Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Noah

Celebran la cena de Nochebuena en casa de Eliana y Delilah.

Es una cita que se reservan para ellos, porque era una tradición de la familia materna de la abuela Violet.

«Una tradición europea», decía siempre ella, aunque con los años descubrió que no era del todo cierto, su madre seguía celebrándola, y Noah ha mantenido la costumbre después de su muerte.

Noah siempre cocina ese día. Prepara los platos que guisaba su madre, y su abuela antes de ella. Cada año la celebran en una casa, y todos acaban llevándose tal cantidad de sobras que Stella dice que siguen comiendo de ellas una semana después.

A Noah le da igual, porque adora todo lo que implica: la preparación, las horas cocinando y horneando, y luego ver cómo las personas que son importantes en su vida disfrutan de lo que él ha creado.

La mañana de Navidad siempre acude a la casa de los padres de Stella.

Abren los regalos, desayunan con ellos y se quedan para la gran comida.

Y, cuando Noah habla de «gran comida», lo dice con toda la intención, porque lo que él cocina para Nochebuena es un aperitivo comparado con lo que los padres de Stella organizan.

Por la tarde siempre se encargan de llevar una parte al comedor social más cercano.

Ese año no es diferente.

A pesar de seguir llenos por la cena de la noche anterior, desayunan chocolate y tortitas, y luego se sientan a seguir comiendo hasta casi explotar.

La madre de Stella adora verlos comer y les rellena el plato incluso antes de que lo hayan vaciado.

En eso es exactamente igual que su madre y su abuela.

Cuando han acabado, ayuda a Stella a guardar algunos de los platos en tápers, que su madre congela, y el resto en envases de un solo uso, y los llevan para los que no han tenido tanta suerte.

Noah siempre ha pensado que, llegado el momento, él también quiere adoptar esa costumbre.

—Chicos, gracias por acompañarnos este año también —les dice el padre de Stella—. Sé que tenéis un viaje por delante y…

—No nos lo perderíamos por nada del mundo —le asegura con una sonrisa.

Está deseando ponerse en camino, pero nunca dejaría de hacer algo que le resulta tan reconfortante.

—Dime que no tienes que ponerte a cocinar cuando llegues —le pide la madre de su mejor amiga.

—¿Por qué das por sentado que va a hacerlo él, mamá? —se queja Stella.

—Porque no te he visto pasar más de media hora en una cocina, cariño.

—Vaya pillada. —Tommy se ríe, aunque se calla cuando su novia lo fulmina con la mirada.

—No te preocupes; he dejado algunas cosas preparadas.

—Algunas cosas como sinónimo de «voy a dar de comer a medio condado de Barnstable» —bromea su amiga.

—No es para tanto —replica, aunque sabe que ha cocinado de más.

—Chicos, hora de irnos —anuncia Stella, levantando el móvil para que todos puedan verlo—. Eli dice que están a punto de salir de la casa de los padres de Del.

Se despiden de los padres de su mejor amiga antes de meterse en los coches y emprender viaje.

***

Siguen con los platos del postre sobre la mesa, aunque hace tiempo que terminaron de comer.

Llevan riéndose y hablando desde hace horas sin molestarse en recoger nada.

Solo han usado una parte de la enorme mesa del comedor formal, pero es agradable estar ahí con el crepitar del fuego de fondo, sin que el sonido de ninguna televisión los interrumpa o distraiga.

Da un respingo cuando alguien llama a la puerta y sonríe como un idiota, para divertimento de sus amigos, que lo animan mientras camina hasta la entrada.

Abre la puerta y busca la nuca de Blaise para atraerlo a su boca antes incluso de que su novio pueda darle las buenas noches.

—Feliz Navidad —susurra contra los labios de Blaise, que ríe en mitad del beso y rodea su cintura con los brazos para pegar más sus cuerpos.

—Feliz Navidad, chiqui. Te he echado de menos.

—Solo han sido dos días.

Blaise niega con la cabeza y vuelve a besarlo, empujándolo para hacerlo entrar en la casa y cerrar la puerta tras ellos.

Escucha los silbidos de sus amigos cuando aún no se ha separado de su novio, y pone los ojos en blanco. Esos idiotas se suponen que son sus amigos y no han dejado de avergonzarlo. Los quiere tanto que le duele el pecho.

