Un otoño para enamorarnos 10. Fedra. LOS RETRATOS
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10. Fedra. LOS RETRATOS

LOS RETRATOS

A Adam le ha sorprendido que cambiara de opinión sobre su reportaje, pero, en realidad, me da igual saber por qué se abrió milagrosamente la puerta de la torre, si fue el viento, un espíritu bromista o un ratón aprendiz de cerrajero.

Además, en cuanto la cerré, ya no pude volver a abrirla.

Sin embargo, no me importa la razón. Esa habitación me causó una profunda impresión, vi cosas en las que seguramente Adam no se fijó.

Las fotos de nuestra familia dispersas por el suelo, como si el viento las hubiera hecho volar, el tubo de acrílico aún abierto sobre la mesa, el pincel sin limpiar al pie del caballete, el frasco de esencia de trementina volcado, el largo trazo verde y fuera de lugar en el cuadro que estaba pintando Renata...

Solo me hizo falta un instante para comprender que fue en esta estancia aislada donde mi tía sufrió el infarto.

Debió de caerse y llevarse consigo todo lo que está por el suelo.

La trasladaron al hospital y luego a una residencia con servicio médico, y nunca volvió.

Cada objeto parece estar esperándola. Me conmoví mucho.

También me afectó ver el lienzo que hay en el caballete porque reconocí perfectamente el lugar, así como a la niña que aparece de espaldas.

Soy yo. Tenía seis o siete años y estaba jugando con unos barquitos de papel en el riachuelo que hay al fondo de la finca.

Ese día se me quedó grabado en la memoria.

Mi tía me sacó una foto justo antes de que mi madre llegara gritando para que me alejara del agua.

Se pusieron a discutir. Mi madre la tachó de irresponsable y le dijo que, siendo así de inconsciente, menos mal que no tenía hijos.

No me acuerdo de muchos detalles más, solo de que mi tía se puso a llorar.

Su hermana había tocado claramente un tema delicado.

Al descubrir ese taller secreto, me pregunté enseguida por qué mi tía no utilizaba solo el del primer piso, y creo que lo he comprendido...

En ese lugar exiguo solo hay retratos de nuestra familia, escenas de nuestra vida reproducidas a partir de fotografías hechas entre el año 2000 —que fue cuando mi tía compró Little Balmoral— y hoy.

Una por año, lo que hace un total de veinticinco lienzos; entre ellos, solo hay un autorretrato de mi tía, de 2016, y tiene una postura idéntica a la de Janis Linklater, la primera propietaria de la mansión.

Descubrir este taller y lo que contiene ha sido como recibir un golpe en el pecho. A pesar de su silencio, la distancia y el rencor, mi tía nunca nos olvidó a mi madre y a mí, y la torre guardó su secreto.

Hay tantas cosas que no comprendo, tantas verdades que tengo necesidad de averiguar..., y solo conozco a una persona capaz de darme respuestas.

Deja de llover mientras bajo al pueblo. Hay hojas y ramitas caídas por todo el camino. El viento ha soplado muy fuerte toda la noche y los árboles me parecen un poco más cobrizos que ayer. Ha llegado definitivamente el otoño.

Son poco menos de las diez cuando empujo la puerta de La Hechicera, que se abre con el sonido del carillón.

Babeth sale del fondo de la tienda vestida de forma sorprendente.

Seguramente no sea un cumplido decirle que me hace pensar en una calabaza, pero no puedo imaginar otra cosa al ver el pantalón ancho de un llamativo color naranja, el jersey verde y el moño rodeado de una cinta del mismo color que le cae por el pelo como si fuera un tallo.

—¡Ah, qué sorpresa! Buenos días, Fedra —exclama con su buen humor habitual—. ¿A qué se debe esta visita matutina?

—Buenos días, Babeth. Espero no molestarte.

—¡Qué va! Samaín está al caer y me toca preparar las plegarias y las mezclas de hierbas para quemar en honor a la luz que nos ha guiado hasta aquí. ¡Como comprenderás, tengo un montón de pedidos!

—Me alegro mucho por ti. No me voy a quedar mucho tiempo, pero me gustaría hacerte una pregunta sobre mi tía. Precisamente tengo necesidad de un poco de luz.

Me mira con sus grandes ojos azules, tan claros y profundos, y me hace una señal para que la siga. Estoy viendo venir el ritual de la infusión.

—¿Te pongo un café?

Sonrío. Creo que no hay cosa que le guste más a Élisabeth que llevarme la contraria.

—Un té, si tienes.

—Claro. Ponte cómoda.

Me siento en un sillón de la tienda sin quitarme la chaqueta y, con las manos tímidamente cruzadas sobre el regazo, espero a que vuelva.

En la mesa que tengo delante, reposa un libro sobre espíritus.

Aparto de inmediato la mirada y hasta lo tapo con mi fular, no vaya a ser que, al ver el librito, a Babeth le dé por sacarme de nuevo el tema.

Entonces reaparece con una bandeja que me hace saltar de alegría.

—¡Oh, Dios mío, scones !

La espontaneidad de mi grito provoca en ella una sonrisa.

—¿Te gustan?

—Me vuelven loca. En Canadá compraba uno casi a diario antes de irme a trabajar a la librería.

—Cuánto me alegro... ¿Te sirvo?

