22. Adam. ZUMO DE CALABAZA Y PASTELES BÁRBAROS
ZUMO DE CALABAZA Y PASTELES BÁRBAROS
Acabo de terminar el reportaje y está listo para enviárselo a Julien.
Me he pasado cuatro días sin hacer otra cosa, pero ya está.
No es el objetivo de mi carrera, claro; sin embargo, el número desproporcionado de visitas que recibirá al aparecer en uno de los mayores sitios web especializados en fenómenos esotéricos me proporcionará un extra de fin de año bastante jugoso.
Me recuesto en la silla y pulso el botón «Enviar». No quiero acortar mi estancia aquí por ir a dárselo en mano a mi jefe. Tendrá que valer así.
Creo que nunca me había llevado tanto tiempo escribir un texto de diez mil palabras. Vale, el tema no me fascinaba, pero la verdadera razón es que no tengo ninguna prisa en irme de aquí. Es así de simple.
Responsable número uno: Fedra. Esta chica me vuelve loco, ¿qué le voy a hacer?
Responsable número dos: yo. Soy débil, me resulta imposible resistirme a ese sentimiento, ¿vale?
Hace dos días creí que iba a revolcarme con ella entre las hojas.
Nunca había maldecido y agradecido a la vez y tan intensamente la llegada de alguien.
Maldecido porque quería tocarla, comprobar si sus labios siguen sabiendo igual, si su piel sigue siendo tan suave.
Agradecido porque, si voy a irme dentro de dos días, lo más prudente será justo eso, la prudencia.
No soy ingenuo, me he dado cuenta de que a Fedra no le soy indiferente.
El modo en que le brillan los ojos cuando hago referencia al pasado, cómo se estremece cuando me acerco un poco más de la cuenta.
Todo me indica su interés. ¿Debería sorprenderme después de nueve años?
No. Ella y yo conectamos la primera vez que nos miramos, eso no ha cambiado.
Pero iniciar una relación con una chica que regresará a Canadá cuando acabe lo que ha venido a hacer y cobre su herencia no es lo que yo llamaría una buena idea.
Nadie me ha cautivado nunca tanto como Fedra.
Y eso es precisamente lo peligroso, porque podría caer como un idiota por segunda vez.
Ya no soy un adolescente cuya herida pueda cicatrizar en un abrir y cerrar de ojos; acabaría resentido y no quiero tener sentimientos amargos cuando piense en ella.
Sin embargo, soy yo quien ha querido quedarse aquí para reencontrarse con ella y reconstruir los vínculos. Sí, es paradójico, lo sé.
Me levanto a mirar por la ventana y veo pasar a Fedra con una carretilla. Provista de un cuchillo, sigue recogiendo calabazas; son ya casi las últimas. Voy a acabar teniendo una indigestión solo de verlas.
Suspiro y contemplo el libro que reposa sobre el escritorio.
Fedra no ha cumplido su amenaza, no ha venido a registrar mi habitación. Si no, habría encontrado los trozos de la carta.
Abro el libro y rozo con la punta de los dedos los fragmentos que tan bien he alisado. Hay algo que me conmueve en esta carta escrita con prisa y casi con desesperación. Nunca debimos perder el contacto. ¿Cómo habría sido nuestra vida si no hubiera ocurrido? Jamás lo sabré.
Fedra vuelve a pasar en sentido opuesto con la carretilla y, al cabo de tres minutos, oigo que se abre la puerta de entrada. Salgo de la habitación y me la encuentro cruzando el vestíbulo con una calabaza que debe de pesar por lo menos cinco kilos.
—¡Espera, que te ayudo!
Atravieso el porche y voy a coger las otras dos calabazas que hay al pie de las escaleras. Las cargo en ambos brazos, las dejo en la cocina y miro a Fedra con expresión interrogativa.
—¿Qué vas a hacer? ¿Tallarlas?
—No, voy a preparar dulces —me dice, poniéndose un delantal de cuadros—.
Martine me preguntó si me quedaban calabazas para hacer pasteles y llevarlos al baile de Halloween.
Le propuse encargarme yo misma y he encontrado en internet una receta de unos que siempre hacía mi madre el 31 de octubre. ¡Ya verás qué increíbles!
No quiero echar un jarro de agua fría a su entusiasmo, pero ¡estamos hablando de la misma chica que hace sándwiches de mayonesa para comer! En casi quince días, no la he visto abrir el horno ni una sola vez. Miedo me da...
No quiero ser borde ni dármelas de especialista, pero siento que, por lo menos, debo ofrecerle mi ayuda.
—Ya he terminado el reportaje, ¿quieres que te eche una mano?
—Sí, genial. Voy a hacer una llamada para saber cómo va Élisabeth y nos ponemos a ello.
Se va al teléfono, marca y espera. Lo intenta por segunda vez y tampoco obtiene respuesta. Nadie descuelga y tengo la impresión de que eso la contraría.
—¿Va todo bien?
—Sí... Llevo varios días tratando de hablar con ella y nunca me lo coge.
—¿Has probado a ir a verla a la tienda?
—Dos veces entre el martes y ayer. Siempre me encuentro la puerta cerrada, pero hay luz en la trastienda. No me parece normal.
—Intenta no preocuparte. Si hubiera algún problema, supongo que Cédric te lo habría dicho.
Ella asiente con la cabeza y me sonríe.
—Tienes razón. Mañana es Samaín y para ella es muy importante. Me imagino que estará a tope con sus preparativos «esotéricos». ¿Empezamos? Pensaba hacer unos cien pasteles y también zumo de calabaza.
—¿Cien?
—Sí, la idea es venderlos y recaudar fondos para la campaña del Octubre Rosa, la de sensibilización sobre el cáncer de mama. Me parece un acto muy bonito para el último día del mes.
Asiento y le pregunto qué puedo hacer.
—Mira, aquí está la receta. La he impreso.
Casi me caigo de espaldas al ver la imagen que la acompaña: una multitud de pasteles de Halloween en forma de calabaza y con glaseados casi imposibles de hacer para alguien sin experiencia.
—Me parece bastante ambicioso.
—Sí, pero tengo a mi lado a un superchef —decreta, obsequiándome con un guiño.
Si ella lo dice...
Comenzamos reuniendo todos los ingredientes y utensilios necesarios.
Hay que reconocer que, aunque Fedra no sea una cocinera de campeonato, sabe organizarse a la perfección. En menos de diez minutos está todo pesado, dispuesto en varios recipientes y colocado en la mesa por orden de utilización.
Leo la primera receta. Es todo un poema.