Un otoño para enamorarnos 20. Fedra. LAS HOJAS DEL OTOÑO #2
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20. Fedra. LAS HOJAS DEL OTOÑO #2

—¿Te acuerdas de cuando vimos una nutria en las orillas del Creuse? —pregunto, volviéndome hacia Adam—. Yo pensaba que era un castor.

—Y, cuando te dije lo que era, saliste corriendo porque creías que era un tipo de rata grande. Sí, me acuerdo muy bien. De eso y del resto del día... —añade Adam sin quitarle ojo al animal.

Se me acelera el corazón. Esa tarde fuimos a una granja abandonada e hicimos el amor por primera vez con torpeza, muy rápido, pero felices: nos estrenábamos los dos. No me atrevo a mirar a Adam. ¿Por qué me habrá venido precisamente este recuerdo?

Trago saliva y me concentro en la ardilla para darle mis dos últimas avellanas. De repente, Adam se levanta y me tiende la mano.

—Ven.

—¿Eh? ¿Adónde?

—A saltar en las hojas. ¡No me digas que nunca lo has hecho!

Lo cojo de la mano sonriendo.

—¡Dejé de hacerlo después de los diez años!

—Qué tontería. Eso no hay que dejar de hacerlo nunca.

La ardilla huye con las avellanas cuando bajamos por las escaleras hacia el enorme montón de hojas que Cédric dejó ayer en una esquina. Con mi mano en la suya, Adam se detiene y se pone de espaldas a él.

—¿Lista?

Me echo a reír y me agarro con fuerza a sus dedos.

—¡Venga! Uno, dos...

Y tres: nos dejamos caer hacia atrás sobre el espeso manto de hojas húmedas. Enseguida nos encontramos sepultados. Sin levantarnos, sacamos fuera la cabeza. El cielo se está aclarando lentamente.

—¿Ves qué divertido? —dice Adam, volviendo la cara hacia mí.

No le he soltado la mano y su pulgar ejerce una presión rítmica sobre el mío, una caricia prácticamente imperceptible que, sin embargo, siento hasta la punta de los pies.

Aunque cierro los ojos para tratar de no interpretar nada, no lo logro.

La verdad es que lo único que quiero es lanzarme sobre él. Pero no lo haré.

Me suelto, me giro y me tiendo sobre el vientre, cruzando las piernas.

—Creo que Cédric nos va a matar. Lo hemos llenado todo de hojas.

—Es demasiado amable para enfadarse.

—Sí, lo parece. Me dijo que conocía a mi madre, pero no cómo.

Adam me sonríe sin apartar la vista del cielo.

—¿Y si tuvieron una aventura? No había tantas mujeres guapas en Cornehotte, y tu madre era una de ellas.

Sonrío. Es verdad que era guapa, con sus grandes ojos azules y su larga melena rubia. Físicamente no me parezco en nada, aparte de en la sonrisa. He salido más a mi tía, que era morena.

—Quién sabe... ¿Por qué no tienes novia, Adam?

Nada más hacer la pregunta, quiero tragarme las palabras, pero es demasiado tarde.

Él se vuelve para ponerse de costado y mirarme con un brazo apoyado en el suelo y la cara reposando sobre la mano. Me sonríe.

—Tuve una hace mucho tiempo, pero se marchó a Canadá después de dejarme una carta que nunca recibí.

—¡No estoy bromeando! ¿Por qué no has formado una familia o has tenido relaciones duraderas?

—Por la misma razón que tú, imagino —me responde muy serio.

Me quedo un poco sin aliento, porque yo creía en él, en nosotros, con la fuerza de una adolescente que pensaba que se estaba jugando la vida en ello.

Viví ese amor con tanta intensidad que me cerré a cualquier otra opción.

Durante mucho tiempo, busqué la mirada de Adam en los ojos de otros chicos sin encontrarla nunca.

Tuve relaciones relámpago, aventuras, historias poco serias, sin pensar jamás que podría ser de otra manera.

Adam estuvo mucho tiempo rondando mi corazón y, cuando creí que lo había olvidado de verdad, no me encontré preparada para nadie más. Dudo de que él lo haya vivido así.

—Nunca llegaba a enamorarme.

—A mí me pasaba lo mismo.

