Un otoño para enamorarnos Epílogo. Fedra. ¡MI BELLO ABETO, REY DE LOS BOSQUES!
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Epílogo. Fedra. ¡MI BELLO ABETO, REY DE LOS BOSQUES!

Epílogo Fedra

¡MI BELLO ABETO, REY DE LOS BOSQUES!

Mi madre no tenía una gran cultura, pero siempre le gustó Fedra , de Jean Racine.

Creo que la leyó y fue a verla al teatro por lo menos veinte veces.

Me puso Fedra por el personaje que le da nombre y también porque nací con el viento, como la vela de un barco «que ondeaba, abandonada al viento».

Le encantaba esta frase de la obra; la encontraba poética, igual que mi nacimiento.

Mi madre era esa vela abandonada que la transportaba lo más lejos posible. Y, para ella, yo era el viento.

Hoy cumplo veinticinco. En los dos últimos años, tras la muerte de mi madre, no quise celebrar ni la Navidad ni mi cumpleaños.

No dejé de pensar en ella, que partió unos días antes de la fecha que más le gustaba celebrar.

Así que esta es la primera vez desde que falleció que estaré acompañada en mi cumpleaños y festejaré la Navidad.

Este tercer año sin ella me parecerá quizá menos difícil.

—Ah, ¡han encontrado uno magnífico! —exclama Élisabeth, pegada a la ventana que da al jardín.

Me acerco a mirar yo también y veo que Cédric, Adam y Henri, el marido de Martine, arrastran por la nieve un abeto tan grande que me pregunto si va a caber en el salón.

—Es muy buena idea no decorar el árbol hasta el 25 de diciembre —me dice Martine mientras entra en la estancia limpiándose las manos en el delantal.

Esta noche cocina ella con la ayuda de Babeth.

Ha insistido en hacerlo cuando los invité a cenar con nosotros al enterarme de que ella y su marido estarían solos en Nochebuena.

Por cierto, huele divinamente. Estoy encantada de que Martine se esté encargando.

Si hubiera tenido que hacerlo yo, los invitados habrían salido corriendo al primer bocado.

A ella la alegró infinito la idea de no pasar la Nochebuena comiendo una simple sopa y viendo los programas de la tele que tanto le gustan a Henri.

—Fue mi madre quien empezó con esta costumbre —le digo con una sonrisa—.

En diciembre decorábamos toda la casa, como hemos hecho aquí, pero al árbol le tocaba «vestirse» el último.

Mi madre lo compraba en el mercado una semana antes y presidía el salón sin adornos hasta que el día 24 lo engalanábamos.

—¿Y por qué esta costumbre?

—Porque también es mi cumpleaños y ella quería que todos los años ese día fuera inolvidable.

Élisabeth me pasa un brazo por los hombros. Los ojos le brillan de la emoción.

—Siempre decíamos que Renata era la más original de las dos hermanas, pero a tu madre tampoco le faltaban ideas para hacer feliz a la gente...

—Ah, no... Era la más maravillosa del mundo a pesar de sus secretillos.

—Todos los tenemos —murmura Élisabeth.

Los hombres llegan a la terraza con las mejillas enrojecidas por el frío y los pantalones llenos de nieve. Adam da golpecitos en la ventana y les abrimos enseguida.

—Bueno, puedo deciros que nos hemos dejado los riñones con este abeto. ¡Pesa una tonelada!

—Es por esos bracitos de mosca que tienes —bromea Henri, que parece tenerlos cincelados en piedra.

—¡Esta mosca te reta a un pulso!

—Acepto.

Martine interviene ante tal despliegue de testosterona.

—Si no os importa, mejor dejadlo para otro momento. ¡Meted el abeto y cerrad enseguida, que hace un frío que pela!

Cédric clava dos tablones en forma de cruz en la base del tronco para que se tenga de pie y retira el máximo de nieve posible antes de colocarlo en el salón, junto a la pared, entre los dos ventanales.

Estoy extasiada.

—¡Es maravilloso y huele genial!

Adam me atrae hacia él para besarme.

—No tendré los músculos de un culturista que se ha pasado con la cerveza, pero sé elegir un árbol de Navidad.

—Un momento, un momento —dice Henri, fingiendo enfadarse mientras se frota la barriga—. ¿No estarás refiriéndote a mí?

—Oh, pero tiene toda la razón —interviene Martine—. ¡Bebes demasiada cerveza! ¡Y quítate las botas y el abrigo, que estás poniéndolo todo perdido de nieve!

Empujo con el pie la caja llena de adornos navideños que he encontrado en el desván y soy la primera en meter la mano.

—¡El más alto pone la estrella! —exclama Cédric.

—Entonces yo —dice Adam, hinchando el pecho como un gallo.

Cédric le da un codazo.

—¡Poniéndote tacones, querrás decir!

Pasamos las dos horas siguientes riendo y bromeando. Cuando nos sentamos a la mesa, aún no se nos ha borrado la sonrisa de la cara.

