Un otoño en Ceapaire CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

A Noah le apasiona el modo en el que esas mujeres de diferentes edades, distintos intereses, y puede que hasta estatus económico dispar, se relacionan con tanta naturalidad gracias a la literatura.

—¿Quieres que te cargue en brazos hasta el coche? —le provoca Blaise, dándole una palmada en la espalda para que se ponga en pie—. Hoy llevaremos a Willow a casa antes, si no te importa.

—Por supuesto que no. Será un placer disfrutar un poco más de su compañía.

La mujer sonríe y se coge de su brazo en cuanto Noah se pone el abrigo.

Es algo más joven que Hazel, pero se nota que la vida no la ha tratado bien.

Tiene la mirada triste y la piel curtida por años al sol.

Blaise le dijo que tuvo que vender la granja y las tierras de su familia, así que imagina que hasta entonces tuvo que trabajar mucho al aire libre.

—Te ha hecho mucha ilusión la nueva lectura conjunta, Willow.

—La pedí prestada en la biblioteca hace un par de días porque quería leérmela.

—Willow le da una palmadita en el brazo a Noah cuando este frunce el ceño—.

Blaise me enseñó a reservar libros a través de la aplicación de la biblioteca.

Me la instaló en el móvil —añade con orgullo—.

Aunque él tiene otras bibliotecas y me presta sus libros a veces.

Intercambia una mirada con Blaise, que se muerde la sonrisa mientras abre la puerta del coche para que Willow pueda sentarse.

—No quiero saturarte el teléfono con más aplicaciones, Willow —responde el profesor, guiñándole un ojo a Noah mientras este se sube en la parte trasera.

Las calles están llenas de gente a pesar de que esa noche hace bastante frío, pero faltan pocas semanas para Halloween y ya hay algunas casas con adornos llamando la atención de los transeúntes.

El coche se detiene frente a la cafetería, y Blaise pone las luces de emergencia mientras baja a toda prisa.

—La acompaño hasta su apartamento. No tengas reparo en moverlo si es necesario, chiqui —le pide Blaise mientras ayuda a Willow a descender.

Noah baja y se sienta donde el copiloto, esperando que no tenga que conducir ese coche. La camarera de la cafetería se asoma a la puerta con el ceño fruncido, hasta que lo reconoce, o tal vez sea el coche, y le saluda con la mano antes de regresar al interior.

La cara de Blaise asomando por el cristal delantero le hace dar un salto en el asiento, llevándose una mano al pecho para intentar controlar la respiración.

—¡Qué susto me has dado!

—No me digas que no me echabas de menos, porque no te creo. —Blaise se abrocha el cinturón y arranca el motor—. En cinco minutos estaremos en tu casa.

Atraviesan el camino de entrada a la carrera, deseando entrar en calor. Sonríe al usar el zapatero por primera vez, y le tiende unas zapatillas de andar por casa a Blaise. Tienen forma de unicornio y, cuando las vio, supo que eran perfectas para su amigo.

—¿Me has comprado unas pantuflas para que esté cómodo en tu casa? —Sin dejar de sonreír, Blaise levanta los pies para enseñarle cómo le quedan.

—Solo porque no quiero que te pasees por mi casa con esos zapatos, que a saber dónde han estado.

—Ponme a trabajar, chiqui, que me tengo que ganar la cena, ya que no me dejas darte un buen orgasmo.

—Tienes la autoestima muy arriba. —Empuja a Blaise y le señala la despensa—. Pela unas patatas.

Cenan en la cocina, comentando cómo ha ido el club de lectura, los planes que tiene Blaise para el fin de semana y cómo va avanzando la novela de Noah.

—Me encanta cómo estás dejando la casa. Cada vez es más tú y menos un sitio de paso.

—¿Lo dices por las zapatillas de unicornio?

Blaise levanta una de sus piernas por encima de la isla para que queden a la vista.

—Me decepciona que las tuyas sean… —el profesor parece pensárselo unos segundos antes de añadir— normales y aburridas.

—Son un poco como yo.

La cuchara que su amigo estaba usando para tomarse el yogur cae sobre el plato, provocando un gran estrépito y sobresaltando a Noah.

—¿Quién cojones te ha dicho que eres normal y aburrido?

—Blaise rescata el cubierto y señala a Noah con él—.

Porque puedo asegurarte que no son los adjetivos con los que te describiría.

Eres divertido, inteligente, dulce, cariñoso y cocinas de puta madre.

También eres un poco cuadriculado y poco impulsivo, pero nada que con un poco de práctica no se solucione.

—Muy gracioso…

—El caso es que me encanta que estés preparando esta casa para pasar más tiempo en ella. Nos encantará tenerte en Ceapaire más a menudo.

—Ya te lo dije: tengo intención de venir más seguido —le recuerda mientras pone la tetera de nuevo al fuego para preparar otras infusiones.

—¿Cuánto hacía que no volvías?

Noah toma asiento y suspira. No tiene que pensarlo mucho, porque sabe exactamente cuándo fue la última vez que estuvo en esa ciudad antes de que el síndrome del impostor lo devolviera a ese lugar.

—El día del funeral de mis padres. Ni siquiera llegué a entrar en la casa, porque mis amigos me acompañaron y volvimos a Boston esa misma tarde. A mi madre le habría encantado saber que tanta gente en Ceapaire la apreciaba.

—Estuve allí. Toda mi familia, de hecho. Incluso mis tías vinieron de Sandwich y Boston.

Sabe que Blaise quiere decirle algo, pero no se atreve y eso es raro, porque su amigo no suele cortarse con sus comentarios o preguntas.

—Suéltalo, Blay —le pide.

—No tienes que responder si no quieres, sé que es un tema… complicado. ¿Qué pasó exactamente? Recuerdo a gente decir que había sido un accidente de coche; otros, que un atropello…

Desde luego, no era esa la pregunta que esperaba. A Noah no le molesta hablar de sus padres, ha aprendido a convivir con la pérdida, pero recordar sus muertes sigue doliendo. Se lleva la mano al pecho por acto reflejo y se lo masajea.

—Olvídalo, Noah. Ha sido muy desconsiderado por mi parte…

—Era el cumpleaños de una compañera de trabajo de mi madre —lo interrumpe.

Cuanto antes lo saque, antes pasará esa presión en el corazón—.