Un otoño para enamorarnos 3. Fedra. LA HECHICERA
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3. Fedra. LA HECHICERA

LA HECHICERA

Ya no existe ninguna línea ferroviaria entre Guéret y Cornehotte.

He tenido que coger el autobús después de desayunar, a las diez y cuarto.

No lo había previsto así, pero habría sido inútil quedarme con el coche de alquiler porque he heredado el nuevo y flamante todoterreno de mi tía, que debe de estar en su garaje.

Por la ventanilla va desfilando el paisaje de la Creuse. Praderas, campos, matorrales, kilómetros y kilómetros sin que aparezca la más mínima señal de viviendas. Con razón llaman a esta zona «la diagonal del vacío». No me extrañaría que hubiera cuatro veces más vacas que habitantes.

El único lugar similar a este que conozco es Canadá, donde a veces es necesario viajar cinco horas en coche para llegar a una ciudad grande. Por supuesto, no tienen nada que ver en cuanto a tamaño y clima, pero la Creuse, generosa y auténtica, me causa un poco el mismo efecto.

Siempre había oído decir a mi tía que Cornehotte era una fuente de inspiración y calma, dos factores esenciales para su creatividad.

Y ha habido muchos artistas que se han alojado en el valle por la misma razón.

Hay que decir que el paisaje es extraordinario, con cerros de mil colores, valles sinuosos, bosquecillos, riachuelos...

La mayor parte de los pueblos tienen menos de quinientos habitantes, sin contar con que el cuarenta por ciento de la población son jubilados.

La conclusión es indiscutible: la gente no se pega por vivir aquí.

Yo, en cambio, cuando era más joven, habría dado lo que fuera por tener la ocasión de hacerlo.

Esbozo una sonrisita que me sorprende a mí misma. El amor me habría llevado a hacer cualquier cosa. Sin embargo, la realidad y el agujero enorme que me dejó me hicieron entrar en razón enseguida.

El autobús tarda treinta y cinco minutos en llegar a Cornehotte y se para delante de la oficina de correos.

Es un edificio de piedra bonito, de ventanas con rejas, que siempre ha tenido esa función, según se desprende de la franja esculpida con las palabras CORREOS.

TELÉGRAFOS. TELÉFONOS. LÍNEA DE LIMOUSIN .

Cornehotte es la autenticidad en estado puro...

Bajo del autobús con mi enorme maleta y mi mochila sin tener claro si voy a necesitar el chaquetón que llevaba puesto al salir de Montreal. Son casi las once y ya hay veintiún grados. No debería extrañarme porque aquí el otoño suele ser benigno, lo había olvidado.

Tardaré al menos veinte minutos en llegar a la mansión, así que echo a andar en dirección al centro y me encuentro con una gran concentración de vehículos que no había ayer. La razón es que el sábado es día de mercado.

La plaza del ayuntamiento está llena de toldos azules, amarillos o de rayas para proteger los puestos del sol.

A pesar de la maleta, decido cruzarla en lugar de rodearla para saborear el placer de encontrarme en medio de los tenderetes de frutas y verduras de temporada, flores, especias, quesos y panes. Incluso ya hay castañas.

El vocerío de los vendedores, el ruido que hacen los carritos de la compra sobre el adoquinado, la gente paseando y el festín olfativo que ofrecen multitud de aromas...

En menos de un minuto me encuentro en este ambiente tan característico de Francia y no resisto la tentación de comprar dos o tres cosas de esta tierra.

Opto por una ración de empanada de patata y otra de la tarta de avellanas típica de la Creuse, dos de las especialidades otoñales de la zona.

Luego me paro delante de un puesto de pan, compro una de esas baguettes de pueblo que tanto he echado de menos y, por último, en un puesto de quesos, elijo un gouzon bien redondito.

Me voy del mercado con mi bolsa de tela al hombro y una sonrisa en los labios, feliz de llevar todo lo que necesito para mi primera comida en la mansión.

Cojo un atajo muy práctico para peatones y luego me desvío por una callecita de sentido único.

Casi me quedo boquiabierta ante las esplendorosas flores que decoran los alféizares: crisantemos naranjas y ciclámenes amarillos.

Aunque son plantas de otoño que se ponen normalmente sobre las sepulturas porque resisten bien el frío, hay que reconocer que las composiciones son preciosas, con las bayas de Physalis sobresaliendo aquí y allá.

Crean una sensación tan acogedora como sorprendente.

Un poco más allá, en las paredes, amarillean las hojas de una parra virgen.

Esta calle es absolutamente adorable y sé que hay muchas otras similares en el pueblo.

Cornehotte posee un encanto de otra época que seduciría a cualquiera.

Al continuar andando por la estrecha acera, paso por delante de una tienda que no existía cuando yo era más joven. Es la única de la calle. Se llama La Hechicera.

El escaparate no tiene desperdicio: tarots, péndulos, incienso, piedras pulidas, libros sobre el más allá, velas...

Nunca habría imaginado que vería una tienda esotérica en Cornehotte y me pregunto cuánto público tiene.

Me inclino para mirar un poco mejor el interior; dentro no hay luz.

Por curiosidad, busco los horarios de apertura en la puerta: de martes a domingo por la mañana.

