CAPÍTULO 16
Noah
Noah aprovecha que tiene que ir Ceapaire’s Groceries a devolverle los álbumes a Hazel para comprar más calabaza y algunas especias que ha ido gastando mientras probaba recetas.
Le sonríe a Layla cuando la ve tras la caja y tiene el tiempo justo de dejar la bolsa sobre el mostrador antes de que Nova se abalance sobre él para que la proteja de Wes, que corre para alcanzarla.
—Hey, buenas tardes a ti también.
Nova esconde su carita en el cuello de Noah y le hace cosquillas con su pelo rubio cuando se ríe. No suele coincidir con ellos cuando va a la tienda, pero, siempre que lo ha hecho, tanto Wes como la pequeña han sido muy amables con él y a Noah le produce una ternura infinita.
—Hola, Noah. ¿Juegas con nosotros?
—No puedo, cariño, tengo que irme a trabajar. Pero te prometo que, cuando acabe la novela, seré todo tuyo.
—Vale.
Deja a Nova en el suelo y observa cómo corre al interior de la tienda, esperando que su padre la siga.
—Es incansable —se queja Wes con un suspiro.
—Cielo, no puede estar correteando por la tienda. Puede romper algo y cortarse o tropezar con algún cliente. Tienes que llevártela.
—Lo sé, Layla. Lo sé. Iremos un ratito al parque a ver si se cansa corriendo con otros niños y luego me la llevaré a casa a ver si se entretiene jugando a algo.
Hazel chasquea la lengua y niega con la cabeza.
—Odio no ser de ayuda…
—Nana, no digas eso. No sé qué haríamos sin ti cuando Wes y yo tenemos que trabajar. Al menos, cuando está contigo, está más tranquila.
La anciana sonríe y asiente, orgullosa de ser un remanso de paz para su biznieta.
Noah rescata el paquete que ha dejado sobre el mostrador y se acerca a la mujer, que le sonríe en cuanto lo ve.
—¿Has encontrado las fotos de tu abuelo?
—Sí. Casi no lo reconocí. Estaba muy joven. —Coge la silla que Layla tiene detrás y se sienta junto a la anciana.
—Abner era un hombre muy atractivo. Nos tenía a todas locas, pero él solo tenía ojos para tu abuela. Violet le hizo sudar tinta antes de darle una oportunidad.
—Nana, ¿estás diciendo que el abuelo no fue tu primer amor? —se interesa Layla, acercándose a ellos.
—No he dicho eso. Harris fue el primer hombre al que amé. Y el último. Antes las cosas no eran como ahora. Cuando conocías a alguien, te casabas y era para siempre. Violet y yo tuvimos suerte, pero otras… Solo tienes que ver a la pobre Willow.
—No sé qué va a ser ahora de ella, Nana —se lamenta Layla después de despedirse de Wes y Nova con un beso—. Debería estar disfrutando su vejez, libre de ese desgraciado, y sin embargo malvive como puede.
—Dudo que pueda permitirse un seguro médico. Como tenga algún accidente… No quiero ni pensarlo.
—¿Puedo hacer algo para ayudarla? —se interesa, aunque, sabiendo lo que le ha dicho Blaise de ella, lo duda.
—No te dejaría. Es orgullosa a pesar de todo. O tal vez por todo lo que ha tenido que sufrir. Ese hombre le arrebató todo antes de morirse y también después. —Hazel niega con la cabeza y golpea el libro que tiene en su regazo—. Solo le queda la lectura y el orgullo.
—Así que te gustaba el abuelo de Noah… —retoma el tema Layla, haciendo que Hazel se sonroje.
—Era un hombre muy atractivo, Layla. Y una tenía ojos en la cara, pero se me pasó en cuanto conocí a tu abuelo.
Aún recuerdo el día que llegó a Ceapaire, con su cabello rubio, sus preciosos ojos azules y esa sonrisa que no le abandonaba nunca…
—Hazel suspira. Sus labios se curvan en una sonrisa y sus ojos se tiñen de añoranza.
Noah espera que algún día pueda encontrar un hombre que le haga sentir de ese modo y al que, pasados los años, pueda seguir recordando con cariño.
—Gracias por dejármelos. He escaneado las fotos de mis abuelos.
—Seguro que en el desván tu madre guardó algunos de los que tenía tu abuela. Le hacía daño tenerlos a la vista.
A Noah no le extrañaría nada; su madre llevó muy mal la muerte de la abuela durante un tiempo. A él también le costó volver a ver las fotos de sus padres, aunque poco a poco ha ido aprendiendo a convivir con esa pérdida y a no dejar que el dolor le prive de recordar los buenos momentos.
—Cuando tenga tiempo…, y ánimo, me pondré con ello —le promete a la mujer antes de ponerse en pie—. Ahora voy a por algunas cosas que necesito y me vuelvo a mi cárcel, que, si no tengo el manuscrito a tiempo, mi editora no dudará en sacar el látigo.
Layla se muerde el labio inferior, pero no consigue esconder la sonrisa.
—Sabes que si Blay estuviera aquí te diría algo como «así que te va el sexo duro, chiqui…».
—Por fortuna, tu hermano no está aquí, y no esperaba que tú fueras tan descarada.
—Soy su hermana mayor, ¿de quién crees que aprendió todo lo que sabe? —Layla levanta una ceja y sonríe de medio lado, en un gesto que le ha visto tantas veces a Blaise que le cuesta ignorarlo—. ¿No habías venido a comprar algo?
