17. Fedra. UNA SORPRESA DE LA FINCA DE LOS ROSALES
UNA SORPRESA DE LA FINCA DE LOS ROSALES
Mientras volvemos a Cornehotte, me calmo un poco.
No comprendo por qué me pongo tan tensa.
La verdad es que no hay nada excepcional en la carta que escribí.
No contiene nada más que las palabras de una adolescente desesperada y un poco excesiva.
Justo como me siento en este momento... No quiero que Adam la lea, eso es todo.
Y, ahora que ha convertido el asunto en un objetivo, una competición, una búsqueda del grial, es peor.
¿Qué pretende, vamos a ver? ¿Burlarse y decir que es cosa del pasado?
Pues ya me he puesto bastante en ridículo, tengo mi orgullo.
Cuanto más reflexiono, más creo que subestimamos la importancia de un primer desengaño amoroso, pues es el que determina cómo seremos con los demás en el futuro, el que nos enseña a centrarnos en nosotros mismos y en la vida que queremos, a poner toda nuestra energía en llegar ahí.
Se supone que un primer amor no tiene que resurgir en nuestra vida adulta y, si lo hace, no es para que renazcan en nosotros las emociones adolescentes.
Esa es la razón exacta por la que no quiero que Adam sepa lo que escribí hace nueve años, por muy ridículo que pueda parecer.
Quiero que se interese por quien soy ahora, no por quien era.
No quiero que lea esa carta.
Y punto.
—Llevas en silencio todo el trayecto —me hace ver Adam cuando estamos ya cerca de Little Balmoral.
—Estaba reflexionando. No voy a ir a ver a Élisabeth, no servirá de nada.
—Qué pena, te había preparado una navajita.
Y se saca una del bolsillo como por arte de magia.
—¡Qué sarcástico eres siempre! ¿Por qué?
—El sarcasmo es un arma más eficaz que una navaja.
Me extraña la seriedad de su respuesta. ¿Por qué tiene tanta necesidad de defenderse?
Me adentro en el camino que lleva a la casa. Al final hay un vehículo rojo aparcado.
—Anda —dice Adam divertido—, si es la persona a la que le querías cortar la lengua. Qué bien hace las cosas el azar.
Levanto los ojos al cielo y salgo del coche a la vez que Élisabeth se baja del suyo. Va acompañada de un hombre a quien no conozco.
—Hola, Babeth. ¿Hay algún problema?
—Hola, Fedra. Perdona que aparezca sin avisar. Como no estabas, ya nos íbamos.
Estaba de muy mal humor al salir de Géret, pero ya se me ha pasado, y más al notar que a Élisabeth le ocurre algo. Por otra parte, no es el momento de hablarle de mi estado de ánimo; quien la acompaña no tiene por qué saber nada.
—¿Necesitas algo?
—Sí. Uy, perdona —se interrumpe—, que no os he presentado. Mi hijo Cédric ha venido de Périgueux para pasar unos días con su anciana madre.
—No eres vieja, mamá, ¡estás en plena madurez! —bromea el hombre—. Hola, Fedra, encantado de conocerte. Mi madre no para de hablar de ti.
Le estrecho la mano que me tiende. Está en la cincuentena y es bastante guapo, alto, de pelo castaño y piel morena.
—Hola, encantada, Cédric. Te presento a Adam Lafaye, nuestro periodista favorito. Ahora mismo trabaja en un reportaje sobre casas encantadas. La idea me parece tan tierna... Está venga a investigar por aquí, pero me temo que no va a encontrar nada concluyente.
La cara que pone Adam vale su peso en oro. Me enorgullezco de mí misma.
Sonriente, saluda a Cédric con un apretón de manos enérgico y luego se vuelve hacia mí.
—Mi querida Fedra es una vieja amiga, aunque, como es obvio, no está en plena madurez, al contrario que tu encantadora madre. Hola, Élisabeth. Qué alegría volver a verte. El pequeño objeto que me diste ayer me ha sido muy útil, creo que voy a usarlo bastante en los próximos días.
—¡O no! —tercio yo.
Luego observo a Élisabeth con el ceño fruncido. Está como apagada. Me inclino hacia ella.
—¿Puedo hacer algo por ti, Babeth? —No me responde. Sigue con la mirada perdida—. ¿Élisabeth?
Por fin levanta la vista hacia mí.
—Sí, perdona.
—Imagino que habéis venido por alguna razón en concreto, ¿verdad?
Traga saliva como si estuviera tratando de recomponerse.
—Sí, el centro ecuestre que se ocupa de Fergusa lleva parte de la tarde tratando de ponerse en contacto contigo. Al no conseguirlo, y como no le has dejado un número de móvil al señor Trottoy, me han llamado a mí. Fergusa no se encuentra bien, está deprimida.
Abro los ojos como platos. No sé nada de burros.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Lleva varias semanas sin comer bien, pero el veterinario no le encuentra ningún problema de salud en particular.
Desde hace unos días rechaza la comida por completo.
Como parece que está sana, en el centro creen que lo que le ocurre es que echa de menos la casa y también a tu tía. Se querían mucho.
