Un otoño para enamorarnos 12. Adam. ¡CALABAZAS, CALABAZAS! #2
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12. Adam. ¡CALABAZAS, CALABAZAS! #2

—¡No puede ser! —se lamenta Martine—. ¡Eres como un niño! ¡Setenta y cinco años y te comportas como si tuvieras diez! Haces las mismas tonterías que tus nietos.

—Por eso ellos me prefieren a mí —dice él con la voz amortiguada.

—¡Ahora te vas a enterar!

El hombre se aleja tambaleándose con la calabaza en la cabeza mientras su mujer corre tras él con un trapo en la mano.

Siguiéndolos con la mirada y una sonrisa en los labios, me fijo en el ventanal del salón, a través del que distingo a Fedra sentada en un sillón mientras habla por teléfono. No se mueve. La conversación parece seria.

—¿Es tu novia? —me pregunta Jacques, un septuagenario que se parece mucho al príncipe Carlos, incluidas las orejas.

—¿Qué? No, para nada. Éramos amigos de adolescentes, cuando mis padres tenían una casa en Cornehotte. Fedra me está dando alojamiento durante dos semanas.

Él me dedica una sonrisita y me da un leve codazo.

—Así empieza uno y luego un día...

—No, no, en absoluto. De verdad.

—Pero es muy guapa, ¿no te parece?

—Sí, por supuesto, mucho.

¿Por qué iba a mentir? ¿Para ocultar qué? De todas formas, está clarísimo que no le soy indiferente.

Antes de que pueda responder, Fedra vuelve hacia el grupo con una expresión que no sabría descifrar. Parece ausente y simula que verifica el avance de cada uno. Luego se disculpa otra vez, dice que vuelve enseguida y se aleja en dirección al jardín.

—Mi mujer era como ella —añade Jacques con cara de pillo—. Tenía las formas justo donde hacen falta... ¡Cincuenta años de matrimonio! Ya verás como, cuando encuentres a tu media naranja, no te darás cuenta de que pasa el tiempo.

—No lo dudo. ¿Me perdonas un momento?

—Claro, claro. Ha desaparecido por detrás del sauce llorón —agrega, guiñándome un ojo.

Inclino la cabeza para darle las gracias.

Me seco las manos con un trapo, que pasa enseguida del beis al naranja, y atravieso el jardín lleno de montículos, donde ha disminuido considerablemente el número de calabazas.

Llego a una cerca de madera que rodea una parte de la propiedad y empujo la portilla que conduce al arroyo del fondo del terreno, un poco más abajo y al borde de un prado.

Esta zona parece algo abandonada, pero me había olvidado de lo grande y exuberante que es Little Balmoral, con sus árboles, sus setos y sus matorrales, que, una vez cuidados, resultarán aún más bellos.

Desciendo por el sendero a través de unas hierbas altas y diviso a Fedra sentada en un banco frente al arroyo, protegida de la brisa por un arce de un rojo tan vivo que casi parece irreal. Con la mirada perdida, no se percata de mi presencia.

—Hola, ¿va todo bien?

Sorprendida, se vuelve hacia mí y sonríe tímidamente.

—Sí, perdona, necesitaba estar sola un momento.

—Ah, en ese caso, me voy.

—¡No!

Estaba a punto de dar media vuelta, pero me paro en seco.

Fedra da unos golpecitos con la mano en el banco junto a ella y me siento.

—Llevaba sin venir aquí desde 2016. Mi tía plantó en su día este arce en honor a Canadá y a su padre, a quien le gustaban mucho estos árboles.

Creo que tiene la misma edad que yo más o menos.

Lo he visto crecer una buena parte de su vida y de la mía.

Al encontrármelo aquí después de nueve años de ausencia, tan imponente y precioso, tengo la sensación de haberme perdido tantas cosas...

No pronuncio palabra. Necesita que la escuchen.

—Me daba miedo volver aquí. No sabía realmente qué esperar, pero creo que sobre todo temía encontrarme cara a cara con mi pasado, mis recuerdos. Y acabo de recibir una llamada que lo pondrá todo patas arriba de nuevo.

—¿Quieres hablar de ello?

Ella asiente.

—Acaba de venderse un cuadro de mi tía. Me lo acaba de decir la galería de arte. Voy a recibir ciento treinta mil euros.

Suelto un silbido de admiración.

