Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Blaise

A Blaise esas semanas se le están haciendo cuesta arriba, especialmente esa tarde, que Nana ha ido a visitar a una amiga enferma.

Está empezando a pensar que, tal vez, deberían plantearse en serio contratar a alguien para atender la tienda por las tardes porque en ese momento lo único que le apetece es irse a casa, tumbarse en el sofá y mirar las redes sociales para ver si así descubre si Noah sigue en Boston.

Revisó todas y cada una de las historias que subieron durante Acción de Gracias.

Un par de días atrás, sus amigas colgaron fotos de una cena con Noah y sus respectivas parejas, y a Blaise le hubiera encantado poder estar ahí con él.

Pero no han vuelto a subir nada desde entonces, así que no tiene ni idea de si sigue en su casa, se ha ido a Nueva York o ha cogido un avión a Los Ángeles o a Sídney.

Seguro que le apetece más que volver a Ceapaire y arriesgarse a encontrarse con Blaise.

Queda solo una hora para cerrar y apenas hay clientes, así que saca la lista de los pedidos que tiene que repartir Rogelio por la mañana, cuando ve una hoja escrita con la pulcra letra de Noah. El corazón se le salta un latido cuando la reconoce y es consciente de lo que eso significa.

Hasta que ve la nota que Rogelio ha pegado sobre el folio de Noah:

«A entregar por la mañana, solo por Roge».

Se deja caer sobre la silla, herido, decepcionado y, por qué no decirlo, también un poco cabreado. Es consciente de que Noah tiene motivos para estar enfadado, pero hasta el punto de no querer ni que le lleve los pedidos le parece demasiado. Ni que estuviera apestado.

El teléfono le suena en el bolsillo y suspira cuando ve el nombre de Layla en la pantalla. No suele llamarle a esas horas, así que se preocupa por si hay alguna emergencia.

—¿Sí? ¿Ha pasado algo, princesa?

—No, tranquilo. Todo está bien. Solo llamaba para saber si ya lo has visto.

—¿Cómo lo has sabido? —pregunta, sorprendido, aunque no mucho, porque a veces la tienda parece un podcast de esos de cotilleos locales.

—Me ha avisado Roge. Sabía que te enfadarías cuando lo vieras y quería que me asegurara de que estarías bien.

—No estoy enfadado.

—Ya, claro. Blay, nos conocemos. —Layla chasquea la lengua y guarda silencio unos segundos antes de continuar—: Por supuesto que estás enfadado y lo puedo llegar a entender,

pero también comprendo que a Noah no le apetezca abrir la puerta y encontrarse tu careto después de lo que pasó la última vez que te pasaste por su casa.

—Te dije que no iba a perdonarme nunca.

—Ya sabes lo que opino, hermanito.

—Que tengo que arrastrarme —susurra, más para él que para que Layla se lo confirme.

—Como una serpiente. Al menos, ya sabes que está en Ceapaire y que tienes la oportunidad de disculparte si quieres que te perdone.

—¿Y si me manda a la mierda?

Hacía años que no se sentía tan inseguro, desde que Seven lo dejó con toda la mierda que le hizo pasar mientras Layla estaba recuperándose del accidente. Pero con Noah vuelve a estar indeciso sobre qué hacer y cómo.

—Pues te jodes y vuelves a intentarlo.

—Eres única dando consejos —dice con tono irónico, aunque sabe que su hermana tiene razón.

—Los que mereces. Blaise, sabes que te adoro, pero esta vez la has cagado y necesitas que alguien te lo diga y te anime a hacer lo correcto.

—Y eso es ir a su casa, arrastrarme y pedirle perdón.

—Básicamente. —Layla se queda en silencio unos segundos y Blaise se la imagina sonriendo—. Yo añadiría al pedido algo que no esté en la lista, pero que sepas que le va a hacer ilusión, como ofrenda de paz.

—Si me cierra la puerta en las narices, será tu culpa.

—Si no lo hace, ¿qué me llevo yo?

—¿Te parece poco que tu hermano sea feliz? —pregunta, medio en serio y medio en broma.

—Joder, hermanito, estás muy colgado.

—Que te den, Layla.

—¿Ya estás pensando en el sexo, hermanito? Aún no te ha perdonado —le pincha su hermana.

—No sé por qué te he cogido el teléfono.

—Porque sabes que doy buenos consejos y necesitabas que alguien te diera el empujoncito para hacer lo correcto.

—En realidad, pensaba que había pasado algo —le aclara, aunque sabe que su hermana tiene parte de razón.

Cuelga después de darle las gracias y comienza a organizar los pedidos de la lista. Como siempre que prepara el que ha hecho Noah, Blaise lo hace con mucho cuidado, eligiendo siempre lo mejor y lo que sabe que le gusta.