Aunque Henri insistió en comprar ostras —que ni me planteo probar porque las aborrezco—, Martine y Élisabeth nos han obsequiado con una comida digna de un gran chef: salmón ahumado, vieiras gratinadas al champán, hojaldre de setas con crema de avellanas típica de la Creuse, el pavo relleno de castañas más delicioso que he comido en mi vida y un tronco navideño de chocolate y praliné para chuparse los dedos, como dice Adam al probarlo.

Desde luego, hemos comido tanto que no creo que volvamos a tener hambre hasta que empiece el año.

Aún en la mesa, saboreando ya una infusión caliente con especias, me fijo en que Cédric se remueve en la silla y tiene en las manos un leve temblor que trata de calmar dándole vueltas sin cesar a una cucharilla entre los dedos. Élisabeth le sujeta el antebrazo con la mano y me sonríe.

—¡Son las doce! ¡Creo que ya toca dar los regalos!

Mi momento preferido cuando era pequeña porque normalmente solo tenía uno, pero sabía que dentro del paquete se encontraba el objeto que más deseaba en el mundo. Aunque mi madre no tenía mucho dinero, lo que más le gustaba era ver cómo me brillaban los ojos cuando abría mi regalo.

Martine nos da a cada uno un paquetito de galletas navideñas que ha hecho ella misma.

—Las he probado —nos dice Henri con orgullo—. Podéis comerlas, no tienen veneno.

Luego Cédric se levanta, sale de la estancia y vuelve con un sobre que me pone delante.

Le pregunté a Élisabeth qué le gustaría y ella me contestó que la respuesta estaría en lo que él me iba a regalar, que no hacía falta que comprase nada.

Así que, intrigada, lo abro mientras él vuelve a sentarse en su sitio.

Adivino en sus ojos una intensa desazón.

Cuando veo lo que hay en el sobre, empiezan a temblarme las manos.

Es un formulario en blanco de reconocimiento de paternidad.

Me llevo la mano a los labios, incapaz de impedir que se me salten las lágrimas.

Me quedo largo tiempo sin moverme. Luego rodeo la mesa, él se levanta y lo abrazo con fuerza.

—¿Aceptas? —me pregunta, acariciándome el pelo.

Lo miro y asiento con la cabeza, turbada.

—Sí, sí...

Élisabeth se acerca y nos abraza a los dos. Es todo tan emotivo que hasta Henri se seca las lágrimas.

—¡Venga, sigamos! —nos insta Élisabeth—. ¡Te toca a ti, Adam! ¿Qué le regalas a Fedra?

—¿Por qué tengo que ser yo el primero?

—Exacto, ¿por qué él? —digo ofendida.

—Vaya, qué dramáticos —interviene Martine riéndose—. Daos el regalo a la vez y que no se hable más.

Adam y yo nos miramos y asentimos.

Estamos sentados uno frente al otro. Él me acerca una cajita de cartón fina y dorada, sellada con lacre rojo, y yo una bolsa de satén blanco, muy sencilla, cerrada con un lazo negro.

Me río preguntándome qué será su regalo y contengo la respiración cuando él va a abrir el suyo.

—Tú primero —me dice.

—¡De acuerdo!

Tiro del sello, abro la caja y dejo caer en la mesa lo que contiene. Un filtro rojo y cuatro trozos de papel rasgados.

Levanto la vista hacia Adam con expresión interrogativa.

—Venga, ordénalos y lee.

Asiento con la cabeza y me presto a jugar.

Dejo de respirar mientras miro a Adam.

—Fedra, quiero vivir contigo aquí, en Little Balmoral, no en París, yendo y viniendo todo el tiempo y corriendo el riesgo de privarme de tu presencia los días de lluvia, las noches estrelladas, las tardes de primavera, las mañanas de otoño como las que hemos vivido aquí...

Quiero vivir contigo, Fedra, mientras tú quieras, y cumplir el deseo que expresaste hace nueve años.

Me late tan fuerte el corazón que tengo la impresión de que me va a explotar.

—Dime que tú también lo deseas...

Desde luego, esta es la noche de las grandes declaraciones, y eso que aún no ha terminado.

—Abre tu regalo.

Se me quiebra la voz. Miro cómo deshace el lazo y saca lo que contiene: un trozo de tela que cubre algo importante.

Lo desenvuelve y encuentra una llave. La segunda copia de Little Balmoral.

—Oooooooh —grita Martine emocionada—. ¡Sois tan adorables! ¡Os vais a casar, claro está!

Adam está muy feliz, pero casi se atraganta.

—Vamos a ver si nos soportamos más de un mes —dice riéndose—. Fedra Demay, acepto de buena gana esta llave, y que hayamos tenido la misma idea a la vez me reconforta: voy a poder enseñarte a cocinar.

Me echo a reír y le tiro una servilleta a la cara.

—¡Anda que no es arrogante el gabachito!