Pone los ojos en blanco mientras se adentra en el pasillo donde tienen la verdura, que cada mañana les sirven los agricultores locales. Cuando termine de escribir la novela y tenga algo de tiempo libre, podrá acercarse al mercadillo que Blaise le comentó, pero que está fuera del pueblo.
Vuelve al mostrador con las cosas que necesita y las deposita delante de Layla para que le cobre mientras saca la bolsa de tela que le regaló Hazel una de las veces que fue a comprar, de nuevo sin nada para llevarse la compra.
—¿Quieres que le diga a Blay que le compre un látigo a su chiqui?
Le lanza una mirada fulminante de ojos entrecerrados y niega con la cabeza, colocando los productos en la bolsa.
—Tendrías que especificarle a cuál de todos, porque seguro que tiene a más de un chiqui por ahí. De todos modos, si lo dices por mí, ahórratelo. No me va el sado. Gracias por preguntar.
Layla se detiene, con la calabaza suspendida en el aire, y lo mira con gesto confundido.
—¿De qué demonios hablas, Noah? Blay no llama a nadie más «chiqui». De hecho, creo que, quitando a la familia y algunos amigos muy cercanos, no usa motes cariñosos con nadie.
Abre la boca para responder, pero no sabe qué decir, así que desvía la mirada hacia Hazel, que asiente, confirmando las palabras de su nieta.
—Creí que lo hacía con todo el mundo —responde después de unos segundos.
—Pues no, Noah. Eres el único chiqui de mi hermano. Eso demuestra que te tiene muchísimo cariño, y entiendo por qué.
A Noah se le escapa una sonrisa al escuchar esas palabras. Hace poco tiempo que conoce a esas personas, pero han conseguido que les tenga mucho afecto por lo bien que se han portado con él y lo mucho que le han ayudado a adaptarse a su nuevo hogar.
—Es mutuo.
—Lo sé. —Layla abre la boca para decir algo más, pero la cierra cuando Hazel chasquea la lengua, y las dos mujeres cruzan una mirada.
—Gracias por todo.
Se despide de las dos mujeres desde la puerta y acelera el paso para llegar cuanto antes a casa, aunque las palabras de Layla no dejan de darle vueltas en la cabeza.
Jamás se hubiera planteado que el mote que le puso Blaise casi desde el primer día no fuera algo que usara con más gente, pero si lo piensa bien, cuando quedó con sus amigos para cenar, a ninguno de ellos les llamó de otra forma que no fuera por su nombre.
Pero, en cuanto se pone los cascos, algo de música y se pone a escribir, a Noah se le olvida todo.
***
Aunque no tienen club de lectura ese jueves, Blaise llama a la puerta a la misma hora que la semana anterior, y lo hace con una enorme sonrisa y un paquete de bollitos recién salidos del horno de la pastelería de Ceapaire.
—No tienes que traer nada cuando vienes a verme —le recuerda Noah mientras le señala el zapatero.
—Lo sé, pero he ido a ver a Willow y, cuando he pasado por delante y me ha envuelto ese olor dulzón, no he podido resistirme. Me ha recordado a ti y tenía que traértelos.
—Eres un pelota.
Mira por encima de su hombro mientras lleva la bandeja de dulces a la cocina y ve a Blaise poniéndose las zapatillas de unicornio con una enorme sonrisa en los labios. Parece un niño la mañana de Navidad.
—Te las puedes llevar a casa si te hace ilusión.
—Nah, me gusta tenerlas aquí. —Blaise camina levantando los pies para mostrar las zapatillas.
—Voy a hacer un descafeinado, que, si no, no duermo en un mes.
—Me parece bien. Aliméntame, chiqui. Bueno, dame de beber.
—¿Te quedas a cenar? —pregunta, abriendo el paquete de los pasteles y dejándolo en el centro de la isla.
—Si me lo dices con esa carita, no puedo decirte que no.
—Como si alguna vez te hicieras de rogar.
—Nunca puedo resistirme a una buena comida, chiqui. —El tono de Blaise se vuelve más grave y hace que Noah se gire a mirarlo, para encontrárselo observándolo con una ceja alzada y una sonrisa ladeada.
Noah pone los ojos en blanco y niega con la cabeza, pero no puede evitar que se le dibuje una sonrisa en los labios y que el corazón le lata un poco más rápido cuando ve el deseo ardiendo en los ojos azules de su amigo.
—¿No te cansas nunca?
—¿De las cosas ricas? Jamás.
—Eres imposible. —Se centra en preparar el café con el sirope que tenía listo, pero no puede dejar de sonreír.
Suspira antes de colocar las tazas sobre la isla y sacar la nata montada de la nevera, que agita en cuanto Blaise asiente con la cabeza.
—Vamos a hacerlo bien. Deja que le eche un poco de sirope por encima y un toque de canela.
—Si montas tu propia cafetería, seré tu mejor cliente. Lo prometo, pero tienes que prometerme que siempre probaré tus creaciones antes que nadie.
—Es la primera vez que hago algo más que poner una cápsula en la máquina y darle al botón, Blay —le corrige mientras decora los cafés—. Así está mejor. No lo toques, que voy a hacerle una foto para subirla a mis redes. Tengo que mantener a los seguidores interesados. Palabras textuales de mi agente.
—Me parece buena idea. Yo soy uno de los que se ve todo lo que subes. Lo poco que posteas, claro.
Pone los ojos en blanco de forma exagerada, al tiempo que toma asiento en el taburete y hace la foto, mostrando las dos tazas y la bandeja de pasteles.
—¿Quieres que te etiquete?
—Uy, no. Deja que mantenga mi anonimato.