Un otoño para enamorarnos 1. Fedra. RETORNO A CORNEHOTTE
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1. Fedra. RETORNO A CORNEHOTTE

RETORNO A CORNEHOTTE

Aunque la Creuse sea muy distinta de mis tierras quebequenses, con sus grandes extensiones rojizas, encuentro que el otoño aquí es igual de arrebatador.

Por todas partes las hojas adoptan tonos dorados y cobrizos, y ofrecen a mis ojos maravillados toda una gama de colores extraordinarios.

Me encanta cuando se acaba el verano y llega la magia de octubre; todo es más romántico y acogedor.

Me parece que, de las cuatro estaciones, el otoño es la más reconfortante. Siempre la he preferido a las demás.

Reduzco la velocidad al ver la señal de tráfico bordeada de rojo, típica de Francia cuando se entra en una población.

Velocidad máxima autorizada: cincuenta kilómetros por hora.

Doscientos metros más adelante, pasa a treinta kilómetros por hora.

Hay un colegio cerca, justo después del puente de tres arcos que se eleva por encima del río Creuse.

En verano, los nenúfares proliferan en las orillas y se oye croar a las ranas.

Al avanzar un poco, vuelvo a ver también la panadería donde hace nueve años aún seguía horneándose el pan con fuego de leña.

Me acuerdo como si fuera ayer de estas casas de piedra gris y estas antiguas fortificaciones, de este ayuntamiento con su placita, su fuente y sus acogedores bancos bajo los plátanos. Es todo muy bonito.

Nunca habría imaginado que volvería un día a Cornehotte, de donde procede mi familia materna.

La última vez fue en 2016, un 24 de julio en el que el cielo era de un azul intenso, hacía bastante calor como para bañarse en el río y se hizo añicos la poca familia que tenía. Yo acababa de cumplir dieciséis años.

Atravesar el Atlántico no es como cruzar la calle para ir a por el pan, así que mi madre y yo no veníamos muy a menudo a Cornehotte, pero, después de la pelea que estalló entre mi tía y ella, ya nunca volvimos a poner los pies en el pueblo.

Lo que ocurrió no es muy bonito de contar a pesar de ser tan viejo como el mundo: un alzhéimer, un entierro, una herencia dilapidada antes de tiempo por la primogénita y una hija menor loca de rabia por la injusticia de haberlo perdido todo sin comerlo ni beberlo.

«No es problema tuyo —me dijo un día una compañera de clase cuando ya estaba de vuelta en Quebec—.

Son cosas de adultos, y ellos suelen comportarse como imbéciles cuando se trata de dinero».

Quizá, pero al final el asunto condicionó muchas cosas, porque no volví a ver a mi tía.

¿Y hoy? Sin padres, sin abuelos, sin tíos ni primos, soy la única representante de los Demay y, por tanto, la única heredera de todos los bienes.

Qué ironía del destino... Mi madre debe de estar revolviéndose en la tumba.

Dicho lo cual, espero que el testamento me favorezca lo suficiente como para que haya merecido la pena regresar.

Porque, sí, Cornehotte es tan adorable como sugiere su nombre, pero también guarda algunos de los peores recuerdos de mi adolescencia.

Aunque el notario no me ha dado detalles en los mensajes que nos hemos intercambiado, no tengo duda respecto de lo que he heredado: la casa de mi tía, que no es cualquier casa.

Se trata de una mansión erigida a principios del siglo XIX , el tipo de construcción inasequible que solo vemos en las películas o en algunas zonas cuando vamos de vacaciones, una propiedad que no podríamos poseer nada más que en sueños y que muy poca gente puede permitirse.

Mi tía era artista y le iba muy bien: pinturas, carteles, ilustraciones para libros juveniles...

Con eso, más el dinero que le sacó a mi abuela, nunca tuvo problemas para vivir bien, al contrario que mi madre.

Pero eso ahora importa bien poco. Aceptaré la herencia, venderé ¡y me volveré a mi casa!

Me trago la amargura y me interno en el pueblo para aparcar no lejos del ayuntamiento, un edificio muy bonito, todo de piedra, bordeado de plátanos y con la fachada cubierta de unas hojas de parra virgen que en esta época del año adquieren un tono rojizo.

Salgo del coche alquilado con el bolso al hombro y una carpeta de documentos bajo el brazo, y camino por la calle adoquinada hasta una esquina donde hay una puerta granate con una placa dorada. Es la notaría donde tengo cita.

Está abierta, solo hay que empujar.

Son las cinco de la tarde. El secretario se ha ido y solo está el señor Trottoy.

—¡Fedra Demay! Encantado de conocerla por fin —exclama cordialmente mientras me tiende la mano—. ¡Es usted el vivo retrato de su tía! Se lo habrán dicho muchas veces, ¿verdad?

Cuando era pequeña, me lo decían a todas horas, lo que molestaba muchísimo a mi madre.

¿Sabrá el señor Trottoy hasta qué punto sus palabras no son un cumplido para mí?

Lo dudo, estoy casi segura de que mi tía jugaba a ser la víctima o peor: seguramente mentía sobre nosotras y contaba que mi madre y yo éramos unas salvajes amargadas. ¿Quién sabe?

Inclinando la cabeza en señal de cortesía, le estrecho la mano sin responder a su pregunta.

