19. Fedra. ¡NI EN SUEÑOS!
¡NI EN SUEÑOS!
La burra rebuzna sin cesar con sonidos potentes y emotivos, como si gritara de alegría por estar en casa.
Bastante antes de llegar al prado, ha comprendido que está de vuelta en su hogar.
Mientras atravesábamos el jardín, no ha intentado comerse las calabazas y las manzanas dispersas por el suelo.
Cuando hemos pasado por el arroyo, tampoco se ha parado a beber.
Ha tirado muy fuerte de la correa para llegar al cercado y, delante de la puerta metálica, ha levantado la cabeza, mostrando todos los dientes, hasta que se la hemos abierto.
Ahora que es libre de correr por todas partes, se queda inmóvil y nos obsequia con sus felices rebuznos.
—Llevaba semanas sin rebuznar —me informa Romain sonriendo—. Gracias por dejarla volver a casa.
Me froto los ojos y sonrío.
—Gracias a ti por haber estado tan atento y haber insistido en que regresara. Su lugar está aquí. Tenías razón.
—Los animales son seres mucho más sensibles de lo que creemos. Sobre todo los burros, que tienen una inteligencia y una memoria excepcionales. Son amigos fieles, tiernos y generosos. Si los cuidas, son muy entregados.
Acaricio el pelo de Fergusa, aún húmedo por la lluvia, que acaba de parar.
Ella mueve las orejas y se decide al fin a hacer la ronda por sus dominios.
Se detiene delante del box, una bonita cabaña de piedra donde pasará las noches; olfatea el pienso que tiene a su disposición en un comedero y se detiene delante de la cerca, junto a un manzano que ha perdido ya parte de las hojas.
—Me encanta lo negro que es su pelaje.
—Es de la raza grand noir de Berry. Todos sus congéneres son del mismo color. ¡Y muy glotones! —dice Romain sonriendo al ver a Fergusa estirar la cabeza para llegar a las pocas manzanas que aún no han caído del árbol.
—¿No se va a aburrir ella sola?
—Estaba a diario con otra burra y, aunque esta amistad no le bastaba para ser feliz, tienes razón. Los asnos son muy sociales y necesitan contacto con otros animales. Lo ideal sería que tuviera compañía.
—En realidad, no sabría cómo hacerlo, pero ¿crees que sería posible no dejarla sola?
El cuidador me mira con extrañeza.
—¿Estarías dispuesta a acoger a otro burro?
—Igual me estoy precipitando, pero, después de casi tres meses con sus compañeros, ¿no corre el riesgo de deprimirse ahora por echarlos de menos? Además, el prado me parece lo bastante grande, ¿no?
Su sonrisa resulta elocuente.
—Pues, si estás dispuesta, puedo ir a por Cherryl. Se entienden muy bien las dos.
—¿Cherryl pertenece al centro?
—Sí, la recogimos hace quince años para evitarle el matadero. Tenía una amiga ya mayor que murió justo antes de que llegara Fergusa. Hace buenas migas con los caballos, pero no se puede comparar.
—¡Pues no se hable más!
Aunque no las tengo todas conmigo, tampoco soy capaz de quedarme de brazos cruzados.
—Vendríais periódicamente, ¿verdad?
—Sí, claro, no te preocupes. Y tendrán mucho de comer hasta el invierno en este prado, que está lleno de cardos.
¡Les va a encantar! Vendrá alguien cada dos días a llenarles el abrevadero, ponerles heno y limpiar el box.
También traeré una piedra de sal. A los burros les vuelve locos.
Pero no dejes de intervenir si te apetece y llámanos en cuanto tengas la más mínima pregunta o el más mínimo problema.
Fergusa, totalmente ajena a nuestra conversación, se lanza a redescubrir el terreno y se aleja por el prado. Con la sensación de que he cumplido con mi deber, salgo del cercado con Romain y lo acompaño hasta la furgoneta.
—Volveré dentro de una hora y media aproximadamente, ¿de acuerdo?
—Sin problema, te espero.
Lo veo marcharse y me acerco a Cédric, que se encuentra al principio del camino de acceso. Es tan amable por su parte echarme una mano... Y es más que eso, porque soy consciente de todo el trabajo que hay por hacer. Me cierro el impermeable alrededor del cuello y me acerco.
—¡Hola, Cédric! Gracias por venir.
—Hola, Fedra. ¡Lo prometido es deuda! —me responde con una sonrisa.
En torno a él veo una carretilla, un remolque, una motosierra, una cizalla, unas tijeras de podar, una desbrozadora... Desde luego, este hombre es un auténtico terremoto. Prácticamente acaba de llegar y ya ha avanzado un montón de trabajo: lleva cortados por lo menos diez metros de seto.
—Con la lluvia, no sé si es muy cómodo...
—No te preocupes por eso, estoy acostumbrado. Y esta finca es realmente preciosa, es un placer trabajar en ella.
Le sonrío.
—Me he enterado de que tu madre falleció. Lo siento mucho, de verdad.
—Muchas gracias. ¿La conocías?
—Muy poco, pero recuerdo que era una mujer muy amable.
Enarco una ceja. Yo nunca habría elegido ese adjetivo para calificar lo mejor de ella. Al menos de cara a los demás, porque conmigo sí que era una madre cariñosa y todo lo generosa que le permitía su situación.
—¿Tendrías otro par de guantes?
—¿Para ti? Sí, en la furgoneta. No te muevas, que ahora vengo.
