12. Adam. ¡CALABAZAS, CALABAZAS!
¡CALABAZAS, CALABAZAS!
Al despertarme de nuevo al amanecer, he tenido durante un segundo la impresión de que había un gigante desmontando las vigas de la casa para usarlas de mondadientes.
Me he levantado para trabajar, incapaz de volver a dormirme, maldiciendo el viento y el mal tiempo.
Al cabo de tres horas, las inclemencias han dado paso a un cielo azul y sereno.
No me acordaba de lo esquizofrénico que puede ser el tiempo en la Creuse.
Mi excolega Girondin era tan eficaz que, en tres horas, he tenido tiempo de escribir un tercio del reportaje, y todo eso sin café.
Me merezco una medalla, aunque habrá que hacer algún ajuste, seguro.
Julien da Silva es muy meticuloso y nunca permite que los artículos lleguen a los clientes sin que él haya metido mano.
Lo cierto es que no esperaba ir tan deprisa.
A este ritmo, podría volver a París dentro de uno o dos días.
Sin embargo, ¿voy a hacerlo? Seguramente no.
Da Silva recibirá mi archivo en el último momento y yo pasaré unos días de tranquilidad.
Al fin y al cabo, me ha estropeado las vacaciones; sería una tontería no aprovechar la coyuntura.
Me estiro en la silla como un gato y miro cómo un sol rojizo se eleva por detrás de los plátanos, al fondo del jardín.
En realidad, el pretexto para alargar la estancia no son las vacaciones.
Desde el principio quise quedarme para retomar el contacto con Fedra, pero, ahora que sé que hace nueve años las cosas no ocurrieron en absoluto como yo creía, estoy aún más motivado.
Por mucho que ella lo niegue, está claro que lo que me escribió era una carta de amor, y mi lado de jugador me empuja a querer leerla a toda costa.
Ha llovido mucho desde entonces y nos hemos hecho adultos, pero me acuerdo de que, en aquella época, con diecisiete años y mis ilusiones de joven galán, sentí una profunda decepción cuando Fedra se marchó sin ni siquiera decirme adiós.
Aunque ayer no lo dejé entrever mucho, me conmovió averiguar que no lo hizo a propósito.
Porque, una vez que superé esa primera mala experiencia, nunca he vuelto a confiar en ninguna chica, nunca he dejado que ninguna se acerque demasiado.
¿Me he convertido en un soltero empedernido?
Puede que sí, pero me ha permitido conservar la cabeza fría en cualquier circunstancia.
A las nueve salgo de la habitación para hacerme un café. Si la marmota sigue durmiendo y la despierto, tanto mejor. Hoy es lunes, ya no es hora de dormir. Sonrío y comienzo a hacer el desayuno. El olor del pan tostado la sacará de su sueño, pondría la mano en el fuego.
Cuando estoy preparando la mesa con la taza de café en la mano, veo que llegan cinco vehículos uno detrás de otro por el camino de acceso a la casa. Aparcan en hilera y de ellos salen unas diez personas entre los sesenta y cinco y los ochenta años.
Frunzo el ceño cuando veo que abren el maletero y empiezan a sacar cestas y otros útiles, así como tres carretillas de una furgoneta amarilla. Pero ¿qué estarán tramando?
Dejo la taza encima de la mesa y voy a llamar a la puerta de la habitación de Fedra. Una vez, dos veces... Duerme profundamente.
—Fedra, ha venido un montón de gente a verte.
—Hum...
Insisto, ella acaba por abrir la puerta y me quedo petrificado. Tiene el pelo en un desorden indescriptible. Cualquiera diría que ha visto un fantasma.
—¿Qué le ha pasado a tu pelo? ¿Te has peleado con un oso?
—He dormido bastante mal por culpa del olor a pintura —masculla, tratando de aplastárselo en vano—. Va a ser mejor que me instale en otra habitación. ¿Qué ocurre? ¿Qué hora es?
—Las nueve pasadas. Acaban de aparcar delante de la casa.
—¿Qué?
Sale de la habitación y retira un poco las cortinas del salón para mirar por la ventana.
—Ay, mierda. Son de la asociación de jubilados de Cornehotte. ¿Cuántos hay? —Sonrío—. Les dije que podían pasarse hoy por la mañana a recoger calabazas del jardín para su baile de Halloween. No pensé que vendrían tantos y tan pronto...
Imposible dejarlo pasar sin hacer una broma.
—¿Un baile de Halloween? ¿Las abuelitas van a disfrazarse de hechiceras y a hacer una nueva versión de El retorno de las brujas ?
Fedra alza la vista al techo.
—De ser así, no dudaré en pedirles que te lancen un conjuro para que aprendas. ¡Ahora vuelvo!
Se precipita dentro de su habitación y me deja en el salón con la sonrisa en los labios. Decido hacer de dueño del lugar y dar la bienvenida a toda esta gentecilla, que ya ha sacado de la camioneta un montón de borriquetas y varias tablas.
—¡Buenos días, buenos días, y bienvenidos a Little Balmoral! Soy Adam, su amable servidor. Fedra está recobrando su forma humana. Acaba de levantarse de la cama. Será mejor que no la vean en el estado en el que se encuentra en este momento, créanme.
Es un golpe bajo, pero me parece divertido.
Se me acerca una mujer rubia y regordeta.
—Buenos días, yo soy Martine Aubière. Fedra nos dijo que viniésemos hoy por la mañana para recoger calabazas y tallarlas. ¿Hemos llegado demasiado pronto?
