Un otoño para enamorarnos 1. Fedra. RETORNO A CORNEHOTTE #2
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1. Fedra. RETORNO A CORNEHOTTE #2

—Siempre podría nombrar a un arquitecto o un jefe de obra, pero, sin duda, su remuneración le costaría un cuarto del presupuesto total.

Acuso el golpe.

—¿Imaginaba mi tía que iba a dejarlo todo para quedarme aquí y ocuparme de su casa? Es una broma, ¿no?

El notario aprieta los labios apesadumbrado, haciéndome ver que o lo tomo o lo dejo.

Me pongo a pensar... Toda mi vida he visto a mi madre sacrificándose, decidiendo cuál de las dos podía comer el trozo más grande de carne, cuál podía cambiar de ropa y cuál tenía que esperar.

Solía ser ella porque yo estaba creciendo.

En Canadá trabajo en una librería, no me sobra el dinero y tengo que hacer enormes sacrificios porque el cáncer nunca viene solo: cuando mi madre enfermó, dejó de tener ingresos y, al carecer de seguro médico, tuvimos que pedir un préstamo que devuelvo mes a mes desde hace cuatro años.

A pesar de todo, llevo una existencia digna que me niego a poner patas arriba para arreglar el caserón de una tía que nunca ha tenido nada que ver conmigo.

En nueve años, no me escribió ni una sola vez. Jamás.

Vale, ni yo tampoco, pero la adulta era ella.

—Escuche... Para venir aquí, y con la esperanza de vender la casa lo antes posible, porque no dudaba de que la herencia era esa, he dejado temporalmente mi trabajo en Quebec y he subarrendado mi apartamento.

No creí que fuera a necesitar más de un mes o dos, el tiempo que durasen las formalidades y lo que tardase en encargarle la venta a una agencia.

¿Y ahora usted me anuncia que esto se va a prolongar más de un año seguramente?

El notario baja la vista hacia los documentos y esboza una sonrisa tranquilizadora.

—En efecto. Su tía, la señora Clavreuil, hizo en su día una estimación de las obras. La renovación completa podría llevar veinticuatro meses, treinta y seis si decide usted darle vida también a la zona del desván.

—¡Dos años! ¡Es totalmente absurdo! ¿Y qué hago con mi vida?

Técnicamente, tampoco es que vuele muy alto.

Se resume en «metro, trabajo, casa». Pronto cumpliré veinticinco y no tengo ninguna relación amorosa seria ni suficiente dinero como para salir a menudo o irme de vacaciones...

Solo el billete de avión para venir aquí ha dejado bastante perjudicada mi economía. Pero es mi vida y quiero conservarla.

—Déjeme terminar —me pide con calma el señor Trottoy—.

Su tía tomó ciertas medidas antes de fallecer.

La burrita tiene asignada una pensión fija hasta el final de sus días; usted no está obligada a ocuparse de ella.

Los impuestos y los gastos notariales se detraerán de sus haberes bancarios.

Su tía abrió una cuenta que le permitirá a usted pagar las obras, así como los materiales que deba comprar.

Por descontado, todo deberá estar justificado y tendrá que presentarme las facturas.

—¡Es una insensatez!

—Reconozco que todo esto puede resultar un poco precipitado —concede el notario—, pero usted no tendrá que pagar un alquiler ni ningún gasto porque la calefacción, la electricidad y el agua se consideran indispensables para el buen desarrollo de las obras.

—¿Y qué ocurrirá si sobra dinero?

—Lo que reste pasará a usted una vez que se hayan ejecutado las obras necesarias.

Podrá decidir si se queda con la casa o si la vende y disfruta en su totalidad del producto de la transacción.

Sin embargo, su tía ya cerró ciertos presupuestos y no podrá cambiar de proveedores, salvo que tengan alguna razón para no hacerlo.

Ella insistió en que fueran empresas principalmente de Cornehotte.

—Por supuesto. No fuera a ser que yo, con lo mala gente que soy, encargara la obra a contratistas mal pagados de Europa del Este.

—El notario hace caso omiso de mi sarcasmo—.

Imaginemos que acepto esta locura, ¿cómo se supone que voy a vivir si me paso el tiempo supervisando las obras? Desde luego que no del aire, supongo.

—Su tía también dispuso que usted recibiera una suma mensual de mil quinientos euros hasta el final de las obras por un máximo de tres años, lo que haría un total de cincuenta y cuatro mil euros.

—Ni de broma voy a quedarme aquí tres años...

—Esta renta conllevaría una condición específica.

—Cómo no...

El notario alza una ceja con expresión severa antes de proseguir.

