11. Adam. ¿UNA CARTA? ¿QUÉ CARTA?
¿UNA CARTA? ¿QUÉ CARTA?
—¿Se puede saber qué quieres de mí exactamente? —grita Fedra, abriendo de golpe la puerta de mi habitación—. ¿Por qué has venido?
Estaba concentrado en el reportaje y me vuelvo frunciendo el ceño.
Con esta mujer, mejor no sufrir del corazón...
Parece furiosa y lleva un cofrecito de madera en la mano con la tapa abierta para enseñarme lo que hay dentro, algo que no distingo aún porque sigo sentado.
Aunque a lo mejor lo que quiere es golpearme con él y dejarme seco...
—Eeeh... Tengo miedo de no entender la pregunta.
—¿Qué quieres de mí? ¿Qué estáis tramando Élisabeth y tú?
¿Qué? Desconcertado, acabo por levantarme y echo una ojeada rápida al cofrecillo. Contiene unos trozos de papel idénticos a los que he encontrado en la torre esta mañana y que siguen a buen recaudo en el bolsillo trasero de mi vaquero.
—Creo que voy a necesitar que me des más detalles. No entiendo nada de lo que dices.
—Hay dos cosas que detesto —comienza ella, levantando primero el pulgar y luego el índice—.
Una, los cobardes que deciden no dar señales de vida en lugar de decirle a su chica que han terminado; dos, la gente que me toma por imbécil.
Adivina qué, Adam. ¡Tú cumples las dos! Así que te lo repito: ¿qué quieres de mí?
Vaya tela... Abro los ojos como platos con la tremenda impresión de que me han catapultado a la cuarta dimensión.
—Solo por aclararme... ¿Qué tienen que ver conmigo los tipos cobardes, tu pregunta, el hecho de que creas que te tomo por imbécil, Élisabeth y el cofrecillo que tienes en las manos?
—¡Basta! No hagas como que no lo entiendes y, sobre todo, ¡no insultes mi inteligencia, que no me he caído de un guindo! Es Élisabeth quien me lo ha dado. Y, qué raro, ¡dos días después de tu llegada, cuando hace ya dos semanas que estoy aquí!
—Es mera casualidad, Fedra.
—Qué práctico, ¿eh? —dice fuera de sí, cerrando de golpe la tapa del cofre—. Ni siquiera sé por qué estoy discutiendo contigo. Vas a hacer las maletas y a largarte de aquí.
Vale, ha llegado el momento de calmar la tempestad que se está formando en un vaso de agua. No sé qué habré hecho exactamente, pero no será muy importante porque, si no, lo sabría. Intento ser razonable.
—¿Y si empiezas explicándome qué es lo que me reprochas? Porque, con toda la sinceridad del mundo, te digo que tengo la impresión de haberme perdido varios episodios.
Sus bonitos ojos verdes echan chispas.
—¿Niegas haber metido esos trozos de papel en el cofre y haberlo tramado todo con Élisabeth?
Me paso la mano por el pelo. No soy de los que se enfadan fácilmente, pero ya empieza a hincharme un poco las narices no entender nada.
—¿A qué te refieres con «todo»? Fedra, no he visto esos papeles en mi vida y, hasta hace dos días, no conocía a Élisabeth. Por lo menos, no me acuerdo de haberla conocido.
Lo de los papeles no es ni verdad ni mentira del todo. Los que tengo en el bolsillo son idénticos y, al mismo tiempo, no lo son. Sea como sea, algo me dice que haré mejor no mencionándolos. Quién sabe lo que podría imaginar Fedra.
—¡Mentiroso! —grita—. ¡Son trozos de la carta que te escribí hace nueve años y a la que decidiste no responder nunca!
—¿Qué? Pero ¿de qué carta me hablas?
—¡No tengo tiempo para tonterías, Adam! —dice furibunda—. La que mi tía te dio cuando me tuve que ir corriendo a Canadá.
Me callo unos segundos para intentar recordar. La verdad es que podría ser que me hubiese olvidado de algo, pero nueve años tampoco son suficientes como para haber perdido del todo la memoria.
