CAPÍTULO 22
Blaise
Blaise sabe que Noah no está en Ceapaire en cuanto pasa por su calle y la casa parece haber perdido parte de su calidez. También porque es de noche y no hay ni una sola luz en el interior.
No sabe por qué se deja caer por allí, porque sigue enfadado con él por haberle hecho eso. Nunca se imaginó que Noah se enamorara de él después de haber sido el blanco de los comentarios inapropiados de Jim y contarle toda la historia. Y, sin embargo, ahí están.
Le cuesta entender por qué lo hace, pero es como un instinto que lo impulsa a abrir Instagram y buscar las cuentas de las amigas de Noah.
No es tonto e intuye que ha vuelto a Boston, y está seguro de que ellas colgarán algo.
Lo que no acaba de entender es por qué le importa una mierda si está furioso por haberse cargado su amistad.
Stella ha subido algunas historias contando cómo ha creado una página web y contando trucos que a Blaise le suenan a chino, pero, justo cuando está a punto de salir de su perfil, aparece la cara de Noah en una de ellas.
Están sentados en un sofá, con una mesa llena de botellines de cerveza vacíos y la sonrisa bobalicona de quien ha bebido más de la cuenta.
Luego se pasa por el perfil de Eliana, que ha compartido algunas noticias sobre casos de derechos humanos y luego un par de fotos de los tres cenando algo que Blaise está seguro de que ha cocinado Noah y un selfie riéndose en el mismo sofá que ha fotografiado Stella,
pero sin que salgan los botellines.
Deja el móvil sobre la cama y cierra los ojos. Echa mucho de menos a Noah. Lo extraña desde esa maldita fiesta de Halloween. Se lleva las manos a la cara y aprieta las palmas contra los ojos mientras se insulta mentalmente.
Debió darse cuenta. Ahora que sabe por qué Noah se mantuvo alejado de él durante las últimas semanas, todo encaja a la perfección. La salida precipitada del escritor de la fiesta a la vez que él se enrollaba con aquella preciosidad morena.
Pasa los siguientes días comprobando las redes sociales de las dos amigas de Noah.
Alguna de ellas siempre cuelga una imagen con él.
Sobre todo Stella, que es mucho más activa en sus cuentas, al menos en cuanto a mostrar parte de su vida personal, mientras que Eliana mantiene un perfil más profesional.
Cuando el lunes Stella se despide de Noah con una imagen de ella dándole un beso en la mejilla, Blaise tiene la esperanza de que vuelva a Ceapaire. Al fin y al cabo, le dijo que tenía que seguir trabajando en el manuscrito.
Así que, cuando ese martes acude a la tienda pasando por delante de la casa de Noah y sigue igual de desangelada que desde el sábado, empieza a pensar que su amigo no va a volver a Ceapaire.
No debería preocuparle. Y mucho menos molestarle, pero lo hace.
Nota cómo el enfado le bulle en las entrañas cuando contempla esa posibilidad.
Sabía que tarde o temprano Noah volvería a irse y, dadas las circunstancias, es hasta lo mejor que le podría pasar porque no le apetece tener que enfrentarse a la mirada que le lanzó antes de abrir la puerta y pedirle que abandonara su casa,
y tampoco con la posibilidad de tenerle en la ciudad y no poder ser su amigo.
El miércoles, durante la hora de la comida, Blaise se acomoda en una de las sillas que rodean la enorme mesa que preside la sala de profesores.
Se aburre sin poder mandarle mensajes a Noah para pincharlo, así que abre las redes sociales y comprueba una vez más que las amigas del escritor no han subido nada con él.
Entonces recuerda que Noah le habló de un chico que vive en Nueva York y con el que tuvo algo antes de ser amigos.
Busca entre los seguidos de Noah hasta que da con el Jason correcto.
Hay historias de sus compañeros antes de la función, alguna de después, y entonces a Blaise el corazón se le salta un par de latidos antes de emprender una carrera desbocada por salírsele del pecho.
Se lleva la mano a ese punto en el que ese órgano martillea con tanta fuerza que hasta le duele y lo masajea mientras detiene la imagen para poder verla mejor.
Noah tiene los ojos cerrados y parece dormido, se intuye parte de su torso desnudo bajo las sábanas, y la foto está tomada desde tan cerca que no hay ningún tipo de duda de que está hecha desde pocos centímetros.
Entonces ve el texto que acompaña la imagen y las pocas dudas que le quedaban se desvanecen.
«Despertarse con esta belleza al lado es otro nivel».
Cierra los ojos y se obliga a respirar con normalidad para intentar que su corazón vuelva a un ritmo más pausado.
—Blaise, ¿te encuentras bien? —le pregunta Dale—. Tienes mala cara.
Abre los ojos e intenta sonreír, pero no debe salirle muy bien, porque Dale parece más preocupada y se acerca para sentarse a su lado.
—Seguro que alguno de los niños te ha pegado algo. Algunos padres siguen trayendo a sus hijos a clase a pesar de estar malos, como si esto fuera una enfermería.
—A algunos no les queda otro remedio —responde de nuevo, poniéndose un poco a la defensiva—. Si faltan al trabajo, los despiden, y no tienen a nadie con quien dejarlos.