Acepto, diciéndome que quizá no sea muy razonable desayunar dos veces en un intervalo de treinta minutos, pero al diablo la culpabilidad.

¡Me encantan estos panecillos! Miro a Babeth mientras vierte en mi taza un té de precioso color ámbar que voy a acompañar con un poco de leche. Después la hechicera se sienta.

—Primero los scones y luego ya me dirás por qué has venido. ¿No te quitas el anorak? ¿Tienes frío? Por la noche quito la calefacción de la tienda, pero reconozco que las temperaturas han bajado de golpe. Quítatelo, estará húmedo. Espera, que te voy a dar otra cosa para que entres en calor.

Se levanta sin esperar respuesta.

Sonrío. No sé si Babeth tiene niños pequeños, pero deben de ser ángeles. La gentileza con la que atiende cualquier necesidad es ejemplar.

Vuelve con una colcha en la mano, así que obedezco y me quito el anorak.

El día ha comenzado de una manera muy extraña, pero aquí tapadita con el té y los panecillos, pese al persistente olor a incienso y aunque no me vaya nada todo este universo esotérico, me siento bien por una razón que no sabría explicar.

Muerdo un scone untado con mantequilla y mermelada de moras, bebo un sorbo de té y casi es como si estuviera en el paraíso.

—Cuéntamelo todo, Fedra —me pide por fin Babeth.

Carraspeo aún conmovida por lo que he visto esta mañana.

—He descubierto el taller secreto de mi tía en la torre.

—¿Por qué dices «secreto»?

Evito expresamente hablar de la puerta que se abrió como por arte de magia.

—Cuando era pequeña, la puerta siempre estaba cerrada con llave y la tía Renata nunca me habló de él. Ni siquiera estoy segura de que mi madre lo conociese... Y, además, las obras que pintaba allí... eran todas cuadros de mi madre, de mí o escenas familiares que habíamos vivido.

El rostro de Babeth ha adoptado una dulzura infinita.

—Renata os quería mucho. A las dos.

Sacudo la cabeza, un poco perdida.

—Siempre fue muy amable y tuvo muchas atenciones conmigo, pero, desde que mi madre se dio cuenta de que se había gastado la herencia de la abuela y nos fuimos a Canadá, nunca volví a tener noticias suyas, ni siquiera una vez.

Me excluyó de su vida por completo, como si ya no se viera obligada a fingir.

Por eso no estoy muy segura de que me quisiera tanto como dices.

Estoy casi a punto de añadir que, si yo hubiera contado tanto para ella, tampoco me habría complicado la vida dejándome en herencia Little Balmoral con toda una serie de condiciones que no son plato de buen gusto.

Élisabeth frunce el ceño.

—Te equivocas, ella nunca fingió. Y te escribió, ¿sabes?

—Te aseguro que no.

—Por supuesto que sí, Fedra. Durante tres años, en todos tus cumpleaños, Navidades y Pascua, te enviaba un regalo y una carta.

—Si así hubiera sido, lo sabría —le contesto, dejando la taza en la mesa.

—Todo le era devuelto sistemáticamente. Y así fue durante tres años, hasta que apareció en los reenvíos postales la mención YA NO VIVE EN LA DIRECCIÓN INDICADA.

Muy alterada, bajo la vista.

—No lo sabía...

Mi madre y yo nos mudamos a Laval cuando yo tenía diecinueve años. Era más práctico por su nuevo trabajo. Pero, antes de ese traslado, nunca recibí nada.

¿Debería sorprenderme que mi madre fuera tan rencorosa?

No, porque luchó toda la vida para salir adelante ella sola, así que imagino que los regalos de mi tía, aunque fueran para mí, no le gustaban.

Lo que no comprendo es por qué mi tía Renata me los mandaba.

¿Es que no era consciente de las consecuencias de haberse apropiado de la herencia? No logro entender sus intenciones.

—¿Hay alguna otra cosa que debería saber sobre mi tía?

—Lo esencial quizá... Lo que tu madre consideraba como el pecado original y que se remonta a muchos años atrás.

—¿Su amor por Martin?

—Antes de eso. Por una razón que Renata desconocía, Mélanie y ella nunca lograron estar unidas.

Tu madre sufrió mucho por el talento de su hermana, que ella no poseía.

Le costaba encontrar su propia valía, su lugar, y eso la torturaba.

Me acuerdo de que, de pequeña, miraba los dibujos de Renata y decía que eran igual de feos que ella.

No es que lo creyera de verdad, pero sentía que eso creaba un poco más de equilibrio entre ambas.

Asiento con la cabeza. Aunque mi madre nunca me contó en detalle su relación con mi tía, siempre supe que era tensa. Criticaba a menudo a Renata y las cosas que hacía. Yo adivinaba su resentimiento, y mucho antes del asunto de la herencia. De todas formas, no es de eso de lo que quiero hablar.

—Sé que había tensiones, pero no estoy aquí para juzgar a mi madre, Babeth.

Ella levanta enseguida las manos.

—Oh, nada más lejos de mi intención, pequeña —señala con afecto—. Solo digo que era complicado y quizá un poco irracional, que no había ninguna razón para que Mélanie creyese que su hermana se había quedado con lo que no era suyo.

No puedo evitar soltar una risa cínica.