—Tu tía nunca me dio nada, Fedra, te lo puedo asegurar. Y, además, eso que me enseñas no es una carta, son trozos de papel con garabatos. —El pecho le sube y le baja al ritmo de su respiración caótica. Espero que no le dé un síncope—. ¿Eres tú quien ha hecho los trazos?
—¿Cómo que hacer los trazos? ¡Es papel mágico!
—me responde como si fuera una obviedad.
No quiero ni imaginarme la cara que he puesto—.
Ah, venga, no me mires como si me hubiera vuelto loca.
Mi tía me regaló un papel de carta «secreto» con un filtro que permitía leer lo que estaba oculto.
Se escribía sobre los trazos y, con el contacto, la tinta desaparecía al secarse.
Hacía falta usar el filtro para leerla —me aclara cuando ve que me cuesta seguirla.
—¿En plan película de espías?
—No tenía otra cosa a mano ni tiempo para buscarla antes de irme. Si crees que me pareció divertido...
—Vale, vale... Pues tu tía no me dio ninguna carta, Fedra. El día en que te marchaste, vine a verte, tal y como habíamos quedado, y ella me anunció que te habías ido.
—La dejé sobre el escritorio de mi habitación para que te la diera. Tendría que haberlo hecho en vez de romperla...
Percibo la decepción de Fedra, que debía de confiar mucho en su tía. Es triste, pero al menos a sus ojos ya no seré un cafre, un maleducado sin corazón.
—Yo soy el primero en sentirlo. Creía que eras tú la que no quería saber nada más de mí.
—En absoluto...
—Ni siquiera tenías teléfono móvil. No había manera de contactar contigo.
—Y sigo sin tenerlo.
Me quedo atónito de nuevo.
—¿De verdad?
—Sí.
Madre mía, esta chica es increíble. Estamos en 2025, ¿y se permite el lujo de desconectarse de la modernidad? Me parece admirable.
Esbozo una sonrisa.
—¿Y qué decía la carta?
—Nada importante; de todas formas, no me acuerdo.
¿Lo estoy soñando o miente como una bellaca? Debería darse cuenta de que es la mejor manera de que yo insista.
—¿Una declaración de amor?
Me mira con tal condescendencia que me pregunto si debería reír o llorar.
—Por supuesto que no. Nunca ha sido mi estilo.
—Eres muy categórica, pero ¿de verdad que no te acuerdas de lo que escribiste? Qué bonito.
Ella chasquea la lengua.
—¡Me pones nerviosa! Voy a llamar a Élisabeth para intentar comprender por qué tenía ella estos trozos de carta.
—Supongo que se los daría tu tía.
—¿Y por qué haría eso al cabo de casi diez años? ¿Por qué rompería la carta en lugar de dártela? No tiene ningún sentido. No sé qué es lo que ha pasado ni quién ha decidido divertirse a mi costa, pero ¡créeme que voy a llegar al fondo de este asunto!
Eso no lo dudo.
Sale de la habitación como una exhalación. La sigo mientras se dirige a buen paso a la cocina, arranca un pósit de la nevera y luego se precipita al salón, donde coge el teléfono fijo y marca un número pulsando las teclas con la delicadeza de un buldócer.
Parece que no hay nadie al otro lado.
—Ya casi es mediodía, debe de haber cerrado... ¡Maldita sea! Me voy a la tienda. Esta historia me está volviendo loca.
Esta vez la retengo.
—Oye... ¿No será mejor que vayas mañana con los ánimos más calmados?
—El lunes está cerrado —masculla.
—Pues entonces el martes por la mañana. ¿Qué puede cambiar, de todos modos? Aunque recuerdo que eras la mujer más impaciente del mundo...
Logro hacerla sonreír un poco. Milagro.
—Tienes razón, pero es que es todo tan ilógico desde que he llegado... Nada está ocurriendo como había imaginado. Ni siquiera el pasado es como creía.
