rojo en los labios de manera que se salga ligeramente y me aplico en las uñas un esmalte de color gris verdoso sucio.

¡Lista! Gracias al traje hasta huelo a desenterrada, perfecto para el estilo.

Salgo de la habitación satisfecha con mi aspecto, y voy a llamar a la puerta de Adam.

Cuando me abre, me quedo boquiabierta.

La camisa, el chaqué y el redingote desgastados le sientan de maravilla, pero lo del pantalón es otro asunto: le queda demasiado corto y apretado, sobre todo en el muslo y la entrepierna. Trato de no reírme al verlo gesticular y estirar la tela buscando un poco de holgura.

—Estoy muy comprimido, no voy a aguantar toda la noche. ¡Venga, ríete!

Por si le sirve de algo, le enseño mis medias y mis Converse.

—¡No puedo, yo también voy fina! ¿Listo para el maquillaje?

Hace una mueca.

—¿De verdad es obligatorio?

—Sí. Si no, ¡nadie se va a creer que seamos el señor y la señora Linklater!

Adam suspira y abre la puerta del todo para dejarme entrar.

Enseguida se me van los ojos a la cama, luego vuelven a él. Aparto las imágenes que me vienen a la cabeza y le sonrío.

—¡Venga, siéntate!

Se sienta en la silla del escritorio, cierra los ojos y me deja hacer.

Sigo exactamente el mismo método que he usado conmigo misma, y, en un santiamén, Adam adquiere el aspecto de un muerto viviente superrealista.

Cuando acabo, nos miramos en el espejo de la pared. Vamos muy conjuntados.

—En momentos como este me arrepiento de no tener móvil para hacer un selfi.

—Pero yo sí tengo —dice Adam, cogiendo el teléfono de encima del escritorio.

Se coloca detrás de mí porque él es bastante más alto, me pone una mano en el hombro como si fuésemos una pareja del siglo XIX y hace la foto.

—¿Me la envías a mi correo?

—Ah, pero ¿tienes? —se burla—. ¿Cómo es posible?

Levanto los ojos al techo mientras deja el móvil en la mesa. Luego veo que me mira la espalda.

—Vas con el vestido abierto...

—Ah, sí. Es que no podía abrocharlo yo sola.

—¿Quieres que lo haga yo?

Asiento con la cabeza, quedándome un poco sin respiración.

Adam inclina la cabeza y empieza a abrocharme el primer botón, en la parte inferior de la espalda. Siento su aliento en la nuca y tengo que reprimir un estremecimiento.

Al pasar al siguiente botón, me roza la espalda con la punta de los dedos.

Cierro los ojos.

Empieza con el tercero, y me siento morir cuando, con una uña, me araña suavemente la piel. Esta vez se me escapa un pequeño suspiro.

Con el cuarto, el quinto y el sexto, dejo de respirar. Se está tomando su tiempo y sabe a la perfección lo que está haciendo. Al llegar al último, se inclina y me susurra al oído un «ya está» que me forma un nudo en el estómago.

Me vuelvo para mirarlo con las mejillas un poco enrojecidas.

—Gracias...

Sin quitarme la vista de encima, avanza un paso y se apoya con la mano en la pared que hay detrás de mí, lo que me obliga a echarme atrás, hacia el espejo.

—De nada —me responde sin moverse.

Entonces, casi a punto de decirle que ya no tengo ganas de ir a ninguna fiesta de Halloween, levanto una mano para posarla sobre su pecho, pero él detiene mi gesto rodeándome la muñeca con los dedos.

—No te emociones, Demay, que esta vez no tengo ningún papel que me quieras robar.

—Bien traído...

Adam sonríe.

—¿Habías besado antes a un zombi? —pregunta con voz sorda y mirándome a la boca fijamente.

—No... —respondo con un hilo de voz.

—Yo tampoco. ¿Vamos?

Y se endereza de repente. Yo la verdad es que ya no sé ni dónde estoy.

—Adam.

—¿Sí?

—¿Podemos ir en tu coche?

Su sonrisa es burlona.

—¿Por qué? ¿Te tiemblan las piernas?

Sí, y ya es hora de que me recomponga.

—No, es porque el traje no me va a dejar conducir bien. Venga, vamos.

Salgo de la habitación como una reina, pero bastante conmocionada. Y la noche no ha hecho más que empezar...

¡Que pase lo que tenga que pasar!

Con unas cestas llenas de pasteles bárbaros bajo el brazo, llegamos al salón de festejos justo a las diez de la noche. Ya hay un montón de gente.

En cuanto a la decoración, los de la asociación han ido a por todas.

Es increíble. Ya solo la entrada es fabulosa, con calabazas apiladas unas sobre otras, un espantapájaros con cabeza de calabaza que hace las veces de mayordomo, faroles donde pululan insectos y murciélagos de mentira.

¡El interior es aún más increíble! No han escatimado en telarañas, escobas y gorros de bruja, calderos, grimorios y gatos negros.

No sé de dónde habrán sacado todo esto, pero es extraordinario.

