Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Blaise

Blaise gruñe cuando Noah le anuncia que están a punto de llegar a su apartamento porque está demasiado metido en la lectura del manuscrito de su novio y no quiere tener que dejarlo.

Termina el capítulo y mete el marcapáginas para retomar la lectura en cuanto tenga un momento. Se siente tan agradecido de que Noah le dejara el manuscrito a principios de semana que podría comérselo a besos.

—¿Te está gustando? —le pregunta Noah, sin apartar la vista del tráfico del centro de Boston.

—Si por mí fuera, volveríamos a Ceapaire para que me diera tiempo a leer un poco más.

Noah alarga el brazo y estrecha su mano antes de volver a sujetar el volante.

Aprovecha ese tiempo para observarlo conducir y se lamenta, porque la lectura lo ha mantenido demasiado ensimismado para darse cuenta de lo jodidamente sexi que está así.

—Deja de mirarme —le ladra Noah.

—Mira que te gusta dar órdenes.

—No te he oído quejarte el resto de las veces.

Gime cuando lo ve morderse el labio inferior y aprieta la mano hasta cerrarla en un puño para evitar alargar el brazo y enterrar la mano entre las piernas de esa preciosidad que conduce.

—Acabo de darme cuenta de que me pones mucho conduciendo.

Noah suelta una carcajada y a Blaise se le remueve algo bajo los pantalones.

—¿Debería sorprenderme eso? Me has dicho lo mismo todos los días desde el domingo.

—En eso te equivocas, chiqui. —Chasquea la lengua y niega con la cabeza—. Te lo llevo diciendo desde que apareciste en Ceapaire con esos vaqueros negros que se ajustaban a tu culo como un guante.

—Eres un pervertido…

—No te he oído quejarte…

Deja de reírse por la cara que pone Noah cuando lo parafrasea en cuanto el coche se adentra en el aparcamiento de un edificio.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Ya la has hecho. —Noah le guiña un ojo—. Dispara.

—¿Qué hiciste con la casa en la que vivías con tus padres?

—La vendí —responde Noah con un suspiro—. Para llegar a ella tenía que pasar por delante del lugar en el que murieron y tenía demasiados recuerdos dentro. No me veía pasando el resto de mi vida allí.

Aprieta el brazo de Noah y luego sube hasta poner la mano en su cuello. Permanece así unos segundos, aunque el coche se haya detenido.

—Debió ser horroroso para ti.

—No sé qué habría sido de mí sin Stella, Eli y Jason.

No conoce a esas personas, pero, solo por lo que Noah le ha contado de ellos, les va a tener cariño toda su vida.

—¡Hostia! —exclama cuando Noah abre la puerta y le deja entrar en el apartamento primero—. Tienes buen gusto.

—Aún estás en la entrada.

—Chiqui, ya he visto suficiente. Es elegante, lujoso y con estilo. Justo como tú.

Noah le da un beso rápido en los labios y susurra un «gracias» contra su boca al tiempo que le acaricia la espalda.

—Puedes dejar tus cosas en el armario —le indica Noah cuando llegan a la habitación principal.

Abre las puertas y se queda observando el interior con el ceño fruncido. No tiene sentido que la mitad esté vacío.

—¿Por qué falta la mitad de la ropa? No tienes tanta en Ceapaire.

Puede ver cómo Noah se pone nervioso, y eso es algo extraño. No le ha visto perder esa calma suya, más que la vez que lo echó de su casa después de que se comportara como un auténtico gilipollas. Y en la cama, pero hacerle perder el control ahí le gusta.

—Lleva así desde que Castiel me dejó. No fui capaz de rellenarlo con mis cosas antes de irme a Ceapaire.

Observa a Noah con detenimiento. Parece un poco avergonzado y Blaise puede intuir por qué.

Si no recuerda mal, Castiel lo dejó meses antes de que decidiera abandonar Boston.

No puede ni imaginarse lo mal que tuvo que pasarlo durante ese tiempo si fue incapaz de borrar el paso de ese capullo por su apartamento.

Blaise sonríe, abre la maleta, saca su ropa y la cuelga en el hueco vacío del armario. Como si lo conquistase y lo reclamase para sí mismo.

Noah le sonríe desde el otro lado de la cama, y a Blaise el corazón le da un triple salto mortal en el pecho.

—Ven aquí —le pide. Se lame los labios, haciendo que la mirada de su novio se fije en su boca.

Noah se detiene frente a Blaise y pone una mano en su cintura.

Da un paso al frente y agacha la cabeza para poder besarlo.

Sus labios saben al refresco de cola y a las patatas fritas de queso que había llevado para el viaje.

Pone una mano en el cuello del escritor y la otra en su nuca para poder profundizar el beso.

Le encanta beberse los gemidos de Noah. Le emborrachan más que cualquier alcohol. Blaise sonríe en mitad del beso cuando su novio tira de él y junta sus caderas. No tarda mucho en notar cómo sus erecciones comienzan a frotarse con cada movimiento.

Se aparta y observa los labios hinchados de Noah, sus mejillas sonrojadas, las pupilas dilatadas y la silueta de su polla marcándose bajo la tela de los pantalones.

Se le hace la boca agua solo de verla, así que no lo piensa dos veces.

Baja la cremallera de la bragueta de su novio y mete los dedos bajo la cinturilla antes de dejarse caer de rodillas, llevándose las prendas con él y dejando al descubierto la erección de Noah.

