Un otoño para enamorarnos 16. Adam. QUE GANE EL MEJOR.
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16. Adam. QUE GANE EL MEJOR.

QUE GANE EL MEJOR

Cualquiera diría que Fedra ha visto un fantasma y, francamente, dado el lugar en el que se encuentra, si me lo confesara, a lo mejor la creería.

Miro el polvo, las telarañas, los muebles viejos, algunos cubiertos con sábanas amarillentas, y luego vuelvo la vista hacia su rostro lívido.

—Oye... ¿Estás bien?

—Sí, lo siento. Estaba concentrada leyendo un diario íntimo que he encontrado en un baúl, una de las claraboyas se ha cerrado de golpe y me he dado un susto.

—¿Un diario íntimo de tu tía?

—No, de la primera propietaria de Little Balmoral. Convirtió la casa en lugar de hospedaje. ¿Quieres verlo?

La verdad es que no me interesa mucho, pero echo un vistazo por cortesía. Mientras leo, Fedra levanta la cabeza para mirarme.

—Adam... Sobre esta historia de la carta que te escribí hace nueve años...

—¿Sí?

—No creo que sea casualidad que mi tía decidiese hacerla aparecer ahora, en el mismo momento en que ibas a venir tú también.

Me hace sonreír. Solo ella habría podido creer lo contrario. Yo lo pillé enseguida.

—¡Bien visto, Sherlock!

Fedra frunce el ceño.

—¿Estás al corriente de algo?

—No, para nada, pero una mera coincidencia habría sido muy extraña.

—Babeth me ha dicho que mi tía me quiso contar que no pudo dártela y que alguien la había roto. Al parecer, me escribió varias veces sobre ese asunto, pero las cartas siempre le eran devueltas.

—¿Tu madre? —Fedra asiente con la cabeza, un poco triste—. Nunca le gusté, desde luego.

—Mi madre me quería y no se fiaba de nadie, Adam.

—Supongo que fue ella quien rompió la carta.

—Sí...

Avanzo por el desván para tocar una sábana polvorienta que parece que tapa un armario grande.

—Y ahora quizá vas a decirme lo que escribiste, ¿no?

Por intentar que no quede.

—¡Claro que no!

Me vuelvo hacia ella sonriendo.

—¿De qué tienes miedo? ¿De que conozca tus pensamientos de adolescente? Si no es una carta de amor, como ya me has dado a entender, ¿qué riesgo corres?

Me da la espalda y se inclina para cerrar el baúl rojo.

—Ninguno en absoluto, pero ya no tiene ningún interés.

—¡Para ti!

—Teníamos dieciséis y diecisiete años, Adam, y los típicos pensamientos de los jóvenes de esa edad. No me apetece compartirlos ahora contigo. Ya no tiene sentido y tú ya no eres tampoco el chico que yo conocía.

Me asalta la sorpresa. No sé cómo tomarme la última frase, si bien o mal.

—¿Qué tipo de hombre piensas que soy ahora?

—¡Precisamente no tengo ni idea! Ya no te conozco ni tú a mí, en realidad. Han pasado casi diez años, en los que no hemos sabido nada del otro. Es normal.

Me acerco a ella con una pequeña sonrisa en los labios.

—Bueno, pues volvamos a empezar por el principio. Hola, me llamo Adam Lafaye.

Le tiendo la mano. Ella me mira unos segundos y luego la coge echándose a reír. Es una risa tan pura que siento cosquillas en la nuca.

—¡Vale! Hola, me llamo Fedra Demay.

—Encantado, Fedra. ¿Te apetecería ir a tomar algo conmigo hoy? Podríamos aprender a conocernos. Y, por cierto, necesito comprarme algo de ropa. La que llevo se va a quedar tiesa de un momento a otro si no hago algo al respecto.

—Tengo lavadora, ¿sabes? —dice Fedra, tronchándose de risa.

—Cierto, pero a tu lavadora y a mí no nos han presentado aún, y yo es que soy algo tímido.

—¿Tú, tímido? Bueno, eso me sorprendería un poco. No debe de haber ni un solo periodista que lo sea, ¿no?

