Un otoño para enamorarnos 21. Adam. EL ARMARIO DE LOS TESOROS, O CASI.
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21. Adam. EL ARMARIO DE LOS TESOROS, O CASI.

EL ARMARIO DE LOS TESOROS, O CASI...

—¡Mira qué maravillas! —exclama Fedra, abriendo un viejo armario polvoriento del desván—. Los vi ayer cuando vine. No me atreví a sacarlos por miedo a que se estropearan. Hay un montón de trajes de época. ¡Es una locura!

Las fundas de tela que los protegen están medio apolilladas, no nos emocionemos... Fedra levanta una y descubre un vestido cuyas mangas y cuello de encaje están tan grisáceos como deformes.

—Creo que pertenecían a los primeros propietarios de Little Balmoral. ¡Mira, hay incluso un traje con un chaqué! —dice entusiasmada mientras alza una segunda funda.

Coge la percha para enseñármelo. Yo hago una mueca.

—El pantalón parece en buen estado, ¿no? Estoy segura de que hay alguna joyita por aquí y de que vamos a encontrar lo que buscamos.

—Si queremos parecer zombis, ¿por qué no?

—¿Qué más da? ¡Es para Halloween! Además, tiene pinta de ser de tu talla, ¿no?

Miro el traje más de cerca. En algún momento seguro que estaba muy bien, pero, después de ciento cincuenta años en un armario, no tiene muy buena pinta.

—¿Cuál crees que era el color original?

Fedra niega con la cabeza.

—No lo sé... Beis con rayas..., em..., ¿rojas?

—Parece más bien que lo sumergieron en alguna mezcla amarilla, tipo pis. Por no hablar del olor. Yo eso no me lo pongo...

—Pero si solo tenemos que llevarlo a la tintorería...

—Dudo de que haya en Guéret ningún sitio que se ocupe de trajes de época.

—Bueno, en ese caso, nos conformaremos con dejarlos fuera unos cuantos días y desempolvarlos.

Los llevaremos así. ¡Tendremos pinta total de muertos vivientes!

Nos pondremos maquillaje un poco grisáceo, negro en los dientes, harina en el pelo...

Va a ser genial, ya lo verás. —Se detiene un momento en su desvarío para reflexionar, apoyando el dedo índice en la barbilla.

Luego continúa—: Qué pena, porque en mi casa, en Canadá, tengo maquillaje de teatro y muchos accesorios.

Ya sabes que los canadienses celebramos Halloween a lo grande.

Mucha gente se disfraza, tanto grandes como pequeños; se decoran los escaparates de las tiendas, los parques y las calles, y por todas partes hay niños disfrazados que van recolectando dulces.

Me encanta la idea de que podamos hacer esto aquí, así me parecerá que estoy en casa.

¿Sabes qué? Voy a pedir dos o tres cosas por internet.

No te vas a creer el resultado, ni siquiera te reconocerás.

¡Que sepas que lo de los disfraces se me da genial!

Su entusiasmo desbordante me hace enarcar las cejas.

Creo que es en estos momentos cuando queda patente hasta qué punto el Halloween de Canadá y el de Francia no tienen nada que ver.

Aquí la mayoría compra cosas baratas por Amazon y, para salir del paso, se contenta con un disfraz hecho en China que acaba de trapo para quitar el polvo después de haberlo usado una vez.

¿En qué me voy a embarcar? Detesto disfrazarme y aún más maquillarme. Si hubiera tenido talento para ser payaso, ya lo sabría.

—Ay, Dios mío, ¡mira! ¡Hay un redingote, es increíble!

—Fantástico.

Miro la prenda, de un gris oscuro casi negro, y por poco no me desmayo. Está rota por algunos sitios, agujereada por otros, rozada, desgastada, comida por las ratas o qué sé yo.

—¡Va a ser genial! ¡Dime que estás contento!

—Estoy en éxtasis.

—¡Venga, pruébatelo! ¡Te va a quedar como un guante!

Hago de tripas corazón solo por complacerla. Meto un brazo, luego el otro. Me ajusto la prenda, que huele a cerrado, y constato con estupefacción que es casi como si me la hubieran hecho a medida.

—¡Qué elegante estás! —me felicita Fedra, poniéndose en la cabeza un gorro mohoso de encaje que seguramente está habitado por una colonia de piojos momificados.