—Es una cantidad considerable.

—Sí...

La observo y veo que están a punto de saltársele las lágrimas.

—¿Es eso lo que te preocupa?

—No. Bueno..., sí. Siempre he vivido modestamente, ¿sabes? Me cuesta asumir lo que se avecina.

—Pero es algo bueno. Tus problemas de dinero se van a arreglar en parte.

—Sí, gracias a una tía a la que detestaba injustamente. No estoy segura de merecérmelo.

—Todos tenemos motivos para sentirnos culpables. Si nos guiáramos por eso, nadie se merecería nada nunca. Sin embargo, creo que tenemos que valorar todo lo que nos llega. Hacer lo contrario sería empeorar las cosas. Me alegro por ti, Fedra.

—Gracias... —dice suspirando.

En ese momento cae entre los dos una hoja del arce. La recojo para mirarla más de cerca y acariciar las finas nervaduras marrones que recorren el limbo, de un rojo vivo. La hago girar entre los dedos y luego se la doy a Fedra, que la toca delicadamente.

—¿Echas de menos Canadá?

—Aún no.

—¿No?

—Supongo que más adelante, o a lo mejor no. No tengo familia en ninguna parte, de todas formas. Ya no tengo a nadie.

Siento ganas de responderle que me tiene a mí, pero, en realidad, ¿qué soy yo para ella aparte de alguien a quien entregó su corazón y su cuerpo cuando era adolescente? ¿Alguien a quien ella acabó olvidando inevitablemente? ¿Alguien que nunca la olvidó a ella?

—Estoy seguro de que vas a reconstruirlo todo.

Ella me sonríe.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Tú piensas compartir algún día tu vida con alguien? ¿Tener hijos?

Esa pregunta me sorprende tanto que, de repente, no sé qué contestar.

—Pues...

—No, perdona, no respondas. Ha estado fuera de lugar.

—En absoluto, es solo que...

No puedo decirle que mis sueños sobre ese asunto se acabaron después de ella.

—¡Cuando sea mayor! —le digo en cambio, bromeando.

Eso la hace sonreír aún más. Y me encanta su sonrisa. Me encanta ver cómo se ilumina.

Nos quedamos en silencio. Un silencio extraño sobre el que pende algo inexplicable, una pausa con aroma a nostalgia.

—Cuando me marché y creíste que te había dejado aposta sin noticias, ¿te dolió?

Decido responderle sinceramente, sin exagerar, pues no serviría de nada.

—Un poco, sí.

—A mí también... Qué extraña es la vida, ¿no crees? Nos encontramos, nos dejamos, nos detestamos y luego acabamos comprendiendo que estábamos equivocados.

—Yo nunca te he detestado, Fedra.

Ella baja la vista.

—Yo sí...

Me siento obligado a bromear.

—Eso es porque siempre has sido más rencorosa que yo.

Le doy un pequeño codazo en el brazo para aligerar la atmósfera, que se ha vuelto muy pesada. No quiero eso entre nosotros.

Justo cuando me levanto para dar por terminada la conversación, ella me coge la mano. Me quedo inmóvil, sin aliento, al sentir el calor de sus dedos en los míos.

—Me alegro de haber estado equivocada, Adam.

Alza la mirada hacia mí. Tiene los ojos tan verdes, tan hondos, tan cautivadores... Por un instante, me sorprendo queriendo besarla aquí, bajo este árbol rojo sangre, con el otoño como testigo, como hicimos cientos de veces cuando éramos adolescentes. Pero vuelvo en mí.

—Venga, vamos. Si no, tus pequeños jubilados van a ponerse a hacer puré de calabaza.

Evito la mirada cómplice de Jacques cuando volvemos juntos. Evito la de Ginette, desaprobadora. Y evito sobre todo la de Fedra, que me altera.

Decidí quedarme aquí dos semanas por diversión y por cerrar un círculo que había quedado abierto, pero parece que se me está yendo de las manos. Tan pronto.

Me juré que ninguna mujer volvería a apoderarse de mis sentimientos, que siempre permanecería libre y sin sufrir. Si fuera inteligente, no me quedaría aquí. Si fuera inteligente, volvería a París. ¿Por qué no me marcho ya?

Fedra pasa por delante de mí y deja tras ella el perfume de nuestra juventud.

Porque con ella siempre preferiré no ser inteligente.

Y estar vivo.