Cruzo una mirada con Élisabeth, que está extrañamente silenciosa.

—Tengo un regalo para ti, Babeth.

Ella me sonríe sin decir palabra y espera. Cruzo el vestíbulo y voy a buscar el lienzo que he mandado enmarcar y embalar especialmente para ella. Lo dejo sobre el sofá y le digo que se acerque a desenvolverlo.

Ella lo hace con delicadeza y deja escapar un grito de emoción, llevándose la mano al pecho. El regalo es un autorretrato de mi tía, el que descubrí en el taller secreto hace semanas.

—Renata... —murmura Élisabeth, rozando el lienzo con la punta de los dedos.

—Es tuyo. Así la verás todos los días, ¡y hasta podrás hablar con su espíritu!

Hablo medio en broma, pero ella me abraza y luego se aparta sonriendo.

—¿Sabes qué me haría inmensamente feliz, pequeña?

—No.

—Que este lienzo se quedara aquí junto al de Janis Linklater. Y que, cuando tengas la misma edad que Renata en el momento en que pintó este retrato, hagas lo mismo y le pidas a un artista que pinte el tuyo para que la mirada de sus dueñas más queridas vele por Little Balmoral.

—Pero ¡qué buena idea! —exclama Henri—. Puedo colgarlo ahora mismo si quieres.

—¿Estás segura? —le pregunto a Élisabeth.

—Totalmente. Y así tendré una excusa más para venir a verte.

—No necesitas ninguna. Aquí estás en tu casa, pero... ¡olvídate de la salvia!

Ella se echa a reír.

—¡Lo prometo!

—Venga, vamos a colocarlo ahora mismo —decide Henri, dejando la servilleta en la mesa y levantándose—. ¿Dónde están las herramientas?

—Las tienes en el piso de arriba, en la primera habitación: taladro, tornillos, escalera... A la derecha. Es más práctico que salir al cobertizo. Ve a mirar, seguro que encuentras todo lo que necesitas.

A Henri no le hace falta más para salir disparado. Al cabo de treinta minutos el retrato está colgado en la pared. Desde el pie de la escalera, los seis admiramos el rostro de la tía Renata junto al de Janis Linklater.

—Todo está en su sitio —se congratula Élisabeth—. Pero para mí ya se ha hecho tarde. Debería irme a casa.

Todos los invitados parecen estar de acuerdo y yo reconozco que solo tengo un afán: estar a solas con Adam y celebrar como se merece la decisión que acabamos de tomar de hacer un largo camino juntos.

Habrá quien piense que es muy pronto, pero no podremos sino responder que, en realidad, hemos esperado nueve años.

Al acompañar a Cédric y a Élisabeth a la puerta, ella se vuelve en el último momento.

—¡Ah, se me olvidaba!

Rebusca en el bolso y saca un sobre violeta. ¡Vaya por Dios!

—Es para los dos. ¡Feliz Navidad!

Nos besa a cada uno en la mejilla, se coge del brazo de Cédric y se marcha riendo cual hechicera que acaba de lanzar un encantamiento.

—¿Qué crees que es? —me pregunta Adam.

—¿Un sortilegio para ahuyentar a los malos espíritus?

Se ríe por lo bajo porque, como me ocurre a mí, cree que Élisabeth es perfectamente capaz de algo así.

Nos vamos al salón para abrir el sobre misterioso y descubrir lo que hay dentro.

En ese mismo momento empieza a golpear una de las puertas del piso de arriba. Adam y yo nos echamos a reír al unísono.

Mi querida Fedra y mi querido Adam:

Si esta carta llega a vuestras manos será porque mi plan se ha desarrollado a las mil maravillas y estáis por fin juntos. Como ya habréis imaginado, nada ha ocurrido por casualidad.

Una hechicera que conozco, muy querida para mí, me preguntó un día qué me gustaría hacer sin falta antes de morir.

Reflexioné sobre la vida que he tenido, tan plena de sentido, emociones y belleza.

He sido muy afortunada, he recibido todo lo que es posible recibir.

Sin embargo, me faltaba algo que merecía cumplirse y que me persiguió durante nueve largos años.

Mi dulce sobrina, no supe llevar a buen término la misión que me confiaste de entregarle tu carta a mi querido Adam. Tenía que subsanarlo y conseguir que un día supierais la verdad y volvierais a encontraros.

Os entregarán esta misiva, que escribo con mano algo temblorosa pero con mucho esmero, cuando se haya materializado ese amor que sin duda os habrá consumido durante todos estos años de incertidumbre.

Sabed que, antes de cerrar los ojos para siempre en este mundo, será en vosotros dos en quienes piense, felices bajo el techo de Little Balmoral.

Estaré velando por vosotros desde donde me encuentre,

Renata

P. D.: Junto con la carta, os dejo una llavecita. No os digo para qué sirve. Ya lo descubriréis solos.

Adam y yo nos miramos y sonreímos.

Parece que Renata no ha tenido aún la última palabra.