Un otoño para enamorarnos 18. Adam. ¡HIAAAA!
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18. Adam. ¡HIAAAA!

¡HIAAAA!

—¡Te creía ya muerto! —exclama mi jefe cuando descuelgo.

De pie delante de la ventana del salón, donde arde el fuego que acabo de encender, sonrío mientras miro la lluvia. Una semana sin llamarlo. El pobre habrá estado hiperventilando.

—No te preocupes, estoy más vivo que nunca.

—Menos bromas, ¿eh? ¿Dónde estás? ¿Te acuerdas de que el cierre es el 5 de noviembre?

No es el reportaje del siglo, pero, sea cual sea el artículo que tengamos entre manos, Julien actúa como si optáramos a ganar el Pulitzer. Siempre nos mete una presión brutal.

—Me acuerdo, sí. Voy bien de tiempo.

¿De verdad? En realidad, no. No he avanzado nada desde el primer tercio, que tan bien se me dio.

La talla de calabazas, la búsqueda infructuosa de los mensajes de amor, las compras y todas las distracciones que conllevan Little Balmoral y su nueva propietaria, sin contar los otros artículos en los que también tengo que trabajar...

Será mejor que me dé prisa. Un solo día de retraso y Julien me despelleja vivo.

Oigo cómo expulsa el humo del cigarrillo.

—Perfecto. ¿Has hecho muchas fotos?

—Tengo todo lo que me hace falta.

Julien sigue hablando sobre los últimos asuntos de la oficina, los casos que están por llegar, la repercusión de los anteriores.

Apenas lo escucho. Estoy viendo llegar al patio la camioneta del centro ecuestre.

Es la una de la tarde. El tipo que conduce el vehículo da media vuelta, baja para abrir las puertas laterales, y veo que sale tranquilamente un burro grande de color negro con el hocico blanco y las orejas inmensas.

Parece a punto de entrar en pánico, pero espera a que le pongan un arreo en la cabeza.

Como Fedra se une a ellos y mi jefe sigue hablando, salgo yo también al porche para mirar desde lejos lo que pasa.

Nunca me han gustado los cuadrúpedos: mulos, burros, caballos...

Todos me parecen lo mismo: tienen dientes largos que muerden y cascos que dejan marcas.

Guardo un mal recuerdo de cuando era niño y desde entonces los evito como a la peste.

—¡Hiaaaa! —rebuzna el bicho.

Tan fuerte que, incluso desde donde estoy, me taladra los tímpanos.

Al otro lado del teléfono, se produce un silencio de unos segundos.

—Pero ¿qué es eso? —me pregunta mi jefe.

—Un burro —respondo con el mayor laconismo.

—¿Por qué tienes un burro al lado? ¿Dónde estás?

—En la Creuse, en una casa encantada.

—¿Encantada por un burro?

Yo habría esperado un poco, pero Fedra, bien protegida de la lluvia bajo la capucha del impermeable, se acerca al animal y le acaricia las orejas. Me siento en el banco de madera y observo con una sonrisa en los labios.

—Eh, Lafaye, ¿sigues ahí?

—Sí, perdón. Tengo que dejarte. Ya te llamaré cuando acabe el reportaje.

—No, no me llamarás. Volverás a París y me lo darás en persona, ¿entendido?

Dejo de escucharlo. Fedra sigue haciéndole arrumacos a Fergusa, que parece disfrutar como nunca. Para ser alguien que no sabe nada de borricos, no se le está dando nada mal.

—¡Lafaye, te estoy hablando!

—Sí, sí, lo haremos así. ¡Hasta luego!

Cuelgo, cojo mi parka y me acerco a Fedra con cuidado de quedarme lo bastante lejos de la burra, porque nunca se sabe.

—¡Parece contento de verte!

—«Contenta» —me corrige el hombre que ha traído a Fergusa a Little Balmoral—. Me llamo Romain, soy el responsable del centro ecuestre.

El tipo está en la treintena, tiene un aspecto un poco hippie , con el pelo largo recogido en una coleta, y da el perfil del empleo. Le estrecho la mano.

—Adam, un amigo de Fedra.

—Acaríciala —me insta ella—. Es adorable.

—No, gracias, te creo.

Ella me mira frunciendo el ceño.

—¿No te gustan los burros?

—Es a ellos a quienes no les gusto yo, así que prefiero quedarme en segundo plano.

Romain pasa un arreo por la hebilla del aparejo.

—Los burros son muy sociables y amables. Yo tiendo a confiar más en ellos que en los humanos.

Bien por él. Yo paso.

—Vamos a acompañarla al prado, si quieres —le propone a Fedra—. Sujétame esto, por favor.

