Un otoño para enamorarnos 2. Adam. MALDICIÓN, CIERRE DE EDICIÓN
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2. Adam. MALDICIÓN, CIERRE DE EDICIÓN

MALDICIÓN, CIERRE DE EDICIÓN

—Lafaye, Girondin nos ha dejado tirados. ¡Tienes que ocuparte de sus dosieres!

El montón de papeles que me lanza mi jefe aterriza sobre la mesa con un estruendo, volcando la taza de café vacía. Abro los ojos como platos.

—¿Qué? ¿Nadie más puede hacerlo? A partir de mañana estoy de vacaciones, ¿te acuerdas?

—Sí, pero eso no cambia nada. Y no, no hay nadie más. El cierre del reportaje web de noviembre es dentro de cinco semanas. Tienes cuatro para acabarlo, con el resto de los temas vas muy bien de tiempo.

—¿Que voy muy bien? Estás de broma, ¿no? ¿Sabes todo lo que tengo entre manos en este momento?

—Como todo el mundo, Lafaye, como todo el mundo. Habla con recursos humanos para cambiar las fechas si no quieres trabajar en vacaciones.

—¿Lo dices en serio? ¿Y si ya he reservado un viaje?

—¿Lo has hecho?

Me encojo de hombros. Por supuesto que no. Había planeado tirarme a la bartola quince días en la casita de campo que mis padres tienen en Lacanau, qué tío más capullo.

—¡Perfecto! —dice satisfecho mi jefe, que me conoce muy bien—.

Toma, el USB de Girondin con la maqueta del reportaje, el dosier de prensa y lo que ya había preparado.

Nos ha dado autorización para que lo reutilicemos todo.

Más le vale después de habernos dejado tirados en el último momento.

Eso no se hace. De todas formas, llamándose Girondin, seguro que es seguidor del equipo de Burdeos. ¡Eso lo explicaría todo!

Cómo se nota que el jefe es parisino... Me encantaría añadir que siempre pasa lo mismo con los freelance , pero, en realidad, el asunto no es ese. Sea del Burdeos o no, si el jefe pagara mejor, no pasarían estas cosas. Aunque, obviamente, me callo.

—Vale, me las apañaré, pero me debes una.

—Sí, sí —dice, alejándose hacia su despacho, el único cerrado.

Los demás estamos en planta abierta, razón por la que suelo trabajar en casa; esta mañana lo mejor habría sido no aparecer por la oficina. Qué idiota soy.

Julien da Silva creó La Passerelle hace veinte años.

No es un medio propiamente dicho, sino una agrupación de periodistas freelance y asalariados que escriben artículos para la prensa.

Somos doce y trabajamos para la mayor parte de los periódicos y revistas más importantes: Le Figaro , Le Monde , L’Express , Elle , Le Point , Marie-Claire ...

Es estresante porque los freelance pueden dejarnos plantados en cualquier momento, mientras que La Passerelle no puede fallar a sus clientes.

Los contratos que firmamos con los grupos de prensa son lo bastante rígidos como para que haya consecuencias: con solo pasarnos un día del plazo previsto, empiezan a caer penalizaciones.

Y, claro, Da Silva no tiene tiempo de buscar a otro periodista si alguien falla.

El caso es que si este reportaje vuelve a mí es porque al principio era cosa mía.

Cuando llegó Girondin, como no me apetecía nada ocuparme del tema de las mansiones con fantasmas y a él, en cambio, le entusiasmaba la idea de recorrer las casas encantadas de toda Francia, se lo pasé. Yo no tengo ese perfil, los delirios esotéricos me revuelven el estómago.

Llevo cinco años trabajando para Da Silva.

De hecho, es mi primer curro de periodista.

Ha sabido manejarse bien y prosperar en un sector lleno de tiburones.

Es superexigente sin llegar a ser un mal jefe.

Sus principales valores son la lealtad y la fiabilidad, pero creo que nunca he conocido a nadie tan estresado e hiperactivo como él.

Jamás lo he visto quedarse un minuto sin hacer nada.

Hasta cuando come está siempre hablando con alguien por teléfono.

¿En el descanso para el café? Hablando por teléfono.

¿En los baños? Igual. ¿En una cita con él en cualquier parte?

Contesta a diez llamadas. En el trabajo tenemos el chiste recurrente de apodarlo «la telefónica andante».

—Fontaine, ¡me voy a comer dentro de media hora! —grita, saliendo de su caja de vidrio—. A la vuelta quiero ver el artículo «Las ciencias y la vida» en mi despacho, ¿vale?

