15. Fedra. ¿Y DICE QUE DUERME COMO UN LIRÓN?
¿Y DICE QUE DUERME COMO UN LIRÓN?
—¿Todo bien, señor?
No hay respuesta.
Una de dos: o bien el techador que acaba de subir a la parte alta del desván con su enorme linterna se ha quedado mudo de la estupefacción cuando ha visto el estado de la estructura, o bien se ha partido el cuello en algún sitio entre las vigas y la cubierta y es incapaz de pronunciar palabra.
Hace por lo menos diez minutos que estoy en el desván entre muebles antiguos, polvo y telarañas, esperando delante de una de las grandes claraboyas, a través de las cuales no se ve nada en absoluto de lo tremendamente sucios que están los cristales.
¡A este sitio le hace falta una buena limpieza!
Refunfuño. Por supuesto, nunca he tenido ningún sentido del equilibrio, así que a las nueve de la mañana menos aún.
Subo por la escalera retráctil de la trampilla para ver qué está pasando allá arriba y me encuentro al hombre sentado en las alturas, en medio de una maraña de vigas que forman una estructura triangular, con los brazos estirados como si estuviera examinando algo.
—¿Hay algún problema, señor?
—Con la techumbre ninguno, señorita —me grita desde donde está—. Es de roble y se conserva muy bien a pesar del tiempo que tiene. Sin embargo, hay aquí un nido de lirones hibernando. Supongo que habrá oído muchos chillidos en los últimos días.
—Pues sí, pero creía que era el viento.
—Sí, eso también, claro. ¿Quiere venir a verlo más de cerca? Suba, no está muy alto; son apenas tres metros.
Madre mía, no sabe lo que dice...
—No, gracias, tengo un vértigo terrible. Confío en usted.
No me atrevo a acercarme, pero, gracias a su linterna, distingo las ramitas, el musgo y las hojas del nido, que tiene forma de huevo.
—¿Cómo han podido llegar hasta ahí?
—Basta con que haya un árbol con ramas que sobresalgan del tejado.
—Sí, ahí está el cedro. ¿Es posible desalojarlos sin hacerles daño?
—Por supuesto. Aquí somos amigos de los animales. ¿Tiene una caja de cartón o algo parecido?
—Pues sí, voy a mirar.
—Y algún trapo o trozo de tela vieja, si tiene.
Asiento y bajo de nuevo al desván. En esta leonera seguro que encuentro algo.
Abro un primer baúl y descubro un montón de libros viejos encuadernados en cuero.
Crimen y castigo , Guerra y paz , Los miserables , Poemas bárbaros ...
Y no son precisamente recientes, sino de alrededor de 1860.
Seguro que son ediciones originales. Se encuentran en un estado excelente, protegidos de la humedad.
Me propongo venir a por ellos más tarde.
Sigo rebuscando y, como no encuentro nada, tiro de la sábana polvorienta que cubre un segundo baúl, de un rojo intenso, adornado con herrajes de latón.
Parece un cofre pirata. Miro alrededor y encuentro una caja de cartón vacía en mal estado, pero que puede servir, y vuelvo donde el techador.
Subo las escaleras de la trampilla, aunque me quedo al nivel de la abertura.
—Venga hasta aquí, no tenga miedo. Las tablas están bien aseguradas, se puede andar por encima.
Las instalé yo mismo cuando su tía me contrató hace veinticinco años.
Con esta obra se ha aislado gran parte de la casa, ¿sabe?
Entre el suelo del desván y la cubierta hay unos siete metros de altura.
Había que hacer algo porque aquí había muchísima corriente de aire.
Es cierto que el viento sigue colándose, pero mejoró mucho.
Si quiere, puedo hacerle un presupuesto para aislar completamente la cubierta.
Ganaría entre tres y cuatro grados de temperatura.
Tras asentir con la cabeza, me acerco con cautela y alargo los brazos para pasarle la sábana, que él rasga en varios trozos con una navaja.
Le alcanzo también la caja de cartón y, delicadamente, el hombre traspasa a ella el nido de lirones, que duermen calentitos y acurrucados.
Me fijo en que, entre sus cuerpecillos, queda un pequeño espacio redondo que me parece adorable.
Me encantaría mirar dentro, pero me abstengo de meter los dedos y molestarlos.
El techador, a pesar de tener ya más de cincuenta años, se baja de las alturas como lo haría yo de un taburete y cae limpiamente sobre las plantas de los pies, luego se sacude el polvo del pantalón.
—La buena noticia es que podré reemplazar las tejas deterioradas sin necesidad de reforzar la estructura. Es muy sólida. Quienes la construyeron en su día sabían bien lo que hacían.
Asiento, únicamente preocupada por los animalitos, que continúan dormidos.
—¿Dónde vamos a ponerlos?
—Si tiene troncos en algún sitio, puedo fabricarles un refugio seguro para el invierno. Pero volverán, ¿sabe?
—En ese caso, igual deberíamos haberlos dejado tranquilos.
—¿Y privarse de dormir por las noches? Usted decide. En septiembre y octubre están menos activos, pero, justo antes del periodo de hibernación, no solo se reproducen, sino que también se convierten en verdaderos saltimbanquis y no dejan de hacer ruido.
—En ese caso... Hay bastantes troncos alrededor de la casa.
—La sigo.
Bajamos del desván y nos dirigimos al jardín sin cruzarnos con Adam, que debe de estar ya encerrado en su habitación, trabajando en su reportaje.
Apenas hemos vuelto a hablar después de ese momento tan extraño bajo el arce rojo.
Es como si se hubiera instalado entre nosotros una especie de incomodidad, una distancia que ahora es preferible.