Se produce un silencio durante el que tengo la impresión de que nos estamos entendiendo, pero no estoy segura, así que suelto una risita para aligerar el ambiente.

—Además, nunca he sido un buen partido. No sé ni cómo hacer un huevo frito sin quemarlo.

—Pero ¡los sándwiches de mayonesa te salen de maravilla!

Hago una mueca. Sé muy bien a qué comida se refiere.

Adam levanta la mano libre y me retira del pelo una hoja de plátano.

—¿Me dejas que te haga un cumplido?

—Desde luego, es la primera vez que me preguntan si quiero uno.

—A algunas personas no les gustan.

—A mí sí.

Adam sonríe.

—Ya eras muy guapa hace nueve años, pero ahora lo eres aún más.

Lo único que puedo hacer es empezar a reírme.

—¡Entonces paso de dejar la mayonesa!

—No lo hagas, no...

Adam posa los dedos en mi mejilla y los va deslizando hasta mi nuca. Dejo de respirar y entreabro los labios.

Pero la magia del momento se ve interrumpida por el motor de un coche. Me incorporo y veo llegar a Martine Aubière, la mujer de la asociación de jubilados, y a su marido, Henri. No son ni las nueve.

Adam y yo nos levantamos y nos sacudimos las hojas que se nos han quedado pegadas a la ropa, un poco desorientados por esta vuelta a la realidad.

—Esperamos no haber interrumpido algo —dice Martine divertida.

—Eh... No, claro que no. ¡Bienvenidos a Little Balmoral! —suelto a falta de algo mejor.

—Las calabazas-farol han hecho furor, ¿sabes? Y, como has sido tan generosa, queremos invitarte al baile de Halloween el 31 de octubre en el salón de festejos de Cornehotte. ¡Habrá también un concurso de disfraces!

—Qué bien... De acuerdo. ¿Puedo echar una mano en algo?

—Ya nos has ayudado mucho —interviene Henri—, pero, si te queda alguna calabaza, no nos vendrían mal unos dulces.

—¡Henri! —tercia Martine enfadada, dándole un codazo.

—¿Qué pasa? Serían para los niños.

—¡Para los niños y para tu estómago! —responde ella, dándole palmaditas en el vientre, bastante redondeado—. Mi querida Fedra, no te preocupes por nada y limítate a venir. Tú también, Adam, contamos contigo.

Un poco escéptica, enarco las cejas.

—¿Hay que disfrazarse?

—¡Claro, es Halloween! El baile empezará a las diez de la noche, después de que los niños hayan recogido los dulces. Es la primera vez que Cornehotte se implica tanto en esta fiesta. Casi podría creerse que es para honrar tu llegada aquí —añade, guiñándome un ojo.

—En ese caso, iremos, ¿verdad, Adam?

—No me lo perdería por nada del mundo —responde él con una pizca de burla.

—Muy bien, ¡hasta el viernes que viene! —dice alegremente Martine, disponiéndose a subir al coche. En el último momento se detiene—. ¡Ah, se me olvidaba! Élisabeth me ha dado esto para ti.

Me tiende un paquete que reconozco bien: manojos de salvia.

Frunzo el ceño.

—Muchas gracias. Normalmente me los da ella misma en mano. ¿Le pasa algo? No está enferma, ¿verdad?

La última vez que nos vimos, que fue el día en que me presentó a Cédric, me dio la impresión de que no se encontraba bien; parecía muy alterada.

—No, no. Me pareció entender que estaba muy ocupada en la tienda y que no salía mucho.

Asiento con la cabeza y me digo que averiguaré cómo se encuentra Babeth en cuanto pueda.

Cuando se van, seguimos el vehículo con la vista hasta que desaparece al fondo del camino. Luego Adam se vuelve hacia mí frotándose la barbilla.

—Espero que se te den mejor los disfraces que la cocina.

Me acerco a él despacio para que estemos frente a frente.

—No hay dos como yo, te lo advierto. Ni te lo imaginas.

—Sí... Pero tenemos que encontrar disfraces y por aquí lo veo muy difícil.

—Para nada... Ven, ¡tengo exactamente lo que necesitamos!

Tan entusiasmada como una niña, lo cojo de la mano y tiro de él hacia la casa.

—¿Puedo saber adónde me llevas?

—¡Al desván, claro!