—¡Sí, jefe! —le responde uno de mis colegas con un retintín militar que me hace sonreír.

Da Silva quiere que lo llamemos «jefe» y él tiene la regla de no dirigirse nunca a nadie por su nombre de pila.

No le gusta ese estilo norteamericano. Cuando lo sorprendemos contraviniendo su propia regla es o bien porque tiene a una mujer al teléfono y está en plan seductor, o bien porque se trata de algún cliente a quien intenta sobornar.

Es un granuja, todo el mundo lo sabe, y tiene mucha labia; por eso le va tan bien el negocio.

Por eso y por su dulce tiranía. Con él siempre son oportunos los oxímoron.

Resignado, miro el USB y lo inserto en el ordenador. Desde luego, como me cruce con Girondin, le pego una patada que lo pongo en órbita.

Mientras consulto los archivos, me voy calmando un poco. Girondin se ha movido bastante. Ha visitado ya un montón de casas, ha sacado fotos y ha redactado notas, pero me rechinan los dientes cuando pienso en la cantidad de tonterías místicas que voy a tener que transcribir.

En su lista faltan tres mansiones por visitar: una construida en los pastizales salinos de la bahía del Somme; otra en Berry, en medio de un terreno baldío rodeado de matorrales, y la tercera en un pueblo de la Creuse.

Al ver los detalles de la última, me doy cuenta de que me había olvidado por completo de ella.

A principios de julio, cuando me dieron el dosier y antes de que yo se lo pasara a Girondin, la jefa de prensa de La Passerelle publicó un llamamiento en los periódicos locales de varios departamentos, y, entre todos los mensajes que recibimos, estaba el de Renata Clavreuil.

Le pedí inmediatamente que me concertara una cita, pero no podía recibirme antes del 17 de octubre por lo menos.

Aunque me pareció extraño, acepté porque conocía a esa mujer.

Antes de que mis padres se compraran la casita de campo en Lacanau, tenían una segunda residencia en la Creuse, en Cornehotte, un pueblo perdido en pleno valle de los pintores, donde pasábamos el verano.

Renata Clavreuil era pintora y vivía en una vieja casa solariega cuya planta baja acababa de renovar.

La había comprado para ocuparse de su madre enferma.

Era un poco el personaje público del pueblo, pero sobre todo era la tía de Fedra, mi primer amor de verano. En realidad, mi primer amor a secas, el auténtico. Era 2016, yo tenía diecisiete años y ella, dieciséis.

Fedra estaba pasando cinco semanas en Cornehotte; su abuela se estaba muriendo. En su casa no se respiraba alegría, pero ella tenía ganas de pensar en otras cosas y allí estaba yo, enamorado y disponible.

Recuerdo ese verano con cierta nostalgia.

Aunque no sabíamos gran cosa el uno del otro, siempre estábamos juntos.

Hacíamos torpemente el amor sobre la paja de un viejo granero abandonado.

Siempre nos estábamos besando. Una vez Fedra incluso se escapó de casa para encontrarse conmigo a la orilla del Creuse.

Queríamos dormir juntos al raso, pero hacía tanto frío por la humedad de la hierba que nos tuvimos que marchar al cabo de dos horas.

Cuando la ayudé a pasar por la ventana abierta de su dormitorio, en la planta baja, su madre estaba esperándola atrincherada junto a la cama.

Yo no era muy de su agrado, creo, pero lo fui menos aún después de ese episodio.

Criaba sola a su hija y casi nunca sonreía.

Cualquiera habría pensado que para ella no existía el sol.

Y había muchas tensiones entre ella y su hermana.

Cada vez que yo iba a la casa, o bien se estaban lanzando pullas, o apenas se dirigían la palabra. El ambiente allí era especial.

Después la abuela de Fedra falleció y mi amor de verano volvió a Canadá sin siquiera decir adiós. Sin una sola palabra, como si yo nunca hubiera existido. Aprendí la dura realidad de la vida y a no confiar en nadie tan rápido.

Como no volví a tener noticias suyas, cuando vi el nombre de su tía en el dosier de prensa, no me lo podía creer.

Me pregunto qué habrá sido de Fedra. ¿Cuántos años tendrá ahora?

¿Veinticuatro, veinticinco? Creo que nunca supe cuál era el día de su cumpleaños.

Seguirá viviendo en Canadá; quizá tenga pareja, o a lo mejor es una soltera empedernida como yo.

Reconozco que la he buscado varias veces en las redes sociales, pero nunca la he encontrado.

Me acuerdo de que no le gustaba mucho la tecnología, algo bastante raro para una chica de su edad; ni siquiera llevaba móvil.

