3. Fedra. LA HECHICERA #2
—¡Pues no! Me instalé al abrir la tienda, pero no vivía muy lejos, lo bastante cerca para hacer de canguro aquí.
Tuvimos unos años de amistad muy bonitos tu tía y yo.
Era una mujer con mucho talento y muy altruista.
Te pareces una barbaridad a ella. El mismo pelo, la misma sonrisa.
Por eso te he reconocido a pesar de que tú tienes los ojos verdes y la piel morena.
La mirada de Élisabeth Pinet es tan clara como penetrante. Conoce sin duda toda la historia de mi familia —o, al menos, la versión que le daría mi tía—, y la idea de que pueda juzgar a mi madre o imaginar cosas de ella me incomoda. Por esa razón, acabo sacando los pies del tiesto.
—Usted sabe por qué mi madre no volvió nunca a Francia, ¿verdad?
—Sí. Pero se equivocaba. —Me sonríe—. No pongas esa cara de estar escandalizada, querida, yo no juzgo a nadie.
—Pero usted parece tener una versión distinta a la mía.
Me examina como si quisiera interpretarme.
—¿Cuál es la tuya, Fedra?
Dejo escapar un suspiro largo. La verdad es que no estoy preparada para tener esta conversación con una perfecta desconocida, pero supongo que iba a pasar tarde o temprano, así que ¿por qué no ahora?
—Desde que tengo memoria, entre mi tía y mi madre las cosas eran siempre complicadas. Imagino que usted conoció al marido de mi tía.
—¿Martin? Sí, que su alma descanse en paz. No estuvieron mucho tiempo casados.
—¿Sabía que, antes de mi tía, fue de mi madre de quien se enamoró?
Élisabeth asiente.
—Sí, y su relación fue pasajera. Ella no lo quería.
—Cierto. Sin embargo, nunca aceptó que su hermana tuviera la idea de sustituirla, lo que resulta comprensible si te paras a pensarlo.
La mujer frunce el ceño.
—Lo dices como si hubiera sido premeditado.
Te puedo asegurar que no fue el caso en absoluto y que Renata se resistió mucho.
Estuvo reprimiendo sus sentimientos antes de ceder y vivir su amor con Martin.
Él tenía la edad de tu madre, nueve años menos que Renata.
Las cosas no son tan evidentes como piensas.
—¿Estaba usted presente?
—Yo era la confidente de tu tía. Tu madre era una joven muy guapa, no tenía nada que envidiar a Renata, pero, aunque no quería a Martin, su orgullo quedó herido. Fue en ese momento cuando la relación empezó a deteriorarse. Tu madre nunca la perdonó.
Nunca, hasta el punto de que, al enterarse de que Renata y Martin iban a casarse, decidió marcharse a vivir a Canadá sin experiencia laboral ni cualificación alguna. Tenía veintiún años cuando le dio la espalda a Cornehotte.
Una vez en Quebec, a pesar de las advertencias de mi abuela, se le metió en la cabeza buscar a los padres de su padre, fallecido hacía dos años.
Cuando los encontró, no solo la trataron con una frialdad enorme, sino que, además, no movieron un dedo para ayudarla pese a que tenían medios financieros más que suficientes para hacerlo.
El rechazo se debió, por un lado, a que nunca aprobaron que su hijo se marchara a Francia, pero también, y sobre todo, a que nunca aceptaron que se casara con mi abuela, una simple vendedora de zapatos.
Lo desheredaron, puesto que la ley canadiense lo permitía.
Ni siquiera acudieron al entierro de su hijo cuando se enteraron de su muerte y no quisieron tener nada que ver con la viuda y las hijas.
Sin embargo, mi abuelo había contratado un seguro de vida que dejó protegida a mi abuela.
Tras esta decepción, mi madre no quiso pedir nada a nadie, por lo que durante varios años fue encadenando trabajos a diestro y siniestro.
Luego se quedó embarazada de mí después de una aventura de una noche con un hombre que conoció en el bar donde trabajaba.
Nunca volvió a verlo. Y yo nunca he conocido a mi padre.
Me ha faltado toda mi vida, pero él jamás lo sabrá.
Vuelvo a tomar la palabra con la mandíbula más tensa de lo que quisiera.
