Un otoño para enamorarnos 13. Fedra. LA VIDA ES UNA SUCESIÓN DE IMPREVISTOS
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13. Fedra. LA VIDA ES UNA SUCESIÓN DE IMPREVISTOS

LA VIDA ES UNA SUCESIÓN DE IMPREVISTOS

He pasado la noche como si estuviera en una cuerda floja, oyendo pequeños chirridos insoportables que provenían del desván, y, al abrir los ojos, me he encontrado con el extraño resplandor que ilumina mi ventana.

Ayer por la noche no cerré las cortinas aposta para disfrutar de la luz de las velas de las calabazas-faroles que he puesto en los alféizares.

Martine me aconsejó que usara los farolillos que duran doce horas, muy eficaces y muy agradables al abrir los ojos.

Sin embargo, tengo un nudo en la garganta al levantarme, y por varias razones.

La primera es que voy a tener que ir a la tienda de Élisabeth en cuanto abra para averiguar qué pasó con la carta que le escribí a Adam hace nueve años.

Le creo cuando dice que él no ha tenido nada que ver con que aparecieran esos fragmentos y que nunca la recibió, pero me surgen mil preguntas y temo descubrir las respuestas.

¿Por qué nunca le llegó? ¿Por qué está rota y quién la rompió?

¿Cómo fue a parar a ese cofrecillo? ¿Y con qué fin?

¿Qué papel desempeña Élisabeth en todo esto?

¿Me va a contestar o está obligada a guardar un secreto inviolable? Me estoy volviendo paranoica...

La segunda razón de mi estado es el propio Adam.

No he dejado de pensar en el rato que estuvimos sentados en el banco, bajo el arce; en el contacto de sus dedos con los míos.

Fue electrizante. No creí que sentiría lo mismo que hace nueve años.

Ha pasado tanto tiempo... Pero, en el instante en que lo toqué, me acordé de todo: de su piel contra la mía, de la dulzura de sus manos, del aliento de su boca, del calor de su cuerpo.

Ayer tuve la sensación de que acababa de despertarse dentro de mí una huella invisible, una marca que me habían dejado sin que yo fuera consciente de ello.

Me sentí tonta y asustada. Asustada, porque se suponía que no me sentiría así y no sé qué hacer al respecto; tonta, porque no creo que fuera recíproco. Cuando le dije que me alegraba de haber estado equivocada, Adam no se mojó, eludió el asunto.

La mejor forma de evitar estas emociones tan extrañas con él es no entrar ahí, no dejarme absorber por sentimientos que no existen desde hace mucho tiempo. Ahora soy una mujer, una adulta con responsabilidades. Little Balmoral debe ser mi único objetivo.

Me limitaré a hacer las obras y marcharme.

Inspiro profundamente y voy al cuarto de baño; una ducha me sentará bien.

Cuando salgo hacia las ocho y media, estoy segura de que Adam ya se ha levantado y de que incluso está preparando el desayuno, pero quiero evitar cruzármelo.

Querrá acompañarme y prefiero que no venga.

Necesito aclarar esta historia, que únicamente concierne a mi familia.

Me visto rápido, cojo el bolso y el abrigo, y, en lugar de salir por la puerta de entrada, me cuelo por la ventana de mi habitación, como en la época en la que no quería que mi madre se diera cuenta de que me había ido. Me acerco a hurtadillas al coche y arranco sin mirar atrás.

Sonrío al salir del camino. Los de la asociación de jubilados han puesto varias calabazas talladas sobre un lecho de paja justo al pie de mi buzón. Me parece adorable y me recuerda a las calles de Quebec en esta época del año.

Llego a la tienda bastante antes de las nueve, pero ya está abierta, así que entro sin vacilar. Esta vez Élisabeth no se sorprende de verme llegar tan pronto. Tengo incluso la impresión de que me esperaba.

—Buenos días, Fedra. Esperaba tu visita con impaciencia.

¡Justo!

—Buenos días, Babeth. ¿Sabes entonces por qué estoy aquí?

—¡Claro! Sígueme, por favor, vamos a disfrutar de los últimos rayos verdaderos de sol del año —dice, haciéndome pasar a la trastienda.

