Un otoño para enamorarnos 20. Fedra. LAS HOJAS DEL OTOÑO
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20. Fedra. LAS HOJAS DEL OTOÑO

LAS HOJAS DEL OTOÑO

Adam tiene previsto ausentarse dos días para trabajar en su reportaje.

Ha oído hablar de una fábrica abandonada cerca de Montluçon donde parece que ocurren hechos inexplicables.

Como de Little Balmoral no va a hablar ni tiene, de todas formas, nada que decir, se desplazará hasta allí.

Me he dado cuenta de que no se cree una palabra de todas estas cosas, aunque también me he percatado enseguida de que, a pesar de su desinterés por el tema y de su sueño fallido de ser reportero internacional, es un hombre fiable, serio y comprometido con lo que hace.

Me resulta casi extraño no verlo en la casa al levantarme, pero sonrío al descubrir un pósit en la mesa de la cocina:

Ensalada de ciruelas en el frigo.

¡Aprovecha, que son las últimas de la temporada!

Cuando vuelva a París, voy a redescubrir el silencio.

¿Qué me da miedo? ¿La soledad o el vacío que deje cuando se marche?

Sé la respuesta: el vacío, porque vivo sola desde la muerte de mi madre y, hasta ahora, nunca me había pesado.

Adam no me ha dado ninguna señal real de interés.

Cada vez que se acerca es para jugar, como si fuera un reto, pero ¿sabe lo lejos que estoy de ser insensible a pesar de mis esfuerzos por transmitirle esa impresión?

Adam siempre me ha causado ese efecto. De adolescente, era incapaz de resistirme a él.

Bastaba con que me sonriera para que se derrumbaran todas mis barreras.

Hoy siento la misma atracción que hace nueve años.

Su presencia me sosiega igual. A los dieciséis, yo creía que las almas gemelas siempre acababan por encontrarse.

Me aferraba a ello. Luego, con los años, fui dejando atrás ese pensamiento.

Sin embargo, hoy una parte de mí se da cuenta de que nunca dejé de creerlo y de que no quiero vivir otros nueve años sin saber nada de él.

Estoy acabándome el té cuando llega Cédric con su furgoneta blanca y aparca en el patio.

Ayer acabó de limpiar el camino de acceso antes de que se pusiera a llover y recogió las hojas caídas en un montón enorme delante de la casa.

Ahora, al entrar en la finca, ya no se tiene la impresión de estar en una peli de terror. En primavera va a ser magnífico.

—¡Hola, Cédric! Qué mañanero.

—Hola, Fedra. Sí, sabes qué dicen sobre eso, ¿no?

—¡Que a quien madruga Dios le ayuda! —decimos a la vez.

Sonríe y se le ilumina el rostro tostado por el sol y las largas jornadas de trabajo al aire libre. El contraste con sus ojos tan verdes es impresionante.

—¿Te pongo un café?

—Pues te voy a confesar algo: solo me gusta el té.

—Te entiendo, a mí me pasa igual. ¿Quieres tomarlo dentro o te traigo un termo?

Abre las puertas de atrás de la furgoneta y me sonríe.

—Va a cambiar el tiempo, así que prefiero darme prisa en remover la tierra de algunos macizos y dejarlos preparados para el invierno.

—Muy bien, pues te lo traigo enseguida.

Cuando vuelvo, tengo que rodear la casa para encontrarlo. Se ha ido hasta el prado y parece que está conversando con Fergusa y Cherryl.

—Me da la impresión de que está a gusto aquí —me dice, acariciando a Fergusa, que se frota contra su mano.

—Sí, a mí también. Las oigo rebuznar desde la casa.

—De alegría, sin duda.

Rebusca en el bolsillo y saca dos zanahorias.

—Ah, qué detalle que hayas pensado en ellas.

—Tengo que confesar que las he recogido por aquí. Mira.

Me señala una alfombra de hojas de zanahoria que salen de la tierra. Con las hierbas altas, no me había fijado en absoluto.

—¡Anda! Apuesto a que no son silvestres y a que fue Renata quien las plantó para Fergusa.

—Probablemente. Debes de echar mucho de menos a tu madre y a tu tía...

Suspiro mientras le acaricio el hocico a Cherryl.

—Cuando llegué a Little Balmoral, no era consciente del todo, pero es extraño estar aquí sin ellas.

—¿Ves este árbol? —me dice Cédric, volviéndose hacia el arce rojo, que ya ha perdido bastantes hojas—. Lo planté yo hace más de veinte años.

—¿De verdad?

Asiente con la cabeza.

—Hacía pocas semanas que tu tía se había instalado en la casa y quería algo que le recordase las raíces de su padre. Fue también ese mismo año cuando conocí a tu madre, que había venido de Canadá para ayudar a Renata a organizarse.

—Conozco este arce desde siempre, hemos crecido juntos. Tenemos la misma edad —digo sonriendo.

—Pero ¿cuántos años tienes? —me pregunta Cédric.

—Cumplo veinticinco en diciembre.

Inclina la cabeza como para mirarme mejor.

—No los aparentas.

Acaricia una última vez a las dos burras en la cabeza y me sonríe.

—Voy a ponerme a trabajar antes de que el cielo se nos caiga encima.

—¿Quieres cenar conmigo?

—¿Cenar? —dice, frunciendo el ceño.

—¡Ay, perdón, comer! En Quebec a la comida del mediodía la llamamos «cena».