—Ah, pues desengáñate. Lo que hacen es crearse un avatar emocional que les permite entrevistar a un jefe de Estado o lo que sea, pero siguen cagándose de miedo ante la mera idea de preguntar por una dirección a un desconocido.

Fedra levanta la barbilla con expresión burlona.

—¿Así que por eso quieres que te acompañe a comprar ropa? ¿Porque eres tímido?

—Y también porque no tengo la menor idea de adónde ir.

—¡Claro!

Parece reflexionar, y bastante. Luego me sonríe.

—De acuerdo, vamos a Guéret. Tengo que ir también a la tienda de bricolaje para comprar unas cosas. ¿Qué tal a las dos?

—Perfecto.

Pasa por delante de mí, espera a que salga del desván y cierra la puerta tras de sí. Caballerosamente, señalo la escalera con la mano para cederle el paso, pero, justo antes de poner un pie en el primer escalón, se vuelve para mirarme con el ceño fruncido.

—¿Llevas cinco días sin lavar ninguna prenda?

La duda ofende.

—¡He lavado a mano los calzoncillos y los calcetines! ¿Por quién me tomas?

—Era solo por saber con quién voy a tener una «cita» —responde con gesto cómplice—. Los sándwiches estarán listos a mediodía. Hasta luego.

¡A un paso he estado de quedar como un tío guarro!

La miro marcharse sin mover un pelo mientras me asaltan unas ganas locas de volver al desván y ponerme a registrarlo todo para ver si encuentro más trozos de la carta misteriosa. Sin embargo, sería arriesgado.

Así que bajo por las escaleras, algo preocupado por esta obsesión.

Pero es justo porque Fedra me rondó la mente durante meses, incluso años, por lo que una parte del adulto que soy quiere volver a encontrarse con el adolescente que fui.

Saber, comprender, ser consciente de lo que se me escapó tanto en sentido literal como figurado y quizá...

ajustar el tiro. ¿En qué dirección? Aún no lo sé, pero este mediodía quizá averigüe algo más. ¡Parece que tenemos «una cita»!

Solo cabe esperar.

Aunque la selección de tiendas de ropa de hombre ha tenido sus limitaciones, he encontrado lo que buscaba, suficiente para diez días.

Al acabar las compras, llueve torrencialmente y entramos empapados en la primera cervecería abierta.

—Vaya tiempo de perros —comenta el dueño al vernos—. ¡Sentaos, ahora mismo os llevo una carta!

Fedra tiene el pelo pegado a las mejillas. Sin pensar, le retiro un mechón de la frente. Ella suelta una risita deliciosa, de esas que te hacen pensar que esa persona no te es indiferente.

—¿Una cerveza?

—Vale —me responde.

El dueño nos la sirve enseguida y, al primer trago, me echo a reír.

—¿Te acuerdas de cuando les robamos unas birras a mis padres y nos fuimos a beberlas a la orilla del Creuse?

—¿Cómo voy a olvidarme? Mi madre nos descubrió. ¡Nos metimos en un buen lío!

Lo tengo grabado en la memoria. Estábamos tirados tranquilamente en la hierba, cerca del agua.

No se nos ocurrió alejarnos del puente por donde pasaban los coches; la madre de Fedra venía de comprar y nos vio enseguida.

Sin pensarlo, tiramos las latas vacías al agua para que no las viera, pero no se hundieron.

—Creo que fue entonces cuando tu madre me clasificó definitivamente en la categoría de «chicos no recomendables».

Fedra suspira.

—Mi madre era bastante especial. La adoraba, pero tengo que reconocer que no tenía el carácter más fácil del mundo. Se enfadaba a la mínima, pero nadie me protegió tanto nunca. Habría hecho cualquier cosa por verme feliz.

Se le nubla un poco la expresión. Está triste.

—Siento mucho que se fuera tan pronto, Fedra.

—Yo también, pero así es la vida.

—Háblame de ti.

—Ah, ya sabes lo esencial. Y la verdad es que no tengo nada interesante que contarte.

—¿Me querías?

