Un otoño para enamorarnos 6. Fedra. ¿UNA CASA ENCANTADA? ¿Y LUEGO QUÉ MÁS? #2
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6. Fedra. ¿UNA CASA ENCANTADA? ¿Y LUEGO QUÉ MÁS? #2

Siento el impulso de inventarme un montón de cosas únicamente para hacerle creer lo mucho que se perdió por cortar el contacto conmigo, pero eso sería reconocer que no me gusta mi vida. Y no es así. Creo que soy muy afortunada.

—Trabajo en una librería cerca de Montreal, vivo en un apartamento, estoy soltera, me siento realizada y acabo de convertirme en una propietaria desbordada.

—¿Y tu madre? ¿Sigue en Quebec?

Esta vez se me encoge un poco el corazón.

—Falleció hace casi tres años. Cáncer de tiroides.

—Lo siento mucho.

—Así es la vida...

—¿Cuántos años tenía?

—Cincuenta. ¿Y tú? ¿Tus padres? ¿Tu vida?

—Mis padres viven en Lacanau, en el suroeste. Yo resido en París, estoy soltero y soy periodista.

No hago ningún comentario al respecto, pero recuerdo que Adam siempre decía que quería ser reportero internacional. A veces tenemos la ocasión de alcanzar nuestros sueños y otras no, como en mi caso. En realidad, nunca sé qué responder cuando me preguntan qué quiero hacer con mi vida.

—¿Por qué tenías una cita con mi tía? Si no te importa que te lo pregunte.

—Estoy escribiendo un artículo sobre casas como Little Balmoral.

—¿Y de qué trata?

—Digamos que... algunas mansiones tienen historia.

O soy tonta o me he perdido algo.

—¿Historia? ¿Y cuál podría ser la de Little Balmoral?

Lo escruto y noto claramente un destello de incomodidad en su mirada.

—Hace unos meses hicimos un llamamiento para recabar testimonios sobre casas encantadas, y tu tía respondió. No hablé directamente con ella por teléfono, pero concertó una cita con nuestra jefa de prensa. Llevaba una eternidad sin oír su nombre y me sorprendió mucho.

Los ojos me hacen chiribitas.

—¿Encantadas? ¿Cómo que encantadas?

—Embrujadas, poseídas.

Levanto los ojos al techo. Ya lo he entendido.

—Pero... ¿poseídas por qué? Si Little Balmoral está poseída por algo es por la humedad, te lo puedo asegurar.

—No es lo que se supone que dijo tu tía. Ella hablaba de una presencia.

—¿En serio? ¿Y cuándo se puso en contacto con vosotros?

—Según recuerdo, a mediados de julio.

Mientras estaba en el hospital, poco tiempo antes de morir... Sin duda, ya no regía bien, porque yo nunca oí decir que Little Balmoral fuera «especial» o que estuviera poseída por ningún tipo de espíritu.

—Oye, Adam, lo siento, pero...

—¡Uy! ¿Hay alguien por ahí?

Nos miramos y luego me levanto para dirigirme a la ventana. Élisabeth Pinet está en el porche. Lo que faltaba...

¿Cuántos visitantes voy a tener hoy?

Me disculpo con Adam y voy a abrir.

—Buenos días, Babeth. ¿Puedo ayudarte en algo?

—Buenos días, Fedra. Sí, tu tía tenía una cita hoy a las diez con un periodista y me pidió que estuviera presente. Supuse que nadie la habría cancelado, así que me he venido para acá. ¿Ha llegado ya?

Dios mío, vaya día. No me hace ninguna gracia mezclarla en esto, pero no quiero ser aún más desagradable que la última vez.

—Está en la cocina. Pasa.

Babeth entra en la cocina y reconoce inmediatamente a Adam.

—Pero... si eres el hijo de los Lafaye. Adam, ¿verdad? ¡Tus padres tenían una casa en Cornehotte!

—Exacto.

—¿Y te has hecho periodista?

Adam sonríe mostrando sus bonitos dientes blancos.

—Pues sí.