Solo de imaginármelo, me entran ganas de rascarme todo el cuerpo. Fedra saca de debajo de una funda un vestido cuya tela parece un poco mejor conservada que la de los trajes anteriores. Es de un bonito naranja óxido y está cubierto de bordados más o menos beis.

—¡Hemos encontrado nuestros disfraces! —se regocija—. Bueno, el vestido igual me queda un poco pequeño, pero puedo dejar la espalda sin abotonar y ponerme un chal por encima de los hombros. ¡Nadie se va a enterar! ¿Y qué hacemos con el calzado?

—Te advierto que, si encuentras zapatos, no pienso ponérmelos. ¡Tengo mis límites!

Ella se echa a reír como si fuera una niña y vuelve a rebuscar en el armario.

La miro con ternura a pesar de mi fingido mal humor de aguafiestas crónico.

Me encanta verla así, cuando se pone un poco juguetona y excéntrica, actuando con espontaneidad, libre y ajena a la realidad y a la gente.

Eso es precisamente lo que siempre me gustó de ella.

La primera vez que la vi, estaba sobre el puente que cruza el Creuse, inclinada sobre la barandilla de piedra, y parecía buscar algo. Yo iba andando, me paré intrigado y le pregunté si había perdido algo. Me respondió que no, que solo estaba tratando de localizar un pez concreto.

Aduje que había muchos gobios en esa parte del río y que todos eran muy parecidos, y ella me respondió: «Sí, pero el que yo busco va nadando a espalda».

Me quedé patidifuso. ¿Qué tipo de pez hacía eso?

Entonces ella me contó que si un pez iba nadando sobre la espalda o el costado era porque tenía un problema en la vesícula natatoria y necesitaba ayuda.

Estuvimos esperando un buen rato, pero el pez nunca apareció. Y nosotros nos hicimos amigos, y luego más que amigos.

—¡Ay, mira qué collar! —dice Fedra extasiada, sacando un colgante horrendo, todo oxidado—. Será perfecto para completar mi disfraz.

Sonrío y, casi de manera natural, meto las manos en los bolsillos del redingote. Noto que en el fondo hay algo que recuerda extrañamente a la textura del papel arrugado. Como Fedra está de espaldas en este momento, miro con discreción. ¡Bingo! Son dos fragmentos de carta.

Cinco en tres días, ¡menuda potra!

—¡Oh! —grita Fedra—. ¡Has encontrado un trozo!

Me los meto enseguida en el bolsillo.

—Para nada.

—No mientas. ¡Lo he visto perfectamente!

—Deberías ponerte gafas.

Ella arruga el entrecejo y se pone las manos en las caderas.

—Adam Lafaye, mientes muy mal. ¿Por qué tendrás que encontrarlos tú y no yo?

—¿Porque soy afortunado por naturaleza?

—¿Ves? ¡Acabas de reconocer que tienes otro!

Me echo a reír. Este duelo es fabuloso.

—Lo reconozco, pero no te los voy a enseñar.

—¿Los? ¿Hay varios?

—Dos.

Retrocedo cuando ella avanza como un gato.

De repente se para y empieza a hacer teatro.

—Por favor...

Con un gesto de la cabeza, se echa el pelo hacia atrás y luego se pasa la lengua por los labios. Estoy soñando...

—Esta carta es importante para mí, pensaba que te habías dado cuenta.

—Sí, lo he entendido perfectamente, querida.

Frunce el ceño y vuelve a ser la de siempre.

—¿Querida? ¿Desde cuándo me llamas así?

—Desde que te pones peliculera y me hablas con una voz suave, pestañeando y adoptando posturas sugerentes. Te advierto que eso no te va a funcionar conmigo.

Como una niña, patea el suelo.

—Me pones negra. ¡Madre mía, qué negra me pones!

Mi sonrisa de medio lado la exaspera aún más.

—Adam Lafaye, no lo he hecho hasta ahora porque soy una persona educada, pero te aviso: en cuanto no estés, voy a registrar tu habitación y créeme que voy a encontrar todos los trozos. ¡Todos!

Rabiosa, gira sobre los talones y se va del desván levantando una nube de polvo, con el vestido y el gorro inmundos bajo el brazo.

¿Y qué hago yo? Sonreír.

Porque al final habrá un ganador, y seré yo.