Un otoño para enamorarnos 4. Adam. ESPÍRITU, ¿ESTÁS AHÍ?
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4. Adam. ESPÍRITU, ¿ESTÁS AHÍ?

ESPÍRITU, ¿ESTÁS AHÍ?

En el área que se extiende entre Saint-Valery-sur-Somme y Le Crotoy, hay multitud de áreas pantanosas, inundables e inhabitables.

Cuando hace bueno, te puedes cruzar con ovejas, y también se ven pájaros, zorros, conejos, a veces turistas, pero ninguna casa, aunque casi mejor.

Sin embargo, en medio de los pastizales, se alza orgullosa la mansión en la que tengo cita a las once de la mañana para mi reportaje.

Es muy fácil imaginar que la persona que decidió construir aquí no estaba en sus cabales; tampoco cabe duda de quién es el ocupante actual.

Ya han aparecido las grandes mareas del otoño, por lo que el edificio está rodeado de agua de mar, que invade los pastizales.

La única manera de acceder es por un camino que de momento se salva.

Pero el agua del canal de la Mancha está subiendo a una velocidad impresionante.

Tendré que hacer la entrevista en menos de una hora si no quiero volver a nado.

Conduzco hasta el portón abierto, entro en el sendero y aparco en el sentido de salida; así al menos tendré eso ganado si me sorprende la crecida.

Con la cámara de fotos al cuello, cierro la puerta del coche y miro a mi alrededor.

Desde luego, Tim Burton no le haría ascos a esta mansión.

Sobre la extensión inundada se eleva un tenue velo de bruma que rodea el edificio, construido enteramente con ladrillos rojos que se han vuelto verdosos a causa de la constante humedad.

El tiempo ha oscurecido los inmensos ventanales de la casa, coronada por una torre en cada ángulo y tejados negros como la noche.

—¡Buenos días!

Me vuelvo y veo que se acerca andando un hombre no muy alto, de barba larga y blanca, con botas de lluvia hasta las rodillas y un gorro rojo enorme que termina en punta.

Por un instante habría jurado que uno de los preciados amigos de Blancanieves se ha escapado para esconderse aquí, pero no, se trata del propietario.

—¿Es usted periodista? —me pregunta—. Llega en muy buen momento. Está avanzando, ya lo verá. ¡Es increíble! Lleva unos días con un gran despliegue.

Reprimo una sonrisa. La última frase de Michel Delacre se refiere sin duda al espíritu y, cuando dice «increíble», hay que tomarlo al pie de la letra.

—Buenos días, señor Delacre. Soy Adam Lafaye y escribo para el sitio web espritestula.com. Gracias por recibirme. Es muy bonito este lugar.

—¡Bonito, pero también criminal! ¿Viene de París?

—Exacto.

—Tenía allí una casa en el distrito XX , hace ya diez años. Al instalarme aquí, no me esperaba todo esto —dice, abarcando el paisaje con la mano.

En nuestra profesión lo importante es escuchar con seriedad a la gente que nos cuenta cosas, mostrar interés. Si no, el asunto no funciona. Y hay que hacerlo incluso cuando, como en mi caso, se es escéptico sobre el tema.

—¿Dice que la casa está encantada?

—¡Exactamente! ¡Y no poco!

—¿Le molesta que lo grabe? —le pregunto, sacando el móvil.

—Claro que no. Me alegro de que pueda ser testigo de lo que ocurre. Los periodistas de la zona no me hacen caso. Todos me toman por loco.

Por qué será...

El objetivo de mi reportaje no es poner a nadie en ridículo, sino dar a conocer las experiencias y las creencias de la gente. Lo que me pregunto es qué vacío necesitan llenar algunas personas para creer con tanta firmeza en lo que cuentan.

—¿Qué es lo que le ha hecho pensar que el lugar está encantado?

El hombre se echa a reír un poco burlón, como haría alguien ante el tonto del pueblo que nunca entiende nada. Fascinante.

—¡Es evidente! Mire a su alrededor —dice, mostrándome la extensión de agua.

—Para usted, ¿este fenómeno es entonces la obra de un espíritu?

—¡Claro! ¿Qué otra cosa podría ser? Nos inunda dos veces al año, hasta el punto de que mi mujer y yo decidimos irnos a vivir a otro sitio al cabo de tres años.

Desde entonces, la casa es invendible, como podrá imaginar.

La gente no quiere adquirir una propiedad donde hay un fantasma campando a sus anchas.

—Lógico... Pero usted, sin embargo, sí que la compró. ¿Nadie le informó de que la casa estaba «ocupada» o, por lo menos, de que se encontraba en una zona inundable, sobre todo durante ciertos periodos del año?

Sobre el segundo punto tengo mis dudas, aunque el hombre ignora descaradamente mi pregunta y vuelve a hablar del espíritu maligno.

—No se imagina todos los estragos que ha causado. Al principio entraba y luego se iba, pero ahora viene con más frecuencia y se queda días enteros, ¡hasta una semana!

—Entiendo...

—Llega por la mañana, por la tarde, ¡a veces incluso en plena noche, por sorpresa! Entra y sale..., y deja tras de sí el caos y todo perdido de barro. ¡Ha habido ocasiones en que el agua ha subido dos metros! Este lugar se ha vuelto inhabitable, que es justo lo que él quería.

—Lo que me está contando es exactamente lo que hacen las grandes mareas...

El hombre frunce el ceño, como si le sobreviniera un gran cansancio.

