CAPÍTULO 17 #2
—No lo sé. No habrá surgido en la conversación. —Hazel se encoge de hombros, pero no puede dejar de sonreír—. He hecho tarta de queso, ¿quién quiere?
Noah levanta la mano, aunque está llenísimo y no sabe si le cabrá una sola cucharada, pero va a intentarlo porque todo estaba delicioso y no quiere perderse ese regalo.
Se limpia las lágrimas e intenta contener otra carcajada cuando Blaise se pone en pie, recoge los platos y se acerca a la nevera para sacar la tarta, que deja en el centro de la mesa.
—No recuerdo la última vez que me reí tanto —confiesa Noah, cerrando los ojos y llevándose la mano al estómago—. Me duele.
—No me extraña. Pensé que iba a darte algo, chiqui.
—Ahora entiendo de dónde has sacado ese humor, Blay.
—Por supuesto que ha sido de mí —se jacta la anciana, sonriendo cuando lo hace—. Tu abuelo era una gran persona, pero tenía poco sentido del humor.
En cuanto se termina su trozo de tarta, Noah decide despedirse porque Blaise tiene que trabajar al día siguiente y Hazel ha comenzado a bostezar.
—No tienes por qué irte —comenta Blaise mientras le acompaña a la puerta.
Una pequeña parte de Noah se emociona ante la idea de que Blaise quiera pasar más tiempo con él, que lo quiera tener en su casa, pero luego recuerda cuál es la realidad y la empuja a lo más hondo de su subconsciente. Donde le haga ilusionarse con un imposible.
—¿Me vas a enseñar tu apartamento? —bromea, intentando alejar todos esos pensamientos que le atormentan.
—Ni de coña. A menos que tú me enseñes tu habitación, claro. —Blaise se lame los labios y sonríe, pícaro.
De nuevo se lleva la mano a la boca del estómago y presiona, intentando calmar esa sensación que le revuelve por dentro. Aunque también siente algo de desilusión porque parece que aún no forma parte de ese círculo con acceso al santuario de Blaise.
—No tengo ningún problema en enseñártela la próxima vez que vayas. No hay nada que esconder.
—¿Ni siquiera en los cajones?
—Donde tú registres, yo buscaré —le advierte y se le escapa una carcajada cuando ve cómo los ojos azules de su amigo se abren por el pánico. En el fondo, a Noah le encantaría saber qué esconde Blaise en esos rincones que no quiere mostrarle.
—Mejor lo dejamos en lo que se vea. —Blaise le guiña un ojo y sonríe antes de darle un empujón con el hombro—. Te enseñaría el apartamento si no fuera tan tarde. Quizá otro día puedes venir y vemos una película en mi salón. Algo picante para que te pongas a tono.
Se le escapa una carcajada y niega con la cabeza.
—Eres imposible, Blay. —Permanece en silencio unos segundos, disfrutando del gesto divertido de su amigo—. Gracias por la invitación. Me ha encantado cenar con vosotros y me gustará conocer tu salón otra noche.
—Cuando quieras, chiqui. Puedes ocuparme cuando desees.
Se queda unos segundos enganchado a esa sonrisa franca y amable que le dedica su amigo. Parece feliz de haber pasado esa velada con él y hacer planes para el futuro. Se recuerda que eso es lo más importante: su amistad es lo primero.
Se le escapa una carcajada cuando se quita las zapatillas amarillas y se calza los botines, que ha dejado en el armario, y luego se pone el abrigo.
—Ha sido un placer. Puedes volver cuando quieras. A Nana le encanta tener invitados. Mándame un mensaje cuando llegues a tu casa.
—Eres peor que Stella —protesta, pero sin ocultar la sonrisa.
—Para eso estamos los amigos, chiqui.
Fuerza una sonrisa cuando lo escucha, para que no se note el pellizco de decepción que le ha encogido el corazón al escuchar esa palabra. Es lo que son Blaise y él, y lo único que serán.
Se estremece cuando el aire frío lo golpea al abrir la puerta y corre hasta su coche, despidiéndose con la mano de Blaise y Hazel, que se ha unido a su nieto para decirle adiós.
En cuanto llega a su casa y avisa al profesor de que está calentito en su cama, llama a Stella. Necesita hablar con ella.
—¿Qué tal ha ido la cena?
—Genial. Me lo he pasado muy bien —reconoce mientras se acurruca bajo el edredón nórdico.
—No tenía ninguna duda. Tal vez ahora puedas contarme por qué tenías tanto miedo a ir a esa cena.
Noah suspira, cierra los ojos y hunde la cabeza en la almohada, debatiéndose entre contarle o no a su mejor amiga lo que le mantiene inquieto desde hace unos días.
—Suéltalo, amigo.
—Creo que me está empezando a gustar —confiesa, con un hilo de voz.
—¿Gustar-gustar? ¿De gustar románticamente?
Asiente, aunque Stella no puede verlo.
—Asumo que eso es un sí. Tenemos un problema. —Durante unos segundos, su mejor amiga no dice nada y el silencio se extiende entre ellos—. Cariño, vas a tener que ponerte las pilas con ese tipo. Por lo que nos has contado, no está muy abierto a la posibilidad de tener una relación.
—Lo sé y no tengo claro que pueda hacerle cambiar de opinión. Ni siquiera sé si quiero que lo haga.
—¿Qué demonios quieres decir?
—Le he conocido así y así me gusta. —Resopla, sintiendo que no se está explicando bien—. No tengo ningún derecho a intentar que cambie de opinión sobre algo como eso, solo porque mis sentimientos hacia él han evolucionado.
—No es como si fueras a intentar que le gustara Lady Gaga cuando solo escucha a Beethoven, Noah. No es un gusto; es una forma de enfrentarse a la vida como consecuencia de vivencias pasadas. Puedes demostrarle que no todas las relaciones son una mierda.
—Ya te conté que se enfadó con su mejor amigo porque se enamoró de él, Stella. No voy a joder una buena amistad porque me guste. Se me pasará.
—O te enamorarás del todo y sufrirás en silencio.
Hace una mueca de desagrado y permanece en silencio, sabiendo que Stella tiene razón y puede acabar en la misma situación que el tal Jim. O, peor, enamorado en silencio de su amigo.
—¿Quieres mi consejo? —le pregunta Stella al cabo de unos segundos.
—No. Sé lo que vas a decirme y no se lo voy a decir. Si veo que esos sentimientos van más allá de un crush temporal, siempre puedo regresar a Boston hasta que se me pase. Tengo la excusa perfecta, teniendo en cuenta que en algún momento tendré que ir a hablar con Lucy.
—Tú mismo. Aquí estaré… si me necesitas.
—No sé si darte las gracias o mandarte a la mierda por pensar que tendrás que consolarme —responde, con fingido enfado.
—Yo no he dicho eso, pero si es lo que piensas…
—Buenas noches, Stella.
—Buenas noches, Noah. Que sueñes con tu querido Blay.
Cuelga mientras la carcajada de su amiga resuena al otro lado de la línea telefónica.
Está claro que va a tener que hacer un esfuerzo por dejar de fijarse en todas esas cosas que le gustan de Blaise y volver a verlo solo como un amigo, que es lo único que va a ser. Cierra los ojos y se lo repite mentalmente un par de veces antes de apagar la luz y acurrucarse en el calor del edredón.