Puede que no vaya a estar muchos días en Boston, pero se va a encargar de dejar unos cuantos recuerdos inolvidables en ese apartamento.

***

Se mira en el espejo de cuerpo entero que hay en la habitación y tuerce el gesto. No acaba de sentirse muy cómodo con lo que ha elegido, pero quiere causarles una buena impresión a los amigos de Noah.

—¿Qué demonios llevas puesto? —le pregunta Noah, asomándose por encima de su hombro.

—¿Ropa?

—No te he visto ponerte nada negro desde que te conozco.

—Bueno, no todos los días te presentan a la familia de tu novio… —Tira de la camisa y suspira.

—Mírame, Blay —le pide Noah, obligándole a girarse—. Este no eres tú. Blaise Price es colores brillantes, ropa estrafalaria y sonrisa malintencionada. Quiero que mis amigos te conozcan.

—¿Estás seguro?

Noah no responde, pero sonríe y levanta la cabeza para que Blaise pueda besarlo. Su novio se separa y le da una palmada en el culo.

—Cámbiate, Blay.

—Sigue dándome órdenes y puede que lleguemos tarde a la cena —le advierte, comenzando a desvestirse para obedecer.

Noah lo observa desde la otra punta de la habitación, y Blaise lo agradece, porque no responde si lo tiene cerca con lo guapo que se ha puesto.

—Si llegamos tarde, Stella sabrá que es por tu culpa y te cortará los testículos. Les tengo mucho cariño, así que no creo que sea una buena idea.

Aprieta los muslos y se tapa la entrepierna con las manos cuando escucha eso, siseando de dolor solo de imaginárselo.

—Empiezo a tenerle miedo a Stella.

La risa de Noah no le da ninguna tranquilidad.

***

Toma aire profundamente y lo suelta despacio antes de dejar ir la mano de Noah para indicarle que puede llamar al timbre.

Una mujer morena de pelo ondulado y largo ocupa el hueco que deja la hoja cuando se abre.

Lleva un vestido rojo con un profundo escote en V, que insinúa unos pechos pequeños pero firmes, y unos zapatos de tacón bajo.

Es sin duda la misma mujer que vio en la pantalla del móvil de su novio hace algo menos de una semana.

En cuanto ve a Noah, el rostro de Stella se ilumina como el cielo el cuatro de julio.

—¡Noah! —grita Stella antes de echarse a sus brazos.

Observa cómo Stella besa y abraza a Noah como lo hace Layla con él. También comprueba que Noah no ha adelgazado y le dice varias veces que está muy guapo. Blaise está muy de acuerdo con eso.

Cuando los ojos verdeazulados se posan en Blaise, Stella pone las manos en sus caderas y levanta una ceja, estudiándolo como si fuera un insecto bajo el microscopio.

—Así que tú eres Blaise… Bienvenido a mi casa.

En el tono de Stella no hay nada de animadversión, tal vez algo de curiosidad, lo que tranquiliza un poco a Blaise, porque es muy consciente de que, con lo protectora que le ha dicho Noah que es, tendría sentido que lo recibiera con las uñas sacadas por haberle hecho daño a su mejor amigo.

—Es un placer conocerte —dice, tendiéndole la botella de vino que han comprado de camino.

—No lo digas tan pronto.

—¡Stella! —la reprende Noah, ignorando la sonrisa ladeada de su mejor amiga.

—No seas un aguafiestas, Noah. Deja que lo acojone un poco antes de darle el visto bueno.

Stella se aparta y deja que entren en la casa. Blaise observa el vestíbulo, intentando captar algo de la personalidad de sus habitantes.

—Estamos reformándola poco a poco —le advierte Stella cuando lo ve fijarse en la estancia—. Esto está casi como cuando la compramos porque nos importan más otras habitaciones. No te quedes con esto. Tengo mucho mejor gusto como para elegir este papel pintado.

—Tienes que ver su estudio —dice Noah, poniendo una mano en la parte baja de la espalda de Blaise—. Te encantará, porque está llena de luz y color.

Stella sonríe de medio lado y pone un gesto de estar muy orgullosa de sí misma.

—Algo me dice que Blaise sabrá apreciarlo. No como tú, Noah, que siempre vas tan… soso.

—A mí me gusta —comenta, no tanto para salir en favor de Noah, sino porque le encanta cómo viste su novio.

Noah le sonríe y lleva su mano hasta el otro lado de su cintura para pegarlo a su cuerpo.

—Míralos, qué monos… —Stella hace un puchero durante unos segundos y luego da una palmada en el aire, sobresaltándolos—. Pasad, que Eli ya ha llegado.

Noah le está presentando a Eliana y a Tommy cuando alguien llama a la puerta, y Stella aparece poco después con una preciosa mujer que le da un beso en los labios a Eliana.

Antes incluso de que se sienten a cenar, Blaise ya adora a esas personas. No solo porque se nota a la legua que quieren y protegen a Noah; también porque se han molestado en incluirle en todas las conversaciones, se interesan por él y no le hacen sentir culpable por sus errores.

En un momento dado, después de la cena, se queda a solas con Stella en la cocina. Blaise no tiene ninguna duda de que ha sido totalmente intencionado, así que se tensa un poco cuando Eliana se lleva a Noah al salón.

—Me has caído bien. Pareces buena persona y se nota que estás loco por Noah.