Sin embargo, tenía los ojos verdes más bonitos que he visto en mi vida, una melena castaña larga y ondulada, pecas en la nariz y las mejillas, y una preciosa piel bronceada.

Ella decía que estaba demasiado gorda. Yo la encontraba magnífica.

—No voy a terminar a tiempo —rumia Fontaine tras su ordenador, siempre dando la brasa con sus temas de última hora.

Sonrío. Otra víctima de Julien da Silva.

—Son los gajes del oficio, colega. ¿Cuántas palabras?

—Cuatro mil y una pereza monumental.

—Si quieres, te paso mi dosier sobre casas encantadas.

Lo veo hacer una mueca.

—¿Cuántas palabras?

—Diez mil y varias entrevistas con propietarios de mansiones embrujadas. ¡Uuuuuuuuuh! ¿No te apetece un viajecito tipo American Horror Story ?

Fontaine se echa a reír.

—¡Antes la muerte! Prefiero la ciencia a lo paranormal.

Llegó hace un año recién graduado, y se hace todos los dosieres sobre inteligencia artificial.

Su último artículo iba sobre una IA capaz de analizar una placenta a partir de una foto para detectar posibles anomalías en los recién nacidos.

Lo oímos renegar durante dos días, repitiendo que tanto jugar a querer ser Dios solo iba a traernos problemas.

Una bola de papel atraviesa la sala y aterriza sobre la mesa de Fontaine, que la abre, hace una mueca y se vuelve hacia un colega que se parte de risa al fondo. Luego me enseña lo que hay escrito, la fórmula E = mc 2 dentro de un corazón.

Sonrío y me pongo de nuevo con mi dosier. Al seguir revisando el material, veo que Girondin ya ha concertado varias citas con propietarios. La primera es mañana en Berry; la segunda, el miércoles que viene en la Somme, justo en mitad de mis vacaciones. Menuda puntería.

Según las notas de la jefa de prensa, el antiguo cocinero de la mansión de Berry es quien la habría encantado. Hace cincuenta años que no vive nadie allí, pero, según el dosier, cada vez que entra alguien, se oye el ruido de la hoja de un cuchillo rozando un afilador. ¡Buuu!

En cuanto a la casa de la bahía del Somme, el espíritu inunda los campos y el edificio dos veces al año.

Me entran ganas de reír al darme cuenta de que está en medio de los pastizales salinos y de que el espíritu en cuestión no será otro que las «grandes mareas».

Lo más probable es que la construcción sufra los caprichos de un ciclo marítimo tan viejo como el mundo.

La cita para visitar la mansión de Cornehotte, la que conocí cuando era más joven, está prevista para el 17 de octubre.

Esta casa estaría habitada por un alma extremadamente poderosa; al parecer, se siente una presencia, un aura que se nota con fuerza sobre todo las noches de luna llena.

Qué me van a contar a mí... Lo cierto es que me extrañó bastante que la señora Clavreuil se pusiera en contacto con La Passerelle.

Es verdad que su casa era como una mansión tipo Disney avejentada, pero su sobrina nunca me dijo que hubiera ningún fantasma o que pasaran cosas extrañas.

En fin, sea cual sea la casa que haya que visitar, ¿por qué me sorprendo?

La mayor parte de la gente se imagina cosas que no existen.

Oyen chillidos de roedores y les parece que son las cadenas que arrastra un fantasma.

¿Cuántos se ponen a buscar a un charlatán que exorcice la casa cuando, si examinaran mejor la situación, verían que solo son víctimas de un nido de ratones prolíficos?

Me apoyo contra la silla y me estiro.

¡Cornehotte! No consigo creerme que vaya a volver a poner los pies allí.

Después de mi historia con Fedra, solo regresé en una ocasión, en octubre de 2018, el año en que mis padres vendieron nuestra casa.

Nos pasamos todo el puente de Todos los Santos embalando cosas.

Después le di definitivamente la espalda al pueblo, dejando atrás al único fantasma bien real que había rondado mis pensamientos de adolescente: el de Fedra Demay.

Ella nunca sabrá cuántas veces resistí las ganas de ir a ver a su tía y suplicarle que me diera su dirección. Yo era joven, pero tenía mi orgullo. Si aquella chica no había creído necesario advertirme de su partida era porque no quería volver a verme.

Así que ¡fuera nostalgia! Adam, amigo mío, tienes mucho que hacer y tres desplazamientos que organizar.

«¡Maldición, cierre de edición!», como decimos aquí. Girondin, me las pagarás.