6. Fedra. ¿UNA CASA ENCANTADA? ¿Y LUEGO QUÉ MÁS?
¿UNA CASA ENCANTADA? ¿Y LUEGO QUÉ MÁS?
Sigo sin averiguar qué abre la llave que me dejó mi tía.
Tampoco he encontrado la que abre la puerta de la torre.
Sin embargo, estas dos semanas me han sido útiles para comprender dónde me he metido y para darme cuenta de que algunas obras hay que hacerlas con bastante urgencia.
Aunque la rehabilitación anterior parece correcta, cuando se mira con más detenimiento, se empiezan a ver un montón de cosas.
Hay grietas por todas partes y moho en el cuarto de baño, los grifos pierden agua y la casa cruje en cuanto sopla el más mínimo viento, que se cuela por las puertas y las ventanas, mal aisladas.
Es cierto que los días siguen siendo agradables, pero por la noche hace frío y se nota mucha humedad.
La chimenea no tiene puerta de cristal, y, como la madera almacenada fuera no está lo bastante seca, no hago más que tragar humo cuando intento encenderla.
Conclusión: entre el olor a humo, el aire irrespirable y los ruidos nocturnos, apenas pego ojo.
Ya es hora de hacer habitable este lugar.
He hecho un pedido de varios botes de pintura, que recibiré hoy, para darles yo misma un lavado de cara a los dormitorios de la planta baja y el cuarto de baño, pero no será suficiente. Hay que emprender obras de envergadura.
Mi tía me ha dejado un buen montón de papeles para que los estudie, entre ellos direcciones de contratistas que se encargó de seleccionar. Aunque he estado retrasando el momento, ya no puedo dejarlo más tiempo.
Me hago una infusión con especias y me siento en la cocina.
Cojo el primer documento y descubro un presupuesto aceptado por mi tía para ventanas a medida.
La cantidad es desorbitada: más de treinta mil euros solo por la planta baja.
Pero, además, cuando miro la fecha de validación, hago una mueca: mi tía aceptó el presupuesto en marzo, lo que quiere decir que seguramente ya está abonado el anticipo mencionado a pie de página.
Así que cojo el teléfono fijo para llamar a la empresa y enterarme de más cosas.
Por supuesto, no me responden. Dejo un mensaje detallado y les pido que me devuelvan la llamada.
Descubro otros tres documentos del mismo tipo: techador, electricista y fontanero.
Los llamo y el primero me propone una visita dentro de una semana si tiene tiempo, el segundo no podrá venir antes de principios de diciembre y el tercero no contesta.
El suspiro que me arrancan estos contratistas es inmenso.
Al instalarme aquí, sospechaba que no todo iba a reducirse a adecentar una casa, hacerme con un pueblo y sus habitantes o saber en qué lugar hacer las compras y qué adquirir.
En ningún momento imaginé que sería fácil, pero, en general, encuentro que Francia es mucho más complicada de lo que yo creía cuando era más joven.
Ser francocanadiense podría haberme facilitado la tarea, pero no. Todo me es desconocido.
La administración, por ejemplo. Es muy distinta de la de Canadá y me resulta tan compleja que no me veo capaz de manejarla en absoluto.
Una cita por aquí, otra por allá, quinientos documentos que presentar para el más mínimo trámite, servicios administrativos que se pasan la pelota unos a otros, formularios online que no funcionan...
Sin contar con que mi tía no me ha facilitado nada las cosas con las condiciones de la herencia que el señor Trottoy tuvo el gusto de detallarme.
Regla principal: todo pasa por él. El notario liberará los fondos en un plazo de siete días una vez que se presenten los presupuestos firmados. Mucho me temo que las voy a pasar canutas para conseguirlos... A juzgar por mi experiencia de esta mañana, a este ritmo seguiré aquí dentro de cinco años.
Y, por mucho que me agobien estas cuestiones de logística, en realidad me enfrento a asuntos más problemáticos.
A pesar de lo que he logrado ahorrar, los ingresos mensuales que me ha asignado mi difunta tía no serán suficientes para el día a día y, además, pagar las deudas de mi madre.
Porque en Francia, por si lo dudaba, la vida es igual de cara que en cualquier otro sitio.
¿Vendo los cuadros de mi tía que hay en el taller?
No renunciaré a ninguno por dinero aunque tenga derecho a ello.
Forman parte de esta casa. Y, mientras espero a que los que están expuestos en galerías de arte encuentren comprador, necesito pensar en una solución rápidamente.
Sin embargo, no hay mucho donde elegir: o bien un hombre guapo, rico, amable y generoso llama a la puerta para darme un cheque y luego desaparece como por ensalmo, o bien encuentro trabajo.
Como la primera alternativa es más bien utópica, suspiro, replanteándome lo del anuncio colgado en la puerta de la tienda de Élisabeth Pinet. Seguro que aún no ha encontrado a nadie. Pero no puede ser, no voy a ponerme a vender cosas que no sé ni para qué sirven...
Suena la campana del porche. Seguramente sea la pintura que estoy esperando. Voy a poder empezar hoy.
—¡Voy!
Me levanto del sillón que hay frente a la chimenea del salón y poso la taza en la mesa baja antes de ir a abrir.
Y de quedarme boquiabierta ante mi visitante.
Que no es ni mucho menos un repartidor.
