Un otoño para enamorarnos 5. Fedra. LITTLE BALMORAL
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5. Fedra. LITTLE BALMORAL

LITTLE BALMORAL

Llego sin aliento al portón. Cuando se va tirando de una maleta de veinte kilos, la pequeña pendiente que conduce a la mansión es bastante más traicionera de lo que podría pensarse. Busco en el bolso el manojo de llaves que me dio ayer el notario y utilizo la más grande para abrir.

Los árboles que bordean el camino llevan mucho tiempo sin podarse y las ramas se inclinan peligrosamente hacia el suelo.

Otras están rotas por el viento. Las inmediaciones están invadidas de zarzas y ortigas; resulta imposible ver nada a través de la hilera de avellanos que, en mi recuerdo, estaba bellamente arreglada.

A intervalos regulares había incluso carretillas de madera llenas de flores y plantas ornamentales.

Mi tía adoraba su jardín. Tuvo que estar bastante enferma para no ocuparse de él.

Oigo crujir las hojas secas bajo mis pies mientras avanzo al compás del viento, que hace temblar las ramas, y reprimo un escalofrío.

Pensándolo bien, este lugar da un poco de miedo.

No está lejos del pueblo y, sin embargo, se encuentra totalmente aislado.

Si viniera un loco furioso y me cortara en pedacitos, pasaría mucho tiempo hasta que alguien se diera cuenta. Solo de pensarlo acelero el ritmo.

Cuando llego al final del camino y me paro a observar la mansión, junto a la que se yergue un inmenso cedro del Líbano, me quedo sin aliento. Me había olvidado de lo magnífica que era.

Construida enteramente de sillar gris, alcanza como mínimo los quince metros, contando las dos plantas, el ático y la torre lateral que se eleva por encima de los gabletes con sus tejados de pizarra.

Entre las numerosas ventanas de medio punto con celosía, rodeadas de hiedra roja, destaca en la primera planta un balcón de piedra caliza tallada, como si fuera una labor de encaje fina y delicada.

La entrada también impresiona con los diez peldaños de la escalinata, flanqueada por columnas acanaladas que sostienen parte del balcón superior.

Por ella se sube a una estrecha terraza que se extiende por toda la planta baja, amueblada con unos bancos de madera muy bonitos.

Los muros de la vivienda están rodeados de macizos de plantas y flores algo marchitas que en pleno verano deben de ser espectaculares.

El reencuentro con la casa me sobrecoge, mis recuerdos no le hacían justicia. Aunque Little Balmoral no sea un castillo, impresiona como si lo fuera.

Con el corazón acelerado, subo las escaleras que dan al porche.

Hay hojas secas por toda la terraza. Tengo la sensación de estar visitando a una vieja dama que llevaba mucho tiempo sin recibir noticias mías, lo que se acerca bastante a la realidad, y estoy más emocionada de lo que me gustaría reconocer.

Aquí fue donde vi por última vez a mi abuela y a mi tía, y también donde ya no volveré a verlas.

Meto la llave en la cerradura y contengo el aliento mientras abro la doble puerta negra, que chirría.

La casa tiene una orientación este-oeste, de modo que el sol ilumina el vestíbulo y atraviesa las cristaleras de ambos lados de la entrada.

Enseguida percibo un aroma particular que nunca he olvidado: a viejas paredes polvorientas, madera un poco húmeda y esencia de trementina proveniente del taller de mi tía, aunque se encuentre en el piso de arriba.

Cuando era más joven, esos olores eran para mí una señal de que estaba de vacaciones.

Contemplo la escalinata de roble que hay al otro lado del vestíbulo y observo en la penumbra el retrato de la primera propietaria de Little Balmoral.

Desde la pared del primer rellano, con los largos cabellos castaños recogidos en un moño, la espalda muy recta y las manos cruzadas sobre el vestido, su mirada parece decir: «Esta será siempre mi morada».

En la época en la que se hizo el retrato no resultaba apropiado sonreír en las fotos o cuando se posaba para un cuadro, pero el caso es que esta pintura siempre me ha dado escalofríos.

De hecho, mi tía tenía el detalle de taparla con una sábana cuando yo venía de pequeña.

Sin embargo, no voy a dejarme intimidar.

Sonrío a la dama, le hago una reverencia y cruzo el vestíbulo para abrir las cortinas de las habitaciones y ventilar un poco.

Siempre he conocido este lugar. Mi tía compró la casa tan solo meses antes de mi nacimiento, en el año 2000, y estaba totalmente para reformar.

Se anunciaban 2.260 pies cuadrados habitables, 1 aunque en realidad habitable no tenía ni uno solo, sobre todo en invierno.

Así que mi tía renovó la planta baja con un estilo contemporáneo, mezclado con los paneles, las molduras y los taraceados de la decoración original de las paredes.