—Encantada.

—Vive usted muy lejos, así que me alegro infinito de que haya podido desplazarse. Tome asiento, por favor. ¿Se alojará en Cornehotte?

—No, en Guéret; al menos por hoy.

—Entonces voy a tratar de no alargarme mucho. Los días cada vez son más cortos y no querría que tuviera que conducir de noche por mi culpa. ¿Le apetece beber algo? ¿Una infusión, un café? Tengo de las dos cosas.

Qué hombre tan amable. Me entran ganas de quitarme la máscara de acritud con la que he entrado, así que me relajo un poco.

—Una infusión no estaría mal.

—Si le gustan las especias, tengo una que le va a encantar. Con galletas está deliciosa.

¿Cómo negarme?

Dudo de que se den muchas citas con notarios de este estilo. El señor Trottoy parece la gentileza personificada.

—Siempre aprovecho lo mejor que ofrece cada estación —anuncia el hombre, depositando una bolsita en una taza—. Manzana, nuez y canela... ¡El otoño es un lujo!

Es imposible no sonreír con total sinceridad.

—Yo opino lo mismo. Es mi estación favorita.

—Entonces le va a encantar vivir en Cornehotte. Aquí el otoño es más bonito que en cualquier otro lugar del mundo.

Frunzo el ceño, y no porque el notario no haya puesto a Canadá en el primer puesto en lo tocante al paisaje.

—¿Vivir?

—Tiene razón, no adelantemos acontecimientos —dice el señor Trottoy, sirviéndome la infusión antes de sentarse tras su mesa—. Primero, el papeleo y, después, el futuro.

Mientras él abre un sobre, yo carraspeo un poco molesta.

—Señor Trottoy... Ni siquiera sé de qué ha fallecido mi tía ni dónde. Llevábamos varios años sin tener contacto.

El notario levanta la vista y tarda unos segundos en responderme. Me pregunto qué estará pensando. Quizá que no soy digna de la herencia...

—Falleció en la clínica donde llevaba ingresada dos semanas después de haber sufrido un infarto.

Se le paró el corazón mientras dormía. Estaba muy frágil.

Hacía tiempo que su tía era consciente de su estado; ya había tenido varios sustos.

Por eso tomó todas las medidas necesarias y, en ese sentido, todo está perfectamente ordenado —dice, tamborileando con los dedos en el expediente.

—De acuerdo... Ella y yo ya no teníamos relación. Me ha sorprendido que me haya incluido en su testamento.

—La vida siempre está llena de sorpresas, señorita Demay. Hay que tomar las cosas tal cual vienen.

Como asiento sin añadir nada, el notario empieza a leer los documentos.

En primer lugar, repasa conmigo la cuestión de mi estado civil: «Fedra Demay, de nacionalidad francocanadiense, nacida en Montreal, Canadá, el...

». Bla, bla, bla. Luego se pone a hablar de la sucesión con una jerga que casi me hace bostezar varias veces.

Aterricé ayer en el Charles-de-Gaulle y, tras solo cuatro horas de sueño y con un jet lag espantoso, he conducido seis horas para llegar hasta aquí.

Me encuentro muy lejos de estar tan fresca como quisiera, pero al fin el notario termina yendo al grano.

—Su tía no tenía hijos, por lo que la ha hecho usted heredera de todos sus bienes: sus pinturas, incluidas las expuestas en galerías de arte, así como el producto de su posible venta; su todoterreno nuevo; su vieja burra, a la que cuidan en la Finca de los Rosales; su mansión en Cornehotte, valorada en 480. 000 euros, y...

Sin querer, suelto un silbido.

—Es una buena suma...

—En efecto —dice el notario, que retoma la lectura—.

Como decía, su mansión en Cornehotte, así como la totalidad de sus haberes bancarios e inversiones, cuyo montante es de 512.

350 euros, y el capital de su seguro de vida, que se eleva a 551.

000 euros y está exento de impuestos, puesto que su tía lo suscribió durante los años en que su domicilio fiscal se encontraba en Canadá.

Debe de haberme cambiado radicalmente el color de la cara. ¿Cómo pudo mi tía enriquecerse tanto? Sí, se aprovechó del dinero de mi abuela, pero ella no tenía un patrimonio financiero como este; confieso que no recuerdo que manejara estas cantidades.

—No sabía que le fuera tan bien...

—La venta de sus pinturas le reportó mucho dinero. Era una artista reconocida en todo el mundo, a pesar de lo cual vivía muy modestamente.

¿Qué otra cosa puedo hacer sino asentir? Tengo la sensación de haberme perdido varios capítulos de la vida de mi tía.

—Le he hecho un listado con los haberes de la herencia. Sin embargo —continúa el señor Trottoy—, en el testamento de su tía aparecen ciertos detalles que requieren su atención.

—Le escucho.

—Su tía dejó estipulado que el capital del seguro de vida se utilizara para la renovación total de la mansión que hereda usted.

Me pongo blanca y comienzo a atisbar lo que el notario ha querido decir con la frase «le va a encantar vivir en Cornehotte», lo cual no me gusta nada de nada.

—¿Una renovación? Eso es imposible, me obligaría a quedarme aquí varios meses o incluso mucho más... No es en absoluto lo que había previsto.