CAPÍTULO 20
Noah
Noah sonríe a la pantalla antes de poner la última palabra en ese manuscrito, guardar el documento y echarse hacia atrás en la silla.
Cierra los ojos y suspira, sintiéndose orgulloso por haber conseguido acabar ese manuscrito después de lo mucho que le ha costado volver a creer en sí mismo y en su capacidad para volver a plasmar una de las historias que tiene en la cabeza.
Se asegura de tener guardado el documento en un par de sitios antes de apagar el ordenador y levantarse. Necesita un café y un trozo de tarta para celebrarlo, así que se dirige a la cocina, sintiéndose más liviano. Y feliz.
Durante muchos momentos de ese proyecto, pensó que no sería capaz, que Castiel tenía razón y lo suyo solo había sido un golpe de suerte. Pero ahí estaban Stella, Eliana, Jason y Blaise para decirle que confiara en sus capacidades y animándolo a seguir intentándolo. Ese es el resultado.
Envía un mensaje al grupo que tiene con sus amigos y lee sus respuestas con una enorme sonrisa en los labios.
Deja el teléfono sobre la isla cuando la máquina acaba de preparar su café y se sirve un trozo de la tarta que hizo hace un par de noches, cuando estaba tan estresado por todo lo que estaba pasando en su vida que la única forma que encontró para relajarse fue hornear.
Tomar la decisión de dejar el club de lectura no había sido fácil, pero era lo mejor para él.
Al menos en esos momentos, en los que tenía que prepararse para tener el manuscrito listo y pulido a tiempo y enfrentarse a todo lo que supone publicar un libro.
Y, sobre todo, mantenerse alejado de Blaise hasta que eso que ha empezado a sentir se desvanezca tal y como ha aparecido.
A pesar de ello, sabe que tiene que mandarle un mensaje a Blaise para decirle que ha acabado la novela. Se merece que lo mantenga al día después de haberlo apoyado tanto durante esos meses. Pero, antes de que pueda hacerlo, alguien llama al timbre.
Frunce el ceño mientras camina hacia la puerta porque no se le ocurre quién podría ser. A esas horas solo Blaise suele dejarse caer, pero él nunca toca de ese modo, así que se sorprende cuando al abrir es a su amigo al que se encuentra al otro lado.
Se aparta para dejarlo pasar, aunque se sorprende de que no se descalce de inmediato y se ponga sus zapatillas de unicornio.
—¿Me vas a contar qué cojones está pasando, Noah? —gruñe Blaise, poniendo los brazos en jarras y mirándolo con el gesto serio y enfadado.
—Nada. Ya te lo he dicho, Blay. Estoy muy liado con la novela y todo lo que supone publicarla. Tengo muchas reuniones y plazos que cumplir.
—No te costaba una puta mierda enviarme un mensaje para decírmelo, en lugar de dejar que me enterara como el resto del club de lectura.
—Tienes razón —reconoce, apoyándose en el mueble del recibidor—. Debí habértelo dicho antes, pero fue algo que decidí en el último momento.
—Y una mierda, Noah. Llevas así semanas. No finjas que es algo puntual cuando no lo es. Ya no tienes tiempo para mí, me evitas, me das largas… Si he hecho algo que te haya molestado, dímelo y lo solucionamos, ¡joder!
—No has hecho nada, Blay. De verdad que no. Si te he hecho sentir que es culpa tuya, lo siento, porque no lo es. No es cosa de nadie, solo que ahora mismo no tengo tiempo para nada.
Blaise da un par de pasos hacia atrás hasta que apoya la espalda en la puerta, cruza las piernas a la altura de los tobillos y lo observa con una ceja levantada y el gesto serio.
—¿Te crees que soy idiota?
Noah siente que el corazón empieza a latirle muy rápido. Solo quiere que esa conversación se acabe y pueda volver a su momento de negación, en el que todo volverá a estar bien si mantiene las distancias con Blaise.
—No sé qué quieres que te diga, Blay.
—Estaría bien que empezaras por la verdad. —Su amigo cruza los brazos sobre el pecho.