—No se deje convencer por lo que diga la gente. Claro que las mareas han existido siempre, pero también los espíritus, y le garantizo que los dos unidos causan daños. ¡Aquí tiene la prueba! —concluye, señalándome los pastizales salinos cubiertos por las aguas.

—De acuerdo, de acuerdo...

Sería una pena ponerlo en mi contra nada más llegar.

—Supongo que, para llegar a esas conclusiones, habrá hecho alguna investigación, ¿no? ¿Qué sabe del espíritu que ronda este lugar?

Esta vez el hombre parece muy satisfecho con mi pregunta.

—Sígame, se lo voy a enseñar. Pero primero vamos a buscar unas botas, el suelo está empapado.

Y así es como, del sueño de llegar a ser un gran reportero internacional, paso a calzarme unas botas para la lluvia de un bonito amarillo canario para recorrer el jardín picardo medio inundado de una mansión pseudoencantada.

No sé en qué momento se torcieron las cosas, pero está claro que algo he hecho mal.

El hombre me lleva a la parte trasera de la casa, donde se extiende un tapiz de plantas de hojas pequeñas similares a orejas de cerdo; de hecho, se las llama así.

Faltan unos treinta metros para que el mar las engulla.

Un poco más lejos, en medio de unas hierbas altas, veo la parte superior de un arco de piedra tallada de aspecto antiguo.

—¿Es una tumba?

—Hay varias de la familia Pruvot, los primeros propietarios de la casa.

—¿Puedo sacar fotos?

Como me dice que sí, me acerco. Hay tres, todas erosionadas por las crecidas estacionales del agua. Ya casi no se distinguen los epitafios.

—Ahí está la sepultura del hijo —me informa Michel Delacre—. Murió a los diez años de manera trágica. Se ahogó mientras se bañaba con sus padres en la playa de Crotoy. El cuerpo apareció enterrado en las arenas movedizas de la parte de Saint-Valery. Es él quien ronda por toda la bahía.

¡Ni más ni menos!

—¿Y por qué lo cree usted?

—Pero ¡si es evidente! Como quiere venir a la casa, utiliza las mareas para inundarla. Todos los otoños e inviernos desde 1889.

—¿Y el hecho de que ocurra cada otoño y cada invierno no estará relacionado con los ciclos lunares quizá?

Insisto porque trato de hacerle ver lo descabellado de su teoría, pero, como en las ocasiones anteriores, choco con un muro de certidumbres.

—¡La luna no tiene nada que ver en este asunto, joven! No puede ser responsable de todo. Vaya adonde vaya, cuando no hay una explicación para algo, se lo achacan a ella. Es totalmente increíble.

—¿Qué piensa usted entonces, señor Delacre?

—El niño murió en septiembre de 1889 y el cuerpo se encontró en febrero de 1890. Otoño-invierno. Es una sucesión lógica. Le demos las vueltas que le demos, la conclusión no puede ser otra.

Asiento con la cabeza como si me hubiera convencido, pero retoma sus razonamientos con más fuerza.

—¿Sabe? La casa sufrió inundaciones en la época en la que el chico aún estaba vivo.

El mar crecía, aunque, si hacemos caso al diario de Edgard Pruvot, nunca sobrepasaba el vestíbulo.

Sin embargo, él escribe que, cuando llegaban las crecidas, el niño mostraba una excitación completamente fuera de lo normal.

Gritaba sin cesar y era imposible tranquilizarlo.

—¿Tendría quizá miedo de ahogarse?

—Desde luego, y es lo que acabó ocurriendo. Por eso el espíritu del joven Pruvot ronda ahora la bahía. Y su cólera se extiende muchos kilómetros a la redonda, ¡hasta Favières! Cada vez hay más pueblos que se inundan.

Hablarle del cambio climático o de las fuertes lluvias que saturan las capas freáticas de la Somme sería inútil.

Nos quedaremos con su versión, que hará las delicias de los lectores de espritestula.com.

Al fin y al cabo, estoy aquí por eso. Mientras el señor Delacre continúa con sus lucubraciones, saco algunas fotos sugerentes de las hierbas altas, la bruma y las marismas, convencido de que van a tener éxito.

Entonces, el extraño propietario de barba hirsuta, con su gorro en punta y sus botas de lluvia hasta las rodillas, pone los brazos en jarras con gesto decidido.

—¿Le enseño la casa?

¿Me creía que habíamos terminado? ¡Pues no!

—Le sigo —respondo sonriendo.

Salimos de allí al cabo de media hora, cuando parte del camino que atraviesa los campos está ya inundado. Mi Clio sobrevive y llega rápidamente a la zona de tierra seca. Entre mi visita a Berry por lo del espíritu de un antiguo cocinero y la de hoy, estoy deseando que acabe toda esta farsa.

Aún falta bastante para el 17 de octubre, fecha de mi cita en Cornehotte, pero, como tengo guardado el número de móvil de Renata Clavreuil, voy a llamarla y a proponerle que la adelantemos. Así podré irme a Lacanau a escribir tranquilamente el reportaje.

Un bocinazo me hace mirar por el retrovisor. Es Michel Delacre. Reduzco la marcha; él se pone a mi altura y abre la ventanilla del lado del pasajero.

—Conozco otro lugar con una historia extraña. ¿Quiere que se lo enseñe?

—Creo que no tengo tiempo, señor Delacre. ¡Que tenga un buen día!

Le sonrío, me pongo las gafas de sol y acelero.

Tampoco hay que pasarse de la raya.