CAPÍTULO 27 #4
Blaise alcanza el orgasmo con una última estocada mientras masculla el nombre de su novio y sus músculos tiemblan. Su chico se desploma sobre Noah, que lo rodea mientras deja una serie de pequeños besos en su sien.
—Dame unos minutos y lo volvemos a hacer, chiqui.
Noah se ríe y acaricia la espalda húmeda de su amante, que respira entrecortado antes de clavar los codos en el colchón para liberarlo un poco de su peso. Protesta cuando Blaise se retira y se deja caer a su lado, deshaciéndose del preservativo.
—¿Recuerdas lo de «solo quiero follarte o que me folles»? —Espera a que Blaise asienta para continuar—. Pues la próxima vez te toca ser follado.
Blaise se ríe y asiente de nuevo.
—Me parece perfecto. Cuando estés listo, empezamos.
Se une a la risa de su novio y se gira hasta quedar de lado para poder mirarlo.
—No hay prisa. Tenemos toda la noche…
Su chico asiente, con los ojos cerrados y la sonrisa en los labios. Está guapísimo así, y Noah no duda en acurrucarse contra su costado, murmurando su aprobación cuando Blaise pasa la mano por su espalda.
—¿Cómo es eso de que querías que te la chupara desde el primer día? —se interesa Blaise, mirándolo de reojo—. ¿Me estás diciendo que podríamos haber estado haciendo esto desde finales de agosto?
—No, ni de coña. Ya sabes que no me acuesto con mis amigos.
—Entonces no éramos amigos. Podríamos haber follado como conejos.
—Sabía que íbamos a serlo. Eres el nieto de la mejor amiga de mi abuela, el que ha cuidado de mi casa cuando vivía en Boston, y eres dueño de la tienda local.
Por no hablar de que organizas el club de lectura y te has leído mi libro.
—Se encoge de hombros y habla como si lo que va a decir fuera la única respuesta posible—: Estaba cantado que acabaríamos congeniando.
—¿Por qué tienes que ser tan… racional? Te la habría chupado encantado.
Noah se aparta el pelo húmedo de la frente y se acoda en el colchón para poder mirar a su novio.
—Piénsalo así. Si nos hubiéramos acostado cuando nos conocimos, tal vez tú no habrías insistido tanto en tirarme la caña, no hubiéramos pasado tanto tiempo juntos y no nos habríamos enamorado.
Blaise lo mira con los ojos entrecerrados y una sonrisa se dibuja en sus labios.
—Vale. Te lo compro. Pero voy a tener que recuperar el tiempo perdido. —Blaise levanta las cejas y luego le lanza una mirada a la entrepierna de Noah.
—Trato hecho.
Permanecen unos segundos en silencio, pero, antes de que vuelva a acurrucarse contra el costado de su novio, Blaise lo mira.
—Nunca pensé que me pusiera tanto que me dieran órdenes.
—Lo tendré en cuenta —responde, señalándose la frente como si lo hubiera guardado ahí.
—Y sé que a ti te ha gustado que te diga guarradas.
Esconde el rostro en el pecho de Blaise y lloriquea, un poco avergonzado porque Blaise tiene razón.
—Mientras los dos queramos, nada de lo que hagamos o digamos aquí es vergonzoso, Noah. Es importante que tengamos eso claro y que lo hablemos.
—Lo sé —concuerda—. Ser amigos, además de amantes. Es lo que me gusta.
—No es lo único que te gusta, chiqui. Y todo lo que aún no sé, lo descubriré.
—¿Sabes una de las cosas que más me gustan?
—Sorpréndeme —le pide Blaise.
—Esto: hablar después del sexo, reírnos en los preliminares y, mientras lo hacemos, que no sea incómodo o forzado…
Blaise se gira, coge su rostro con las dos manos y lo besa, lento y suave, dulce pero un poco sucio. Podría acostumbrarse a ese tipo de besos.
***
Pasan la mañana del domingo en la cama, hablando y haciéndose carantoñas, robándose besos y teniendo su tercera ronda en menos de veinticuatro horas.
No recuerda haber tenido tanto sexo desde que era un adolescente con las hormonas revolucionadas.
Le echará la culpa a que lleva demasiado tiempo sin acostarse con nadie.
—No me apetece cocinar —gruñe, estirándose en la cama antes de acurrucarse contra el cuerpo de Blaise.
—Puedo hacerlo yo, pero no prometo no prenderle fuego a la casa.
Apoya las dos manos en el pecho de su novio y la barbilla en los nudillos para poder mirar a Blaise a los ojos.
—Había pensado que podríamos salir a comer fuera. Hace mucho que no lo hacemos. Y nunca desde que estamos juntos.
Recuerda aquella conversación, hace tanto tiempo que parece que fue hace un siglo, en la que Blaise le confesó que sus citas no tenían ningún problema en follar con él, pero que no estaban tan dispuestos a que los vieran juntos.
No quiere que ese hombre que le ha robado el corazón se sienta como un secreto que quiere esconder.
—¿Qué te apetece comer? ¿Mexicano otra vez?
—Mejor algo nuevo. Confío en tu buen gusto. —Se lame los labios y sonríe, pícaro.
—Sí lo tengo, no voy a negarlo. —Blaise lo piensa durante algunos segundos antes de levantar la ceja—. Hay un italiano a las afueras al que creo que no has ido. Te va a encantar.
—Me apetece mucho un poco de pasta, aunque me encantaría cualquier cosa que tú me recomiendes.
—¿Quién es un pelota ahora?
Le da un beso junto al pezón a Blaise antes de volver a apoyar la cabeza en su hombro. Ronronea cuando su novio le acaricia la espalda y luego hunde los dedos en su pelo para masajear su cuero cabelludo.
Sonríe y cierra los ojos. No recuerda la última vez que se sintió así: cómodo, feliz, pleno, seguro, confiado…