—Oh.
—Deberías llamarlos.
—Sí, claro, ahora mismo lo hago.
—Aquí tengo su número —dice, pasándome un papel.
—Muchas gracias. ¿Queréis entrar a tomar un té?
Miro a Adam, que me dedica una sonrisa burlona.
Sé lo que está pensando, que en realidad no soy rencorosa.
Pero es que no puedo dejar marchar así a Babeth, está claro que hay algo que le preocupa.
Y, además, es verdad que no soy rencorosa, solo hasta cierto punto.
Si Adam quiere hacerme una jugarreta, él verá.
En cuanto a Élisabeth, solo sigue al pie de la letra las últimas voluntades de mi tía; eso es todo.
No puedo reprochárselo. Lo que me toca es ser prudente ¡y no dejar que Adam el Fisgón ande fisgoneando!
—Con mucho gusto —responde Élisabeth—, necesito sentarme unos minutos. La humedad del ambiente me afecta a las articulaciones.
—¿Te importaría que diera una pequeña vuelta por el jardín? —me pregunta Cédric Pinet—. Está magnífico con todos estos colores otoñales.
—Claro que no.
—¡Te acompaño! —decide Adam—. ¿Te dejo mi navajita, querida Fedra?
Le sonrío y, justo cuando paso por delante de él, me acerco a su oído.
—Como sigas así, ¡vas a morder el polvo! ¡Te lo advierto, superplasta!
Y me alejo sin darle tiempo a responderme.
Soy consciente de que este jueguecito que nos traemos entre manos va a durar hasta el final de su estancia, así que más vale que me arme de paciencia y de réplicas como esta, aunque, para ser sincera, en el fondo todo esto me divierte bastante.
Subo las escaleras del porche cogiendo a Élisabeth del brazo por primera vez. A ella le sorprende un poco, pero me sigue.
Empujo la pesada puerta de la mansión y me dirijo a la cocina.
—La casa me parece más luminosa —dice.
—Sin embargo, no he hecho gran cosa. Apenas he empezado a pintar las paredes de las habitaciones. Siéntate, por favor.
—No es una cuestión de arreglos, sino de presencia —me responde mientras se acomoda en una silla—. Eres tú quien le ha dado calor a la casa.
Conmovida por esta frase, no me atrevo a volverme para mirarla. Dejo el bolso sobre la mesa y, sin quitarme el abrigo, cojo el hervidor para llenarlo de agua.
—¿Te encuentras bien aquí, Fedra?
—Pues sí, creo que sí. Quizá no lo bastante para quedarme aquí toda la vida, pero sí como para no vender.
Entreabro los labios de la sorpresa. No me creo lo que acabo de decir.
—Qué noticia tan excelente —se regocija Élisabeth—. Me encantaría tenerte por aquí, en Cornehotte. Ya sabes lo mucho que te aprecio.
—Bueno..., lo he dicho sin pensar. No es nada definitivo. Y yo también te aprecio mucho, Babeth. ¡A pesar de que le hayas dado a Adam pistas para que pueda leer la carta que mi tía, al parecer, ha dispersado por toda la casa!
—No le he dado ninguna pista —dice sonriendo—, solo el filtro que me pidió. Y déjame añadir que es un joven inteligente. No le hace ninguna falta que lo ayude una viejecita como yo.
—No eres tan mayor, Babeth. Además, no aparentas la edad que tienes; ya te lo dije en otra ocasión.
—Mis huesos saben bien los años que tengo, no te preocupes.
Dejo varias tazas sobre la mesa y una caja de galletas, sirvo el té y me siento frente a ella.
—Antes me ha dado la impresión de que te ocurre algo. ¿Va todo bien?
—Oh, no es nada que deba preocuparle a una joven como tú —me dice sonriendo—. Hoy me siento un poco cansada, pero ya se me pasará.
No puedo evitar fijarme en que lleva un rato insistiendo en su edad; hasta ahora nunca lo había sacado tanto a colación.
—Estarás contenta de que tu hijo haya venido a verte.
—Uy, mucho. Es un buen chico.
—¿Está casado?
Niega con la cabeza.
—Nunca ha encontrado la horma de su zapato. Perdóname, me doy cuenta de que hoy no soy muy buena compañía. Echo mucho de menos a Renata.
Le pongo una mano en el brazo.
—Tú misma lo has dicho: ella está aquí, en alguna parte. Mira, si te ayuda en algo, ven tan a menudo como quieras.
—Eres muy amable, Fedra. Mi hijo es como tú. Tengo mucha suerte.
Le sonrío en el momento justo en que llegan Adam y Cédric.
—Servíos mientras llamo al centro ecuestre.
Me voy al salón y cojo el teléfono fijo. En la Finca de los Rosales responden enseguida. Romain, el responsable, me explica la situación. Dice que la burrita no se encuentra bien y que todo podría arreglarse si volviera a casa y estuviera en un ambiente familiar.
Al principio entro en pánico. No tengo ni idea de cómo ocuparme de un burro. No creo que nunca haya tocado uno siquiera.
