Un otoño para enamorarnos 8. Fedra. JANIS LINKLATER
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8. Fedra. JANIS LINKLATER

JANIS LINKLATER

Cuando cierro la puerta tras él, ya no sé si reír o llorar.

Adam me hizo sufrir durante meses al olvidarse de mi existencia, y yo lloré hasta quedarme sin lágrimas.

Esperaba que diera señales de vida o que apareciera como por arte de magia, pero eso nunca ocurrió.

Lo maldije por no haber tenido la honestidad de decirme que no quería seguir en contacto.

Podría haber encontrado cualquier excusa: sus estudios, la distancia geográfica, una micosis del dedo gordo del pie que le gangrenaba el cerebro y le impedía pensar, lo que fuera, pero eligió la indiferencia. Lo peor de todo.

Al volver al instituto, empecé a sacar malas notas, me aislé, me alejé de mis amigos; mi madre no comprendía que estuviera tan afectada.

El pensamiento de que el amor solo servía para sufrir me condicionó de tal manera que no volví a querer ninguna relación seria.

Y ahora aparece de improviso con cara de no haber roto un plato, sin hacer referencia a nada en absoluto, sin decir ni un «siento haber sido tan gilipollas», ¿y me anuncia que va a quedarse a dormir en mi casa y a comer en mi mesa durante quince días?

Es increíble.

Mi primer impulso es arrugar el papel con su número de móvil y tirarlo a la basura.

¿Por qué? Porque, tras haberlo esperado tanto tiempo, es surrealista.

Sí, me he comportado como si nuestra historia no me hubiera dejado más que un vago recuerdo, pero, ahora que se ha ido, solo tengo ganas de una cosa: pagarle con la misma moneda.

Y se me ocurren dos soluciones: aceptar que se quede aquí y hacerle vivir un infierno del que no pueda olvidarse fácilmente o rechazarlo de plano diciéndole que se ha vuelto demasiado feo y que no soporto esa carita de ángel que tiene. Pensar en ello casi me hace sonreír.

Ay, si aún tuviera dieciséis años... Podría elegir cualquiera de las dos opciones sin quedar como una niñata inmadura, pero, cuando una es adulta, no se hacen esas cosas. Qué pena.

Dos mil euros... Con doscientos más podría pagar dos meses de préstamo, y es eso lo que me va a obligar a pensar seriamente en el asunto.

Extenuada, me voy a la cocina para servirme una taza de té antes de derrumbarme en un sillón del salón.

Necesito ese dinero.

Vuelvo la cabeza hacia los botes de pintura que aguardan en el vestíbulo.

Voy a comenzar por ahí. El resto ya lo pensaré mañana.

18 de octubre

Ha llovido buena parte de la noche y, al levantarme, noto que la temperatura ha bajado de golpe. Adiós al veranillo de San Miguel, hola a los catarros.

Después de desayunar un té con leche de avena y un plato de gachas, envuelta en mi gruesa chaqueta de lana, me pongo el peto, las botas de agua, la parka que dejó mi tía en el perchero de la entrada y un gorro de lana, y me decido a ir a recoger unas calabazas del jardín antes de que se pudran.

La tierra está encharcada. Tras más de un mes sin lluvia, el suelo no ha logrado absorber toda el agua que ha caído.

Mis pasos chapotean en la hierba. Por todas partes se ven caracoles, que hacen una de sus últimas salidas antes de que llegue el invierno.

Voy con mucho cuidado para no hacerles daño y, provista de un cuchillo bien afilado, corto los zarcillos que unen las calabazas entre sí.

Separo los ejemplares de las variedades más antiguas, demasiado pequeños para darles forma, y me paso la mañana tallando los más grandes, dándoles expresiones tanto pavorosas como tiernas.

En Quebec, en mi calle de Laval, a mediados de octubre se organizan concursos para premiar las calabazas mejor esculpidas, y reconozco que he ganado una o dos veces. Me encanta tallarlas.

A mediodía, en lugar de utilizar el Suzuki todoterreno de mi tía, cargo las calabazas en la carretilla y, sin molestarme en cambiarme de ropa, decido hacer lo que habría hecho si hubiera estado en Canadá y hubiera sido la feliz propietaria de todas ellas: ofrecerlas al pueblo para decorar las calles.

Cuando llego andando, son justo las dos de la tarde. Es sábado. Los productores del mercado acaban de marcharse de la plaza y los servicios del ayuntamiento se han puesto ya a limpiar. Como no conozco a nadie, me limito a dejarlas a las puertas de los edificios sin olvidarme del señor Trottoy.

Me cruzo con vecinos que se alegran de recibir mis calabazas convertidas en faroles y, muy pronto, las calles toman el aspecto de un decorado de Halloween. Todo el mundo parece quererlas, así que me propongo tallar más y volver con el todoterreno para traerlas.