Fedra abre los ojos como platos mientras pienso cómo he podido hacer semejante pregunta. Me va a mandar a freír espárragos y no va a haber vuelta de hoja.

—Mucho —responde contra todo pronóstico.

—Perdona, la pregunta ha estado fuera de lugar.

—No, te la hago yo también: ¿me querías?

—Mucho.

Nos miramos a los ojos como si estuviéramos tratando de decirnos las cosas que nos habríamos querido decir hace nueve años y, de repente, un ruido como de un pedo enorme rompe la magia del momento. Enarcamos las cejas a la vez por la sorpresa y luego estallamos en carcajadas.

—¡Le juro que no he sido yo, señorita! —aseguro, levantando las manos.

—Es la bomba de la cerveza —tercia el dueño—. Parece que hay un pequeño problema.

El ruido empieza de nuevo, pero esta vez no para.

—Ven, vamos fuera —me propone Fedra—. Antes me he fijado en que la terraza está cubierta y resguardada.

Cogemos los vasos y nos sentamos. Ya está amainando. Ha llovido con tanta fuerza que hay hojas caídas por todas partes bajo los árboles rojizos, castañas y sus erizos esparcidos por el suelo, así como un pequeño riachuelo que fluye por la acera.

—Me encanta el olor de la lluvia —dice Fedra, poniéndose sobre los hombros la manta de la terraza—. El otoño es mi estación preferida.

—¿Por qué?

—Porque la naturaleza tiene que hacer esfuerzos para protegerse del invierno. ¿Sabías que los árboles pierden la clorofila y se vuelven naranjas por la acumulación de taninos? Luego prescinden de las hojas para protegerse de las heladas. Es en otoño cuando tenemos los colores más bonitos del año.

—Háblame de Canadá.

Suspira y sonríe.

—Allí el otoño no parece tan largo como aquí.

Ocurre en unas pocas semanas entre septiembre y octubre, cuando todo se vuelve casi mágico.

Las montañas, los bosques, los ríos, las cascadas...

Es como si los paisajes se transformasen en pinturas vivientes.

Objetivamente, creo que es el país más bonito del mundo. ¿No has ido nunca?

—A Toronto, solo una semana. Pero no vi más que edificios altos y... centros comerciales. Y comí poutine . 1

—Puaj, no me gusta nada —dice Fedra con una mueca.

—¡Menuda quebequense estás hecha!

—¿Me estás vacilando? Viagre!

Abro los ojos como platos y creo que ha usado esa palabra a propósito.

—Via... ¿qué?

Se echa a reír.

— Viagre es una palabrota.

Apoyo los codos en la mesa, interesado.

—Dime más tacos típicos de allí.

—No quiero.

—¡Venga, hombre! Tú conoces todos los que decimos aquí. Enséñame los tuyos.

Se troncha de risa y parece que se pone a buscar una manera de formularlo bien. Luego se lanza.

—Vale. Si, por ejemplo, vas andando descalzo por tu casa y de repente pisas una pieza de Lego que había tirada en el suelo, puedes decir: ostie d’câlice de tabarnak de Lego! , que quiere decir más o menos «¡joder con la pieza esta de Lego!».

Lo ha dicho con tal acento que creo que en este instante preciso he vuelto a enamorarme de ella por segunda vez.

—Si vienes un día a mi casa, no vayas diciendo algo así, ¿eh? Que es supervulgar.

—¡Te lo juro!

La observo mientras bebe un sorbo de cerveza y la encuentro tan guapa con sus pecas y sus grandes ojos verdes...

—¿Me invitarás un día a tu casa, Fedra?

Ella posa la jarra y me sonríe.

—Si ya estás en ella, Adam. Hace ya... —dice, contando con los dedos.

—Cuatro días.

No insisto, pero ella ha entendido lo que quería decir.

—Estoy muy a gusto —me dice—, pero será mejor que volvamos. Me gustaría terminar de pintar la antigua habitación de mi tía. Aunque antes tenemos que ir a una tienda de bricolaje, si no te importa.

—Voy adonde tú vayas. ¡Eres la conductora!