Vuelve y me los tiende.
—Te van a quedar un poco grandes.
—Da igual, por lo menos no me pincharé.
Me agacho y recojo las zarzas cortadas para ponerlas en el remolque.
—Si quieres, podemos guardar unas pocas para la burra. He oído decir que les encantan.
—¿De verdad? Claro, por qué no.
Sonrío pensando en Fergusa. Me da la impresión de que esa ancianita no va a ser nada infeliz aquí.
—Tienes la misma sonrisa que ella —me dice de repente Cédric.
Me echo a reír.
—¿Que Fergusa? Cuidado, que igual me lo tomo mal.
—No, que tu madre.
Suspiro mientras pienso en ella y vuelvo a ver su rostro fatigado al final de su vida. A pesar de todo, me sonreía y no quería que estuviera triste. Siempre decía que, mientras tuviéramos todos los dientes, no había que privarse de sonreír. Y que así se olvidaban las penas.
—Me lo han dicho muchas veces... Y lo mismo con mi tía. Supongo que las tres nos parecíamos. Sin embargo, por la parte de mi padre, no tengo ni idea porque no lo conocí. A lo mejor he heredado su mal carácter.
—Lo siento. Los padres son importantes.
—Por regla general, lo serán, no lo dudo, pero te garantizo que, con una madre como la mía, no me hacía falta un padre. Valía por dos hombres. Era tan dura y temeraria que habría hecho temblar de miedo a cualquier luchador profesional.
Nos reímos los dos.
—Desde luego, la recuerdo justo así. La traté poco, pero la tengo bien grabada en la memoria. Me dejó huella.
Como a muchas personas, en realidad. Mi madre causaba ese efecto en la gente.
O la adorabas o la detestabas, no había término medio.
Sin embargo, no tenía ningún amigo de verdad, solo conocidos del trabajo con los que salía poco.
No dejaba que nadie se acercara a ella. Ni siquiera le conocí novio.
Si en algún momento salió con alguien, no llegué a enterarme.
—¿Quieres que te traiga algo de beber, Cédric?
—En la camioneta tengo todo lo que necesito, gracias. Pero, para otro día, si sabes hacer brioches , no voy a despreciarlos.
No me atrevo a decirle que, si le gustan los ladrillos, perfecto. Si no, mucho mejor evitar que cocine.
Sigo ayudándolo a recoger zarzas hasta que vuelve Romain con la otra burra.
Después de extenderles paja por el box y de ponerles heno, me da varios consejos por si me apetece ponerlos en práctica.
Luego se va, justo cuando empieza a llover otra vez con ganas.
Al volver hacia la casa, veo que Cédric se bate también en retirada.
Son cerca de las cuatro de la tarde y decido enfrascarme otra vez en la pintura. Cuando se marche Adam, me pondré con su habitación.
Cuando se marche... Al pensarlo, siento un escalofrío desagradable. La verdad es que me he acostumbrado a su presencia, a sus desayunos copiosos, a sus preguntas indiscretas, al ruido del agua de su ducha, a su olor por toda la casa...
Con un gesto de la mano, trato de apartar esos pensamientos.
Entro en el vestíbulo, me quito el impermeable y cierro los ojos.
Qué agradable es el calor de la chimenea.
Al ir al salón, descubro que Adam está sentado en un sillón leyendo.
Lleva puestas unas gafitas redondas. Nunca se las había visto, y no puedo evitar encontrarlo aún más seductor de lo habitual.
Siento un nudo en el estómago, cosa que no me gusta nada.
Al notar mi presencia, Adam levanta la vista del libro y lo deja abierto sobre el reposabrazos.
—¿Así que dos burras?
—Para que se hagan compañía.
Se calla unos segundos, mira al fuego y luego suelta una bomba que coincide demasiado con mis pensamientos.
—¿Y a ti quién te hará compañía cuando yo me vaya?
La única manera de no mostrar lo que provoca en mí esta frase es estallar en carcajadas.
—Pues las arañas, claro, porque espíritus no hay.
Adam me mira de una manera que no me gusta nada. O que me encanta. En realidad, no tengo ni idea. Le brillan los ojos y parece querer decir algo, pero ¿qué?
Luego recupera su actitud pícara.
—Estoy seguro de que me vas a echar de menos.
—¡Ni en sueños!
Esa sonrisita de medio lado y llena de confianza me molesta bastante. Ha llegado el momento de que me ponga a hacer mis cosas.
—Que sepas que hoy he encontrado más trozos de la carta —dice justo cuando voy a salir de la estancia.
Me paro en seco.
—¿Qué?
—En el cobertizo, ocultos entre los cubos. Menudo estilo tenía tu tía.
Al instante se me sube la sangre a las mejillas y el corazón empieza a latirme con fuerza.
—Adam, te prohíbo leerlos.
—Hum... Creo que no tienes potestad para impedírmelo.
—Vas a portarte bien y a dármelos.
Trato de hablar con seguridad, pero él cierra tranquilamente el libro, se levanta, sonríe, se acerca a mí, se para y se inclina hasta que casi me toca la oreja con los labios.
Su olor, su aliento sobre mi nuca, su cuerpo a unos centímetros del mío...
Tengo que hacer un gran esfuerzo para no estremecerme.
—Ni en sueños —me susurra antes de erguirse de nuevo.
Me guiña un ojo y desaparece.
Sin respiración, me llevo una mano al pecho.
Madre mía...