10. Fedra. LOS RETRATOS #2
—Perdona, pero Renata sí que se aprovechó de lo que no le correspondía. Es un hecho que el notario no ha podido más que constatar.
—Que ya no quedaba dinero sí, pero no que fuera a causa de Renata.
Transcurren varios segundos de silencio antes de que Élisabeth prosiga.
—Quizá ha llegado el momento de afrontar la verdad, mi querida Fedra.
—Soy toda oídos.
Ella asiente sin saber hasta qué punto me gustaría que mi madre estuviera aquí para oír lo que vaya a decir y quizá defenderse.
—El alzhéimer de tu abuela comenzó en 1995, si no me equivoco.
Durante casi cinco meses tuvo un deterioro cognitivo leve.
Luego comenzó a olvidarse de las citas, de pagar las facturas si alguien no se lo recordaba, y sufría cambios de humor.
Hasta que un día se perdió y no recordaba dónde vivía.
Se quemaba todo el tiempo y se olvidaba de lavarse.
En ese momento Renata decidió venir a vivir con ella y compró Little Balmoral.
Mélanie estaba totalmente en contra al principio.
Creía que Renata exageraba y que no hacía falta precipitar las cosas.
Fue al venir en la primavera de 2000 cuando se dio cuenta de cuál era en realidad la situación.
—Mi madre hablaba de eso a menudo. Le daba la impresión de que no tenía ni voz ni voto.
—Tu tía se convirtió en su tutora, por así decirlo. Y créeme cuando te digo que nunca utilizó ni un céntimo de ninguna cuenta bancaria de tu abuela. Siempre se encargó ella misma porque creía tener los medios. Cada vez que tu madre y tú veníais a Francia, era Renata quien pagaba vuestros billetes.
—No lo entiendo. Si mi tía no es responsable de nada, ¿quién liquidó las cuentas de la abuela? ¿Y su seguro de vida?
—Lo hizo tu propia abuela, Fedra.
Frunzo el ceño.
—En los años previos a que su enfermedad se agravara, se puso a jugar. Primero, en el casino, con amigos de los viajes que hacía en grupo; después, por internet. Apostaba sumas muy grandes, hasta el punto de que contrajo unas deudas que Renata pagó.
—Yo no estaba al corriente de nada de eso... ¿Y mi madre?
—Tampoco... Ese fue quizá el único error de tu tía: tendría que habérselo dicho.
—Pero ¿por qué no lo hizo?
—Para no preocuparla y porque Renata había pensado ofreceros a vosotras dos esa parte de la herencia que tu madre ya nunca recibiría.
Me quedo boquiabierta.
—Mélanie se enfureció tanto al enterarse de que no quedaba nada de la herencia que no quiso escuchar y acusó a Renata de mentir. Cuando os fuisteis, el señor Trottoy actuó de intermediario para comunicar la intención de tu tía de mandaros el dinero, pero tu madre se negó en redondo a saber nada.
El taller secreto, los retratos, la herencia, las cartas que nunca recibí: estoy conmocionada.
—No sé qué decir... No estaba al tanto de nada.
—Eras joven.
—Quizá, pero, cuando tuve edad de preguntar, no lo hice. No dije nada, y mi tía... —Me falla un poco la voz—. Nunca volví a verla.
Élisabeth nota lo afectada que estoy y me pone una mano en el brazo.
—No se ha ido de verdad, ¿sabes? Está ahí, en tu interior.
—Todos estos años de razones falsas, malentendidos, orgullo e incomprensión... Ella también debió de sufrir. ¿Hablaba de nosotras?
Élisabeth suspira.
—Muy poco.
—¿Conocías el taller secreto?
—Hasta hace poco no. Fedra... —añade con una sonrisa afectuosa—, tu tía avanzaba costara lo que costase, fueran cuales fuesen las pruebas que le ponía la vida. Tú estás hecha de la misma pasta. Te ha dejado la casa. Hazla tuya y no le des vueltas al pasado.
Cuando me voy de la tienda, no tengo ganas de volver a la mansión enseguida.
Camino por las calles de Cornehotte hasta la plaza y me detengo allí, sorprendida por la aglomeración de gente.
Cualquiera diría que un autobús de jubilados ha decidido hacer allí una parada.
Los observo sonriendo desde la acera de enfrente.
Están llenando una carreta de madera con una gran cantidad de calabazas multicolores.
Parece que no soy la única que ha tenido la idea de dar al pueblo un aire otoñal.