La última es para Babeth. Me acerco a la tienda, que tiene el escaparate decorado con los colores del otoño.

Los expositores están tapizados de hojas secas.

Hay bellotas y castañas repartidas por aquí y por allá, bonitos haces de ramitas y, por todas partes, manojos de salvia con un cartelito: SE HA ACABADO EL VERANO.

ES EL MOMENTO DE PURIFICAR TU CASA . No creo haber conocido a alguien tan obstinado como Élisabeth Pinet con este asunto.

Dejo fuera la carretilla y entro haciendo sonar el carillón.

—¡Ah, Fedra! —se alegra Babeth, saliendo de la trastienda—. Dame un segundo, que me limpio las manos.

—No te interrumpo, ¿verdad?

—¡En absoluto! Estaba intentando tallar una calabaza para hacer un farol, pero no se me da muy bien. Ven, que te lo enseño.

Sonrío. Con Babeth, tengo la impresión de que no existen las coincidencias.

Entro en la estancia y hago una mueca al ver el desastre. Es como si la pobre calabaza hubiera pisado una mina antipersona... Babeth la ha hecho papilla.

—He querido ablandarla un poco en el microondas para que fuera más fácil, pero creo que no ha sido buena idea...

—No muy buena, no —le digo, conteniendo la risa—. Pues venía justo a regalarte una para decorar la tienda. Te la he dejado en el umbral.

—¡Qué adorable por tu parte!

Se dirige a la salida para recogerla y se queda encantada.

—¡Es espléndida!

—¡Gracias! He regalado algunas a los vecinos, pero creo que voy a hacer más. Parece que todo el mundo quiere una.

Babeth va a buscar una vieja silla metálica de jardín y pone encima la calabaza. Siempre tengo cuidado de dejar un tallo bien largo con hojas para que haga más bonito. Babeth lo enrolla por la silla y queda genial.

—¿Sabes? Odette y Edmond se ocupan de la asociación de jubilados de Cornehotte.

Todos los años hacen decoraciones para el pueblo según las estaciones o lo que se celebre.

Las mujeres han tejido bufandas rosas para el Octubre Rosa, el mes de sensibilización sobre el cáncer de mama, y los hombres las han atado a los troncos de los árboles por todas las calles; seguro que las has visto.

En fin, estoy segura de que no les parecerá mal tener algunas calabazas.

Creo incluso haber oído decir que quieren organizar un gran baile de otoño en el salón de festejos para celebrar Todos los Santos y que así todo el mundo pueda disfrazarse en Halloween.

—No conozco a Odette y a Edmond, pero me parece una idea excelente. Ya me los presentarás. En el jardín hay bastantes calabazas para decorar todo el pueblo, ¡créeme!

—¡Sí, ya lo sé! A Renata le encantaban, lo mismo que el otoño.

Bajo la vista. Mi madre y yo solo vinimos una vez a Cornehotte en octubre.

Yo debía de tener diez años, pero me acuerdo como si fuera ayer.

Mi tía había guardado una cantidad enorme de hojas secas para vestir a un espantapájaros de yute que había hecho ella misma.

No era para ahuyentar a los cuervos que venían a comer las calabazas, sino porque decía que hasta un jardín tenía la necesidad de que le hicieran compañía.

Le había puesto una maceta de flores al revés encima de la cabeza y lo había llamado Roger.

Nunca supe el porqué del nombre. Roger quedó instalado delante del pozo, en cuyo borde estaban expuestos un montón de calabazas y calabacines de distintas variedades.

Mi tía era una mujer muy original, un poco extraña según algunos, pero a los diez años yo la consideraba la persona más genial del mundo.

—Llamaré a Odette y a Edmond cuando vuelvan el lunes de vacaciones. Están en México, figúrate. Seguro que se traen máscaras de muertos. ¿Quieres una infusión? Tengo melisa, verbena, azahar, espino y pasiflora. No hay nada mejor para conciliar el sueño. ¿Qué te parece?

Confusa, frunzo el ceño.

—¿Cómo sabes que he dormido mal?

—Porque es lo que ocurre cuando una se obstina en no quemar salvia para...

—... purificar la casa, sí, ¡ya lo sé! Me dijiste que la mansión tenía una historia. ¿Cuál es? ¿Hay propietarios que rondan aún por la finca?

Le sonrío un poco burlona, pero Babeth me sorprende.

—No, no lo creo, pero el alma de Janis Linklater sigue ahí. Es ella quien hace que el lugar sea tan precioso.

—¿Y quién es?

—La primera dueña —me informa mientras me sirve la infusión en una taza de porcelana.

—Ah, ¿es la mujer del retrato que se ve desde el vestíbulo en lo alto de la escalera?

—Eso es.

—Nunca me han hablado de ella, pero, para serte sincera, jamás he preguntado. El cuadro me da un poco de miedo. ¿Qué sabes sobre ella?

