Un otoño para enamorarnos 9. Adam. EL TALLER SECRETO
37%

9. Adam. EL TALLER SECRETO

EL TALLER SECRETO

Alargo la mano hacia el móvil. Son casi las seis de la mañana.

Creo que acabo de pasar una de las peores noches de mi vida. ¿Qué caserón es este donde todo cruje, chirría y silba con la mínima ráfaga de viento?

Aún no ha salido el sol, pero, al apartar las gruesas cortinas de la ventana, lo comprendo mejor. En París no sopla un viento como este. Al fondo del jardín distingo las copas de los álamos oscilando con fuerza y las hojas secas describiendo círculos en el aire.

Tengo la cabeza hecha un cisco. No sé lo que daría por un café, pero me arriesgaría a despertar a Fedra, a quien le ha parecido necesario precisar que por las mañanas está de un humor de perros. Vista su determinación y su carácter, la creo a pies juntillas y prefiero no asumir ningún riesgo.

Me acuerdo muy bien del tipo de chica que era en nuestra adolescencia.

Si le buscabas mucho rato las cosquillas, se encendía.

Está claro que no ha cambiado. No hay más que ver cómo reaccionó cuando Élisabeth Pinet y yo hicimos como si Little Balmoral estuviera encantada.

Bueno, solo yo, porque estoy seguro de que Élisabeth cree todo lo que dice sobre los espíritus de la mansión.

Esta noche, dejando aparte el espíritu del viento, yo no me he cruzado con ninguno.

Me recuesto y me pongo a ver vídeos tontos en Instagram.

A las siete y cuarto no aguanto más. Ya que estoy despierto, mientras espero a que la bella durmiente se levante, aprovecho la relativa calma de la mañana para empezar a redactar mi reportaje.

Al fin y al cabo, oficialmente estoy aquí para eso.

Extraoficialmente, me pregunto a qué va a conducir mi presencia y qué es lo que busco en concreto.

¿Volver a acercarme a Fedra y retomar las cosas donde las dejamos hace nueve años?

Sí, no, quizá. En realidad, no lo sé. Sobre todo me despierta deseos de saber cómo ha evolucionado.

Reúno las pocas cosas que me he traído para el viaje y me doy cuenta de que, para quedarme dos semanas, me va a hacer falta algo más que tres calzoncillos, tres pares de calcetines, dos vaqueros y tres camisas.

Voy a tener que ir a Guéret para hacer alguna compra.

Me ducho, me visto y, a los quince minutos, estoy sentado ante el pequeño escritorio instalado entre los dos grandes ventanales, uno de los cuales da a la gran terraza del patio trasero.

Abro el portátil y la carpeta «casas encantadas».

Para organizarme, comienzo a perfilar dos o tres cosas, los ejes principales y el esqueleto del reportaje.

Podría avanzar más rápido si fuera no soplara tan fuerte el maldito viento.

Trato de concentrarme, pero es imposible.

La casa cruje a más no poder y empieza a oírse un chasquido a intervalos regulares, como si fuera una puerta que golpea.

Molesto, me levanto para ir a ver de qué se trata y salgo al distribuidor.

Me paro en el vestíbulo y me doy cuenta de que el ruido proviene del piso de arriba.

Así que, iluminándome con la linterna del móvil, subo en silencio la escalera y recorro el oscuro pasillo.

El olor a trementina va intensificándose.

El taller de Renata Clavreuil debe de estar por aquí.

Me detengo ante la responsable de los golpes: una puerta roja que se entreabre de manera intermitente.

Trato de cerrarla, pero el mecanismo no funciona.

El problema viene de más arriba. Se nota un aire frío que entra a raudales en la casa. Debe de haber una ventana abierta.

Abro la puerta por completo y encuentro un interruptor que funciona e ilumina una escalera de caracol.

Es la de la torre. Recuerdo que, de adolescente, cuando la veía de lejos, me fascinaba y me preguntaba qué habría dentro.

Fedra no lo sabía y nunca había puesto los pies allí.

La puerta siempre estaba cerrada con llave.

No como hoy. Empiezo a ascender y noto que cada vez hace más frío.