—¿Qué cree usted? Pero les agradezco que hayan venido. Si no, le darían las doce del mediodía en la cama. Dormir es su pasatiempo preferido, ¿sabe?
—¡No le haga caso! —interviene Fedra, que acaba de salir de la casa—. No sabe lo que dice. Lo que sí es cierto es que a él le encanta levantarse con la aurora para jugar a los gallos. ¡Menudo escándalo que arma!
Con el jersey, el peto vaquero, las botas de goma y el moño alto, casi podría parecer que no acaba de levantarse de la cama.
En plan príncipe, le hago una reverencia para dejarla pasar.
—Buenos días, Martine. Bienvenidos a Little Balmoral.
—Gracias, Fedra. Como no sabíamos lo que podías tener, hemos traído todo lo necesario para tallar: mesas y herramientas. Y perdónanos si hemos venido unas pocas personas más de lo que habías previsto.
Fedra niega con la cabeza y le dedica una sonrisa hospitalaria.
—¡Nada, nada! ¡Cuantos más, mejor!
—Qué amable eres. Te presento a Henri, mi marido —dice Martine, haciéndole una señal a su esposo para que se acerque.
Henri tiene la barriga tan oronda que seguro que le cuesta bastante verse la punta de los pies. Entre eso y sus mejillas sonrosadas, está claro que disfruta del buen comer y el buen beber.
Se hacen todas las presentaciones y, desde luego, todos tienen pinta de ser simpatiquísimos.
En menos que canta un gallo, improvisamos el taller de escultura en la parte trasera de la casa.
Todo el mundo está en su puesto, yo incluido: Ginette, una octogenaria de carácter fuerte y grandes dotes de convicción, me ha puesto a su vera con el pretexto de que mis brazos pueden serle de ayuda.
Han bajado algo las temperaturas y se ha vuelto a levantar un poco de viento mientras todos escuchan atentamente los consejos de Fedra, a todas luces una gran especialista en tallar calabazas. Yo, que en lugar de manos tengo pies, no puedo sino admirarla.
Con un taladro, Fedra hace agujeros a intervalos regulares en cada pliegue de la calabaza.
Luego, con un cuchillo de punta, va creando sobre la piel una especie de encaje.
Al final no se parece en nada a las famosas calabazas con luz dentro que vemos en las series estadounidenses, aunque el resultado es impresionante.
Esta chica no sabe cocinar, pero, al contrario que yo, tiene unos dedos de oro.
Durante la demostración, Henri se ha puesto a practicar con una calabaza que pesa al menos diez kilos.
—¡Qué desperdicio! —lo critica su mujer—. Podrías haber cogido una más pequeña.
—No te enteras. Las grandes son las más viejas y, por lo tanto, incomibles.
Martine apoya las manos en las orondas caderas.
—Aclárame ahora mismo si estás hablando de la calabaza.
Él se pone nervioso.
—Pero claro que sí, colibrí, ¿de qué iba a estar hablando si no? Tienes cada cosa...
La mirada severa de Martine denota que no va a consentirle a su marido ninguna salida de tono.
—Mucho ojo, que te estoy vigilando.
Para aplacarla, Henri le da un beso en la frente.
Fedra y yo nos miramos sin poder contener la risa.
—¿Y ahora qué haces? —le reprocha Martine—. ¡No es por debajo por donde hay que vaciarla! ¿Verdad, Fedra?
Ella se acerca sonriendo.
—Cierto. Es mejor hacerlo por arriba. Así tarda más en pudrirse, pero, si es para exponerla en un cuenco, está bien.
Henri comienza a vaciar la calabaza con todo su afán. Y no se le da mal del todo. Talla incluso una sonrisa desdentada que le queda superrealista.
Yo me concentro en la mía y constato que estoy lejos de ser tan hábil.
Ya sea porque aplico demasiada fuerza o porque mi calabaza está un poco pasada, se me parte cada vez que meto el cuchillo.
Parece una calabaza zombi más que otra cosa.
En el lugar donde he intentado tallar los ojos, empieza a fluir una especie de líquido viscoso.
—No te está quedando muy bonita —observa Ginette, mirándola con aire desdeñoso.
Ha hablado con bastante seriedad, pero yo decido responderle en tono de broma.
—Querida Ginette, dices eso porque tienes envidia.
—Desde luego que no. Fíjate bien... No se sabe si eso son ojos o agujeros de la nariz. Y eso de ahí —dice, señalando los orificios que he hecho a los lados de la cabeza—, ¿son orejas o soportes para el perejil?
Le sonrío.
—En Halloween se permite todo.
—Hum... Pero no por eso nos la vamos a llevar.
¡Menuda bruja!
—Querida Ginette, si no dejas de seducirme, voy a acabar enamorándome de ti.
Me mira con condescendencia y vuelve a concentrarse en su preciada calabaza.
Al cabo de una hora, los jubilados parecen haberle cogido el tranquillo a la talla y empiezan a llenar poco a poco las carretillas. Fedra les ofrece bebidas y galletas para hacer una pausa. Entonces empieza a sonar el teléfono dentro de la casa y se disculpa para correr a contestar.
En ese momento a Henri se le ocurre encajarse en la cabeza su calabaza gigante ante los gritos consternados de su mujer.
—¡Aaaaaaaaarrrrrrrrrrg! —chilla.