—No estoy enfadado contigo. Te prometo que no es eso.
—Entonces, ¿qué es?
Empieza a enfadarse él también, porque Blaise está obligándolo a contar algo de lo que no quiere hablar. Al menos, no con él.
—¿Por qué no puedes dejarlo correr, Blay? Te estoy diciendo que no tiene nada que ver contigo.
—Eso es que ocurre algo y no me lo estás contando, pero me estás haciendo pagar por ello. —Blaise descruza los brazos y se aparta de la puerta para encararse con Noah.
—No te estoy castigando.
—¡Claro que lo haces! Es un milagro hasta que me cojas el teléfono. ¿Qué te pasa conmigo, Noah?
—Déjalo —le advierte y esta vez es Noah el que se cruza de brazos. Si pudiera, se iría en ese momento, pero es su casa y tiene cosas que hacer.
—¿Por qué?
—Es lo mejor. Olvídalo, ¿vale? Deja que corrija la novela y haga mi trabajo. Cuando todo esté más calmado, lo hablamos.
—¡Ni siquiera sé de qué demonios tenemos que hablar! —le grita Blaise, acercándose tanto a Noah que puede sentir el enfado irradiando de su cuerpo.
—Ahora mismo, de nada.
—No me jodas, Noah.
Blaise le da unos suaves golpes en el pecho con el dedo índice con cada una de sus palabras, y Noah siente cómo el enfado que estaba manteniendo en niveles asumibles comienza a desbordarse.
Es una persona con mucho autocontrol, pero ver a su amigo tan alterado, buscando unas respuestas que no puede darle, está consiguiendo agotarlo.
—Te he pedido que lo dejes, Blaise.
—¿Y qué si no quiero? ¿Vas a dejar de hablarme? Oh, espera, ¡que eso ya lo has hecho!
—No te he dejado de hablar. No seas ridículo. —Tensa la mandíbula y desvía la mirada, porque la intensidad que ve en Blaise le está quemando.
—¿Ridículo? ¿Todavía tienes los cojones de decirme eso después de cómo te has estado comportando desde Halloween? —Blaise agacha la cabeza para colocarla frente a la de Noah—. ¡Suéltalo!
—¡Me he enamorado de ti!
El silencio que sigue a esa frase es tan denso que Noah lo siente cayendo sobre él y aplastándolo contra el suelo.
Se arrepiente de haberla pronunciado incluso antes de acabar de hacerlo, pero es demasiado tarde y ya no puede retirarlo, a pesar de que el desconcierto que puede ver en los ojos de Blaise le pide que lo haga.
—¿De qué estás hablando? —pregunta Blaise con un hilo de voz.
—Te dije que lo dejaras.
Vuelve a cruzar los brazos, aunque no recuerda haberlos dejado caer, y desvía la mirada cuando ve aparecer en los iris azules de su amigo el enfado.
—Si es una puta broma…
—No lo es. Solo tenía que mantenerme alejado hasta que se me pasara, pero eres como un maldito perro con un hueso y no has querido dejarlo correr.
—No me puedo creer que me estés haciendo esto.
No después de todo lo que te he contado.
—Blaise da unos pasos atrás, poniendo espacio entre ellos, y se lleva la mano al cabello antes de comenzar a dar vueltas—.
Sabiendo cómo me ha afectado lo de Jim, no puedo creerme que tú también me la juegues así.
—Hablas como si fuera algo que he hecho para cabrearte. Puede que tú consigas controlar de quién te enamoras y de quién no, pero no todos somos unos malditos robots. No es una decisión que haya tomado de forma consciente y mucho menos para molestarte.
Blaise detiene su caminata y se gira para observarlo con los ojos entrecerrados.
—Yo también tengo sentimientos.
—Lo sé, pero no puedes culparme por…
—¡Claro que puedo! —le corta Blaise, perdiendo un poco el control—. Sabías lo que me hizo Jim y, sin embargo, aquí estamos.