Aunque él no parece estar seguro de quién es la persona que tiene delante, yo lo reconozco enseguida.
Adam, el amor de verano que conocí el año en que murió mi abuela; el novio odioso que no se molestó en responder a la carta que le envié justo antes de marcharme precipitadamente de Francia; la persona a quien le ofrecí mi inocencia hace nueve años y que rompió mi corazón de adolescente.
Desde que estoy aquí, en ningún momento se me ha pasado por la cabeza que sus padres o él hayan podido instalarse de forma definitiva en Cornehotte. Solo venían en verano.
Me han hecho falta unos segundos para darme cuenta de que no ha pasado el tiempo por él, salvo para hacerlo mil veces más sexi, cosa que no me extraña porque ya en aquella época era increíblemente guapo.
Adam siempre me recordó un poco a Bradley Cooper, y ahora el parecido es más acusado. Su pelo castaño se ha espesado y sus ojos azules siguen siendo cautivadores. Y lleva barba de varios días.
Madre mía...
¿Me siento cómoda? Pues no. Con quince kilos más que hace nueve años, sin haberme duchado ni peinado y con un peto y un jersey que me he comprado expresamente para pintar, no tengo la mejor de las pintas, al contrario que él, con su vaquero y su camisa de cuadritos.
Hacer como si no lo reconociese es una estrategia discutible pero bastante práctica si quiero mantener el tipo y dar la impresión de que me he olvidado de todo.
—Buenos días, ¿te puedo ayudar en algo?
Adam frunce el ceño. En caso de que él dudase, mi acento acaba de traicionarme fatalmente.
—¿Fedra?
Bueno, ahora me toca a mí.
—¿Sí? ¿Nos conocemos?
—Soy Adam, Adam Lafaye. Nos conocimos hace unos años aquí, en Cornehotte.
¿Nos conocimos? Un poco más que eso, pero bueno... Dejo pasar unos momentos de suspense que dan a entender una desenvoltura que no poseo, y luego reacciono.
—¡Ah, hombre! ¡Sí, perdona, Adam! ¡No te había reconocido! Hace tanto tiempo... ¿Qué tal estás? ¿Ahora vives en Cornehotte?
Pero ¡qué comedia estoy montando! Igual me creo que así voy a ganar un Óscar. Él me mira como si fuera una extraterrestre salida de quién sabe dónde, tan desconcertado por mi presencia como yo por la suya.
—No, no, llegué ayer por la noche de París. Tengo una cita con tu tía a las diez.
Por supuesto, se me borra la sonrisa de la cara.
—Lo siento. Murió a finales de julio.
—Mierda... Yo sí que lo siento.
—Gracias. Entonces, ¿mantuvisteis el contacto?
Me extrañaría mucho, pero ¿qué sé yo, al fin y al cabo? Nunca tuve noticias ni de él ni de mi tía.
—No, la verdad es que no, era... Escucha, de verdad que lo siento mucho. Sé que la querías mucho.
Me sale sin querer una risita que suena falsa.
—En realidad, llevábamos bastante tiempo sin tener relación. Después de la muerte de mi abuela, no nos volvimos a ver.
—Sí, te fuiste a Canadá —añade él con una entonación que no estoy segura de comprender.
Un claxon nos sobresalta a los dos. Esta vez sí que es el repartidor.
El hombre baja del vehículo y viene a nuestro encuentro.
—Muy buenos días. ¿Fedra Demay? Ha pedido pintura, ¿verdad?
—Sí, buenos días, le ayudo. Perdona —le digo a Adam, que se aparta para dejarme pasar.
Bajo a toda prisa los escalones. El repartidor abre la parte de atrás de la furgoneta y me enseña el material.
—Genial, todo parece correcto.
—¿Se la llevo dentro?
—Yo me encargo, no se preocupe —interviene Adam.
En un santiamén lo descarga todo mientras yo firmo el albarán. Luego la furgoneta se va.
—¿Dónde te pongo todo esto?
—Ay, gracias, eres muy amable. En el vestíbulo, por favor.
Lo miro mientras hace de porteador. Apenas puedo creer que esté aquí. Él, a quien tanto eché de menos durante aquellos meses horribles hasta que comprendí que me había olvidado y acabé sacándolo de mi memoria. Bueno, más bien lo intenté...
Me lleva los botes de pintura al vestíbulo y mira alrededor.
—No ha cambiado nada...
—Es justo lo que pensé yo al volver.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Suspiro, haciéndole un gesto para que me siga a la cocina.
—Llegué el 3 de octubre. El notario me informó de que había heredado la mansión. ¿Te sirvo un café?
—Me encantaría.
Adam se sienta mientras pongo a calentar el hervidor. Aquí no hay más que una cafetera de émbolo que ni siquiera estoy segura de saber usar. Espero que Adam no sea muy sibarita.
Cuando le pongo el café y lo prueba, la mueca que hace no deja lugar a dudas: está malísimo.
—Lo siento, yo es que prefiero el té...
—No pasa nada —dice, posando la taza sin intención de volver a tocarla—. ¿Qué vas a hacer con la casa? ¿Vivirás aquí?
Suspiro y me siento frente a él.
—No. Voy a hacer obras, luego la venderé y volveré a Canadá. Me llevará como mínimo dos años.
Adam me sonríe.
—Menudo trastorno. ¿Y qué tal te va la vida?