¡Y es a mí a quien le da el arreo! Así que me encuentro sin saber qué hacer como un imbécil.

—Eh, no estoy seguro de que esta sea la idea del siglo...

—La burra no te va a morder, ¿sabes? —dice Romain divertido mientras saca una carretilla de la camioneta—. Venga, nos vemos en el box. Llevo sacos de pienso y de heno.

—Venga —me exhorta Fedra muy divertida por la situación al ver que no me muevo ni un milímetro.

—¿De verdad tenemos que avanzar?

—Me parece que sí.

—¿Y por qué no la llevas tú?

—Porque le gustas, mira. Está encantada.

Fergusa levanta la cabeza y me enseña todos los dientes en un sucedáneo de sonrisa espantosa que no me tranquiliza en absoluto.

Son como pinzas. No, ¡como cuchillas! Y, por si eso no bastara, se me acerca y frota la cabeza contra mi brazo.

El quejido de estrés que me arranca raya en lo ridículo sin ninguna duda, pero es que estoy tenso como un arco.

—¡Venga, andando! —suelta Romain, dándole un golpecito en la grupa.

Fergusa avanza de golpe y tira de mí.

—Esto no va a funcionar —grito mientras empiezo a trotar—. ¡Que sepáis que esto no es para mí!

No voy a contarles que, la última vez que me acerqué a un burro, tenía diez años.

Quería darle una zanahoria, me pilló los dedos y me propinó un cabezazo de padre y muy señor mío.

Me caí de espaldas y casi me pisoteó. Después de aquello no he vuelto a acercarme a más de un metro a cualquier cosa que tenga patas, cascos, orejas enormes y dientes grandes y amarillos. Incluidos los caballos.

—Venga, yo la llevo —dice Fedra, apiadándose de mí y cogiéndome el arreo de la mano.

—¡Qué amable! Voy a quedarme aquí tranquilamente, ¿vale? De todas formas, aún no he terminado el reportaje.

—Tienes razón, ponte con él —se burla de mí mientras se aleja.

Los veo marcharse y regreso al porche sin más preámbulos. Pero, en el momento en que me dispongo a entrar, se oye un ruido de ruedas sobre la grava que me hace volver la cabeza. Esta vez es el hijo de Élisabeth. Por lo menos él no tiene cascos.

Sale de la furgoneta, que lleva enganchado un remolque, y viene hacia mí a buen paso bajo la lluvia.

—El tiempo no está como para tirar cohetes, ¿eh? —me dice con buen humor.

—Ni tampoco para hacer jardinería. Hola, Cédric.

Me estrecha la mano y mira al cielo.

—No tiene pinta de que vaya a durar mucho. De todas formas, mi madre está en la tienda y yo estaba dando vueltas sin saber qué hacer. ¿Y Fedra?

—Con la burra, llevándola a sus aposentos.

—¡Bien! Me he traído algunas herramientas, aunque quizá haya aquí otras que podrían serme útiles.

No hace falta decirle que espere a Fedra. Sé dónde está el cobertizo.

—Sígueme. No sé exactamente qué hay dentro, pero el cobertizo está justo detrás de la casa.

Vamos hasta allí y empujamos la puerta de madera, a la que se ve que le sienta igual de mal la humedad que a nosotros. Cédric rebusca un poco mientras yo me quedo contemplando un viejo tarro de mermelada que está lleno de clavos.

—Mira, hay varios cubos. ¡Perfecto! —dice Cédric con alegría—. ¿Te los puedo pasar?

Alargo las manos para agarrarlos, pero dejo caer torpemente los dos de abajo y, cuando me inclino para recogerlos, me quedo inmóvil al ver que se ha deslizado al suelo algo que estaba oculto entre ellos: ¡tres trozos de carta y un filtro rojo!

Madre mía, Renata Clavreuil querría que los encontrásemos, pero, desde luego, era una «profesional» y no nos lo puso nada fácil. Jamás se me habría ocurrido buscar aquí.

Los cojo enseguida, me los meto en el bolsillo sin que Cédric los vea y lo acompaño hasta el frente de la casa con todos los bártulos que necesita.

—¿Puedes decirle a Fedra que he venido? Creo que voy a empezar por el camino de acceso. Todas esas zarzas van a terminar siendo un estorbo si no nos ocupamos de ellas.

—Sin problema.

Lo abandono y me apresuro a volver al interior para encerrarme en mi habitación con la excitación de un niño que ha encontrado un tesoro.

Aliso los papeles, que están un poco húmedos.

No todo se entiende bien, pero supongo que en uno de los trozos pone «nos vamos de Francia».

Sonrío mientras los guardo en mi libro junto con los otros.

¡Es un buen comienzo!