No es que no lo haga con todos los clientes, porque selecciona cada producto con cuidado, pero no los conoce tanto como a Noah.

Deja el resto de cajas en la trastienda para que Rogelio se encargue de añadir los productos frescos antes de hacer el reparto, se asegura de cerrar todas las cámaras frigoríficas, apagar las luces y poner la alarma antes de salir.

Aparca el coche frente a la casa de Noah y, aunque todo está a oscuras y en silencio, Blaise lo intenta.

Recorre el camino de entrada y llama al timbre tras dejar las cajas en el suelo.

Espera unos segundos antes de volver a presionar el botón.

Regresa a su coche con el pedido y se queda unos instantes tras el volante, pensando qué hacer.

Podría quedarse ahí hasta que volviera, porque tiene el coche en el garaje, así que no ha podido volver a Boston. Piensa en el parque al que lo llevó semanas atrás, pero está demasiado lejos. Y, hasta donde Blaise sabe, solo ha estado un par de veces más y ya ha oscurecido.

Así que pone el coche en marcha y conduce hasta la playa.

Sabe que es uno de los lugares favoritos de Noah en Ceapaire.

Aparca y sale, dispuesto a dar un paseo, cuando lo ve.

Parece que estaba sentado en la arena, bajo un desnivel, y se ha puesto en pie, así que camina a paso rápido antes de que abandone el lugar.

Salta desde la parte superior y cae junto a Noah, pero a cierta distancia para no incomodarlo.

Noah da un respingo y se lleva la mano al pecho mientras cierra los ojos.

Hace una mueca porque no era su intención asustarlo.

No es un buen comienzo y, si Layla lo viera, le haría agacharse para poder darle una colleja.

—Perdón. No quería sobresaltarte.

Noah no responde, pero tampoco se aleja, y Blaise casi suspira de alivio.

—Te estaba buscando. —Blaise espera una reacción de Noah, que se limita a seguir con la mirada clavada en el horizonte—. ¿Podemos hablar?

—Ya dijiste todo lo que quisiste la última vez.

—Noah, por favor… Quiero disculparme.

Noah le lanza una mirada de refilón, que dura un segundo, antes de volver a clavarla en el mar.

Permanece en silencio, esperando a que Noah diga o haga algo que le permita saber si va a escucharlo o va a mandarlo a la mierda. En ese momento, cualquiera de las dos opciones le parece factible e, incluso, preferible a ese silencio.

No sabe cuánto pasa antes de que Noah levante una ceja y suspire, girando un poco el rostro hacia Blaise.

—¿No ibas a pedir perdón?

Esta vez el suspiro se le escapa antes de poder controlarlo y asiente, lamiéndose los labios mientras intenta encontrar las palabras que muestren lo que quiere decir.

—Lo primero que quiero es decirte que lo siento. Fui un gilipollas, insensible y mezquino. Siento haberte dicho todas esas cosas y, sobre todo, lamento no haber entendido lo que significaba lo que me estabas diciendo.

—A mí me parece que lo entendiste muy bien.

—No voy a excusarme con lo que pasó con Jim, porque sé que tú no eres como él, y compararos fue un golpe bajo y muy injusto por mi parte.

Noah se gira un poco hasta que casi quedan frente a frente, aunque su cuerpo, con los brazos cruzados, forma una barrera que a Blaise se le antoja infranqueable.

—Bastaba con rechazarme. ¡No! —grita Noah, mirándole directamente a los ojos—. Bastaba con que no hubieras insistido y me hubieras permitido gestionarlo por mi cuenta.

—Solo quería saber por qué me estabas dando de lado. No se me ocurrió que esa sería la respuesta. Pero… —Blaise toma aire y lo suelta despacio— me alegro de que me lo dijeras.

—¿Para que pudieras gritarme y enfadarte conmigo?

—No, claro que no. Porque me sirvió para darme cuenta de algunas cosas.

—Me alegro por ti. —El tono de Noah desprende sarcasmo, y es algo que a Blaise le resulta muy extraño porque jamás le había escuchado así.

—Al principio me enfadé mucho, porque pensé que todo se estaba repitiendo e iba a perder otro amigo.

—En eso acertaste.

Da un paso atrás al escuchar a Noah. Siente como si le hubiera dado un puñetazo en el estómago.

Abre la boca, pero no sabe qué más decir.

No tiene muy claro que tenga sentido decirle lo que descubrió cuando se fue, pero luego piensa que, si no lo hace, Layla le cortará las pelotas y las colgará sobre la puerta de la tienda para que todos puedan golpearlas al entrar, y avanza hasta quedar a pocos centímetros de Noah.

—Estaba asustado, pero no fui consciente del motivo hasta que te fuiste.

—Dobla un poco las rodillas para colocarse a la altura de Noah y toma aire antes de soltarlo—.