—Ah, ya entiendo. Eres muy amable, pero voy a aprovechar al máximo la jornada para que el terreno quede lo mejor posible, si me deja la lluvia... Últimamente el tiempo está bastante caprichoso.

—Bueno, pero llévate el té. Hay una taza enganchada al tapón —digo, tendiéndole el termo.

—Gracias, muy amable. Hasta luego, Fedra.

Lo miro alejarse y me digo que este hombre es tan simpático que tendré que buscar una manera de agradecerle todo lo que está haciendo. Me vuelvo hacia Fergusa y Cherryl.

—¿Verdad que es majísimo, chicas? Sé que estáis de acuerdo conmigo. ¿Tenéis hambre?

Por sus rebuznos veo que no me equivoco.

Cédric tenía razón. A partir del mediodía llueve sin parar.

Decido enfrentarme a las riadas de agua para recoger material con el que confeccionar una corona otoñal: ramas de abeto, hojas de arce y de plátano, bellotas y avellanas; pondré hasta un manojo de salvia de los que me ha dado Élisabeth, que le irá muy bien al arreglo.

Me quedo en casa calentita para hacerla mientras bebo té y como pan especiado.

Cuando la cuelgo en la puerta, me enorgullezco de mí misma.

Me recuerda a las mañanas de otoño en Quebec y me pone de buen humor a pesar de la lluvia.

Al día siguiente sigue lloviendo a cántaros.

De nuevo no tiene sentido siquiera asomar la cabeza, así que aprovecho para registrar la casa e intentar localizar los trozos de carta que faltan, aunque es como buscar una aguja en un pajar.

Mi tía pudo esconderlos en cualquier sitio y sin dejar la menor pista para quien quisiera encontrarlos a cualquier precio.

Abandono enseguida la empresa y bajo del desván los recuerdos de Janis Linklater para ponerlos en la vitrina de madera de mango del vestíbulo.

Luego cojo sus diarios íntimos y me paso la mayor parte del día leyéndolos delante de la chimenea con una manta de lana echada sobre los hombros y bebiendo té.

Me impresionan no solo sus palabras y sus frases tan bien formadas, con un estilo de otro tiempo, sino también la delicadeza de su letra, escrita con pluma.

La manera en que vivió es tremendamente inspiradora para alguien como yo, que me encuentro casi en la misma situación ciento cincuenta años más tarde.

Janis Linklater hizo de su soledad la mejor aliada para repensar este lugar, hacerlo acogedor y compartir sus comodidades.

Cuenta detalles sobre a quién esperaba hospedar, las comidas que haría, las sábanas que compraría y el jardín que embellecería tanto que toda Francia vendría a admirarlo.

¿Seré yo también capaz de hacer de Little Balmoral lo que fue? ¿Me gustará recibir visitantes como hizo Janis Linklater para no estar sola? Estoy muy lejos de poder imaginar el porvenir así. Hay tanto que hacer... Pero quizá lo logre algún día.

26 de octubre

Ayer me acosté pronto y no oí entrar a Adam, así que me levanto pronto, hacia las ocho, y miro por la ventana de mi habitación.

Ya no llueve, pero el sol no ha decidido aún reinar en el cielo.

El viento y la lluvia han desnudado a los árboles más pequeños y delante de la casa se extiende una alfombra de hojas rojas y cobrizas.

El otoño empieza a desaparecer para dejar paso al invierno. Está todo gris, y siento un poco de bajón.

Me doy una ducha bien larga para ordenar las ideas, me visto con ropa de abrigo y, como aún es pronto, decido no encender todavía el hervidor para no despertar a Adam.

Salgo de la casa, cojo la escoba de paja de arroz, me pongo un gorro de lana y una bufanda y comienzo a limpiar el porche, cubierto de hojas húmedas que se adhieren a los listones de madera.

Formo un montoncito al pie de las escaleras y me fijo en una ardilla roja que baja por el largo tronco de un abeto, lo rodea y se para cada poco, como si quisiera asegurarse de que no la acecha ningún depredador.

Sin hacer ruido y con toda la delicadeza de la que soy capaz, subo las escaleras y me siento en el banco para observarla.

Hacía una eternidad que no veía una. En Canadá, las hay sobre todo grises y negras, y están por todas partes: en los parques, los cementerios, los jardines...

Muchos las consideran una plaga. Yo las adoro, con su preciosa cola tupida, sus orejitas peludas en la punta y su vientre todo blanco.

Rebusco en el bolsillo del abrigo y encuentro unas avellanas que recogí ayer.

Son bastante grandes y gordas, seguro que le van a encantar.

Mi ardilla roja no es nada arisca. En cuanto le lanzo las avellanas, viene a por ellas y se las mete enteras en la boca antes de volver al árbol, esta vez sin detenerse. Luego desaparece entre las ramas.

En ese momento se abre la puerta de la casa.

—¿Te has caído de la cama? —pregunta burlón Adam, ya vestido.

Acaba de salir de la ducha. Tiene el pelo aún húmedo.

Llevo sin verlo prácticamente dos días. Es una idiotez, pero se me embala el corazón.

—Hola. Estoy haciendo buenas migas con una ardilla. Siéntate, que va a volver.

Y, en efecto, reaparece. Dejo dos avellanas en los escalones. Se acerca sin miedo y hasta se permite el lujo de frotarse las orejas antes de mirarnos.