CAPÍTULO 26 #2
Hablan de casi todo durante la cena; de qué hicieron en Acción de Gracias, cómo se celebra la Navidad en Ceapaire y los planes que tienen para las fiestas. A Hazel le brillan los ojos cuando Noah le dice que sus amigos irán a pasar algunos días en Navidad.
Cuando terminan, se trasladan al salón. Noah lleva tres platos con sendas porciones de la tarta de chocolate que ha hecho y, mientras Hazel se sienta en el sillón, Blaise y Noah comienzan a decorar el árbol con los villancicos sonando de fondo a un volumen que les permite seguir hablando.
Se apartan para observar cómo ha quedado, una vez que han colgado todos los adornos que ha comprado, y sonríe, orgulloso con el resultado.
Cuando se gira para saber qué opina Hazel, se la encuentra dando una cabezada, y se siente culpable por haber permitido que se quedaran hasta tan tarde solo para ayudarlo.
—No me he dado cuenta de lo tarde que era. Lo siento.
Hazel abre los ojos de golpe y sonríe cuando los ve observándola.
—Ha quedado precioso, chicos. Tenéis un don. Y está claro que hacéis un buen equipo.
—Tan sutil como un elefante en una cacharrería —masculla Blaise, haciendo que a Noah se le escape una risita—. Será mejor que nos vayamos, Nana. Te estabas quedando dormida.
—Eso no es cierto. Solo estaba descansando los ojos.
—Es su excusa favorita —bromea Blaise, acercándose a su abuela para ayudarla a levantarse—. Venga, Nana. Es hora de volver a casa.
—Me lo he pasado muy bien esta noche, Noah. Gracias por invitarme.
—Puedes venir cuando quieras, Hazel.
La anciana coge su mano y la palmea antes de agarrarse al brazo que le ofrece su nieto para acompañarla hasta la puerta.
—No se te ocurra intentar poner las luces exteriores tú solo, chiqui. No vayas a caerte y me dejes sin… amigo. —Blaise le guiña un ojo desde el camino de entrada y le lanza un beso.
Se ríe y permanece en la puerta hasta que el motor del coche cobra vida. Solo entonces se despide con la mano de sus invitados y la cierra.
***
Dos días después, mientras Blaise está leyendo en la salita, Noah termina de corregir el manuscrito.
Suspira y sonríe una vez que ha hecho los cambios en el documento y lo ha guardado.
Luego cierra la versión impresa y le da una palmadita.
Está orgulloso de la historia que ha contado, de la evolución de sus personajes y de cómo se ha emocionado en algunas escenas a pesar de haberlo escrito él.
Entra en la estancia y sonríe aún más cuando ve al hombre del que está enamorado tumbado en el sofá más pequeño, con los pies colgando sobre el reposabrazos y la mirada fija en el libro que tiene entre las manos.
—He acabado —anuncia, acercándose a Blaise.
El profesor levanta la cabeza y sonríe cuando sus ojos se encuentran. Puede ver cómo se le ilumina el rostro cuando se da cuenta de lo que significan esas palabras.
Antes de que pueda darse cuenta, Blaise ha cogido su mano y tira de ella hasta hacerlo caer sobre él.
Suelta una carcajada al tiempo que se acomoda para no clavarle el codo, y contiene el aliento cuando Blaise lo besa con los brazos rodeándole la cintura para que no se caiga en esa postura un poco incómoda.
—Enhorabuena, chiqui. Estoy muy orgulloso de ti.
Nota cómo se sonroja, pero no se molesta en bajar la cabeza para que Blaise no lo note. Con él no le sale esconderse o disimular cómo se siente. Siempre ha sido así, pero es más consciente de ello.
A Noah le encanta esa intimidad que están creando en tan pocos días.
Blaise pasa cada segundo libre en su casa, demostrándole que lo escucha y tiene en cuenta esos pequeños comentarios que para la mayoría pasarían por alto y que para el profesor solo son una excusa para regalarle un libro que acaba de publicarse o una chocolatina que le recuerda a su infancia.
—¿Eso significa que podemos volver a leer juntos para que yo pueda seguir haciéndote insinuaciones cada vez que leo una escena picante?
—Eres incorregible. —Se levanta de encima de Blaise y se deja caer en el otro sofá.
—Y te encanta que lo sea, chiqui.
Blaise pone el marcapáginas en su sitio, cierra el libro y lo deja sobre la mesita mientras se retrepa hasta quedar sentado, con la espalda apoyada en el reposabrazos.