Me he enamorado de ti y soy un imbécil por no haberlo visto antes y, sobre todo, por haberme enfadado contigo por algo que sé mejor que nadie que no se puede controlar.

Noah lo mira con los ojos muy abiertos y los labios apretados en un gesto que Blaise es incapaz de leer. Podría estar a punto de mandarlo a la mierda o echarse a reír, y ninguna de las dos opciones le sorprendería lo más mínimo.

—Si esto es una broma, no me está haciendo ni puta gracia —Noah responde con la mandíbula aún apretada, siseando las palabras como si las escupiese.

Es la primera vez que escucha a Noah pronunciar palabras malsonantes. Por lo general, es muy correcto hablando.

—¿En serio crees que podría bromear con algo así después de lo que ha pasado?

—Si lo que quieres es echar un polvo, conmigo lo llevas claro.

Esta vez el golpe emocional es incluso peor que el de antes, y a Blaise le cuesta hasta no doblarse para contrarrestarlo.

—Me conoces lo suficiente para saber que jamás usaría algo así para intentar llevarte a la cama.

—¿Te conozco? Yo creo que no, Blaise. La persona que pensaba que conocía no me habría dicho lo que me soltaste la otra vez.

—Te he dicho que lo siento, que fui un gilipollas. Pero también te estoy intentando explicar…

—¿Qué, Blaise? —casi grita Noah, perdiendo un poco la compostura.

—Que yo también me he enamorado de ti. Que, a pesar de llevar años diciendo que el amor no era para mí y que no iba a volverme a pasar, me he caído con todo el puto equipo por ti, joder.

Permanecen en silencio, mirándose a los ojos con la poca luz que los ilumina. Blaise está seguro de que Noah lo va a mandar a la mierda.

—Vas a tener que hacer algo más que eso si quieres que me trague tus disculpas.

Noah da media vuelta y se aleja hasta una zona por la que puede volver al paseo. Blaise no tiene muy claro qué hacer, hasta que Noah se gira un poco y lo mira por encima del hombro.

—¿Vas a llevarme a casa o tengo que irme andando?

Le falta tiempo para ponerse a su altura y se detiene frente a Noah para señalarle con la cabeza dónde ha dejado aparcado el coche.

Como si el paseo estuviera a rebosar a esas horas de la tarde a principios de diciembre.

Pero merece la pena, porque Noah se muerde la sonrisa y levanta una ceja, divertido.

Caminan hasta el vehículo, tan cerca el uno del otro que sus nudillos se rozan, y a Blaise el corazón le baila en el pecho por la necesidad de buscar los dedos de Noah y entrelazarlos con los suyos. Blaise le abre la puerta del copiloto, haciéndole un gesto con la mano a Noah para que se siente.

—Gracias —susurra Noah, y le roza la mano cuando se dispone a acomodarse en el interior.

Cierra la puerta con cuidado, y solo al ver su reflejo en la ventanilla se da cuenta de que está sonriendo. Rodea el vehículo por la parte trasera para poder dar un pequeño saltito de emoción porque, al menos, Noah le ha dejado disculparse y tiene una opción de conseguir que le perdone.

—¿Eso que llevas ahí es mi compra? —le pregunta Noah cuando Blaise se coloca tras el volante.

—Era una excusa para no parecer más pringado de lo que ya soy si me cerrabas la puerta en las narices. Ha sido cosa mía, no te enfades con Roge.

Observa a Noah de refilón mientras pone en marcha el coche y no se le escapa el esbozo de sonrisa que se le dibuja en los labios.

Eso consigue infundirle algo de esperanza.

Conduce despacio, intentando alargar el tiempo para estar con el escritor; porque no sabe si, una vez que lleguen a la casa, Noah le va a pedir que se vaya de nuevo.

Le gustaría ponerle la mano en la rodilla, como tantas veces ha hecho cuando han compartido coche, pero sabe que sería muy inapropiado dadas las circunstancias.

—Te he echado de menos…, y no me refiero a estas últimas dos semanas —confiesa, para dejar claro lo que quiere decir.

No espera respuesta, así que le sorprende que Noah suspire antes de girarse para mirarlo desde el asiento del copiloto.

—Yo también te he extrañado.

Se lamenta cuando detiene el vehículo frente a la casa de Noah, deseando haber intentado sonsacarle algunas palabras más, porque una de las cosas que más ha echado de menos son sus charlas.

Noah abre la puerta y baja antes de que Blaise pueda hacerlo. El escritor se inclina para poder mirarlo a través del hueco.

—La compra no se va a meter sola en mi casa.

Y, sin esperar respuesta, Noah cierra la puerta y comienza a caminar hacia la entrada de su hogar. A Blaise le falta tiempo para salir del coche, coger las cajas y apresurarse para llegar a la puerta cuando Noah la mantiene abierta para dejarlo pasar.