Se levanta para sacar del bolsillo la llave del coche y, al hacerlo, salen disparados tres fragmentos de papel con trazos rojos que caen sobre la mesa.

Los miro, nos miramos y, de golpe, se lanza a por ellos para evitar que yo los coja.

—¡Eh! ¿Qué es eso? ¿Has encontrado más?

—No, para nada.

Frunzo el ceño.

—Ah, Pinocho, ¿no estarás diciéndome una mentira por casualidad?

Ella cierra los ojos y suelta un hondo suspiro.

—Los encontré en el desván, escondidos en el diario de Janis Linklater.

No puedo evitar sonreír.

—Entonces tenía razón. Están por toda la casa.

—¿Qué es eso de que tienes razón?

—Yo también fui a ver a Élisabeth, que me confirmó que había más trozos de papel y que todos pertenecen a la misma carta.

—¿Cómo? Pero, vamos a ver, ¡se trata de mi carta! ¿Qué hace ella hablando de esto contigo?

—¿Y por qué no? La carta iba destinada a mí.

—Puede, pero ya no. ¿Y cómo es que has deducido que hay varios trozos?

—Porque tan tonto no soy —digo, poniendo cara de que estoy reflexionando mucho—. Aunque también puede ser que haya encontrado mis propios fragmentos, ¿qué te parece?

Fedra se queda boquiabierta.

—¿Dónde? ¿Los has leído?

Al verla entrar en pánico, sonrío de oreja a oreja con verdaderas ganas.

—En la torre, la mañana que descubrí el taller. Y sí, los he leído. Élisabeth me dio un filtro.

Esta vez se levanta de golpe.

—¿Qué? Le voy a cortar la lengua —dice, poniéndose el bolso al hombro—. No tiene derecho.

Tengo el tiempo justo de dejar un billete en la mesa. Se marcha y yo corro detrás de ella.

—¡Espera, Fedra!

—¿Qué había escrito en esos papeles? —me pregunta sin pararse.

—A ver, no es nada importante, ¿sabes? —digo, casi parafraseándola.

—Entonces, ¿por qué insistes tanto?

La cojo del brazo para que se detenga. No está para bromas.

—Oye... Trato de comprender por qué te crispas tanto, y no lo logro.

—No tengo por qué responderte, Adam. Y ya basta, deja de indagar. No nos llevará a ninguna parte. No es más que una carta, y creo que si nunca la recibiste es porque era preferible así. Punto.

—¿En plan karma? Por favor...

—Lo dice el que está escribiendo un reportaje sobre «casas encantadas» —me contesta, haciendo con los dedos el gesto de las comillas.

Luego se dirige con paso decidido a su coche.

—¿De verdad vas a ir a ver a Élisabeth?

—Y a cortarle la lengua, sí. Como he dicho.

—Fedra...

Suspira mientras abre el vehículo. Yo meto las bolsas de ropa en el maletero y me subo al asiento del pasajero.

—Tengo que decirte una cosa.

—¿Qué? —contesta, volviéndose rápidamente hacia mí.

—Comprendo que quieras guardar tus secretos y todo eso, pero yo no he cambiado realmente en todo este tiempo.

—¿Eso qué quiere decir?

—Que sigo siendo un plasta. ¿Te acuerdas? Siempre me decías que era superplasta.

Ella chasquea la lengua.

—Bueno, ¿y qué? ¿Qué intentas decirme?

Improviso una media sonrisa que espero que le resulte irresistible.

—Que voy a buscar estos mensajitos de amor y que no vas a poder impedirlo.

—¡Te lo prohíbo! —Se le enrojecen las mejillas a una velocidad increíble—. Te prohíbo que registres mi casa, ¿entiendes?

—Por dos mil doscientos euros por dos semanas, podría hacerlo...

—¡Jamás de los jamases!

—Vale, vale... En ese caso, digamos que me confiaré a la suerte, y que sepas que siempre tengo mucha. Los encontraré. Y será por casualidad.

Fedra me fulmina con la mirada.

—¡Pues ánimo! Los encontraré antes que tú.

Me vuelvo para mirar de frente la carretera y hago crujir los dedos.

—En ese caso, que gane el mejor.