Me encanta lo que están haciendo. Quizá solo les falten algunas calabazas convertidas en faroles, marionetas de brujas, murciélagos y búhos para recordarme las calles de mi barrio en Halloween.
Estoy a punto de marcharme cuando una mujer pequeñita, rubia y regordeta con las mejillas rosadas se me acerca dando grandes zancadas.
—Eres la sobrina de Renata Clavreuil, ¿verdad?
—Sí, eso es.
—Encantada, soy Martine Aubière. Siento mucho lo de tu tía. Todos la queríamos mucho.
Sonrío cortésmente.
—Muchas gracias.
—Dime... Élisabeth, la de la tienda de cosas para brujas, en fin, ya sabes...
Me entran ganas de reír.
—Sí, sí, la conozco.
—Ah, pues nos habló de tu ofrecimiento. Los responsables de la asociación no han vuelto aún de México, pero sé de buena tinta que les interesarán tus calabazas. Va a haber un baile de Halloween, ¿sabes? Pero aquí a nadie se le da muy bien tallarlas. ¡Las preferimos en puré!
Después de un momento tan solemne con Babeth, la alegría de vivir de esta mujer me llena de felicidad.
—Será un placer. ¿Quiere venir a recoger algunas a Little Balmoral? Y así le enseño cómo se hace.
—¡Hombre, por supuesto! Iré con Henri, mi marido, porque supongo que él no se pensará que voy a hacerlo todo yo sola. Y con algún amigo más, si a ti te parece bien. ¿Qué tal te vendría mañana por la mañana?
—Perfecto.
—Pues hasta mañana, Fedra.
—¡Hasta mañana!
Le digo adiós con la mano y vuelvo al todoterreno embarrado.
Esta visita, desde luego, no ha sido premeditada, como todo lo que me ocurre aquí, pero me alegro. Necesito distraerme.
—¡Fedra, Fedra!
Me vuelvo antes de abrir la puerta del coche. Anda que...
Es Élisabeth, que se acerca con un paquete bajo el brazo. Hago una mueca. ¡Otra vez con la salvia a vueltas!
—Perdona. Tengo que darte esto de parte de tu tía.
—¿Qué es?
Ella se encoge de hombros.
—Ya lo abrirás en casa. Y que no te extrañe que no te lo haya dado antes. Ella me confió la tarea de elegir el momento adecuado.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Pues cuando supieras la verdad. Me marcho. ¡Hasta pronto!
Se va en la dirección contraria, dejándome plantada delante del coche.
En cuanto entro en casa, me encierro en mi habitación para abrir el paquete. Me habría gustado verme la cara al descubrir el cofre de madera con la cerradura del mismo tono dorado que la llave misteriosa que me envió mi tía. ¡Aquí está! Al fin.
Tan emocionada como intrigada, lo reconozco, dejo el cofrecillo un instante sobre la cama y me lanzo al cajón de la cómoda para coger la llave. Con una sola vuelta, abro la pequeña cerradura; el corazón me va a mil.
Dentro hay tres trozos de papel rasgado cubiertos por entero de trazos rojos.
¿Más papel de carta? ¡Menuda obsesión tenía mi tía!
¿Por qué andarse con tantos secretos conmigo? Una llave misteriosa, un cofre enigmático, hojas rasgadas... ¿No pensó que ya se me ha pasado la edad de estar jugando a la búsqueda del tesoro? No, seguramente no... Suspiro y busco en el cajón de mi mesita el filtro que guardé allí.
Aliso los tres trozos sobre el escritorio y paso por encima el pequeño plástico rojo para que aparezcan las letras. Fragmentos de frases, para ser más exactos. Tres papeles que forman parte de un mismo conjunto.
Tardo unos cuantos segundos en comprender lo que estoy leyendo, pero, cuando me doy cuenta, el corazón me da un vuelco. Se trata de tres fragmentos de una misma carta: la que le envié a Adam hace nueve años, cuando me marché a toda prisa de Francia. Los reconozco sin ninguna duda. Es mi letra.
No lo entiendo.. ¿Por qué diablos estarían en manos de mi tía?
No, la pregunta no es esa. ¿Por qué estaban en manos de Babeth?
La misma Babeth que pareció demostrar tanta complicidad con Adam sobre Little Balmoral la «primera» vez que se vieron.
¿Qué quiere decir esto? ¿A qué están jugando?
Por más vueltas que le doy, no le encuentro ninguna explicación. O, en realidad, solo una...
Levanto la vista, furibunda.
Adam Lafaye, tenemos que hablar.