—Me alegro mucho de volver a verte por aquí. Soy Élisabeth Pinet. Tengo una tienda esotérica en Cornehotte, y Renata Clavreuil era amiga mía. Bueno, lo sigue siendo, ¡porque su espíritu no está muy lejos!

Me presiono el puente de la nariz. Oh, por favor...

—Toma, Fedra, te traigo un poco de salvia. ¿Te sirvió la anterior? —me pregunta mientras posa la mirada en el aparador donde la dejé. Está intacta.

Busca una excusa, rápido.

—No he tenido ocasión de usarla.

—Mira, no dudes en quemar un poco todas las semanas. Esta casa es mucho más misteriosa de lo que parece. Estoy segura de que Adam lo comprobará él mismo.

Buf, ¿es que no va a callarse? Y encima me lanza una ojeada como diciendo: «¡Te lo dije bien claro!». Así que decido ponerle los puntos sobre las íes, como le gustaba decir a mi madre.

—No hay ningún problema, Babeth. Llevo aquí dos semanas y no he oído que ninguna puerta se cerrara sola.

—Todas las casas tienen sus secretos —me dice Adam con una voz profunda que pretende ser convincente.

Si cree que va a sacar tajada de aquí, ¡está soñando despierto! Lo miro directamente a los ojos.

—El único secreto que merecería mi atención sería que pudiera haber termitas en el tejado. Escuchadme bien los dos: no sé qué se le pasaría por la cabeza a mi tía para haceros venir aquí, pero os pido que me dejéis tranquila con estas historias. Desde luego, ¡no he cruzado el Atlántico para esto!

—No son historias, Fedra —protesta Babeth—. Hay muchas casas encantadas por espíritus dañinos.

—¡Seguro que sí, pero no es el caso de esta!

Y os recuerdo que aún falta para Halloween, así que no empecemos con el folclore antes de tiempo.

Esta mansión es vieja, está llena de ruidos y crujidos perfectamente normales.

Y estoy aquí para asegurarme de que deje de haberlos.

Babeth, es muy amable por tu parte haber venido, pero no hacía falta.

Adam no va a escribir ningún reportaje porque aquí no pasa nada.

Aunque casi podría reprocharme que haya vuelto a ser desagradable con ella, lo que no es de recibo es presentarse en casa de alguien a quien apenas se conoce presumiendo que piensa igual que nosotros.

Élisabeth aprieta los labios.

—Vale, vale, no insisto. Si alguna vez oyes ruidos extraños o tienes la impresión de no estar sola, ya sabes dónde encontrarme. Te dejo con Adam. Me ha encantado volver a verte, jovencito.

Me mira un poco decepcionada, aunque se esfuerza por que no se le note y se da media vuelta para marcharse. Adam no pronuncia palabra, pero está claro como el agua lo que piensa de la situación: no he sido nada amable. Suspiro hondo y corro tras Élisabeth, que ya ha bajado las escaleras del porche.

—¡Espera, Babeth! Discúlpame, por favor. Sé que tus intenciones son buenas porque querías mucho a mi tía, pero es que las historias de espíritus no son lo mío.

—En ese caso, tal vez los espíritus te dejen tranquila —concluye ella sonriendo.

Me echo a reír.

—Mi tía adoraba esta casa, pero me da la impresión de que tú también.

—Tiene una historia muy bonita, ¿sabes?

—En ese caso, ¿te importaría contármela en lugar de hablarme de sus fantasmas?

—¡Será un placer! Pásate por la tienda cuando quieras. Te enseñaré una cosa.

—Lo haré. Y... gracias por la salvia.

Me dice adiós con la mano y se da media vuelta.

—¡Por lo menos quémala!

Miro cómo se va andando mientras pienso en Adam y me pregunto cómo alguien tan sensato como él ha podido dejarse convencer por este tipo de tonterías. En mi recuerdo, era de los que solo creen en las cosas reales y tangibles.

Subo las escaleras suspirando.

¿Por qué el tiempo tiene que cambiar tanto a las personas?