Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Noah

Tres días en Boston es justo lo que necesita.

Tiene largas conversaciones con Stella y Eliana, e incluso la primera noche van al cine los tres juntos para que Noah no se quede en casa pensando en lo que ha ocurrido en Ceapaire, pero también para que deje de darle vueltas a las posibles reacciones de su editora.

Adora a esas dos mujeres más de lo que puede explicar con palabras, y eso que es escritor. Así que ni se molesta en protestar cuando lo miman, lo abrazan y lo consuelan. Tampoco cuando la segunda noche lo sacan de fiesta y dejan que se emborrache a base de mojitos con más hielo que ron.

No le importa demasiado, porque lo que hace que esa noche se lo pase bien es tener a esas dos personas a su lado. Sobre todo cuando lo acompañan hasta su apartamento y se meten en la cama con él para demostrarle que ellas siempre estarán a su lado.

Intenta no pensar en lo equivocado que ha estado con Blaise. Pensó que era su amigo, uno de los buenos, pero ni siquiera ha intentado entenderle cuando ha surgido el primer bache en su relación.

—Te estoy escuchando pensar —protesta Eliana, apoyando la barbilla en su hombro y llamando la atención de Stella.

Suspira y clava la mirada en el techo.

—Lo que más me gustaba de Blaise es que era un buen amigo. Me habría muerto de aburrimiento en Ceapaire de no haber sido por él o me habría vuelto loco encerrado en casa sin hacer otra cosa que escribir.

—O las dos cosas —bromea Stella.

—A ver, entiendo que Blaise tenga ciertos reparos por encontrarse en una situación similar a una que ya ha vivido y no acabó bien, pero fue muy grosero y algo cruel contigo.

—Eso es quedarse corta, Eli. Si yo hubiera estado en Ceapaire, ahora mismo tendría un buen dolor de pelotas.

—Tú todo lo arreglas dando patadas en los testículos a la gente. —Eliana chasquea la lengua, pero sonríe.

—Solo a los gilipollas que le hacen daño a mis amigos.

—Puede que a Noah no le haga mucha gracia que lesiones a su enamorado, Stella. Sobre todo en esa parte.

—Como si fuera a disfrutarla… —Stella tuerce la boca en un gesto que a Noah siempre le ha parecido muy gracioso.

—Y no porque no se hubiera ofrecido durante los meses que he estado en Ceapaire —interviene Noah, haciendo que Stella lo observe con la ceja levantada.

—¿Te arrepientes de no haber aceptado su oferta?

—No.

—¿Ni siquiera sabiendo que la amistad se… interrumpiría de todos modos? —insiste Stella.

Noah lo piensa durante unos segundos antes de encogerse de hombros.

—No me sentiría cómodo conmigo mismo si hubiera hecho algo que siempre he dicho que no haría porque me hace sentir mal. Da igual lo que haya ocurrido después.

—Te hubieras llevado un buen revolcón. Por lo que cuentas, debe ser de los memorables.

Se tapa la cara con la mano cuando escucha a Stella, pero no puede evitar sonreír por la forma que tiene su amiga de decirlo.

—Prefiero no pensarlo. Gracias por recordármelo, amiga.

—De nada.

Eliana le toca el hombro para llamar su atención.

—Asegúrate de darle a Jason todos nuestros achuchones cuando lo veas mañana.

—Ojalá pudierais venir —se lamenta Noah—. Hace mucho que no estamos los cuatro juntos.

—Será en Año Nuevo —le recuerda Eliana—. Es una suerte que Jason se coja siempre unos días libres para empezar el año.

—Estoy deseando invadir a Noah en su casita de Cabo Cod. —Stella sonríe, pícara.

Noah niega con la cabeza y pone los ojos en blanco, pero adora la idea de tener a sus amigos en el lugar que se ha convertido en su hogar durante los últimos meses.

***

Baja del taxi frente al edificio en el que vive Jason y gira sobre sí mismo para observar la calle. Adora y odia esa ciudad a partes iguales. Le dedica una sonrisa al taxista cuando deja el equipaje a su lado, justo cuando la puerta que tiene enfrente se abre y da paso a un sonriente Jason.

—¡Bienvenido a la Gran Manzana! —grita su amigo antes de echarse en sus brazos con un elegante salto.

Da un paso atrás para evitar acabar con el culo en la acera mientras estrecha a Jason contra su pecho. No se ven desde el verano y, aunque hablan casi cada día, no es lo mismo.

—Te he echado mucho de menos, amigo.

—No más que yo a ti, querido. —Jason se aparta un poco de él, palmea su brazo mientras lo observa de arriba abajo y luego vuelve a abrazarlo—. Joder, estás increíble, Noah.

—Tú también.

—Lo sé, cariño. Yo siempre estoy fabuloso.

Se ríe cuando Jason se aparta unos pasos de su cuerpo y hace un giro de esos que tanto le gustan y tan bien le quedan.

—Si yo hiciera eso, además de acabar con los dientes en la acera, tendría agujetas durante un mes.

—La flexibilidad nunca ha sido tu fuerte y lo digo con conocimiento de causa.

—Siempre con lo mismo… —le da un empujoncito a Jason para que avance, cogiendo su maleta para seguirlo.

Jason vive en un minúsculo apartamento en Manhattan.

A excepción del cuarto de baño, el resto es una única estancia.

Ni siquiera tiene habitación y duerme en un sofá cama, que la mayoría del tiempo su amigo ni se molesta en plegar.