Y todo el mundo está disfrazado: brujas, zombis, vampiros, una criatura de Frankenstein, hombres lobo, piratas muertos vivientes, una princesa con la boca ensangrentada... ¡Está todo lleno de gente malvada!

—¡Ah, ahí estáis! —exclama Martine al vernos llegar—. ¡Estáis guapísimos!

—Tú tampoco estás nada mal —la felicita Adam, besándole la mano en plan seductor de fin de semana.

Disfrazada de bruja, se parece muchísimo a Bette Midler en El retorno de las brujas , con su peluca roja ondulada y su vestido verde y bronce.

—¿Quién está poniendo la música? —pregunta Adam cuando se oye La salsa du démon .

Martine deja escapar un profundo suspiro.

—Te dejo adivinar —dice, señalando a un diablo barrigón con la cara pintada de rojo y unos cuernos negros muy grandes.

Henri, su marido, claro.

—¡Ah, hola! —nos dice una mujer de unos sesenta años con un disfraz de Cleopatra sacrificada—. Soy Odette, la presidenta de la asociación. Encantada de conoceros en persona. Nos habéis ayudado mucho con las calabazas.

—Ha sido un placer.

Odette me hace una especie de reverencia y se lanza a la pista para caer en brazos de una momia a la que le cuesta bastante bailar por culpa de las vendas.

—Y luego dicen que los mayores no saben divertirse —se burla Adam.

Dejamos los pasteles en la mesa, junto al resto de las chucherías del bufé. Adam se va a saludar a gente que conoce y yo, con un vaso de cóctel sangriento en la mano (hecho con vodka, granadina, limonada y lichis con uvas pasas negras a modo de ojos), admiro el despliegue.

Hay algunos niños y adolescentes, pero son sobre todo los adultos quienes ocupan el lugar y se mueven desatados por la pista.

Parece que los habitantes de Cornehotte estaban deseando que llegara esta fiesta.

Aunque no me gusta especialmente bailar, los temas que suenan hacen que marque el ritmo con el pie.

—Señora —me saluda un esqueleto con chistera y un maquillaje tan bien hecho que al principio me cuesta reconocerlo.

Frunzo el ceño. Son los ojos verdes los que me permiten adivinar.

—¿Cédric?

—¡Para servirte! ¿No está Adam contigo?

—Está cortejando a una anciana dama.

Lo señalo con el dedo. Adam está dejando que lo embarque en un rock endiablado Ginette, la señora bajita a la que le parecía horrible su calabaza tallada.

Cédric me tiende la mano.

—¿Bailas?

—¡Ay, Dios, como un pato! Es más, estoy segura de que los patos bailan mejor que yo.

—Siempre podemos intentarlo.

Me dejo llevar, dudando sinceramente de que esta sea la mejor idea; la realidad me da la razón. Lo piso tres veces, casi lo tiro al suelo en dos ocasiones y otras cuatro soy yo la que tropieza.

—¡La verdad es que se me da fatal, lo siento!

Luego la música se ralentiza. Eyes Without a Face , de Billy Idol. Me agarro a los hombros de Cédric y sigo el movimiento.

—¿Y tu madre? ¿No ha podido venir? Llevo varios días sin verla.

—No. Mi madre sigue en la tienda. De hecho, pasa ahí la mayor parte del tiempo, encendiendo velas y elevando plegarias para celebrar Samaín.

—Pero ¿está bien?

Cédric me sonríe de oreja a oreja.

—Que yo sepa, sí. ¿Ya te ha dado salvia?

Me echo a reír.

—¡Un montón de veces! Y te voy a contar un secreto: ¡nunca la he utilizado!

—Haces bien, porque apesta.

Sonrío.

—¿Siempre ha sido así? ¿Le ha atraído siempre el mundo esotérico?

—Que yo recuerde, sí. Cuando era pequeño, me ponía una placa de plomo bajo la almohada para que no tuviera pesadillas.

—¿Y funcionaba?

—¡En absoluto!

Cédric me mira de forma extraña.

—Y tu madre, ¿cómo era contigo?

Suspiro.

—Protectora, generosa, dulce, pero... a veces un poco invasiva.

—Era igual de bajita que tú.

La manera que tiene de decírmelo me causa un efecto curioso, como si estuviera tratando de hacerme saber que hubo intimidad entre ellos. No estoy segura ni me atrevo a preguntarle nada más.

Nos interrumpe entonces el señor Linklater en persona.

—¿Te la puedo robar? —le pide cortésmente a Cédric, que se retira levantándose un poco la chistera.

—¿Has conquistado a esas damas, querido señor Linklater?

—Sí, estoy agotado. Ser un rompecorazones cansa mucho. ¿Y tú? ¿Seduciendo a los jardineros?

—Pero bueno, ¡que podría ser mi padre! —digo ofendida.

—Hum... Os miraba hace un momento y pensaba que teníais exactamente los mismos ojos.

Por una razón que ignoro, la frase me impresiona.

Entonces se oyen las primeras notas de Somebody’s Watching Me y Adam me coge de la mano para hacerme girar como una peonza.

—¡Venga, Demay, hemos venido a mover el esqueleto!

Así que me pongo a moverlo sin parar.