Atravesamos una estancia pequeña que sirve de cocinilla, de almacén y para preparar pedidos.

Luego Élisabeth abre una puerta que da a un jardín encantador, lleno de hortensias que se conservan bastante lozanas para el tiempo en el que estamos.

Allí hay una mesa y unas sillas metálicas en un cuadrado de hierba muy verde.

Sobre la mesa, una tetera, lo que confirma que la misteriosa Élisabeth Pinet me esperaba.

—Siéntate, Fedra.

Yo niego con la cabeza.

—Esta vez no me apetece ninguna infusión. Solo quiero respuestas, por favor.

—No, no, no. Las infusiones son en sí una respuesta a todo. ¡Ven!

Me doy cuenta de que no voy a poder discutir sus órdenes, así que... me siento y miro cómo vierte el aromático líquido en un vaso alto.

—La citronela, el jengibre y la zanahoria son conocidos por sus virtudes tonificantes.

Serán perfectos mezclados con el té verde.

Noto que necesitas algo así. ¿Te apetece una galleta?

—me propone, poniéndome delante un platillo lleno—.

Son pastas de mantequilla, las he hecho yo misma.

Te van a encantar mojadas en la infusión.

—No, gracias, Babeth. No tengo muchas ganas de andarme con rodeos, si no te importa.

Al fin capitula.

—Te escucho.

—Dime por qué tenías tú los trozos de papel que había en el cofrecillo.

—¡Ah! Muy sencillo. Cuando Renata entró en la residencia después del infarto, la ayudé a instalarse y a hacer que la habitación fuera un poco menos impersonal.

Me pidió que le llevara, entre otras cosas, el pequeño cofre que te di el domingo.

Yo aún no sabía qué había dentro, pero tu tía estaba convencida de que, llegado el momento, tendría que estar en tus manos. Y por eso te lo di.

Abro los ojos como platos, un poco asombrada.

—¿Y eso es todo?

—Sí, así de simple.

Me presiono el puente de la nariz y levanto una mano delante de mí.

—No me voy a contentar con tan poco, Babeth. Has dicho que «aún» no sabías qué había dentro. ¿Qué significa eso? ¿Cuándo lo descubriste y cómo?

Ella suelta un pequeño suspiro que no sé cómo interpretar. Pero con Élisabeth, de todas formas, una nunca sabe verdaderamente adónde van las cosas y por qué.

—Es la carta que le escribiste a Adam, que era tu novio en aquella época.

—Eso ya lo sé, gracias. La reconocí. Dime qué sabes.

—Bueno, pues que el día que os fuisteis precipitadamente de Francia, le escribiste una carta con la esperanza de que tu tía pudiese dársela.

—Sí, así es, pero ¿por qué no se la dio? ¿La rompió ella misma? ¿Y por qué?

—No, Renata la encontró en la papelera de tu habitación, hecha pedacitos, mucho después de que te fueras de Cornehotte y de que Adam se marchara con sus padres al cabo de dos semanas.

—¿Qué? ¿Cómo es posible? La dejé en la mesa. ¿Qué pasó?

Babeth me sonríe con un poco de tristeza.

—Dame un minuto.

Desaparece por la trastienda y vuelve con un paquete de sobres timbrados, atados con un cordel. El primero está marcado con un sello de «Devolver al remitente». Supongo que los demás también. Enseguida comprendo que son las cartas de mi tía que nunca recibí.

—Te escribió para contártelo, ¿sabes? Para explicarte que no había podido darle tu carta a Adam. Ella tampoco volvió a verlo. Sus padres no regresaron nunca más a Cornehotte. Luego, un día, vendieron la casa.

—¿Quién rompió la carta?

—Renata siempre creyó que fue tu madre, que no habías sido tú porque te hubieras arrepentido de haberla escrito. Ella decía que querías demasiado al joven Adam para hacer algo así.

Trago saliva con dificultad. Ese día, después de una fuerte discusión con su hermana, mi madre me dio menos de diez minutos para hacer las maletas.

