Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Noah

En cuanto termina el capítulo y cierra el portátil, Noah llama a Stella, con la que ha intercambiado algunos mensajes durante el día.

—¿Te ha gustado el vídeo? —pregunta su amiga en cuanto descuelga el teléfono.

—A mi agente y a mi editora les ha encantado, Stella. De hecho, me han dicho que te encargues tú de hacerlos todos, así que pásame un presupuesto para que se lo mande.

—No digas tonterías, no voy a cobrarte por dedicarle un poco de tiempo a hacerte un reel para tus redes. Somos familia.

—Esto es trabajo, Stella —le recuerda a su amiga—. Quiero pagarte por tu tiempo y tus conocimientos.

—De todos modos, no has respondido a mi pregunta. ¿Te ha gustado el vídeo?

—Me ha encantado, Stella. Si no fuera así, no te estaría contratando. Sabía que tú harías un buen trabajo.

—Eres un amor. —Intuye que Stella está haciendo un puchero por cómo suena su voz—. Ojalá estuvieras aquí para poder achucharte. ¿Qué tal si hacemos videollamada esta noche y vemos una peli juntos? Hace mucho tiempo que no lo hacemos.

—Esta noche no puedo.

—¿Tienes una cita y no me has dicho nada?

—No es una cita —la corrige, haciendo presión en el respaldo para que su sillón se balancee—. Esta mañana Blay me ha llamado para decirme que su abuela le había pedido que me invitara a cenar. He intentado rechazarlo porque me parecía… raro.

—¿Por qué? Tú has cenado en mi casa desde que tengo uso de razón. Y él se queda muchas noches en tu casa.

—No se queda a dormir. Ya sabes que odio cocinar solo para uno.

—Y, como ahora no me tienes a mí para llevarme las sobras, te has buscado a alguien que se las coma. —Su amiga chasquea la lengua—. Lo entiendo.

—Eres insufrible, Stella. Sabes que siempre serás mi degustadora favorita.

—Más te vale. Te va a venir bien salir un poco de casa y desconectar de la novela. No es sano que estés todo el día pensando en esos personajes y esa historia.

—No es como si pudiera sacármelos, Stella. Ya sabes que no funciona así —le recuerda, tamborileando con los dedos sobre el escritorio—. Hasta que los escriba, van a seguir ahí, haciéndome la vida imposible porque son unos pesados.

—Espero que al menos estén follando como conejos.

Se calla y se muerde los labios antes de que su amiga suelte una exclamación al otro lado del teléfono.

—¡Lo están haciendo!

—No confirmo ni desmiento que esté a punto de llegar a esa escena y los tenga todo el día diciendo y haciendo guarradas.

—Y esta vez no tienes un novio con el que desfogarte. Lo siento. —Stella suelta un ruidito, como si estuviera pensando, y se la imagina torciendo los labios en esa mueca tan suya—. También puedes aceptar la oferta de Blaise y follar con él.

—No voy a acostarme con él, Stella. Sabes que no tengo sexo con mis amigos.

—Es un amigo reciente…

—Eso no tiene nada que ver. —Niega con la cabeza y boquea un par de veces antes de encontrar la pregunta que realmente quiere formular—. ¿Por qué tienes tanto interés en liarme con Blay?

—Porque creo que hacéis buena pareja.

—No lo conoces.

—He oído cómo hablas de él y cómo se te ilumina la sonrisa cuando lo haces. —Stella suspira, y se escucha el crujido de su escritorio cuando Noah se la imagina inclinándose hacia delante y apoyando su peso sobre la madera—. Hacía mucho que no sonabas tan feliz.

Se muerde el labio inferior para no contarle esas mariposas que lleva días sintiendo y que ha preferido ignorar, porque está claro que Stella no va a decirle lo que él quiere escuchar.

—Solo somos amigos, Stella.

—Dale tiempo. Nunca se sabe.

—Tengo que dejarte —la corta, porque no quiere que le diga cosas que le den alas a eso en lo que no quiere pensar—. Si voy a ir a cenar a casa de los Price, será mejor que me cambie.

—¿No te recoge tu caballero?

—No. Y no es mi nada de eso. No quiero que tenga que dejar sola a su abuela para traerme de vuelta. Sé conducir y tengo coche. Puedo ir y volver sin que nadie me lleve de la manita.

—Está bien, pero llámame en cuanto llegues a casa para saber que estás bien. —Stella usa su tono más maternal.

—Esto es Ceapaire, amiga, no el Bronx en los ochenta.

—Últimamente estás tú muy graciosete. Te sienta bien la tranquilidad.

—Pero os echo mucho de menos —reconoce, notando cómo se le forma un nudo en la garganta.

—Y nosotras a ti, pero en nada te tenemos de vuelta. No vas a tardar mucho más en acabar esa novela. Te quiero. Y llámame.

—Que sí, pesada…

Se le escapa una risita cuando cuelga el teléfono y lo deja sobre el escritorio, no sin antes comprobar que tiene tiempo de sobra para cambiarse y conducir hasta la casa de Blaise.

Es la primera vez que va a ir y no puede evitar estar un poco inquieto.

Aunque sabe que Stella tiene razón y no debería.

Al fin y al cabo, ha estado en la casa familiar de todos sus amigos un millón de veces.

Da un par de palmadas sobre el escritorio y se pone en pie, dispuesto a darse una rápida ducha antes de acudir a su cita.

***

Detiene el coche frente a la dirección que le indica el GPS.