Al final de la escalera hay una trampilla que da a un espacio sumido en la oscuridad.

Acciono el segundo interruptor que hay justo debajo de la abertura y, cuando entro en la estancia circular, descubro un pequeño taller de pintura donde hay un caballete justo delante de la ventana abierta.

¡He aquí la responsable de todo este jaleo!

Avanzo para cerrarla cuando, al darme la vuelta, choco con un frasco de cristal que rueda por el suelo de madera haciendo un ruido de mil demonios.

—¡Mierda!

Me quedo inmóvil esperando no haber despertado a Fedra y miro a mi alrededor.

Veo una mesa pequeña llena de botes de pintura, trapos y pinceles, una silla de madera, hojas pegadas a las paredes, lienzos acumulados por todas partes, fotos incluso en el suelo, libros de grandes pintores en una estantería y un taburete giratorio en el medio de la estancia.

En el caballete hay un cuadro sin terminar que representa un cielo azul, un arroyo que corre entre álamos y, arrodillada junto al agua, una niña de espaldas.

Un desorden tan tremendo como lleno de vida, lo que resulta irónico teniendo en cuenta que la propietaria se encuentra ya bajo tierra. Casi podría creerse que Renata sigue aquí.

Echo una ojeada a la mesa, con todo ese batiburrillo encima, y me fijo en un cajón, que abro sin poderme contener. En el interior hay un tubito de plástico traslúcido rojo y dos trozos de papel rasgados, cubiertos de trazos de tinta roja. Por curiosidad, los cojo para mirarlos más de cerca.

—¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado?

Sobresaltado, me vuelvo hacia Fedra, metiéndome los papeles en el bolsillo trasero del vaquero como un ladrón a quien han pillado con las manos en la masa.

Viste un camisón de algodón sorprendente que podría haber llevado mi abuela, con rayas azules y blancas, y se lo ha abotonado hasta el cuello. Por no hablar de las pantuflas marrones. Pero ¿cómo puede ponerse estas prendas a su edad?

No hago ningún comentario, aunque no por falta de ganas.

—Hola, ¿te he despertado?

—Llevaba un rato oyendo un ruido, pero me daba pereza levantarme. Y entonces hubo un estruendo.

—Lo siento, es que he tropezado con un tarro.

—¿Cómo has entrado aquí?

—Por la puerta.

Escéptica, alza una ceja.

—¿La puerta de la torre estaba abierta?

—Sí, por culpa de una corriente de aire. Por eso golpeaba. Así que he subido a cerrar la ventana.

—Hace dos semanas que estoy aquí y que busco por todas partes la llave de esa puerta, que estaba cerrada a cal y canto. No ha podido abrirse sola.

—¿Habrá sido un espíritu? ¿Ese del que hablaba Babeth? En todo caso, yo no he tenido nada que ver.

—Anda, por favor.

—Entonces habrá sido la corriente de aire.

—¿Puede una corriente abrir una puerta que está cerrada con llave?

Me echo a reír. Fedra parece exasperarse por no encontrar una explicación racional. Al final se encoge de hombros.

—Desde luego, es bastante raro...

—La verdad es que sí. Ahora que nos hemos levantado, ¿nos tomamos un cafetito?

Asiente con la cabeza y mira a su alrededor como si acabara de darse cuenta de dónde se encuentra.

—Nunca habías estado aquí, ¿verdad?

—En efecto. Siempre estaba cerrado.

—¿No sabías que tu tía tenía un taller?

—No. Tenía otro en el primer piso. Creía que era el único.

Con la punta de los dedos acaricia un largo fular de seda malva que descansa en el respaldo de una silla.

—La tía Renata era muy misteriosa.

—¿De qué murió?

—De un infarto.

—Qué pena... Tenía mucho talento.

Fedra me mira de un modo extraño. No logro descifrar qué está pensando, si está triste o enfadada. Probablemente las dos cosas.

—Sí. Adam, discúlpame. Si no te molesta, me encantaría quedarme sola un rato. En la cocina encontrarás todo lo que necesitas para hacer café y también algo de desayunar en la despensa.

Algo no anda bien, pero no voy a hacer preguntas. Me limito a asentir sonriendo.

