Un otoño para enamorarnos 5. Fedra. LITTLE BALMORAL #2
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5. Fedra. LITTLE BALMORAL #2

Me instalo en la mesa de la cocina para comer frente a la ventana que da a la parte delantera de la casa y contemplo el paisaje que va a hacerme compañía en los próximos meses, los abetos inmensos, los árboles frondosos, las zarzamoras.

No está nada mal. Entonces me fijo en un coche que aparece por el camino de acceso y me levanto para salir a mirar. Es un vehículo de correos.

Sale de él una mujer pequeña y rubia con una sonrisa encantadora.

—¡Buenas! Estaba abierto y me he decidido a venir hasta aquí. Tengo un paquete que no cabía en el buzón. Como no hay telefonillo...

—¡Ha hecho usted bien! Supongo que es para mi tía, ¿verdad? Pero ya sabrá usted que ha fallecido, ¿no?

—No es para ella, sino para Fedra Demay. Es usted, ¿verdad? Élisabeth Pinet me ha dicho que llegó ayer.

Sonrío. No hay nada como vivir en un pueblo para que todo se sepa.

—Sí, soy yo, pero me extraña que alguien me mande algo. No he pedido nada y, además, no le he dado a nadie aún esta dirección.

Ella se encoge de hombros y me tiende un boli para que firme el acuse de recibo. Me da tiempo a ver que el envío se ha hecho desde Cornehotte. Viene de la notaría del señor Trottoy, a quien vi ayer. Qué raro.

—Va a hacer obras en la casa, ¿verdad? —me pregunta la cartera.

¿Qué acabo de decir? ¡Aquí no se puede guardar un secreto!

—Sí, por supuesto.

—Pues, si yo heredase una casa semejante, montaría un hotel rural. Por aquí a la gente le va muy bien ese tipo de negocios.

Le sonrío sin atreverme a decirle que voy a vender sin más ni más y que si algún día hay aquí un negocio de hostelería no será cosa mía.

Luego me despido y, con el paquete bajo el brazo, vuelvo a la cocina, intrigadísima.

Abro el bulto con cuidado, como si tuviera miedo de rasgar o romper algo.

Dentro hay una cajita de madera con una etiqueta pegada encima: AMARYLLIS MINERVE .

También hay una bolsita de bulbos de azafrán, otra de tulipanes y un sobre que huele bastante a ámbar, el perfume preferido de mi tía.

Lo abro y me sorprende encontrar dentro una hoja cubierta por completo de trazos rojos, pero entonces me doy cuenta...

Conozco bien este papel de carta tan curioso. Mi tía me regaló uno igual hace nueve años, la última vez que vine a Little Balmoral. Saco la hoja y encuentro también en el interior un pequeño filtro de plástico rojo que me desvelará lo que está escrito si lo deslizo por el papel.

Miro en la caja y encuentro la llave en cuestión.

Es pequeña, dorada y apenas más grande que la de un joyero.

Ni idea de lo que podría abrir. A mi tía siempre le gustaron la intriga y el suspense.

Cuando venía con mi madre a pasar las vacaciones de Pascua, Renata organizaba búsquedas del tesoro increíbles por toda la finca.

Había que resolver acertijos para encontrar los huevos. Me acuerdo muy bien.

Hay algo que tengo claro. Si mi tía quiso que me enviaran esta caja aquí y a mi nombre en lugar de recogerla en la notaría es para que me dé cuenta de que ahora Little Balmoral es mi casa y es normal que reciba correo.

Esta carta es tan propia de ella... Ni una palabra de disculpa por haber arruinado a nuestra familia y una lista de cosas que hacer, como si fuera perfectamente natural y no nos hubiéramos separado en estos últimos años.

Mi tía era como las dos caras de una moneda, con sus paradojas y rarezas. Y todas esas contradicciones nos alejaron.

La llave tendrá que esperar un poco. Me como rápidamente la empanada de patata, me pongo unos vaqueros y una sudadera, saco las botas de jardín del zapatero y, con los bulbos bajo el brazo, me dirijo al cobertizo a coger todo lo que haga falta para plantarlos.

Será mi primera piedra del edificio, mi primer acto en esta casa.

Rodeo la mansión, feliz de ver lo bonita y bucólica que sigue siendo la finca.

Está situada en un terreno un poco elevado, con pequeñas ondulaciones que evocan las olas del mar.

Recuerdo que era un infierno cortar el césped, pero no hay cosa más preciosa que estos vallecillos, que siguen cubiertos de margaritas.

Me acerco al pozo y me quedo boquiabierta, no por el destrozo de los jabalíes, sino por la profusión de calabazas que se extienden por la hierba.

Hay una cantidad impresionante, de todos los tamaños y formas.

Una auténtica invasión. Si quisiera, tendría calabazas para adornar todo Cornehotte por Halloween. Podría ponerse una en cada ventana.

Madre mía, ¿qué voy a hacer con todo esto?

Entonces estallo en carcajadas: una casa que cruje, energías negativas, calabazas por todas partes... A los hermanos Grimm les habría venido muy bien este lugar para inventar historias.