No ha estado nunca en esa parte de Ceapaire, que está al otro lado de su residencia.

La casa es de estilo Cabo Cod, igual que la suya, pero algo más grande.

En el lado derecho de la casa, sobre el garaje, puede ver una edificación que parece algo más moderna, pero manteniendo la esencia de la original, y Noah recuerda que es donde vive Blaise.

Respira hondo y se acerca a la puerta, que se abre en cuanto llama al timbre. Su amigo, vestido con unos pantalones de chándal fucsia y una sudadera azul cielo, le sonríe. No le sorprende nada que, incluso en casa, Blaise se vista con su estilo tan personal.

—Acabo de llegar y te he visto aparcar mientras me cambiaba —le anuncia el profesor.

—¿Me estabas espiando?

—¿Salir del coche? No tiene ningún misterio, chiqui. Otra cosa sería hacerlo en la ducha. Eso no me importaría.

—Los dos sabemos que no lo harías aunque pudieras, así que deja de dártelas de malote conmigo. —Noah aparta a Blaise de un suave empujón y se adentra en la casa con una seguridad que no sabía que tenía—. Es muy descortés por tu parte dejarme en la puerta con el frío que hace.

—Ni siquiera es noviembre, chiqui.

—Noah tiene razón, Blay —grita Hazel desde algún lugar del interior de la casa—. Hazlo pasar y que se caliente mientras termino de hacer la cena y tú preparas la ensalada.

—¿Te fías de mí para entrar en la cocina?

—No eres tan inepto, cielo. Sé que puedes hacerlo sin que corra peligro la casa.

—Te tiene caladísimo —le susurra Noah a Blaise, tendiéndole el abrigo para que lo cuelgue en el armario de la entrada.

—Lamento no tener zapatillas de unicornio para ti. Tendrás que conformarte con estas normalitas.

—Son amarillo neón, Blay.

—De lo más discretitas. —El profesor levanta las cejas un par de veces antes de adentrarse en el interior de la casa.

Noah contiene el suspiro que le sube por la garganta y se lleva una mano a la boca del estómago, donde algo parece cobrar vida, como si así pudiera contenerlo.

Sigue a Blaise hasta la cocina. Es más grande que la suya, algo más antigua y huele genial, así que no puede evitar acercarse a Hazel para comprobar lo que está cocinando.

—¿Tú también husmeas por encima de mi hombro? —protesta Hazel—. Sois tal para cual —añade, señalando a su nieto y a Noah con la cuchara.

—Puedes sentarte ahí. —Blaise señala hacia la mesa que hay frente al ventanal—. Hemos pensado que era mejor cenar ahí y no en el salón formal. Tendríamos que gritarnos para poder tener una conversación.

—Tal vez podrías enseñarle la casa cuando acabes de hacer esa ensalada, Blay —sugiere la anciana.

—¿Por qué?

—Es lo que se hace cuando un invitado viene por primera vez a tu casa.

—No hace falta, Hazel —interviene Noah, intentando que su amigo no se sienta incómodo—. Lo agradezco, pero…

—No le hagas caso a este maleducado. Te la enseñaría yo, pero no quiero que se pegue la cena. He preparado clam chowder y unos filetes en salsa de naranja. Espero que te guste. Blay me ha dicho que te ha visto comer de todo.

El aludido gira la cabeza para mirarlo por encima del hombro, mordiéndose la sonrisa, y Noah imagina qué está pensando y pone los ojos en blanco, aunque nota cierto calor en las mejillas.

—No te preocupes, Hazel. Seguro que me encantará.

—A Nana le queda genial el clam chowder, aunque lo prepara poco, así que espero que sepas lo afortunado que eres.

—No seas maleducado, Blay. —Hazel le lanza un paño de cocina a su nieto, que lo usa para secarse las manos—. Te hemos educado mejor que eso.

—He terminado, Nana —anuncia el profesor—. Voy a ser un buen anfitrión y me voy a llevar al chiqui a ver la casa. Volvemos enseguida.

Blaise le hace un gesto con la cabeza a Noah, que se levanta y lo sigue de vuelta hasta la entrada.

—Esto es el salón… —Blaise hace un gesto con la mano para abarcar la estancia—, como ya habrás podido ver cuando has llegado.

Sigue a su amigo por el comedor formal, el baño de cortesía, el despacho y la sala de juegos.

Luego suben las escaleras y recorre las habitaciones: la principal con baño privado, que utiliza Hazel, la que fue la habitación del padre de Blaise y las de sus dos tías, y también los dos cuartos de baño y la habitación de invitados.

Le encanta ver las fotos de Layla y Blaise colgadas de las paredes.

A través de ellas, puede ir viendo la evolución de su amigo y le produce una ternura infinita reconocerlo en ese niño de pelo alborotado, boca manchada de chocolate y sonrisa infinita.

También en las que está enfurruñado, con los labios apretados y los brazos cruzados mientras fulmina a su hermana con la mirada.

Le encantaría poder descubrir todas esas expresiones que aún no conoce.

Están regresando a la planta baja cuando Hazel sale de la cocina, secándose las manos en el delantal, y se detiene a los pies de la escalera.

—La cena ya está lista. Será mejor que cenemos.

***

Le duele la mandíbula de tanto reírse, pero no puede dejar de hacerlo, porque la imagen del padre y las tías de Blaise prendiéndole fuego al árbol de Navidad cuando eran unos niños no le deja hacerlo.

—¿Por qué nadie me había contado esa historia? —interroga Blaise.