Es el primero que critica que los padres no tengan en cuenta la salud y el bienestar de los profesores y del resto de compañeros, pero los entiende.
Él ha tenido la suerte de crecer en una familia en la que todos se ayudaban y, cuando no era su abuela la que los cuidaba mientras sus padres trabajaban, lo hacía alguno de sus tíos o tías.
Pero muchas de las familias cuyos hijos acuden a su clase no pueden contar con ese apoyo.
Además, tienen esa conversación cada vez que alguno de los alumnos acude con mocos, tos o algo de fiebre.
—Lo sé. Lo sé. Pero, con los más pequeños, cada comienzo de curso es una gincana entre toses, estornudos y vómitos.
—No ha sido nada. Solo he dormido mal —le aclara a su compañera, con la intención de que se dé por satisfecha y deje que vuelva a comprobar el perfil de Jason.
—Si necesitas algo, dímelo. No me importa salir a buscarte un café en lugar del agua sucia de la máquina.
—Gracias, Dale.
Su compañera le aprieta el brazo con una mano antes de levantarse con una sonrisa y sentarse en uno de los sofás que hay contra una de las paredes.
Solo cuando se asegura de que nadie puede ver la pantalla de su móvil, vuelve a entrar en la aplicación y repasa todas las historias de nuevo.
Se detiene unos segundos en la primera que ha colgado Jason esa mañana y luego ve otra de los dos amigos desayunando sentados en una pequeña mesa.
Noah está guapísimo con su pelo despeinado; una sonrisa en los labios, manchados de chocolate; y esa camiseta negra que le sienta tan bien.
A Blaise no le gusta lo que ve en sus ojos, o más bien echa de menos ese brillo divertido y un poco pícaro que suele tener.
Nota cómo el estómago se le revuelve y tiene que respirar hondo para contener la arcada cuando es consciente de lo que ese peso en la boca del estómago y esa sensación de ahogo significan.
Pensó que nunca volvería a estar en esa situación, que lo tenía controlado. Y, sin embargo, ahí está. Con el corazón del revés y las emociones a flor de piel.
***
Aunque no le toca ir a la tienda ese día, Blaise necesita hablar con su hermana. Es la única persona que sabe que no lo juzgará y sabrá darle buenos consejos.
—¿A qué debo este honor, hermanito? —le saluda Layla mientras rellena el expositor de especias.
Blaise se acerca a ella y coloca las que están en los estantes más altos y a los que su hermana apenas llega.
—Suéltalo, Blay. Solo te falta gimotear para comportarte como uno de esos cachorros abandonados. Que es exactamente lo que pareces desde que Noah se fue.
Se apoya en el pilar más cercano, cruzando las piernas a la altura de los tobillos y se cruza de brazos. Layla levanta una ceja y deja la caja vacía en el suelo antes de girar la silla hacia él para mirarlo de frente.
—El viernes fui a casa de Noah para preguntarle qué demonios le estaba pasando. La conversación se fue un poco de madre y me acabó confesando que se estaba enamorando de mí.
Layla suelta un resoplido y sonríe, divertida.
—Como si no fuera evidente.
—¿A qué te refieres? —pregunta, sorprendido.
—Blay, cariño, sabes que te quiero; pero, para cualquiera que os haya visto juntos, es evidente que sentís algo el uno por el otro.
—Yo no…
—No me mientas, hermanito —le advierte Layla, empujando la silla hasta colocarla frente a Blaise—. Si has venido aquí a decirme que tú no sientes lo mismo, te juro que te voy a atropellar con esto.
Blaise baja la mirada, avergonzado por tantas cosas que no sabe por dónde empezar.
—Me enfadé con él. Cuando me lo dijo —puntualiza al ver la cara de confusión de su hermana—. Le dije cosas muy feas y seguro que ahora me odia.
Layla suspira y hace rodar la silla de vuelta al mostrador. Blaise la sigue con la cabeza dándole vueltas con tantas sensaciones e información.
—Será mejor que empecemos por el principio: ¿qué le respondiste cuando te dijo que se había enamorado de ti?
Blaise repite todas las lindezas que le dijo a Noah, también su reacción, y espera a que Layla dé su veredicto.
—Eres tonto. Pero tontísimo nivel, Dios. —Layla se cruza de brazos y lo fulmina con la mirada desde detrás del mostrador—. Dime que al menos toda esa mierda no se la dijiste sabiendo lo que sientes por él.
No responde, porque aún está asimilando esa revelación que ha tenido cuando ha visto la historia de Jason.
—Voy a tomar eso como un no. —Layla vuelve a suspirar antes de echarse para atrás y palmear la silla que el resto utiliza cuando están en la caja.
Se está acomodando junto a su hermana cuando un par de adolescentes entran en la tienda. Los conoce desde que eran unos críos y, precisamente por eso, mueve la silla hasta dejarla frente al pasillo en el que se adentran.
—Son inofensivos —sisea Layla.
—Por separado. Juntos son una bomba que no quiero que explote en nuestro negocio.
—No estarás usándolos para no responder a mi pregunta, ¿verdad?
—Puede —reconoce, aunque es cierto que esos dos juntos son peligrosos—. Se lo dije porque estaba enfadado. Me recordó lo mierda que ha sido Jim desde que lo rechacé. No quiero eso para nosotros. Me gusta mucho Noah.