7. Adam. DOS MIL EUROS
DOS MIL EUROS
Fedra Demay... No acabo de creérmelo.
Enfadada y todo, la encuentro aún más guapa de lo que recordaba.
Con los años, sus formas se han desarrollado y, aunque seguro que ella las detesta porque ya no le gustaban hace nueve años, a mí me atraen mucho.
Sigue teniendo el mismo pelo castaño, la misma boca llena y adorable, los mismos ojos verdes pigmentados de un avellana dorado, las pecas y esa piel ligeramente bronceada que haría dudar a cualquiera de que vive bajo el cielo canadiense.
Ya en aquella época me recordaba a Katie Holmes.
Bueno, para qué mentir: aunque el hombre en el que me he convertido tenga poco que ver con el adolescente que era entonces, Fedra sigue causándome el mismo efecto.
Me apena saber que ha fallecido su tía, pero estoy encantado de que haya sido ella quien me ha abierto la puerta.
Vale, está claro que no comulga para nada con la historia de Renata Clavreuil, así que lo lógico sería que me acabara mi taza de café imbebible, le diera las gracias por haberme recibido y volviera ipso facto a París para escribir mi artículo. Sin embargo, no me apetece en absoluto.
La verdad es que Fedra ha permanecido siempre en un rincón de mi cabeza, así que, ahora que me la he encontrado en carne y hueso, quiero alargar un poco esto.
Aún no sé cómo, y tiene pinta de que va a ser difícil convencerla para que me deje escribir un artículo sobre su casa, pero voy a intentarlo.
—Lo siento —se disculpa al volver.
—No te preocupes. ¿Has empezado ya a organizar la reforma? Parece que hay mucho que hacer.
—Sí. Creía que la planta baja estaba en perfecto estado, pero hay que renovarla también. Para responder a tu pregunta, mi tía tenía un plan muy bien definido para Little Balmoral. Así que, por el momento, me limitaré a quedar con los contratistas que ella misma seleccionó.
Silbo.
—Me imagino que va a ser bastante caro.
—Pues sí... Pero Renata me ha dejado dinero para pagar las obras. Solo se olvidó de que yo iba a tener que comer para vivir. Lo he abandonado todo para venir aquí.
—¿Y no planificó nada para ti?
—Sí, pero no es para tirar cohetes. Creo que voy a tener que encontrar un trabajo.
Yo buscaba un pretexto para quedarme aquí más tiempo y resulta que me lo acaba de servir en bandeja. Un buen periodista reconoce siempre una oportunidad cuando la ve... Pero primero a beber un poco de café con cuidado de no hacer ninguna mueca.
—¿Tan malo está? —se preocupa ella.
Le sonrío.
—Objetivamente, es el café más, digamos..., interesante que he tenido la ocasión de probar. Me parece bastante ingenioso lo de los posos del fondo. Es un dos en uno: bebes y a la vez comes.
Mi madre no daría crédito a mi falta de modales, pero creo que merecerá la pena. Bueno, eso espero.
Al principio Fedra parece sorprendida. Sin embargo, en lugar de ofenderse, se echa a reír.
—Te creo a pies juntillas. No tengo la costumbre de hacer café. Solo bebo té. Lo siento mucho, de verdad.
—Es imprescindible que alguien te enseñe el abecé del café. Primordial.
Lo digo con tanta solemnidad que ella alza una ceja.
—¿Primordial por qué?
—Porque, si me voy a quedar aquí, será mejor que no me intoxique.
La cara que ha puesto es para morirse de risa.
—¿Quedarte aquí? ¿A qué te refieres con eso?
—Has dicho que necesitas dinero, ¿no? —Fedra asiente y espera mi respuesta—.
Ya he entendido que no quieres que hable de Little Balmoral en mi reportaje porque no crees en los fantasmas, pero, de todas formas, es un lugar muy inspirador.
Me encantaría quedarme aquí mientras escribo el artículo.
Te propongo un arreglo económico por el alojamiento, más el desayuno y la comida.
Fedra está boquiabierta, parece que se le van a salir los ojos de las órbitas y pestañea.
Comienza a darse cuenta de lo que quiero decirle; quizá incluso me tome por un chiflado, cosa que soy, sin duda.
Sin embargo, quedarme aquí con ella un poco más se ha convertido en una necesidad irracional que no puedo controlar.
—Pero...
—Te ofrezco dos mil euros por dos semanas.
Le digo la cifra sin reflexionar. Sobrepasa en mucho el presupuesto que me queda para el tema de las casas encantadas y dudo de que Julien me vaya a autorizar una ampliación con tanta facilidad, pero qué le vamos a hacer...
Saldrá de mi bolsillo. Fedra necesita dinero y yo no quiero que nos separemos tan rápido.
Aunque soy plenamente consciente de la locura que estoy a punto de cometer y de la inmadurez que estoy demostrando, hay algo que no puedo reprimir y que me está empujando a no ser razonable, porque seguro que no volveré a tener una ocasión parecida.
—¿Dos mil euros? ¡Estás loco!
Trato de permanecer impasible. Si ella supiera que lo que estoy haciendo es tan espontáneo como insensato...
—No, soy pragmático. No arreglará tu situación financiera mucho tiempo, pero al menos es una suma curiosa. Y para mí será perfecto. La calma, la inspiración, la materia prima...
—Es muy inesperado...
—Pero interesante, ¿no?
Nadie se ha resistido jamás a mi sonrisa Profidén, a pesar de que la idea de meterme así en su casa parece propia de un psicópata. Sin embargo, con Fedra me siento como si volviera a tener diecisiete años, lo que me resulta bastante agradable.
Solo que ahora ella está frunciendo el ceño.
—No nos vemos desde hace casi diez años, llamas a mi puerta sin saber que soy yo quien va a abrirte y me propones alojarte aquí como si fuera lo más normal del mundo. Perdona, estoy algo sorprendida.
Tiene toda la razón del mundo, estoy completamente majara, pero no veo que haya dicho que no. Así que sigo en mis trece.
—Lo entiendo. Piénsatelo un poco. Puedo pagarte por adelantado la mitad como garantía si quieres.
Cojo mi taza vacía como si tal cosa, la dejo en el fregadero y le escribo mi número de teléfono en el cuaderno que llevo encima. Arranco la página y se la tiendo.
—He reservado una noche en un hotel del pueblo de al lado. No dudes en llamarme para decirme si estás de acuerdo.
Fedra coge la hoja y la mira con tanto estupor como si fuera un décimo de lotería.
—Vale, eeeh... Vale.
—Me alegro mucho de haber vuelto a verte, Fedra. No has cambiado nada.
Ella frunce el ceño como para abstenerse de decir algo sobre ese particular. Después me acompaña hasta el vestíbulo para abrirme la puerta.
—No dudes en llamarme. Hasta pronto.
Me marcho hacia mi coche sin darme la vuelta con el mismo nudo en el estómago que tenía hace nueve años cuando estaba con ella, y siento ganas de reírme.
¡Cálmate, Lafaye, que ya no eres un niño!
Arranco y abandono los terrenos de Little Balmoral.
He apostado muy alto haciéndole esta propuesta.
En primer lugar, económicamente y, en segundo lugar, por haber puesto mi orgullo en juego, ya que al final lo que arriesgo con mi audacia es la humillación de que Fedra me diga que me vaya a tomar viento fresco porque no quiere saber nada de mí. No he ganado nada de entrada.
La pelota está en su tejado.
Pero tengo confianza.