—Es cierto, mi madre nunca perdonó a su hermana por haberla traicionado, pero, aunque lo hubiera hecho, no habría cambiado en absoluto el hecho de que mi tía dilapidó la herencia de su familia.
Élisabeth suspira.
—Veo que tienes mucho resentimiento, pero tu tía no traicionó a nadie. Se enamoró de un hombre a quien su hermana había dejado porque no lo quería. En cuanto a la herencia... ¿Sabes lo que ocurrió realmente? En aquella época, ¿cuántos años tenías? ¿Dieciséis, diecisiete? ¿De qué te acuerdas?
No me gusta que cuestione lo que sé y no logro contener mi irritación. Me levanto para irme porque me niego a que ensucien la memoria de mi madre, que tanto tuvo que luchar sin que nadie la ayudara.
—Señora Pinet, no sé cómo hemos empezado esta conversación, pero no tengo por qué justificarme ante usted.
Mi madre era una mujer íntegra y valiente, sin un talento especial para ganar dinero, eso es cierto, pero con un gran corazón.
A diferencia de mi tía. Gracias por la infusión y por enseñarme la tienda. Tengo que irme.
—Fedra, no te vayas así.
—Adiós, señora Pinet.
Me doy media vuelta, recojo mis cosas y salgo del establecimiento más nerviosa de lo que me habría gustado. No conozco a esta mujer, no le debo nada. Ni siquiera tendría que estar afectada. Sin embargo, lo estoy porque la historia de nuestra familia es complicada.
Cuando mi abuela, que vivía en Cornehotte, se puso enferma y no fue capaz de cuidarse sola, mi tía decidió irse con ella. Compró una casa solariega y se instalaron allí juntas en el año 2000.
Con el tiempo, el alzhéimer se volvió demasiado agresivo y fue imposible cuidarla en casa, así que mi tía la mandó a una residencia especializada, donde acabó sus días en 2016.
Mi madre y yo estuvimos en Cornehotte las cinco últimas semanas de su vida.
Ella insistió en estar presente a pesar de que, al no poder trabajar, agotó todo su dinero.
Luego la realidad estalló: el dinero de la cuenta de mi abuela se había esfumado sin que nadie hubiera puesto a mi madre al corriente, y la causa no habían sido los billetes de avión que recibíamos todos los años para venir a visitarla.
No quedaba nada de lo que había heredado de su marido.
En dieciséis años, mi tía se había quedado con todo.
Solo Dios sabe qué pudo contar mi tía para quedar como la víctima, pero me repugna.
Mi madre no me enseñó a odiarla; me bastó con verla sufrir y luchar para salir adelante.
Sin embargo, ella no habría querido que me quedara estancada por ponerme a reavivar viejos rencores, así que voy a honrar su memoria siguiendo mi camino sin perder el tiempo.
Venderé Little Balmoral lo más rápido posible y dejaré el pasado atrás.
—¡Fedra!
Me detengo suspirando y me vuelvo hacia Élisabeth Pinet, que me tiende un paquete muy bien envuelto.
—Hemos empezado mal. Te pido que me disculpes si he dicho algo inoportuno.
Acepta este pequeño regalo de bienvenida.
Son unas ramitas de salvia para quemar. La casa lleva demasiado tiempo cerrada.
Purificará el aire y limpiará las energías negativas.
Tu tía la utilizaba mucho para alejar a los malos espíritus.
Le brillan los ojos con toda la sinceridad del mundo y me arrepiento de haberme enfadado. Esta mujer no tiene responsabilidad ninguna en la historia de mi familia. Cojo el paquete.
—Gracias, señora Pinet. Soy yo quien siente haber sido un poco brusca.
—Llámame Babeth, por favor. Y espero que volvamos a vernos.
Asiento con la cabeza y adivino su soledad. Me da pena.
—Claro que sí —le digo sonriendo.
—Y, si necesitas cualquier cosa, no dudes en acudir a mí. Mi número de teléfono está en la nevera de tu tía.
—Gracias, Babeth, hasta pronto.
Las campanas de la iglesia dan las doce del mediodía. Esta vez me marcho sin detenerme más. Me tomaré unos días para instalarme y luego me pondré a organizar la reforma de la casa. Aprieto la salvia contra mí, pienso en los «malos espíritus» y sonrío.
Dos años en una casa «encantada», ¿quién da más?