—Volved al comedor y dadnos un poco de privacidad —les pide.

—Es más divertido ver cómo os metéis mano —responde Stella, levantando la ceja y sonriendo.

Fulmina a los cuatro con la mirada hasta que se cansan y regresan a la mesa.

—¿Qué tal ha ido la cena?

—Creo que podría rodar si me tiro al suelo. —Blaise palmea su barriga y gime.

—Hay más en la cocina si quieres.

El precioso rostro de Blaise se frunce en una mueca de asco y a Noah le da la risa.

—No es buena idea si quieres que no vomite.

—¿Te quedas a dormir? —susurra, buscándole la boca con los labios para rozárselos con la lengua.

—Joder, sí.

Se detiene en la puerta que da acceso al comedor y frunce el ceño al darse cuenta de que sus amigos han recogido la mesa.

—Estamos en la cocina —grita Eli, asomándose para que vean su cabeza.

Coge la mano de Blaise y caminan hasta allí, para ver que Stella ha puesto la tetera al fuego y hay seis tazas sobre la isla. El lavavajillas está funcionando y todo está recogido.

—¿Cómo lo habéis hecho?

—Estabas muy ocupado comiéndole la boca a tu chico —responde Stella, colocándose entre las piernas de Tommy, que está en uno de los taburetes.

Escucha a Blaise reírse y lo fulmina con la mirada, pero el muy traidor ni se inmuta.

—Hemos pensado que podríamos migrar a la salita. Me voy a quedar afónica si tengo que seguir gritando como si estuviera en una sala del tribunal —protesta Eliana.

—Al menos, no tienes ningún juicio hasta el año que viene —le recuerda Delilah.

Noah saca la caja con las infusiones que tiene, y sonríe cuando ve que todos sus amigos cogen las digestivas.

—Sois muy predecibles.

No cae en que en los sofás solo hay hueco para cinco personas, pero, antes de que pueda salir para coger una de las sillas del comedor, Blaise tira de él y se lo sienta en el regazo.

Ignora las sonrisas divertidas de sus amigos y pasa el brazo por los hombros de su novio para acomodarse mejor, clavándole la rodilla a Stella con toda la intención.

A Noah le suena el teléfono cuando se termina la infusión y descuelga sin mirar quién llama, porque solo hay una persona que lo haría a esa hora.

—¡Feliz Navidad, Jason! —gritan todos cuando la cara de su amigo aparece en la pantalla.

—¡Feliz Navidad, chicos! ¡Os echo mucho de menos!

—Y nosotros a ti, cariño —le dice Eliana.

—Vuelve a girar el móvil. ¿Ese es el churri de Noah?

Noah pone los ojos en blanco, pero mueve el teléfono hasta enfocar a Blaise.

—No te conozco, pero, como no cuides a mi chico, te las verás conmigo. Aunque no lo parezca, este cuerpo puede ser un arma mortal.

—Creo que solo queda Eli por amenazarlo —dice Stella con una carcajada.

—Parad. Todos —les advierte.

—No pasa nada, chiqui. Me lo he ganado.

—No vas a estar toda la vida pidiendo perdón por un error —le replica Noah, incapaz de seguir callado—. Yo ya lo he olvidado, así que estos deberían pasar página y dejar de recordártelo.

—Hostia, que mi chico se ha enfadado y eso no pasa nunca —dice la voz un poco hueca de Jason a través de la videollamada.

—Pero tiene razón. —Stella le aprieta la rodilla a Noah y le sonríe a Blaise.

Su novio abre la boca para restarle importancia, pero Noah presiona su hombro con la mano y niega con la cabeza cuando Blaise le devuelve la mirada.

—Si vuelves a hacer una tontería así, te mando a los perros; pero, mientras tanto, no dejes que estos te hagan sentir culpable —le dice con un tono suave.

—Los perros somos nosotros, por si no os ha quedado claro —anuncia Stella, rompiendo un poco la tensión.

—Yo llamaba para deciros que ya tengo los billetes. He visto que hay un bus que tarda algo más de una hora en llegar desde Boston, así que si alguien puede ir a recogerme a… ¿Sándwich? ¿En serio hay un sitio que se llama así en el estado de Massachusetts?