—¡Claro, no hay problema!

Vuelvo a la planta baja en busca del café, feliz de poder hacerlo yo mismo. La última experiencia del «café a la Fedra» me ha dejado un recuerdo fatal en el estómago.

Como tarda en bajar, aprovecho y me dispongo a preparar un desayuno abundante para dos con crepes, huevos revueltos y queso. Cuando por fin llega a la cocina al cabo de una hora, se ha vestido, tiene el pelo húmedo y los ojos un poco rojos. Ha estado llorando.

—¿Va todo bien?

—Sí, gracias. ¿Has encontrado todo lo que necesitabas?

Hasta la persona menos espabilada habría sabido reconocer en ese «sí, gracias» un «no, pero no tengo ganas de hablar», así que le ofrezco una silla.

—Venga, siéntate, que te sirvo.

Ella sonríe.

—Es el mundo al revés. Cualquiera diría que el anfitrión eres tú.

—Es la única manera de que desayunes como Dios manda, dado que no cocinas. Eres la peor anfitriona del mundo.

—Y tú el mejor invitado posible. Siempre llevo las de ganar, ya ves.

Coge una crepe del plato y le da un buen mordisco.

—¡Qué rica!

—Al final vas a ser tú quien pague, ya lo verás.

—Lo dudo mucho. Estoy sin blanca.

Mejor no ir por ahí. Prefiero cambiar a un tema menos delicado.

—La puerta que se abre sola misteriosamente será un ejemplo excelente para mi reportaje.

¡Un espíritu merodea por la casa y deja las puertas abiertas!

—Tiene que haber una explicación racional.

—El lector no está obligado a saberla.

Fedra me mira y suelta un hondo suspiro.

—Me parece bien que utilices cosas de Little Balmoral que te inspiren, pero no cites la mansión. No quiero que empiecen a llegar de toda Francia un montón de chiflados en plan cazafantasmas.

Sorprendido, enarco una ceja.

—¿Y ese cambio?

—¿Quizá se deba a lo mucho que estoy disfrutando de este desayuno?

Sonrío. En realidad, lo tengo claro. Estaba dispuesto a hacer un reportaje sobre Renata Clavreuil y su casa y darles a los lectores lo que buscan, pero ahora a quien tengo ante mí es a Fedra y no quiero ni por lo más remoto escribir ningún artículo sobre ella.

—Ya querías ser periodista cuando nos conocimos, pero nunca supe cómo te vino esa idea —me dice con auténtica curiosidad.

—Fue en el instituto, después de una clase sobre la interpretación de sucesos que un día se convierten en hechos históricos. Quería ser reportero internacional, pero, en lugar de eso, me encuentro escribiendo artículos estúpidos sobre mansiones encantadas.

Lo digo riéndome, aunque en realidad no me hace ninguna gracia. Sin embargo, Fedra siempre ha sabido leer entre líneas.

—¿No te gusta lo que haces?

—La mayor parte del tiempo sí. Siempre he sido curioso. Pero nunca habría elegido algunos temas. En fin, no me puedo quejar: a veces uno se lleva sorpresas geniales, como la de encontrarte aquí. —Ella me sonríe—. ¿Tuviste que dejar el trabajo para venir a Francia?

Fedra baja la vista hacia la taza.

—Pedí dos meses de vacaciones sin sueldo. No pensé que tendría que quedarme tanto tiempo. Así que sí, voy a tener que dejar el trabajo.

Como noto que responde fácilmente a mis preguntas, me lanzo para tratar de saber más de ella.

—Me dijiste que estabas soltera, pero ¿tienes novio en Quebec?

—No tengo ni novio, ni perro, ni gato, ni peces de colores.

Se limpia los labios con una servilleta y luego se levanta.

Vaya... Supongo que han sido demasiadas preguntas.

—Tengo que irme. Acaba tranquilamente y déjalo todo en la mesa. Ya lo recogeré yo cuando vuelva. Gracias por cocinar, estaba todo riquísimo. Hasta más tarde... ¡Y que trabajes bien!

La miro alejarse y sonrío.

¡Menuda parejita estamos hechos!