—Antes, mientras estabas hablando con tu agente, he caído en una cosa. Si estudiaste Literatura Inglesa, ¿por qué acabaste trabajando de administrativo en una editorial?
Se le escapa la risa al escuchar la pregunta. Es algo que, en perspectiva, le parece ridículo, pero en su momento pensó que tenía sentido.
—Una compañera de carrera comenzó a hacer prácticas en una editorial y, cuando acabó, se quedó trabajando como ayudante de una de las editoras.
Estaban buscando a alguien para administración.
No tenía nada que ver con cuentas ni nada por el estilo; solo tenía que hacer papeleo, encargarse de los formularios y esas cosas…
—explica, para que se haga una idea de cuál era su labor, al menos al principio.
»Mi compañera me ofreció el puesto, y me pareció que sería una buena idea para meter la cabeza en el mundillo y que así podría pasarle mis manuscritos a alguien.
Pone los ojos en blanco, lamentando lo inocente que fue. O, mejor, lo desesperado que estaba porque alguien le diera una oportunidad.
—Cuando acabé el primer manuscrito del que me sentí orgulloso, se lo di a una de las editoras con las que tenía cierta amistad.
Lo cogió a regañadientes y, al cabo de varios meses, me dijo que a la editorial no le interesaba, que se notaba que estaba muy verde, que tal vez debería seguir practicando para mejorar y que era demasiado atrevido para la editorial, porque los protagonistas eran dos hombres.
—¡Qué capu…! —Blaise se muerde la lengua para no terminar la frase, pero todo su rostro muestra lo que siente.
—Estuve un par de meses dándoles vueltas a sus palabras, pero Stella me convenció para que contratara a un agente literario con el que había estado trabajando para hacerle la página web.
A la semana me había enviado el borrador de un contrato y un listado de editoriales a las que pensaba enviarles mi manuscrito.
—Recuérdame que le dé las gracias a Stella cuando la conozca.
—¿Sabes lo mejor? —Noah espera a que Blaise asienta para continuar—.
La primera semana que De Boston al cielo estuvo en el número uno de los más vendidos, esa editora que lo rechazó vino a buscarme a Administración para ofrecerme un contrato bastante sustancioso para publicar mis siguientes novelas con ellos.
—Espero que la mandaras a la mierda.
—No exactamente. Le dije que prefería ganar menos y estar con una empresa que apreciara lo que hacía, que firmar con otra que me había rechazado de esa forma.
—Toma aire y lo suelta despacio, recordando aquella conversación incómoda—.
Al mes siguiente, cuando mi novela llevaba varias semanas en la lista de más vendidos y ya había vendido los derechos para traducirla a dos idiomas distintos, presenté la dimisión.
—¡Ese es mi chico! —Blaise se sienta en el sofá y levanta la mano para que le choque los cinco—. Tomaste la decisión adecuada.
—Lucy me cae bien. Es un poco pesada cuando se acerca la fecha límite, pero entiendo que es su trabajo y no puede dejar que sus autores hagan lo que quieran.
—No puedes trabajar en una de las editoriales más importantes del mundo sin tener algo de mano dura, pero, conociéndote, estoy seguro de que tú no se lo pones difícil.
—Tienes muy buena opinión de mí. —Tampoco esconde el sonrojo esta vez.
—Por supuesto. Estoy enamorado de ti.
Se le atasca el aliento en la garganta cuando lo escucha. Da igual cuántas veces se lo diga; siempre siente que se le va a salir el corazón del pecho y quiere ponerse a gritar como un niño al que le han dado un regalo que llevaba meses esperando.
Noah se pone en pie, se acerca a Blaise y lo empuja para sentarse a horcajadas sobre su regazo. Sostiene su rostro como suele hacerlo el profesor y lo besa despacio, disfrutando del tacto de sus labios sobre los suyos antes de presionarlos con la lengua y adentrarse en su boca.
Blaise lo estrecha con firmeza, rodeando la cintura de Noah con los brazos mientras le cede el control del beso.
Noah apoya la frente en la de ese impresionante hombre, cierra los ojos y suspira. Es increíble lo cómodo que se siente con Blaise, incluso después de aquel encontronazo.
—Chiqui, me estás matando —susurra Blaise contra su boca, pero sin llegar a besarlo.
A Noah se le escapa una risita, pero no se aparta, porque los abrazos de Blaise siguen siendo los mejores del mundo.