Renata le suplicó que nos quedáramos. Luego se encerró en su habitación, comprendiendo que no la haría cambiar de opinión.

A mí me llevó cinco minutos redactar la carta para Adam en el papel secreto que me había regalado mi tía.

La puse en un sobre en el que escribí PARA ADAM y metí un filtro.

Sabía que Renata la encontraría y se la daría.

Confiaba en ello. Después salí de la habitación sin poder decirle adiós.

Mi madre cogió mi maleta y me agarró de la mano para que subiéramos al taxi que nos esperaba fuera.

Me senté en la parte de atrás y luego ella me pidió que esperara.

Cuando regresó al cabo de unos pocos minutos, estaba aún más agitada y me dijo que ya era hora de que nos marchásemos, que yo iba a terminar igual de mal que mi tía si continuaba dejándome influenciar por ella, que allí no había nada bueno para mí.

Por supuesto, en aquel momento no comprendí nada, pero ahora sí, claro...

Ahora todo me parece evidente. Fue mi madre quien rompió la carta porque vio en el sobre el nombre de Adam, que no era santo de su devoción, y no quería que siguiera en contacto con él.

Sin duda, al leer lo que le escribí, se asustó y...

Vuelvo a verla todos esos meses tras regresar a Canadá, diciéndome que un chico que no daba señales de vida no era fiable.

Que un chico que no se molestaba en responder a las cartas no era digno de respeto.

Que un chico cobarde nunca dejaría de serlo.

Y yo me aferraba a sus palabras para reafirmarme en que el problema no era yo. Oh, mamá... ¿Por qué?

—Tienes que saber, Fedra, que, después de perder a su hermana y a su sobrina, después de haberse rendido cuando las cartas que enviaba pasaron de llevar el sello DEVOLVER AL REMITENTE a YA NO VIVE EN LA DIRECCIÓN INDICADA , Renata decidió buscarte por fin.

—¿Cuándo?

—Hace seis meses. Pagó a un detective privado en Canadá. Encontró tu dirección y se enteró de la muerte de tu madre.

Me llevo la mano al pecho.

—¿Y no quiso contactarme?

—Pensó que era demasiado tarde, que no querrías saber nada de ella. Renata era consciente de que se iba a morir, tenía el corazón demasiado frágil. Así que gastó toda su energía en dejarte una herencia acorde con sus aspiraciones y asegurarse de que pudieras encontrar esta carta.

—Al cabo de nueve años... ¿Por qué?

La sonrisa de Élisabeth es un poco triste.

—Porque siempre detestó la idea de que alguien pudiera romperte el corazón y tú creyeras que no valías nada. Renata te quería sinceramente.

Cojo el paquete de cartas que me tiende Babeth y lo aprieto contra el pecho. Yo también la quería mucho antes de que todo se estropeara de esa manera tan injusta. Cómo debió de sufrir por estar tan sola y sabernos tan lejos...

—¿Dónde está el resto de la carta, los demás trozos?

Es lógico que me pregunte por qué mi tía me hizo llegar solo tres fragmentos y, sobre todo, qué ha pasado con los demás, pero Élisabeth no parece estar muy cooperativa. Tiene un brillo particular en la mirada.

—Donde deben estar, supongo.

Dejo escapar un suspiro de cansancio. Es evidente por qué se entendían tan bien mi tía y ella: tan excéntrica era la una como veo que es la otra. Ya tengo bastante por hoy. Si los trozos de la carta están guardados en algún sitio, ya los encontraré.

—Gracias por responderme, Babeth. Me voy a casa.

—De nada, y vuelve cuando quieras, mi querida Fedra.

Me dirijo a la puerta acristalada para salir, pero entonces cambio de opinión y me vuelvo hacia Élisabeth.

—Una última pregunta. La llegada de Adam a Little Balmoral a la vez que yo es mera casualidad, ¿no?

Ella me sonríe de una manera enigmática.

—Nada es verdaderamente casualidad y, por tanto, todo lo es. La vida es una sucesión de imprevistos que siempre acaban transformándose en encuentros.

Y ahí me las entienda yo con eso.

Suspiro.