—¿A qué te refieres?
—No sabes por qué mi madre y yo nos fuimos tan deprisa, ¿verdad?
Niego con la cabeza.
Fedra suspira y se sienta en un sillón delante de la chimenea apagada. Yo me pongo a su lado.
—Mi madre pensaba que mi tía había dilapidado la herencia familiar. Toda mi adolescencia estuvo hablándome de ello. Esa injusticia la carcomió durante años y yo culpaba a mi tía. Nunca tuvimos noticias suyas ni se las dimos a ella. Ni siquiera estoy segura de que supiera que mi madre había muerto.
—Cuánto lo siento...
—Yo también, porque, además, todo era mentira.
Frunzo el ceño.
—Fue mi abuela quien dilapidó el dinero que le quedaba cuando perdió la cabeza. Me lo ha contado Élisabeth esta mañana. Mi tía nunca se aprovechó de nadie, sino todo lo contrario.
—¿Y nunca intentó contárselo a tu madre?
—Parece ser que sí, pero ella estaba demasiado enfadada para escucharla. La tía Renata murió sin su familia... —añade con un hilo de voz.
No sé qué decir. Debe de haber millones de historias de este tipo.
Fedra empieza a tiritar. No puede haber más de dieciocho grados en la casa.
—¿Quieres que encienda la chimenea?
Me mira sin decir nada y luego sonríe.
—Me encantaría, Adam. Gracias. Y...
—¿Sí?
—Siento mucho haberte acusado.
Suelto una risita.
—Siempre buscamos culpables para lo que no podemos explicar, pero, oye, a lo mejor nadie tiene la culpa y ha sido todo cosa del fantasma de la casa.
Ella menea la cabeza y me tira un cojín.
—Pues entonces voy a preparar la comida. Será tu castigo por burlarte. ¿Tienes hambre? —me pregunta.
—¡Un hambre canina!
Porca miseria... El almuerzo ha consistido en dos rebanadas de pan de molde untadas con mayonesa industrial y un paquete de patatas fritas de sabor vinagre. Con Fedra la comida es una regresión total. Me da la impresión de haber vuelto a la época de estudiante.
Por la tarde se pone a mover los muebles de su habitación para pintar las paredes y yo me siento delante del portátil dispuesto a avanzar un poco más con el artículo. No lo consigo. Estoy obsesionado con lo que ha pasado esta mañana y con la carta que me envió hace nueve años.
Meto la mano en el bolsillo y saco los tres fragmentos de papel con trazos rojos.
Me acerco a la luz de la ventana y trato de leer las líneas ocultas, pero no logro descifrar nada.
Entonces recuerdo el rectángulo de plástico rojo que estaba en el cajón del taller secreto.
Tiene que ser un filtro, ¿por qué no lo he pensado antes?
Salgo discretamente de mi habitación y subo al primer piso sin hacer ruido, en dirección a la puerta de la torre.
Está cerrada.
Claro.
Forcejeo un poco con el picaporte. No hay nada que hacer.
Lógicamente, dado que esa carta estaba dirigida a mí, tengo ganas de enterarme de qué decía, sobre todo porque Fedra no parece querer que lo sepa.
¿Dónde podría encontrar un filtro en un pueblo perdido como Cornehotte? Ni siquiera estoy seguro de que vayan a tener semejante cosa en ninguna tienda de Guéret.
Vuelvo a intentar abrir la puerta, sin conseguirlo.
¡Arg! Me doy cuenta de que esto se va a convertir en una verdadera obsesión.
Vuelvo a mi habitación, aliso bien los trozos de papel sobre el escritorio y los escondo dentro del libro que estoy leyendo. Los otros fragmentos estarán en algún lugar de esta casa, sin duda. Seguro que Renata los ha dispersado todos.
Y, como lo tengo claro, soy obstinado y detesto que las cosas se me resistan, me planteo el reto de encontrarlos.
Quiero enterarme de qué dicen.
Quiero enterarme de lo que me quiere ocultar Fedra.
Enterarme y comprender.