—No soy Jim, yo no…
—Eres peor que él. Porque tú me has engañado, me has mentido en mi puta cara. Jim al menos tuvo los cojones de decírmelo a la cara, en lugar de salir corriendo y refugiarse en una excusa de mierda.
Noah descruza los brazos y, durante unos segundos, lo único que hacen los dos es mirarse sin pronunciar ni una palabra.
En esos momentos, Noah se siente tan triste y decepcionado que podría ponerse a llorar. Pero no lo hace, porque en el fondo también es un poco orgulloso y no quiere darle esa satisfacción.
Camina hasta la puerta y la abre, agradeciendo que Blaise no se haya puesto cómodo al entrar en su casa.
—Será mejor que te vayas —dice, con el tono de voz más inexpresivo que encuentra.
Cuando Blaise está en el camino de entrada, se gira y abre la boca para decir algo, pero Noah no quiere escucharlo y empuja la puerta para que se cierre con un portazo.
Espera a escuchar los pasos de Blaise alejándose sobre el cemento para apoyar la espalda en la puerta y dejarse caer hasta estar sentado en el suelo. Busca el teléfono en su bolsillo trasero y llama a la única persona que puede calmarlo en ese momento.
—¡Enhorabue…!
La felicitación de Stella muere en cuanto ve el rostro empapado en lágrimas de Noah.
—¿Qué ha pasado, cariño? ¿Tu editora te ha dicho algo?
Niega con la cabeza mientras un sollozo amenaza con ahogarlo.
—Blaise.
—Mierda… —murmura su amiga, como si con solo escuchar ese nombre supiera qué ha ocurrido—. Cuéntamelo.
Y eso es exactamente lo que hace. Desahogarse con su mejor amiga y volcar todo su dolor y decepción para intentar quitarse ese peso que se ha instalado en la boca de su estómago.
—Lo siento mucho, cariño… —susurra Stella, con ese tono de voz que suele usar en las crisis sentimentales del resto—. No pensé que se lo fuera a tomar así.
—Ahora ya da igual.
—Noah, vente a Boston. De todos modos, tenías que acercarte a coger el vuelo para irte a Nueva York. Solo adelantarás el viaje unos días, y así yo puedo achucharte y asegurarme de que estás bien. Quédate en mi casa.
Niega con la cabeza y se pasa la mano por el pelo, que tiene alborotado.
—Preferiría irme a mi apartamento, Stella. Quiero mis cosas y mi cama —confiesa ante la idea de regresar a su hogar.
—Lo entiendo, pero vente ya.
—No puedo irme sin más, Stella. Tengo que hacer la maleta y esta tarde tengo una llamada con Lucy. Tampoco me apetece coger el coche ahora mismo. Será mejor que salga mañana.
—Buena idea. Te esperaré en casa —le advierte Stella con carita de perrito abandonado.
—Dejaré las cosas e iré enseguida.
—Más te vale. Pero, mientras tanto, puedes llamarme si me necesitas.
—Estaré bien, Stella.
Su amiga aprieta los labios y lo observa durante algunos segundos, como si estuviera decidiendo si está diciendo la verdad.
—Me lo creeré, aunque tienes un aspecto horrible.
—Muchas gracias —responde con sarcasmo.
—De nada. Para eso están las mejores amigas. —Stella guarda silencio durante unos instantes antes de pronunciar su nombre—. Todo saldrá bien. Lo superaremos.
—Te quiero, amiga.
—No más que yo a ti. Te veo mañana.
Permanece sentado en el suelo unos minutos más después de colgar la llamada.
Luego se pone en pie y regresa a la cocina.
El café está frío y no le apetece la tarta, pero no llega a guardarla porque piensa que se la ha ganado y no va a dejar que Blaise le arruine ese momento, al que le ha costado tanto llegar.
Esa celebración es por él, por su esfuerzo, por lo mucho que se ha obligado a superar los fantasmas y los miedos, y no va a dejar que un amor no correspondido la interrumpa. Así que tira el café frío por el fregadero y se prepara otro mientras se lleva una cucharadita de tarta a los labios.
Ya tendrá tiempo de llorar y lamentarse cuando esté con Stella.