Por eso le sorprende encontrárselo todo recogido cuando atraviesa la puerta del estudio.

—¿Debo sentirme halagado porque has guardado la cama?

—No. He hecho videollamada con mi madre a primera hora, y ya sabes cómo se pone si no está todo recogido.

Se ríe porque eso le cuadra mucho más. Jason no suele molestarse por dar una imagen que no corresponde con la realidad con sus amigos.

Con su familia es otro tema, porque le ponen una serie de normas para seguir manteniendo ciertos privilegios.

Entre ellos, estudiar una carrera antes de poder dedicarse a su verdadera pasión: el baile.

Jason es muy consciente de que es un mundo en el que es difícil destacar y que tampoco es una profesión con muchos años de vida, así que tener un plan b tampoco le supuso un problema si eso le permitía recibir ayuda de su familia una vez que deje de encontrar papeles en musicales.

Nunca ha entendido a los padres de Jason. Tal vez porque los suyos siempre lo apoyaron cuando decidió estudiar Literatura Inglesa, a pesar de saber que no sería fácil encontrar un empleo más tarde. Jamás le habrían condicionado sus recursos o su cariño a que eligiera una carrera más práctica.

—¿Qué tal están? —se interesa antes de dejar la maleta sobre una silla junto al sofá.

—Como siempre: quisquillosos, controladores, ricos…

—Gracias por dejar que me quede.

—Siempre que lo necesites, aunque no finjas que no te puedes permitir pagarte un hotel —lo pincha Jason con una sonrisa ladeada de lo más canalla—. Sé que lo haces porque no puedes vivir sin mí.

—Me has pillado.

Se deja caer en el sofá, poniéndose cómodo mientras su amigo abre el armario y comienza a mover las perchas.

—Deja lo que necesites aquí. No hay mucho hueco, pero no quiero que vayas arrugado a tu reunión importante.

—Existen unas cosas que se llaman planchas…

—Si encuentras una en este apartamento, te doy un pin. —Jason le guiña un ojo antes de volverse de nuevo hacia el armario—. Tengo que irme. Debo estar en el teatro en media hora y ya voy con la hora pegada a mi precioso y trabajado culo.

Se queda allí, observando cómo Jason cambia las mallas ajustadas por unos vaqueros y la camiseta por una sudadera antes de calzarse unas botas y colocarse un grueso anorak.

—Tienes una copia de las llaves donde siempre. No olvides cogerlas si vas a salir. Y abrígate si lo haces por la noche. Hace un frío de cojones.

—Como si no te hubieras criado en Boston… ¿O te crees que allí estamos en primavera?

—¿En Cabo Cod no hace menos frío? —se sorprende Jason.

—En realidad, no. Puede que un par de grados menos que en Boston.

—Espero que tengan un buen sistema de quitanieves, aunque, en realidad, no me importaría nada quedarme aislado contigo en Ceapaire.

—Eres bienvenido en mi casa siempre que quieras —le asegura—. Ya lo sabes. Tanto en Ceapaire como en Boston.

Jason se inclina y le da un beso en la frente antes de colocarse el gorro sobre su rapada cabeza y abrir la puerta.

—Todo lo que hay en la nevera y los armarios es tuyo. No te cortes y hazme una cena rica, querido. Diviértete, pero no mucho sin mí. Te quiero.

—Yo también te quiero —le grita mientras la puerta se cierra a espaldas de Jason.

Noah le envía un mensaje a sus amigas y luego coloca su ropa en el armario. Comprueba qué tiene Jason en la nevera y decide salir a comprar un par de cosas que necesita para preparar la cena que tiene en mente. Y de paso dará una vuelta por el barrio e imprimirá su manuscrito.

***

Noah se despierta sintiendo que alguien lo está observando, así que hace una mueca cuando abre los ojos y se encuentra con Jason mirándolo con una suave sonrisa en sus labios y el móvil enfocando su cara.

—No me estarás haciendo fotos, ¿verdad? —pregunta, con voz pastosa y frotándose los ojos para alejar el sueño tras pasarse gran parte de la noche hablando con su amigo.

—Por supuesto que sí. No pretenderás que tenga a un hombre tan hermoso como tú en mi cama y que no lo presuma…

Escucha la vibración de su móvil en algún lugar y frunce el ceño antes de fulminar a Jason con la mirada.

—La has subido y me has etiquetado…

—Por supuesto.

—Eres imposible —protesta sin mucha convicción—. Anda, deja el móvil.

—Aguafiestas. Mira la cantidad de interacciones que estoy teniendo.

—Jason gira el móvil para que vea cuántos corazones y otras reacciones ha recibido la foto en la que aparece durmiendo, acompañado por el texto «despertarse con esta belleza al lado es otro nivel»—.

Mis seguidores están enamorados de ti, y no me extraña.

—Seguro que sí…

—¿Te apetece venir esta noche a ver la obra? —Jason deja el móvil sobre el colchón y se acurruca contra el costado de Noah.

—Ya tengo entrada. He quedado con un compañero de universidad para comer después de la reunión con Lucy, así que luego podemos quedar y te invito a un café.

—Cariño, puedes invitarme a todo lo que quieras. Sabes que nunca le digo que no a las cosas ricas que me ofreces.

—Haces que suene sexual —le recrimina Noah, pero no se aparta de su amigo.

—Eso también puedes ofrecérmelo de nuevo cuando quieras, querido.