—Como su tía nos adelantó los gastos veterinarios y de alojamiento, le queremos hacer la siguiente propuesta: nos pasaríamos todos los días a alimentar a Fergusa, limpiar su box, darle los cuidados que necesite y asegurarnos de que no le falte de nada. ¿Qué le parece?
—Bueno...
—Si hubiera cualquier problema, iríamos enseguida a atenderla.
Somos un equipo fijo de quince personas.
Todo el mundo quiere a Fergusa, es una burrita excepcional y muy dulce.
Una viejecita de treinta y tres años. Su tía la salvó del matadero hace cinco años, después de que hubiera pasado gran parte de su vida con unos propietarios sin escrúpulos.
Su muerte y los tres meses que ha pasado en la finca la han alterado bastante. Necesita volver a casa.
El corazón se me acelera. Tengo miedo de no estar a la altura, incluso aunque no tenga que ocuparme verdaderamente de ella, pero acepto porque el pobre animal no ha hecho nada y merece acabar sus días con tranquilidad.
—Muchas gracias en nombre de Fergusa —dice Romain para acabar—. ¿Podemos ir mañana a primera hora de la tarde?
—Sí, claro. ¿Tengo que preparar alguna cosa?
—No. Fergusa se quedará en su cercado mientras le arreglamos el box. Según recuerdo, su tía no escatimó en gastos para ofrecerle un espacio digno.
Es el prado que hay frente al arce rojo, al que apenas he prestado atención.
—Hasta mañana, y gracias de nuevo en nombre de Fergusa.
—De nada, de nada. Hasta mañana.
Al colgar me tiemblan un poco las manos; espero haber tomado la decisión correcta. Cuando vuelvo a la cocina, les explico la situación a los demás.
—Fergusa es un amor de burrita —me asegura Élisabeth—. Es dulce y tranquila, ya lo verás. Vas a adorarla. Me alegro de que hayas aceptado recibirla.
Suelto una risita extraña.
—Es más bien ella la que me recibe a mí. Estaba aquí antes que yo. Little Balmoral es su casa. Pero temo por el estado del prado después de tres meses desatendido, estará lleno de maleza y matorrales. Y ni siquiera sé cómo está el cercado.
—Puedo echar un vistazo si quieres —me propone el hijo de Élisabeth.
—Oh, no, no quiero que te molestes.
Me sonríe.
—Voy a contarte un secreto: no sé tomarme vacaciones. Siempre tengo que estar haciendo algo. Soy paisajista. Y seguramente los árboles y las plantas de esta finca necesiten una poda para aguantar bien las heladas del invierno. También me puedo ocupar de eso.
Miro a Élisabeth con apuro. Sin embargo, soy bastante consciente del estado de la finca, aunque solo sea porque he visto cómo está el camino de acceso, con los márgenes invadidos por las zarzas.
—Es muy amable por tu parte, Cédric. Acepto, y te pagaré por tus servicios.
—¡En absoluto! Como te decía, lo haré para tener algo de lo que ocuparme durante mis vacaciones.
—Pero... ¿no quieres aprovecharlas para pasar tiempo con tu madre? No quiero privaros de estar juntos.
Élisabeth se echa a reír.
—Lo compartiremos, no te preocupes. A Renata le encantaba encargarse de la finca, pero le llevaba infinidad de tiempo.
Sé lo laboriosa que puede ser esta actividad, así que acepta el ofrecimiento de Cédric: tiene unas manos de oro.
Te dejará el jardín preparado para la primavera, y estará más bonito que nunca.
—En ese caso, de acuerdo. Te lo agradezco mucho, Cédric.
Me sonríe feliz de que haya aceptado su oferta.
Cuando los acompaño a la puerta, Élisabeth se para y mete la mano en el bolso para sacar un manojito de salvia seca. Otro.
—No te vayas a olvidar de quemarla.
Le sonrío y, sin pensarlo, le doy un beso en la mejilla.
—Gracias, Babeth, y hasta pronto.
Enternecida, miro la salvia y voy a ponerla en el aparador, junto a los otros manojos.
Adam y yo cenamos a la hora canadiense, sobre las seis de la tarde. Ha hecho una sopa riquísima que tomamos con unos generosos trozos de pan tostado con ajo. Una vez recogida la cocina, me voy a mi habitación y me pongo por fin a leer las cartas que me envió mi tía y que nunca recibí.
No puedo contener las lágrimas ni el enfado que siento hacia mi madre. Me amaba de todo corazón y yo también a ella, pero habría preferido que todo fuera distinto.
Me pongo a pensar en Adam, Élisabeth, Cédric, los jubilados de Cornehotte, el señor Trottoy y la burrita que va a llegar, en todo el mundo que me rodea en estos momentos y en cómo me ha cambiado la vida.
Entonces, decido hacer algo a lo que no me había atrevido aún desde que sé que voy a quedarme aquí tanto tiempo: llamo a la amiga que está subarrendando mi apartamento en Laval y le cuento que no volveré tan pronto como pensaba y que sería mejor poner el contrato a su nombre.
Luego me tiro en la cama con los brazos en cruz y sonrío.
Me siento tranquila.