Un otoño para enamorarnos 14. Adam. ¡ME TOCA A MÍ!
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14. Adam. ¡ME TOCA A MÍ!

¡ME TOCA A MÍ!

Veo venir a Fedra igual que la vi marcharse hace una hora: a hurtadillas.

En realidad, sé perfectamente que ha ido al pueblo, a la tienda de Élisabeth, para tirarle de la lengua sobre la famosa carta.

Voy a dejar que crea que estoy en la inopia y que no me he enterado de su jueguecito.

Vuelvo discretamente a mi habitación y salgo cuando la oigo abrir y cerrar la puerta del pasillo que da al vestíbulo.

Aguardo uno o dos minutos y entro en la cocina con mi taza de café vacía.

—Hola, ¿has dormido bien? Espero no haberte despertado. He buscado el café por todas partes. No me acordaba de dónde estaba guardado y he abierto todos los armarios. Siento si he armado mucho jaleo.

Mi mentira no la hace reaccionar siquiera.

—No, todo bien —murmura—. Voy a hacerme un té y a encerrarme en mi habitación. Tengo cosas que hacer.

¿Como, por ejemplo, rumiar lo que ha averiguado y que yo no sé qué es (todavía)?

—No te preocupes, yo también tengo trabajo. El reportaje no se va a escribir solito. Bueno, te dejo. ¡Hasta luego!

Ella apenas menea la cabeza y va a por el hervidor. No sé exactamente lo que le habrá contado Élisabeth, pero parece un poco revuelta. Prefiero no hacerle preguntas, sé que no me dirá nada que ella misma no haya decidido contarme.

Desaparezco de la cocina, espero un momento antes de oír la puerta del pasillo y la de su habitación abrirse y cerrarse, y salgo tranquilamente de la casa para subirme al coche e ir a Cornehotte.

Encuentro sin problema la plaza del ayuntamiento y camino hacia la tienda de Élisabeth, cuyo nombre había memorizado: La Hechicera.

Lo entiendo mejor al llegar y contemplar el escaparate, con un popurrí de cosas esotéricas que me darían ganas de salir corriendo si no estuviera aquí por una buena razón.

En realidad, aunque el domingo tenía la intención de divertirme un poco con esta historia de la carta, al ver regresar a Fedra hace un rato, me temo que la situación no es tan divertida como esperaba...

Ahora que estoy aquí, será mejor aclararlo de una vez por todas.

Empujo la puerta, que hace sonar un curioso carillón, y penetro en la gruta de hadas, espíritus y ciencias adivinatorias. ¡Venga, ánimo!

Apenas pongo un pie en la tienda, cuyo olor a incienso se me mete por la garganta, cuando aparece Élisabeth al fondo.

—¡Buenos días, Adam! ¡Esperaba impaciente tu visita!

—Buenos días, Babeth. ¿Sabías que vendría? ¡Qué talento! Por algo te llaman «hechicera».

Estoy de broma, pero ella lo sabe y se lo toma bien.

—¡Claro! Siéntate, por favor —me dice, señalando un rincón con sillones que a muchas mujeres que conozco les parecería monísimo.

Sobre la mesa reposan una tetera floreada y un cuenco de porcelana lleno de galletas.

—Uf, me temo que yo no soy muy amante del té, querida Élisabeth. No tengo la intención de molestarte mucho tiempo. Solo he venido a verte para que me expliques algunas cosas.

—¡No, no, no! El té es en sí una respuesta a todo, querido mío. Siéntate, por favor.

Ya que me lo pide tan amablemente... Me sirve el inmundo mejunje, que miro con cara de pocos amigos a la vez que analizo la taza de porcelana con desconfianza; no estoy seguro de poder meter el dedo por el asa sin cargármela.

—La citronela, el jengibre y la zanahoria son conocidos por sus virtudes tonificantes.

Serán perfectos mezclados con el té verde.

Noto que necesitas algo así. ¿Te apetece una galleta?

—me propone, poniéndome delante el cuenco—.

Son pastas de mantequilla, las he hecho yo misma.