—En el caso de que las obras acabasen antes de ese plazo, lo que le restaría a usted por percibir iría a parar directamente a una asociación sin ánimo de lucro.

Todo está muy claro y orquestado a la perfección.

Desde luego, mi tía lo previó todo. Le pega. A ella le gustaba organizarse y controlarlo todo, como hizo tan diestramente con el dinero de mi abuela. El caso es que sus decisiones, sobre todo haberme elegido a mí, me siguen desconcertando.

—Señor Trottoy, disculpe que le haga esta pregunta, para la que quizá no tenga respuesta... ¿Por qué me haría mi tía su heredera? ¿Por qué no le dejó directamente todo a una de esas asociaciones que usted menciona?

El notario me mira de una manera particularmente inquietante.

—Es evidente, señorita Demay: porque a ella su familia le importaba más de lo que usted imagina.

Estas son prácticamente las últimas palabras que pronunciamos antes de que me marche de la notaría tras firmar un montón de documentos sin siquiera plantearme que tengo la opción de rechazar la herencia.

Escucho las últimas instrucciones administrativas y financieras, y el notario me entrega las llaves de la mansión de mi tía.

Cuando me meto en el coche, aún me tiemblan las piernas.

Este 3 de octubre se me va a quedar bien grabado en la memoria porque no me esperaba nada de todo esto.

Se me atropellan los pensamientos. ¿Dejar mi apartamento en Canadá y venirme a vivir aquí dos años?

¿O continuar con el contrato de alquiler y dejar allí mis cosas para que me las cuide mi subarrendataria?

Es una amiga, estoy segura de que no tendrá ningún inconveniente (está buscando un sitio donde instalarse y le encanta mi estudio), pero me siento como si me hubieran pasado por un programa de centrifugado; ya no sé lo que me conviene y lo que no.

¿Y si vuelvo donde el notario y le digo que me he equivocado y que no quiero la herencia de mi tía? Sería todo mucho más sencillo.

Suspiro: en realidad, esa opción es casi impensable.

Cuando venda la mansión, podré pasar página e imaginar una vida totalmente distinta de la de ahora.

Dos años de obras para poder sacarle el máximo beneficio a la casa y luego regresar a Canadá.

Seguro que se pasa rápido. Cierro los ojos y respiro hondo antes de arrancar el coche.

El sol está empezando a bajar, dentro de una hora será de noche. No tengo fuerzas para ir ahora a la mansión, pero al menos quiero pasar por delante.

Después de todos estos años, aún me acuerdo perfectamente del camino.

Avanzo por las calles de Cornehotte, tomo una carreterita a la salida del pueblo y allí está la casa, un poco apartada, en lo alto de una colina boscosa, dominando el pueblo como un edificio misterioso del que solo los tejados sobresalen entre el follaje rojizo del otoño.

Me detengo ante el portón de hierro forjado, flanqueado por dos gruesos pilares de piedra, y bajo la ventanilla para mirarlo mejor.

Sigue siendo muy bonito, con las volutas del frontón, las curvas y contracurvas que se elevan sobre la aguja coronada por un sol y las rejas erizadas, con esas puntas amenazantes.

Creo haber oído que es muy antiguo. Desde luego, necesita una buena mano de pintura.

En una placa de cobre cubierta de verdín y sujeta solo por dos tornillos minúsculos, se lee el nombre casi mítico de la mansión:

Y, justo al lado, un buzón de pie, negro y muy antiguo, con una pequeña puerta minuciosamente ornamentada y un tejadito que imita los de pizarra.

Cierro los ojos un instante y me asaltan los recuerdos: mi madre, que camina detrás de mí y me grita que no corra tanto cuando voy a buscar el correo; mi tía, que se ocupa de arrancar las malas hierbas del sendero de acceso; yo con cinco años, subida a una bici vieja, aprendiendo a pedalear por el camino pedregoso; el sol estival; el arroyo que fluye tras la mansión; los pájaros en los abetos. Cómo me gustaba venir aquí.

Suspiro presa de una nostalgia que me coge desprevenida.

Aunque Francia solo me ha aportado malos momentos, para mí es como un sueño lejano.

Cuando tenía dieciséis años y todo me parecía posible, creía que quería vivir aquí, pero hoy sé que es sin duda en Canadá donde acabaré mis días, y, por mucho que parezca prematuro imaginar el futuro a mis casi veinticinco años, estoy casi segura de que la casa de mi tía nunca será verdaderamente la mía.

Miro una última vez la placa atornillada, apenas consciente de que mi vida acaba de dar un vuelco, y arranco el motor de nuevo con un nudo en la garganta.

Por hoy ya basta.

Volveré mañana.