Adam pasó mucho tiempo al teléfono ayer por la tarde y también trabajando; yo he aprovechado para mover los muebles de la antigua habitación de mi tía y empezar a pintar las paredes.
Cada uno por nuestro lado para evitarnos.
Por la noche cenamos juntos, pero tuvimos una conversación totalmente superficial para dos personas que llevan tanto sin verse.
Quizá sea mejor así.
No nos lleva demasiado tiempo acondicionar un sitio nuevo para las crías de lirón.
Recogemos ramitas, hojas, musgo y hierbas secas, y hacemos un hueco entre los troncos para instalar el nido, que dejamos protegido bajo una pirámide de leños.
Así mis pequeños huéspedes podrán pasar un invierno tranquilo, al abrigo de la intemperie y los peligros.
Satisfechos, rodeamos la casa y el contratista se va fijando en las partes del tejado en las que hace falta retirar musgo, en las tejas de pizarra que hay que reemplazar y en los canalones que no aguantarán otro invierno riguroso.
—Hará falta cambiar dos o tres cosas, pero no es tanto como me esperaba. El estado general de la cubierta es bueno.
—Muy bien, muchas gracias.
Nos ponemos de acuerdo para que vuelva dentro de tres semanas, siempre que el tiempo lo permita, y me despido de él, quedando a la espera de un presupuesto para presentárselo al señor Trottoy.
¡No se me podrá reprochar que no haga las cosas como es debido!
Luego me asalta un deseo que tengo intención de reprimir: volver al desván a investigar.
Ese lugar que apenas conozco está lleno de tesoros olvidados.
Élisabeth me dijo que los recuerdos de la Little Balmoral de los tiempos de Janis Linklater se encuentran en algún sitio allá arriba, y será sin duda en ese baúl rojo tan intrigante.
Subo al primer piso, hago mi reverencia habitual ante el retrato de la primera propietaria de la mansión y continúo hasta el desván.
Cojo el resto de la sábana que el techador no ha utilizado para los lirones, la extiendo delante del baúl rojo y me arrodillo.
Al abrir la tapa, suena un chirrido metálico.
Dentro está todo muy bien colocado. Hay figuritas de plomo envueltas en tela, una muñeca de porcelana que sería la envidia de cualquier coleccionista, adornos de todo tipo, cajitas de nácar, un tintero de bronce, un peine muy bonito de plata labrada y un pañuelo de delicada seda azul de Prusia que, lamentablemente, ha sido pasto de las polillas.
Cuántas cosas bonitas a las que enseguida me entran ganas de darles una segunda vida...
En el vestíbulo hay una vitrina de madera de mango de un azul un poco desvaído que mi tía restauró cuando yo era pequeña.
Al principio ella guardaba ahí los recuerdos que traía de sus viajes, pero hoy no contiene más que la vajilla, que podría colocarse perfectamente en otro lugar.
Expondré en ella los tesoros de Little Balmoral.
Continúo rebuscando en el baúl y descubro lo que parece un cuaderno.
Es grueso, de tapas negras y doradas, y está rodeado por un cordón de cuero.
Al deshacer el nudo y abrirlo, descubro que es una especie de libro de visitas en el que un montón de personas ensalzan las virtudes de Janis Linklater y la belleza de las habitaciones de Little Balmoral.
En un segundo cuaderno, más íntimo, están las notas personales de la primera propietaria. Una de las frases, escrita a pluma con una letra de una delicadeza increíble, me conmueve: «¿De qué sirve tener una casa tan grande cuando se vive sola?».
Medito sobre ella unos segundos, acordándome de lo que me dijo la cartera sobre Little Balmoral el día que me trajo el paquete de mi tía: que, si heredara un lugar como este, lo convertiría en un hotel rural.
Visualizo la posibilidad, sin imaginarme realmente haciéndolo, cuando de pronto una de las claraboyas se abre con el viento y la puerta golpea contra el marco metálico, haciendo un ruido ensordecedor que me arranca un largo y ridículo grito de terror.
De la sorpresa, suelto el diario de Janis Linklater y me caigo al suelo sobre las nalgas, levantando un montón de polvo.
¡Vaya tela, qué susto! Estaba todo tan tranquilo hace un segundo que casi me da un ataque al corazón con semejante estruendo. Me cuesta trabajo recuperar el aliento.
Tardo unos segundos en recomponerme y me levanto con una risita nerviosa para ir a cerrar la ventana. Cuando regreso, el diario está vuelto contra el suelo y, al lado, hay dos trozos de papel con trazos rojos que conozco demasiado bien, así como un filtro de plástico del mismo color.
¡No puede ser!
Los junto y los descifro mientras hablo en voz alta.
—Tía Renata, ¿qué jueguecito es este y qué esperas de mí con esta carta que estás haciendo reaparecer? ¿Qué pretendes?
No me queda nada claro qué es lo que quiere que comprenda. Entiendo que desea que sepa la verdad sobre la carta, pero ¿por qué esparcir los fragmentos en lugar de mostrármelos todos a la vez? Esta búsqueda del tesoro es irracional y escapa totalmente a mi comprensión.
De repente, oigo ruidos de pasos precipitados en la escalera que lleva al desván. Me doy prisa en meterme en el bolsillo los trozos de papel y el filtro, y entonces aparece Adam en la puerta.
—¿Todo bien? Te he oído gritar.
Lo miro sin decir nada mientras el cerebro continúa procesándolo todo y por fin me asalta la evidencia: mi tía sabía que se iba a morir cuando se puso en contacto con él.
Sin duda, era consciente de que ella no podría atenderlo cuando llegara a Little Balmoral, que sería ya demasiado tarde. Sin embargo, yo sí estaría presente.
Lo que quería era reunirnos y permitir que nos diéramos explicaciones.
Al cabo de nueve años.