—Sí, colega —le confirma Stella—. Noah dice que está a pocos minutos, así que alguno de nosotros te recogerá. Solo dinos a qué hora llegas y allí estaremos. No puedo esperar para verte, Jason…

—Y yo a vosotros. Me alegro muchísimo de que os vayáis a quedar unos días más para que podamos vernos más tiempo.

—Es la excusa perfecta para seguir ocupando la casa de Noah. —Eliana le guiña un ojo.

Mientras sostiene el teléfono para que todos puedan ir hablando con Jason, se da cuenta de que esas son las personas más importantes de su vida y es un privilegiado por poder reunirlas a todas bajo el mismo techo de vez en cuando.

Como si Blaise pudiera leerle la mente, acaricia su espalda y deja un beso en su hombro en una muestra de apoyo y cariño que hace que el corazón parezca crecerle en el pecho.

Siguen hablando con Jason unos minutos, hasta que Delilah comienza a bostezar, y deciden dar la velada por concluida y se retiran a sus dormitorios. Cuando se detienen en lo alto de la escalera y se despiden, dándose las buenas noches, Stella lo estrecha con fuerza.

—No hagáis mucho ruido, que tengo el sueño ligero —le susurra al oído su amiga.

—Stella…

Su mejor amiga se separa, le guiña un ojo y corretea por el pasillo hasta alcanzar a Tommy.

—¿Todo bien? —le pregunta Blaise en cuanto cierra la puerta del dormitorio.

Noah se le acerca, rodea su cintura con los brazos y sonríe cuando Blaise le sostiene el rostro con las manos y acaricia su mandíbula con los pulgares.

—Todo perfecto —murmura contra la boca de su novio antes de besarlo.

Frunce el ceño cuando Blaise rompe el beso y se aparta. Los ojos de su chico brillan con algo que no acaba de identificar y empieza a preocuparse.

—¿Qué ocurre?

—Tengo algo para ti. —Blaise mete la mano en uno de los bolsillos de sus vaqueros rojos y saca una cajita de terciopelo verde oscuro.

Noah no sabe qué contiene, pero se pone nervioso ante las posibilidades.

—No te asustes —dice Blaise, como si pudiera leer el miedo que empezaba a embargarlo—. No voy a pedirte matrimonio ni nada por el estilo. Solo es un pequeño detalle por Navidad. Es una tontería, pero quería que lo tuvieras.

Abre la caja conteniendo la respiración, porque sigue sin saber qué esperar, y se le escapa una sonrisa cuando ve lo que hay dentro. En el interior de esa cajita hay un llavero con forma de llavín, del que cuelga otra de verdad.

—Es la llave de mi apartamento. Y espero que no sea solo para las emergencias. —Blaise le guiña un ojo y se acerca para dejar un beso en la punta de la nariz de Noah—. Yo también tengo uno para las tuyas.

Esta vez Blaise saca un llavero con forma de corazón con cerradura, del que cuelgan las llaves de la casa de Noah.

—¿Recuerdas lo que te dije una vez? ¿Lo de que «mi corazón está cerrado y protegido bajo doscientos candados, y no tienes la llave de ninguno»? —aclara Blaise, y Noah asiente—. Quería que supieras que era una gilipollez y tienes la única que encaja.

Noah toma aire, como si acabara de salir a la superficie después de horas bajo el agua, y abre la boca para decir algo, pero solo puede acariciar el llavín mientras mira el corazón de llavero de su novio.

Sonríe, deja el regalo sobre la cómoda que hay bajo la televisión y rodea el rostro de Blaise con las manos.

—Si no te gusta…

—Calla y bésame, Blay.

—¿Ni en Navidad vas a dejar de darme órdenes? —Blaise se muerde el labio inferior y empuja un poco sus caderas contra las de Noah para que note el inicio de su erección.

—No mientras sigas reaccionando así.

—Joder, estoy perdido.

Noah se ríe bajito antes de besarlo mientras comienza a andar hacia atrás, hasta que sus piernas chocan contra la cama. Los hace girar para cambiar las posturas y empuja a Blaise para que caiga sobre el colchón.

—Yo diría que nos hemos encontrado —masculla antes de subirse a la cama para volver a besar a su novio.