Hay musgo en el borde del pozo, que lleva aquí desde los orígenes de la mansión.

Hace nueve años aún se sacaba de él agua para el jardín cuando había llovido mucho.

Retiro las hojas de la hiedra seca que recubre la herrumbrosa polea y me pongo a remover la tierra que lo rodea para plantar los bulbos.

Al terminar, con todo bien regado, siento una extraña satisfacción.

Lo que he hecho no ha sido solo por mi tía, sino también por mí.

Porque, por primera vez en mi vida, hay un lugar que me pertenece.

Little Balmoral es mía, como yo soy suya.

Durante dos años.

Al día siguiente me propongo averiguar qué abre la pequeña llave dorada que me hizo enviar mi tía.

Registro los cuatro dormitorios de la planta baja en busca de un joyero, un cofre pequeño, un maletín.

Pero nada. No dejo ni un rincón por examinar.

Me paso una hora revolviendo toda esta parte de la casa en vano.

Cruzo el vestíbulo y me paro al pie de las escaleras para mirar el retrato de la primera propietaria de la finca. El miedo que me provoca me ha disuadido siempre de subir sola al primer piso, pero hoy no.

—Espero que no te importe, voy a rebuscar en el piso de arriba.

Subo por las escaleras, hago una reverencia rápida ante el cuadro y decido coger el pasillo de la derecha. Compruebo que en esta parte de la casa no hay electricidad, pero la gran vidriera del fondo ofrece una especie de luz con sus bonitos adornos florales.

En el lado derecho hay dos dormitorios enfrentados, uno que da al jardín y otro al patio.

Enseguida me doy cuenta de que aquí no voy a encontrar nada porque en las estancias, aparte de las ventanas carcomidas, no hay más que polvo, telarañas y el papel húmedo de las paredes, medio despegado.

Así que me voy al otro lado del pasillo, donde hay una tercera habitación y está el taller de mi tía.

Al abrir la primera puerta, recuerdo asombrada que Renata decía que el siguiente cuarto que reformaría sería este.

No es un dormitorio en realidad, sino una biblioteca con estantes de madera tallada que ocupan tres de las paredes.

A pesar de lo viejos y estropeados que están y de lo mucho que necesitarían un buen lijado, son extraordinarios, y por un instante yo también me digo que me encantaría ver este cuarto totalmente reformado.

En la base de los muebles hay puertas cerradas, que abro con la esperanza de encontrar lo que me interesa, pero el interior está vacío.

—Tía Renata, no sé para qué servirá esta llave, pero, como hayas escondido demasiado bien lo que abre, ¡igual no lo averiguo nunca!

Me voy a la última habitación, que está justo enfrente. Las ventanas dan al jardín, de donde procede el fuerte olor a esencia de trementina, al que, de todas formas, uno se habitúa enseguida. Empujo la puerta.

El taller de mi tía está justo como lo debió de dejar cuando se tuvo que ir al hospital.

Hay lienzos por todas partes, algunos sin usar, otros a medio pintar, puestos unos sobre otros contra las paredes.

También veo trapos manchados de pintura, pinceles en botes, tubos, espátulas, un viejo sofá tiznado, cestas llenas de objetos variados y, en medio de todo eso que conforma la guarida de mi tía, su personalidad, sus metamorfosis y su encanto, un caballete con una pintura que ya nunca terminará.

Se me llenan los ojos de lágrimas sin querer.

Mi tía pintaba a la gente, el amor, la vida, las cosas que apreciaba, y, aunque de más joven ya me daba cuenta de su talento, nunca había sido plenamente consciente de lo extraordinario que era, de la verdad y la magia que encerraba.

La pintura del caballete es un retrato inacabado de su burra, con pinceladas lisas de tonos dorados, naranjas y marrones.

Es como un homenaje al otoño, cuando el animal y la naturaleza se funden en una sola cosa.

No terminó los ojos y, sin embargo, su mirada me cautiva.

Esta tía que tanto hizo sufrir a mi madre tenía un talento extraordinario para plasmar la realidad con la mayor delicadeza. Hoy esa paradoja me asalta más que nunca. Desearía comprender...

Me recompongo, respiro hondo y empiezo a registrar por todas partes: bajo los cojines del sofá, en los cajones, detrás de los lienzos... Nada. Lo que busco no está aquí.

Salgo del taller. Me falta un último sitio: tras la puerta de madera maciza de color granate que está justo en el lado opuesto de la vidriera del fondo del pasillo. Por ella se accede a la torre, donde nunca he estado porque la puerta siempre estaba cerrada.

Aun así, pruebo suerte y tiro del picaporte. Nada.

Vuelvo a intentarlo y lo fuerzo un poco. Tampoco.

Qué se le va a hacer.

Me saco del bolsillo la pequeña llave dorada y la miro sonriendo. No es ella la que vendrá en mi ayuda. Mi tía siempre estaba rodeada de misterios, e incluso en la muerte sigue igual.

De todas formas, que su alma no se preocupe. No sé qué abrirá esta llave, pero acabaré encontrándolo.