No ha cambiado nada desde aquella intervención y la verdad es que está en bastante buen estado.

Sin embargo, para vender la casa a mejor precio, tendré que hacer obras también en la primera planta; le hace falta un lavado de cara.

Cuando entro en la cocina, me asombra lo limpia que está.

El suelo, de baldosas de terracota de Salernes con motivos en forma de flor, nunca estuvo tan impoluto.

Recuerdo que mi tía no era precisamente la reina del orden y las labores del hogar.

No hay ni una telaraña, ni una mota de polvo, ni migaja alguna sobre la imponente mesa rectangular.

Todo está en su sitio. Hasta los quemadores del gran fogón blanco brillan como si fueran nuevos.

Sonrío al darme cuenta de que mi tía y yo teníamos algo en común: el mismo desinterés por la cocina.

Está claro que el uso que le daré a esos quemadores va a ser nulo.

Echo un vistazo al cuarto de la colada contiguo. Todo está también perfectamente ordenado. Es obvio que, después de su fallecimiento, vino alguien a hacer limpieza.

El salón es, de lejos, la estancia más iluminada, con un gran porche acristalado estilo art déco que da a la parte delantera, varios ventanales en la zona del comedor que permiten salir al jardín y, al sur, ventanas que se abren sobre la terraza que rodea la casa.

Aquí constato lo mismo que en la cocina: se ha lustrado el parqué; se han limpiado las ventanas; los cojines del sofá rinconero y de los sillones están ordenados; los flecos del tapiz, bien peinados; el hogar de la chimenea, limpio de cenizas, y hasta los libros de la biblioteca parecen perfectamente alineados.

Me fijo también en el ramo de flores frescas sobre la mesa baja.

¿Quién lo habrá dejado ahí? El notario no creo, aunque me haya dado la impresión de que tenía a mi tía en alta estima.

Es más probable que haya sido Élisabeth Pinet.

Al resto de la planta baja se accede por una puerta que está justo al lado de las escaleras principales y que da a un pasillo que conduce a las cuatro habitaciones de este nivel.

Se me hace un pequeño nudo en el estómago al entrar en el dormitorio de mi tía.

La cama está hecha; apoyada en una de las almohadas, se encuentra una muñeca de porcelana, con su media sonrisa eterna pintada de rosa.

Abro las cortinas, acaricio con la punta de los dedos un cobertor hecho de retazos que está en el reposabrazos del sillón y miro el tocador y las joyas, colgadas en un pequeño expositor metálico.

Es como si se hubiera ido de viaje y fuera a volver...

Mi tía era coqueta. Le gustaba maquillarse, peinarse y tener mucha ropa, lo que irritaba mucho a mi madre, que abogaba por la sencillez.

Mi tía era incluso un poco excéntrica, lo cual, sin duda, se debía a su alma de artista.

Llevaba el pelo en una melena corta, a veces asimétrica y a veces cuadrada, más larga por delante que por detrás.

Podía dejarse su color natural o teñírselo de negro o platino.

De pequeña me parecía superdivertido y moderno, pero, claro, cambié totalmente de opinión cuando me enteré de que el dinero de la abuela había tenido mucho que ver con todo aquello, mientras que mi madre a duras penas podía ir a cortarse las puntas una vez al año.

Salgo del cuarto y cierro la puerta tras de mí.

Además de los cuatro dormitorios de la planta baja, hay otros tres, inhabitables, en el primer piso.

Tengo claro en cuál me voy a instalar: en el de mi infancia, al fondo del pasillo.

Cuando entro, me sorprende ver que tampoco ha cambiado nada.

La cama, el armario, la cómoda de madera de pino sin tratar, el gran tapiz de yute trenzado, los visillos blancos y, sobre la mesita de noche, como si nadie los hubiera tocado en nueve años, el bolígrafo de lentejuelas rosas y la agenda que me olvidé al marcharme.

Verlos allí me impresiona y, por primera vez desde mi llegada, siento que me invade la emoción.

¿Por qué mi tía no los tiró nunca? ¿Esperaba que volviésemos?

Sería incomprensible, teniendo en cuenta su silencio durante todos estos años.

Pospongo la visita al resto de la casa y me dedico a instalarme. Me he traído muy pocas cosas. He dejado mi vida entera en Quebec y seguramente necesitaré comprarme de todo. Aún no me acostumbro a la idea de tener que quedarme aquí tanto tiempo...

Pasa ya un poco de la una de la tarde y empiezo a tener hambre.

Meto en el microondas la empanada de patata y me animo a encender la chimenea mientras los radiadores eléctricos van caldeando la casa.

Estoy casi segura de que el olor de un buen fuego de leña será cien veces más eficaz y purificante que los ramilletes de salvia que me ha dado la hechicera de Cornehotte.

Desde luego, es una mujer sorprendente y también un poco extravagante.

No me extraña que mi tía la tuviera de amiga.