Élisabeth me sonríe encantada de haber captado mi atención.

Nos sentamos en los sillones del fondo de la tienda. Soy toda oídos.

—Fue ella quien le puso a la mansión el nombre de Little Balmoral en honor al palacio real escocés.

John Linklater era un célebre explorador y un enamorado de Francia.

Hizo construir Little Balmoral en 1858 para que su esposa tuviera un lugar donde refugiarse los meses en los que él estaba en la India o en el continente americano.

Los meses se transformaron en años cuando su marido falleció durante una expedición en 1867, y ella se instaló aquí definitivamente.

—¿Y era joven?

—Tenía veintisiete años y ningún hijo. Se sentía sola, así que hizo de Little Balmoral el primer establecimiento de hospedaje de Cornehotte.

—¡Anda!

—Sí, recibió con pasión a muchos visitantes. Y, aunque Francia perdió la guerra contra Prusia y la economía del país se hundió, la mansión gozaba de un éxito extraordinario. Todos los viajeros que estaban de paso se alojaban allí y dejaban un recuerdo.

—¿De qué tipo?

—Objetos diversos, unas palabras, flores secas. Si Renata no se deshizo de ellos, cosa que dudo, los encontrarás todos en cajas ordenadas en el desván.

Desde mi llegada, he pospuesto el momento de explorar la casa.

No es rechazo, sino una costumbre. Cuando era más joven, no se me permitía subir a los pisos superiores, demasiado peligrosos, según mi madre.

Y, sinceramente, el retrato de Janis Linklater, con su expresión severa, me disuadía de desobedecer.

Solo subí una vez al desván con mi tía para coger las raquetas de jokari. Lo recuerdo como un lugar sombrío, con todo tipo de muebles cubiertos de sábanas polvorientas, cajas y baúles viejos.

—Babeth, ¿cómo sabes todo esto, la historia de Little Balmoral?

—Janis Linklater dejó bastantes diarios íntimos.

Creo que los encontrarás también en el desván.

Los leí todos con Renata. A Janis le gustaba mucho esa casa, era su refugio; por eso su alma ha permanecido en parte allí.

Un alma generosa que no tiene nada de malo, aunque no hay que olvidar que la tristeza y la soledad también forman parte de ella.

Little Balmoral no la ha olvidado, como tampoco el sufrimiento de los soldados de la Gran Guerra que se refugiaron allí y en algunos casos murieron en la mansión.

Los archivos del ayuntamiento así lo dicen.

Siento un escalofrío.

—No tengas miedo. Los espíritus no son siempre maléficos, pero a veces necesitan que les vuelvan a dar un poco de luz. Cada casa es también de quienes vivieron en ella. Ellos cuentan su historia, y depende de nosotros preservar la energía positiva.

Suelto una risita.

—¡Con la salvia!

Élisabeth me pone la mano en el brazo.

—No solo con eso, Fedra. Haz revivir esa casa como merece y devuélvele la felicidad de antaño. Tu tía no llegó a conseguirlo del todo, pero estoy segura de que tú sí lo lograrás.

Las palabras de la hechicera de Cornehotte permanecen en mi mente mientras vuelvo a casa. Por una razón que ignoro, me han conmovido y me hacen pensar en Little Balmoral de forma un poco distinta. Creo que no me la había tomado lo bastante en serio.

Al salir del pueblo, acelero el paso mientras empujo la carretilla vacía cuando oigo sonar un claxon detrás de mí. Adam baja la ventanilla y se pone a mi altura.

Le sonrío.

—¡Hombre, el señor de los dos mil euros!

—¡Netos! —bromea. ¡Es superatractivo!

Sin dejar de andar, bajo la vista a mi peto lleno de tierra y mis botas de lluvia. Desde luego, no va a ser con esta ropa con la que gane el próximo concurso de elegancia.

—¿Te acerco?

—No, gracias, ya casi he llegado y te voy a poner perdido el maletero. La carretilla está llena de tierra.

—¿Has pensado en mi propuesta?

—Sí.

Pasan los segundos.

—¿Y?

—Dos mil doscientos euros, pero te ocupas tú de lavarte la ropa. Y te aviso: no sé cocinar.

Eso le divierte.

—¿Algo más?

—Sí, no podrás usar el cuarto de baño. Tendrás que conformarte con la ducha que hay en la habitación donde dormirás.

—No hay problema.

—Ah, un último detalle. No me hables por las mañanas cuando acabe de levantarme.

Adam sonríe. Apoya el codo en la ventanilla abierta.

—¿Si no...?

Lo miro con el rabillo del ojo.

—Inténtalo y verás.

Se ríe a carcajadas, acelera y saca la mano para decirme adiós.

—¡Trato hecho!

Lo veo alejarse y tomar, un poco más lejos, el camino de acceso que lleva a la mansión. Si alguien quiere rezar por mí, es el momento. 1