Te van a encantar mojadas en la infusión.

No me convence nada de lo que ha dicho, pero sigo mostrándome educado y cojo una, que me limito a morder sin cometer el sacrilegio de mojarla en el agua caliente del mejunje.

—¡Qué rica! Dime, Élisabeth, esta mañana te ha visitado Fedra, ¿verdad?

—Efectivamente.

—¿Y habéis hablado de los trozos de carta que había dentro del cofrecito que le diste?

—Eso es.

—¿Y de dónde salieron?

Ella me sonríe, coge una pasta y la muerde despacio.

—De su puño y letra, querido, pero me parece que eso ya lo sabes.

Menuda pícara...

—Perdona, he hecho mal la pregunta. No quería saber quién la escribió, sino quién te dio esos papeles, que, si no me equivoco, estaban dirigidos a mí. Su tía, ¿verdad?

—Pero qué perspicaz... —dice antes de morder de nuevo la pasta.

Parece que he encontrado a alguien más burlón que yo...

—¿Y hay más trozos?

—¿A ti qué te parece?

Su sonrisa lo dice todo.

—Resulta que yo he encontrado por casualidad unos fragmentos de esa carta.

Para demostrárselo, los saco del bolsillo del vaquero. Élisabeth los mira con mucha atención y luego asiente con la cabeza.

—Tiene toda la pinta de que pertenecen a la misma carta, en efecto.

—Por supuesto. Por casualidad, ¿tú no sabrás dónde están los demás?

—Sí —responde enseguida y categóricamente—. Allí donde deben estar.

Esta vez me echo a reír.

—¿Sabes qué pienso, querida Élisabeth?

—Dime.

—Que estás tratando de volvernos locos a Fedra y a mí.

Debe de tener unos setenta años, pero esta situación rocambolesca parece rejuvenecerla: la emoción le ilumina el rostro.

—No estoy tratando de hacer nada en absoluto. Recuerda que me limito a cumplir los últimos deseos de una querida amiga.

—Vale, vale, no me digas dónde están los papeles. Ya los encontraré. ¿Sabes qué decía la carta?

—No tengo la menor idea.

¡Eso sí que no me lo trago!

—Igual no lo sabes, pero quizá tengas la herramienta que me permita leer los papeles que tengo en mi poder.

—Por supuesto, Adam. Espera un momento.

¡Ya estábamos tardando!

Élisabeth vuelve con el grial: un pequeño filtro de plástico rojo, rectangular y traslúcido.

—¿Me harías otro favor?

—Si está en mi mano...

—¿Podrías no decirle a Fedra que me has dado esto?

Entrecierra los ojos con un gesto burlón.

—No le contaré nada a condición de que te acabes la infusión.

Parece que lo dice muy en serio. Bueno, al menos le debo eso.

Me trago el mejunje con sabor a jabón, contengo un estremecimiento de asco y me levanto.

—No quiero entretenerte más, Élisabeth. Te agradezco mucho que hayas aceptado ayudarme.

—El placer ha sido mío, Adam.

Antes de marcharme, se me ocurre una última pregunta.

—Estoy pensando... El hecho de que yo haya llegado cuando se ha descubierto esta carta no se debe totalmente al azar, ¿verdad?

Su sonrisa nunca ha sido más enigmática.

—Nada es verdaderamente casualidad y, por tanto, todo lo es. La vida es una sucesión de imprevistos que siempre acaban transformándose en encuentros.

Decir eso y nada es lo mismo...

—Bueno, muchas gracias.

—No hay de qué.

Salgo de la tienda metiéndome la mano en el bolsillo para sacar el filtro rojo. Aunque no sepa mucho más que antes, al menos he encontrado lo esencial de lo que buscaba, que es lo que ahora cuenta. ¡Fedra Demay, voy a descubrir tu secreto!

Me subo al coche, el único lugar donde estoy seguro de que nadie me verá, y pongo juntos los papeles, alisándolos sobre el salpicadero. Encajan perfectamente. Sin más dilación, paso el filtro por encima y las palabras se revelan por fin.

Tanto esfuerzo para esto...