Y, justo al lado, un papel que dice: SE BUSCA VENDEDOR O VENDEDORA TRES MAÑANAS A LA SEMANA (MIÉRCOLES, JUEVES Y DOMINGO HASTA EL MEDIODÍA).

Cuando me dispongo a seguir mi camino, me detiene el tintineo del carillón de la puerta al abrirse y aparece una mujer alta y delgada, de cabellos entrecanos peinados en un moño flojo y alto. Tiene los ojos de un azul tan claro que me cautiva instantáneamente.

—¿Eres Fedra Demay, la sobrina de Renata?

Hago un gesto de sorpresa.

—Sí... ¿Y usted es...?

—Élisabeth Pinet, la dueña de la tienda, pero ¡llámame Babeth! Tu tía era una amiga muy querida, te doy mi más sentido pésame.

La fórmula siempre es un poco incómoda cuando no nos afecta verdaderamente el fallecimiento de alguien, pero procuro mostrarme cortés.

—Muchas gracias. Tiene una tienda muy bonita.

Ella lanza una risa cristalina de adolescente.

—Bonita no sé, pero intrigante sí, ¿verdad?

—Desde luego, es lo mínimo que podría decirse. ¿Lleva mucho tiempo abierta?

—Unos diez años, desde que murió mi marido. ¿Quieres entrar?

Miro tras ella. Todo continúa en penumbra.

—Ah, no, no quiero molestarla.

—No me molestas —me asegura, sonriendo de oreja a oreja—. Estaba colocando un poco las cosas. El sábado por la mañana todo el mundo va al mercado y por aquí no aparece nadie. Sin embargo, vengo muy pronto; está todo tan tranquilo y lleno de calma... Entra, por favor.

Parece tan feliz de hablar con alguien que no me atrevo a decirle que no.

En el interior hay figuritas de todo género, grimorios, runas, oráculos, ramilletes de salvia seca y todo lo que hace falta para sentirse conectado a la cuarta dimensión. Los polvos de la madre Celestina funcionan de maravilla con la gente desde la noche de los tiempos. Me divierte pensarlo.

—¿Tiene mucho público?

—Fluctúa según las estaciones. Pronto será Samaín y tendré un montón de gente por aquí. Esa es la razón por la que busco a alguien que me ayude —me precisa—. En esa época aumenta tanto la actividad que es totalmente inasumible para una mujer de mi edad. ¿Te suena de algo lo de Samaín?

Asiento con la cabeza.

—Vivo en Canadá. Halloween 1 es una de las fiestas más importantes allí.

—Ah, pero no se trata de una fiesta, querida, sino de un rito, del paso de la luz a la oscuridad, el símbolo del fin de un ciclo y el renacimiento de otro.

Se puede festejar, claro, pero sobre todo debemos honrarlo porque, entre nuestro mundo y el Sídh, el más allá, hay una frontera muy fina.

Sería una gran torpeza subestimar la importancia de respetar las reglas ancestrales.

Si las descuidas, prepárate para vivir el peor invierno de tu existencia.

Sonrío ligeramente, un poco crispada. Ni por un solo segundo me creo todo eso.

—¡De acuerdo, no me olvidaré de encender velas!

—Las velas no están mal para decorar la mesa, porque Samaín marca el fin de la cosecha y el comienzo de la preparación de las conservas para afrontar el invierno. Así que, sobre todo, ¡no te olvides de honrarlo con una comida generosa y una buena botella de vino!

Hace una pausa y luego se echa a reír.

—¡Si te hubieras visto la cara, querida! Me encanta jugar a ser maga, de ahí el nombre de la tienda.

—¿Era todo broma?

—¡Qué más da! Lo que creo es que nunca hay que perder ninguna ocasión de reírse. ¿Te gustaría tomar una infusión? Acabo de preparar una. Ahora mismo seguro que está perfecta.

Ya no sé cómo reaccionar. En realidad, no tengo muy claro qué pienso de esta mujer, pero no es cuestión de ponerme en contra a la aprendiza de bruja del pueblo nada más llegar, así que me beberé una taza y después me iré para Little Balmoral.

Me hace sentar al fondo de la tienda en un sofá de terciopelo que reposa junto a otro de cuero. Luego se va un momento y vuelve cargando una bandeja con tazas y una tetera que posa en la mesa baja de centro antes de servirme.

—Limón, salvia, miel de tomillo y romero: ¡no hay nada mejor para fortalecer el organismo antes del invierno! Pero tú lo sabrás bien, viniendo de tierras tan frías.

Le sonrío.

—Pues sí, mi madre me preparaba una tisana parecida para que no me acatarrara. Ella le añadía pimienta rosa, que pica un poco.

—Muy buena idea, porque es antiséptica. Me dio mucha pena cuando me enteré de su fallecimiento.

—¿La conocía?

—Sí. Cuando tu madre era pequeña, las tardes en que tu abuela tenía que salir, yo hacía de canguro. Tu tía ya era mayor, así que enseguida nos hicimos amigas.

—Pero ¿qué edad tiene usted? Mi tía tenía sesenta y dos años.

—Sesenta y ocho.

—No los aparenta... ¿Siempre ha vivido en Cornehotte?